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Relatos Ardientes

Cumplí mi fantasía: la primera vez de mi esposa con otro

Llevábamos doce años casados cuando finalmente lo hicimos. Doce años en los que, noche tras noche, le susurré la misma fantasía al oído de Lorena mientras la abrazaba antes de dormir. Que la viera con otro. Que dejara que alguien más la tocara mientras yo miraba. Que cumpliéramos juntos lo que para mí era el sueño más prohibido y excitante.

Mi esposa no es una mujer fácil de convencer. Es de las antiguas. Llegó virgen al matrimonio y, hasta esa noche, nunca había estado con otro hombre. Educada por monjas en un colegio del centro, criada con la idea de que el cuerpo de una mujer pertenece a un solo hombre y que cualquier desliz es pecado. Por eso lo de pedirle un trío, aunque fuera con otra chica, fue durante años una pelea fría que terminaba siempre con la misma frase.

—Ni lo sueñes.

Pero esa noche, después del trabajo, después de un par de cervezas compartidas en el balcón y de una conversación tonta sobre las parejas de nuestros amigos, ella cedió. No dijo que sí directamente. Se quedó callada cuando le volví a plantear el tema. Y ese silencio, después de tantos años de noes rotundos, fue para mí más excitante que cualquier promesa explícita.

—Una chica, entonces —murmuró, mirando la cerveza—. Solo una chica. Nada de hombres.

—Solo una chica —le prometí.

Mentí. Mentí desde el primer minuto.

Al día siguiente revisé los avisos clasificados del diario, en la sección de contactos. El corazón me latió fuerte cuando encontré uno que me llamó la atención. Una pareja joven que se ofrecía para encuentros con matrimonios. No era exactamente lo planeado. Era mucho mejor. La oportunidad de que ella probara con otro hombre, justamente la línea que me había prohibido cruzar, era demasiado tentadora para dejarla pasar.

Esa misma tarde se lo conté. Lorena puso esa cara que tan bien conozco, esa mezcla de incomodidad y curiosidad reprimida que tantas veces le había visto al hablar de sexo.

—Yo dije una chica —repitió.

—Lo sé. Pero pensalo. Vos sola contra dos. Una mujer para mí, un hombre para vos. Es más justo así.

Le insistí toda la tarde. Le hablé al oído mientras le besaba el cuello en la cocina. Le susurré la fantasía mientras se duchaba antes de cenar. Le dije que solo lo intentáramos una vez. Que si no le gustaba, no volveríamos a tocar el tema nunca más. Después de tres horas de ruegos, asintió con la cabeza sin mirarme.

Llamé al número del aviso antes de que pudiera arrepentirse.

***

Sebastián y Camila llegaron una hora después. Él tendría unos treinta años, alto, con la barba recortada y una camisa abierta hasta el segundo botón. Saludó con un apretón firme y una sonrisa que tranquilizaba. Ella era más joven, no más de veinticinco, morena, de cuerpo menudo y ojos enormes. Vestía un vestido corto que le marcaba la cintura y zapatos de tacón bajo. Los dos parecían acostumbrados a ese tipo de encuentros. Nosotros, en cambio, no sabíamos ni dónde poner las manos.

Los invitamos a pasar. Lorena les preparó un vermut con hielo mientras yo les mostraba la casa. Hablamos de pavadas durante quince minutos: el trabajo, el barrio, una película que todos habíamos visto. Era una conversación absurda sabiendo lo que íbamos a hacer, pero ayudó. Camila reía con facilidad. Sebastián miraba a mi esposa con discreción, sin presionar, dejándole tiempo para acomodarse.

Cuando terminamos las copas, fue Camila quien rompió el hielo.

—¿Vamos? —dijo, mirando a Lorena con dulzura, como si le estuviera proponiendo bajar al jardín.

Mi esposa se levantó despacio. Le temblaban las manos.

***

Subimos al dormitorio. Los invitados pidieron pasar primero al baño y se metieron juntos, sin pudor. El sonido del agua corriendo, los murmullos y alguna risa apagada que se filtraba por debajo de la puerta hicieron que mi corazón se acelerara. Lorena se sentó en el borde de la cama sin decir nada. Le tomé la mano.

—Si no querés, paramos —le dije.

Ella negó con la cabeza.

—Ya estamos acá —respondió en voz baja—. Vamos hasta el final.

Cuando Sebastián y Camila salieron del baño envueltos en toallas, mi esposa y yo nos metimos a la ducha. Le besé el cuello bajo el agua y le froté la espalda con jabón. Estaba tensa. Le susurré al oído que la amaba, que esa noche íbamos a vivir algo único y que después seguiríamos siendo nosotros. Asintió en silencio.

Salimos envueltos en toallas. La pareja ya estaba en nuestra cama. Camila estaba de rodillas frente a Sebastián, lamiendo con calma una verga gruesa y notoriamente más grande que la mía. Lorena se quedó parada en la puerta, mirando, como hipnotizada. Camila levantó la vista y, con una sonrisa cálida, le hizo una seña para que se acercara.

—Vení —le dijo—. No muerde.

Mi esposa dio dos pasos. Luego otros dos. Camila le tomó la mano y la guió hasta el suelo, a su lado. Le mostró cómo agarrarla, cómo besarla primero antes de meterla en la boca. Lorena, mi mujer recatada que doce años atrás había llegado virgen al matrimonio, cerró los ojos y se llevó por primera vez en su vida la verga de otro hombre a los labios.

No pude moverme durante unos segundos. La estampa era exactamente la que tantas veces había imaginado y, al mismo tiempo, mucho más intensa. Mi esposa de rodillas, las mejillas hundidas, una mano sosteniendo la base mientras la otra acariciaba el muslo de Sebastián. Sentí celos y excitación a la vez, mezclados en una sola corriente que me dejó sin aire.

Camila se giró hacia mí. Sin decir palabra, gateó por la alfombra hasta donde yo estaba parado y, sin soltar la toalla que me cubría, me la fue desanudando con los dientes. Cuando cayó al suelo, me tomó en la boca con una habilidad que delataba experiencia. Mientras me chupaba, no dejaba de mirarme a los ojos, como si quisiera que no me perdiera ni un detalle de lo que estaba pasando al otro lado de la habitación.

***

Sebastián fue el primero en levantarse del juego de bocas. Sin prisa, tomó a Lorena de la mano y la guió hasta la cama. La acostó boca arriba y le abrió las piernas con suavidad. Sacó un preservativo del bolsillo del pantalón que había dejado en la silla y se lo dio a ella.

—Ponémelo vos —pidió.

Mi esposa lo miró asustada. Nunca había hecho algo así. Sebastián le explicó con calma, como un profesor paciente. Le pidió que lo desenrollara con los labios, despacio, y ella obedeció. Lo hizo con torpeza la primera vez y tuvo que volver a intentarlo. Cuando lo logró, sonrió. Una sonrisa tímida, casi infantil, que contrastaba con todo lo demás.

Él se acomodó entre sus piernas y se quedó quieto unos segundos, esperando. Lorena giró la cabeza y me buscó con los ojos. Yo estaba sentado en el sillón del rincón, con Camila a horcajadas sobre mí, mordiéndome el cuello. Le sostuve la mirada a mi esposa y le hice un gesto pequeño con el mentón. Adelante.

Sebastián empujó.

El gemido que soltó Lorena cuando él entró por primera vez no se pareció a ninguno que yo le hubiera escuchado en doce años. Era más grave, más animal, casi sorprendido. Como si su propio cuerpo le hubiera fallado, como si hubiera intentado callarse y no hubiera podido. Sebastián entró despacio, hasta el fondo, y se quedó así un instante, mirándola, dándole tiempo para acomodarse a su tamaño.

Después empezó a moverse.

Camila se levantó de mi regazo y me llevó hacia la cama. Me arrodilló frente a su boca y se puso a chupármela con ganas, sin dejar de mirar de reojo a su novio cogiéndose a mi esposa al lado nuestro. La habitación entera olía a piel, a perfume y a sudor. Las paredes me parecían más cerca. Todo era demasiado intenso para procesarlo en tiempo real.

Sebastián la dio vuelta y la puso en cuatro. Lorena, mi esposa católica, mi esposa de misa los domingos, levantó el culo y arqueó la espalda como una experta. Él la agarró del pelo y empezó a embestir con fuerza. Ella gritaba. Gritaba como nunca la había escuchado: una mezcla de dolor, sorpresa y placer puro que me llenó los ojos de lágrimas sin que pudiera evitarlo.

***

Cambiamos. Yo tomé a Camila por la cintura y la llevé al sillón. Sebastián se quedó con mi mujer en la cama. La cogí a ella con ganas, con la rabia y el deseo acumulados de tantos años de espera. Camila se entregaba sin reservas, mordiéndome el hombro, susurrándome guarradas al oído. Pero mi atención no estaba del todo en ella. Cada pocos segundos miraba a la cama, donde Sebastián seguía clavándole a mi esposa.

En un momento me acerqué a Lorena por detrás, mientras ella estaba a cuatro patas con él dentro, y le susurré al oído lo que llevaba años queriendo decirle.

—Quiero que te lo dé por el culo.

Ella abrió los ojos. No dijo nada. Solo me miró con esa mezcla de miedo y curiosidad que ya le conocía. Y yo, conociéndola, entendí que ese silencio era un sí.

Sebastián me escuchó. Salió de ella sin avisar y le besó la espalda. Camila vino a sentarse al borde de la cama, abrazó a mi esposa por delante y le susurró cosas dulces al oído, como si supiera exactamente lo que tenía que hacer para tranquilizarla. Sebastián le pasó la lengua por el culo a mi mujer durante un buen rato, despacio, con paciencia. Lorena gemía bajito, moviendo apenas las caderas.

Cuando él apoyó la cabeza de la verga en su ano, ella se tensó. Sebastián empujó con decisión, sin frenar, y el grito que soltó Lorena se escuchó hasta la calle. Un grito largo, agudo, mezcla de dolor y de algo más. Camila la sostuvo de los hombros y le besó la boca para callarla, y entonces mi esposa empezó a relajarse. Sebastián entró del todo. Esperó. Y cuando empezó a moverse despacio, ella ya no gritaba: gemía. Gemía como nunca.

Le pidió a Sebastián que se acostara boca arriba y se sentó encima de él. Mi esposa, encima de otro hombre, ensartada por detrás, con la cara contraída de placer. La imagen se me grabó en la retina para siempre. Aproveché que estaba en esa posición y me arrodillé frente a ella. Le metí la lengua en el coño que él me había dejado libre. Estaba caliente, hinchada, mojada. Después la penetré yo también, por adelante, mientras Sebastián seguía moviéndola por detrás.

Lorena bramó. No encuentro otra palabra. Bramó mientras la cogíamos los dos al mismo tiempo, una verga en cada agujero, su cuerpo apretado entre los dos. Camila nos miraba desde el costado, masturbándose, sonriendo, susurrando que éramos increíbles.

***

Sebastián terminó dentro del condón con un gruñido seco. Se quedó quieto unos segundos, abrazado a la espalda de mi esposa, y después salió con cuidado. Le besó el hombro, le acarició el pelo, le dijo algo al oído que la hizo sonreír. Yo todavía estaba dentro. Aproveché esos segundos de pausa para tomar el control. La di vuelta, la puse en cuatro otra vez y me corrí en su culo dilatado, llenándolo con todo lo que tenía guardado.

Después, Sebastián se levantó, se quitó el condón y se acercó a la cara de Lorena. Mi esposa nunca había aceptado que me corriera en su cara. Ni una sola vez en doce años. Pero esa noche no dijo nada. Abrió la boca y cerró los ojos y dejó que él se viniera entero sobre sus labios, sobre la barbilla, sobre las mejillas. Cuando terminó, ella sonreía con los ojos todavía cerrados.

Nos despedimos en la puerta, vestidos otra vez, como si nada hubiera pasado. Sebastián me dio la mano. Camila abrazó a Lorena y le susurró algo que no escuché. Cerramos la puerta y subimos al dormitorio en silencio. Mi esposa se metió en la ducha. Yo me quedé sentado en la cama deshecha, mirando las marcas de pies en las sábanas, oliendo el aire que todavía guardaba el rastro de los cuatro.

Cuando Lorena salió del baño, envuelta en una toalla, vino a sentarse a mi lado. No me miró. Apoyó la cabeza en mi hombro.

—Otra vez —dijo, después de un largo silencio—. Pero no tan pronto.

Le sonreí y le besé la frente. No le respondí nada. No hacía falta.

Nunca imaginé que vería a mi mujer recatada, mi mujer de misa, mi mujer que había llegado virgen al matrimonio, disfrutando de otro hombre con tanto gusto. Y, sin embargo, ahí estaba, abrazada a mí, con el cuerpo todavía caliente del cuerpo de otro, pidiéndome que repitiéramos.

Doce años de fantasía. Una sola noche. Y todo había cambiado para siempre.

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