Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El postre que Daniela no tenía en el menú del hotel

Conocí a Daniela en un viaje de trabajo a Puerto Vallarta, en uno de esos restaurantes pegados al hotel donde casi todo el personal recibe propinas en dólares. Yo estaba cerrando una operación con tres socios y un par de clientes potenciales, y a la primera mirada los cinco fantaseamos con la misma chica.

Llevaba el uniforme del local: falda corta color caramelo, blusa blanca tan ligera que se le adivinaba el sostén. Pechos pequeños y redondos, cintura estrecha, cadera ancha, y un trasero que se balanceaba al caminar como si supiera exactamente a quién mirarle por encima del hombro. Tendría veintidós años, calculé. Yo acababa de cumplir cuarenta y tres.

De los cinco días que estuve en la ciudad, cuatro fui a cenar al mismo lugar. Siempre pedí su mesa. Me gustaba su cara, me gustaba su risa fácil, y me gustaba ese juego suyo de provocar y retirarse a tiempo.

—¿Y usted qué me quiere hacer, don Mauricio? —me preguntó la segunda noche, mientras me llenaba la copa.

—Lo que no te haría —dije.

—Pues fíjese que ese postre no está en el menú.

—Si lo estuviera, no me importaría el precio.

—¿Y cuánto pagaría usted? —preguntó, sin dejar de sonreír.

Le seguí el juego.

—Trescientos dólares.

—¿Tan poco valgo?

—Quinientos, entonces.

Se le iluminó la cara, pero solo un segundo. Después volvió a su circuito de mesas como si nada.

Las dos noches siguientes el coqueteo subió de temperatura. Me decía cosas como «cómo debe sufrir su esposa, si de verlo a usted dan ganas de morderlo entero», y se reía sola al alejarse. Le dejé veinte dólares de propina cada vez. La última noche, treinta.

Cuando trajo la cuenta, le dije que se quedara con el cambio. Al minuto volvió, dejó un papelito doblado junto a mi café y se inclinó lo justo para que el escote me distrajera.

—Llámeme a las once —dijo bajito—. Si todavía quiere probar el postre.

***

A las once y un minuto, marqué.

—Don Mauricio. Pensé que no me iba a llamar.

—¿De verdad esto va en serio?

—Sí —contesté—. Salvo que te eches atrás.

—Es que yo nunca he hecho una cosa así. Tengo miedo.

—Tómalo como una aventura —le dije—. Mañana me voy. Nadie va a saber nada.

—Bueno. En veinte minutos estoy ahí. ¿Le importa si me ducho en su cuarto? Acabo de salir del trabajo y no quiero que mi mamá note nada raro.

—Adelante. ¿Compro protección?

—Tomo la píldora desde los dieciséis. Y usted se ve sano.

Colgué con el pulso a mil. Puse el despertador por si me dormía. No me dormí.

***

Llegó con jeans, una blusa roja sin mangas y una bolsita de mano. Pasó al baño y cerró con llave. Cuando salió, traía solo una toalla amarrada a la cintura, los pechos al aire y el pelo todavía húmedo cayéndole sobre el cuello. Tez clara, areolas color café, un pequeño tatuaje en el abdomen que parecía un jeroglífico.

—Estás temblando —le dije, cuando me acosté a su lado.

—Es de nervios.

Para sacarla del miedo, me desnudé yo primero. Mi verga estaba a medias, tan tensa como ella. Le aparté la toalla y descubrí que todavía traía puesto el bikini negro que se había guardado en la bolsa.

Le besé el cuello. Bajé despacio por la clavícula, le chupé un pezón hasta sentir que se le aceleraba la respiración. Me hundí en el tatuaje, lamí cada trazo, y la oí soltar el primer suspiro de verdad. Le bajé el bikini y encontré una panocha pequeñita, depilada salvo por un pequeño triángulo encima, los labios cerrados, el clítoris escondido.

A la primera lamida, gimió como si la hubiera sorprendido. A los tres minutos me agarró la cabeza y dijo, casi avergonzada:

—Me hizo acabar.

No paré. Le seguí trabajando el clítoris con la lengua y apretándole los pezones con los dedos. A los cinco minutos volvió a correrse, y esta vez fue más largo. Me miró desde abajo con una mezcla de sorpresa y vergüenza.

—Nunca me había venido dos veces seguidas.

—Vamos por la tercera —le dije.

La puse de rodillas, cara a la almohada, y volví a comerle la panocha desde atrás. Subí poco a poco. Le lamí el perineo, me detuve unos segundos a respirar sobre su culito, y cuando le pasé la lengua por el ano se contrajo entero.

—Por Dios, me voy a venir otra vez —susurró.

Le chupé el ano quince segundos. Se vino con un grito ahogado, los músculos de las piernas temblando sin control. Cuando le pasó la oleada, se dejó caer sobre el colchón y se quedó mirando el techo, riéndose sola.

—Tres veces. En veinte minutos. Nunca me había pasado.

***

—¿Cuánto hace que no coges?

—Un par de meses.

—Pensé que tenías novio.

—Llevamos dos semanas. Todavía no llegamos a esto. Una no se entrega así.

Se giró hacia mí, me miró la verga y se le escapó una risa.

—Es la más grande que he visto.

—¿Has tenido muchas?

—Tres. Y ninguna buena.

Bajó por mi pecho a su ritmo, me lamió el glande para limpiarme el líquido y se la metió hasta la mitad. No tenía técnica, pero tenía ganas, y eso a veces vale más. Me chupó los huevos, volvió arriba, me preguntó con la mirada si estaba haciéndolo bien. Le aparté la mano y le dije:

—Ponte en cuatro. Quiero acabar adentro.

Verla de espaldas, con esas caderas anchas y el culo pequeño y redondo, fue casi demasiado. Tuve que respirar dos veces para no correrme antes de entrar. Estaba empapada. Le apoyé el glande en la entrada y la sentí abrirse, apretarme, jalar.

—Tiene una verga potente, don Mauricio —dijo entre dientes.

Empecé despacio. Cinco minutos así, y de a poco subí el ritmo. Cada empujón le sacaba un gemido nuevo. A los siete minutos, le mojé el dedo pulgar con su propia saliva y se lo metí en el ano hasta la primera falange. Se le arqueó la espalda entera.

—Así, papito, no pares, no pares.

Le seguí dando hasta que se desplomó de bruces y yo caí encima. La cama crujía contra la pared. En algún cuarto vecino, alguien tuvo que estar escuchando todo.

Cuando sintió que estaba por venirme, se giró, me sentó en la cama y se la metió en la boca con los ojos cerrados. Me corrí en su lengua, y le bajó un hilo blanco por el mentón. No sé si tragó todo. Tampoco le pregunté.

***

Nos metimos a la ducha. Ahí, mientras le pasaba el jabón por la espalda, empezamos a hablar de verdad.

—¿Usted antes había pagado por estar con una chica?

—No —le mentí.

—¿Y por qué lo hizo conmigo?

—Porque eres preciosa. Porque salió en la conversación.

—Sabe… me gustó desde el primer día. Cuando me empezó a coquetear, fantaseé con esto. Lo del dinero salió por la broma del postre, pero yo no estoy aquí por la plata. Estoy aquí porque me pareció elegante. Anoche llegué a mi casa pensando en usted y me masturbé. Lo de hoy era mi oportunidad de tener una aventura con un hombre mayor.

—Gracias por el halago tan largo —le dije, y le di un beso bajo el chorro.

—Espero haber estado a la altura. No tengo tanta experiencia, pero me defiendo —se rio.

—¿Algo que te gustaría hacer? —le pregunté después.

Dudó. Movió la cabeza, miró al piso de la ducha.

—Me da pena.

—Total, mañana me voy y no me vas a volver a ver.

—Siempre fantaseé con que me cogieran del culo. Y viendo la suya, se me antoja sentirla ahí.

—¿Nunca te lo pidieron?

—Para mucha gente todavía es tabú.

—¿En qué posición?

—En todas. Pero más que nada, de perrito.

***

Salimos de la ducha. Se secó frente al espejo, me miró por encima del hombro, y volvimos a la cama. La puse otra vez en cuatro. Le comí el ano hasta que se vino una cuarta vez sin que yo le tocara nada más. Me decía, entre suspiros, que no entendía cómo era posible correrse así.

Cuando intenté entrarle, le pregunté si quería que parara al primer aviso. Negó con la cabeza.

Mojé la verga con sus propios jugos. La presioné despacio. El primer anillo se rindió con un pequeño gemido que no supe leer si era de placer o de dolor. Pero ella nunca pidió pausa.

Cuando estuve adentro hasta el fondo, levantó la cabeza y dijo entre dientes:

—De lo que me iba a perder.

Empecé suave. Después tomó ella el ritmo, empujando hacia atrás contra mis caderas. Le pedí permiso para sacar la cámara de viaje y le tomé un par de fotos donde no le saliera la cara entera. Ella misma borró las dos en las que se reconocía.

Le di más fuerte. La cama golpeaba contra la pared otra vez. Le agarré las caderas con las dos manos y la taladré hasta que se vino, y cuando se vino se desplomó otra vez sobre el colchón. Le seguí dando un par de minutos más antes de soltar adentro de ella todo lo que me quedaba.

***

Repetimos el anal dos veces más esa noche. A las seis de la mañana se levantó, se vistió y se ajustó el reloj. Tenía que volver a casa antes de que su madre despertara. Le tuve que insistir tres veces para que aceptara los quinientos dólares.

—Me hace sentir como una puta —dijo, doblando los billetes.

—Eres mi puta. Si vuelvo a esta ciudad, te vuelvo a pagar para repetir.

Sonrió como si la frase la hubiera tranquilizado en lugar de ofenderla.

Se llevó el bikini negro guardado en la bolsa, y antes de salir me pidió el bóxer que había usado la noche anterior, con las manchas secas del líquido pre seminal.

—Cada vez que me masturbe pensando en usted, los voy a oler —dijo desde la puerta.

Y cerró sin esperar respuesta.

Valora este relato

Comentarios (4)

NicoBA_85

tremendo relato, me enganche desde el primer parrafo

carla_mdq

Que romantico lo del papelito!! esas cosas ya no pasan, o si pasan?

LuisViajero

Me recordo a un viaje de trabajo que hice hace unos años, aunque en mi caso ella no me dejo ningun papelito jaja. Muy bueno igual

Facu_Tuc

buenisimo!!! por favor que haya continuacion

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.