Lo que me enseñó mi prima francesa esa noche
Camila tenía veinte años, el pelo castaño oscuro hasta media espalda, la piel tostada de los veranos en Cachagua y unos ojos color avellana que se le entrecerraban cuando reía. Estudiaba Periodismo en una universidad privada de Santiago, vivía con sus padres en Vitacura y arrastraba una soltería que ya empezaba a pesarle más de lo que estaba dispuesta a admitir delante de sus amigas.
Su prima segunda Margaux había aterrizado en enero desde Marsella con la excusa oficial de perfeccionar el español. Tenía veintiuno, el pelo rubio platino con ondas que parecían recién salidas de una peluquería del centro de París, un metro setenta y siete de piernas interminables y unos ojos azul hielo que miraban a todo el mundo como si estuvieran calculando cuánto tardarían en derretirlo. Estudiaba Ciencias Políticas en Aix-en-Provence y, según le había contado a su tía en la primera comida familiar, había venido también «para descansar de un chico que no sabía besar».
Aquella noche de mediados de enero las dos primas estaban tiradas sobre la cama king de la pieza de invitados. Hacía un calor pegajoso, de esos que no se van ni con el ventilador del techo girando a máxima velocidad. La botella de rosé provenzal que Margaux había traído de regalo estaba casi vacía sobre la mesa de noche, junto a dos copas con marcas de labios distintas. Las dos llevaban shorts cortos y poleras anchas que se les habían pegado a la espalda por el sudor.
Camila suspiró largo, mirando las aspas del ventilador.
—Margaux… te tengo que contar algo. Y no me puedo creer que lo vaya a decir en voz alta.
—Dime, ma belle —respondió la francesa, girándose de costado para mirarla. Apoyó la mejilla en la mano y esperó, paciente.
—Nunca he tenido pololo de verdad. Algún beso en algún carrete, un par de manos que se metieron donde no debían cuando no me di cuenta… pero nada más. Tengo veinte años y nunca he sentido un orgasmo. De verdad, ¿eh? Lo digo en serio. Me toco a veces, sola, en la pieza con llave, meto dos dedos en el coño y me froto el clítoris hasta que me duele la muñeca, pero llego hasta un punto y después nada. Me bloqueo. Es como si el cuerpo se me apagara justo antes.
Margaux se quedó callada un momento. Después soltó una risa baja, sin pizca de burla, casi tierna.
—Pero, Camila… eres preciosa. ¿Y los hombres de este país no saben usar las manos ni la lengua? No, no me contestes, ya sé la respuesta. En Francia dejar a una mina sin correrse sería un crimen contra la humanidad.
Camila se tapó la cara con la almohada.
—No te rías, weona. Me da vergüenza hasta decirlo. Tengo veinte años y todavía no sé qué es eso que tanto le gusta a la gente.
Margaux le quitó la almohada con suavidad y le pasó la yema de los dedos por la mejilla, muy despacio, como si la estuviera reconociendo por primera vez.
—¿Sabes qué? Esta noche te enseño yo. Sin chicos, sin presión, sin que tengas que fingir absolutamente nada. Solo tú y yo. Te voy a hacer correr hasta que me pidas por favor que pare. ¿Confías en mí?
Camila levantó la cara despacio. Esos ojos azules estaban más cerca de lo que esperaba, y el rosé le daba un valor que sobria no habría tenido nunca.
—…Sí. Enséñame.
Margaux sonrió como quien acababa de ganarse un premio que llevaba semanas esperando.
—Perfecto. Pero primero quiero mostrarte algo que traje en la maleta. Lo compré en una boutique del Marais antes de venir. Pensé… bueno, pensé que tal vez lo íbamos a usar. Y ya ves.
Se levantó descalza, abrió uno de los cajones de la maleta y volvió con una cajita de terciopelo negro. La apoyó sobre la cama, frente a Camila, y la abrió sin teatralidad.
Adentro había un arnés de cuero suave y un consolador color piel, ni gigante ni intimidante, pero clarísimo en su propósito: una polla gruesa, venosa, con un glande redondo y bien marcado.
Camila abrió los ojos como platos.
—¿Y eso… para qué sirve, exactamente?
—Para metértelo despacito en el coño y que sientas, por primera vez en tu vida, lo que es que alguien te folle con paciencia. Yo me lo pongo, tú te dejas hacer. Sin prisa. Si en cualquier momento quieres que pare, paro. Te lo juro por mi madre.
Camila se mordió el labio inferior. El corazón le latía en la garganta y algo caliente le empezó a mojar la ropa interior sin que ella pudiera evitarlo.
—Ta bien… pero suave, ¿ya? No estoy lista para nada raro.
Margaux se acercó hasta quedar arrodillada frente a ella, le tomó la cara con las dos manos y la besó por primera vez. No fue un beso de prima. Fue lento, profundo, con la lengua justa, buscándole la lengua adentro de la boca hasta enredarlas. Camila sintió que algo se le movía en el vientre, una corriente eléctrica que bajó directa hasta el coño y no había sentido nunca con ningún hombre, en ningún carrete, en ninguna fiesta.
—Suave, rico, y solo hasta donde tú quieras —murmuró la francesa contra sus labios, mordisqueándole el inferior.
«Esto no debería estar pasando. Es mi prima. Es mujer. Y no me importa nada de eso. Quiero que me toque. Quiero que me haga todo.»
***
Margaux la fue desvistiendo de a poco. Primero la polera, despacio, dejándole los brazos arriba un segundo de más, mirándole el sostén deportivo blanco como quien mira algo que llevaba tiempo queriendo. Después el sostén, sin urgencia, sin manosearla. Solo mirar y besar el cuello, justo en el punto donde Camila no sabía que era sensible. Los pezones de Camila, morenos y ya erguidos, se le pusieron duros como dos piedritas apenas les dio el aire tibio de la pieza.
—Margaux… —susurró Camila, ya con los ojos cerrados.
—Shh. No tienes que hacer nada. Solo respira y déjame chuparte entera.
La boca de la francesa bajó por el cuello, por la clavícula, por el centro del pecho. Cuando le cerró los labios alrededor del pezón derecho y empezó a chupárselo con la lengua plana, lamiéndoselo en círculos antes de encerrarlo entre los dientes con cuidado, Camila soltó un sonido corto que la sorprendió a ella misma. Era un gemido bajo, gutural, que no se había escuchado nunca. Margaux levantó los ojos sin soltarla y sonrió contra su piel, con el pezón todavía atrapado entre los labios.
—Ah… te gusta que te chupen las tetas. Bien. Cuéntame todo lo que te guste. No te quedes callada. Quiero oírte gemir como una perra.
La lengua de Margaux trabajó cada pezón con una paciencia que rayaba en la crueldad. Los mordía apenas, los soltaba, los soplaba fríos y volvía a chupárselos calientes. Le agarró las dos tetas con las manos y se las apretó, hundiéndole los dedos en la carne blanda, y le siguió pasando la lengua entre ellas mientras Camila arqueaba la espalda. Camila empezó a moverse debajo, instintivamente, apretando los muslos, buscando algo que ni ella sabía qué era. Las manos de la francesa le bajaron el short y la ropa interior en un solo movimiento, sin ceremonia, y se las dejó enredadas en los tobillos. La bombacha blanca estaba empapada, con una mancha oscura en el medio que no dejaba lugar a dudas.
—Abre las piernas. Despacio. Como tú quieras. Mírame cómo estás, ma belle, estás chorreando.
Camila obedeció, muerta de vergüenza y de ganas. Tenía las mejillas ardiendo y un pudor nuevo, como si fuera realmente la primera vez que la veían entera. Margaux se quedó un segundo mirándole el coño abierto, los labios rosados hinchados, el clítoris ya asomado como una perlita entre el vello castaño recortado. Los ojos azules se le suavizaron por algo parecido a la ternura, pero también por un hambre que no se molestó en disimular.
—Eres preciosa. En serio. Tienes un coño precioso. Que los hombres de Santiago se pierdan esto es un escándalo.
Y bajó.
La boca de Margaux entre sus piernas fue una revelación. No era ansiosa, no era brusca, no era nada de lo que Camila había imaginado en sus pocas fantasías de medianoche. Era una boca que sabía exactamente dónde estaba todo. Le empezó lamiéndole el interior de los muslos, subiendo despacio, respirándole caliente encima del coño sin tocarlo. Después le pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, de un solo lametón largo que le recogió todo el flujo que tenía acumulado. Camila casi se muere ahí mismo.
—Ay, puta… Margaux… qué mierda es eso…
La francesa siguió. Le abrió los labios del coño con dos dedos y le clavó la lengua adentro, hurgándole, saboreándola. Le chupó los labios menores uno por uno, sin apuro, y después le puso los labios encerrados alrededor del clítoris y empezó a chupárselo con una succión suave, constante, la lengua moviéndose de lado a lado por encima. Se demoraba donde Camila respiraba más fuerte y se desviaba justo cuando empezaba a temblar demasiado, solo para volver justo cuando ella creía que se iba a morir si no volvía.
—Oh… Margaux… qué rico… no pares, por favor no pares…
Le metió un dedo. Después dos. Los curvó hacia arriba, buscando algo adentro, y cuando lo encontró Camila pegó un respingo como si le hubieran pasado corriente. Margaux se rió bajito contra el clítoris, sin dejar de chupar, y empezó a mover los dedos con un ritmo lento, insistente, apretándole justo ese punto adentro mientras la lengua no le soltaba el clítoris ni un segundo. Camila sintió que se iba, que ya estaba, que se le venía por fin la ola que llevaba veinte años esperando.
Pero Margaux paró. Sacó los dedos brillantes, se los metió a la boca uno por uno chupándoselos, y levantó la cara con los labios y el mentón brillantes, y le dijo en voz muy baja:
—Todavía no. Quiero que te corras conmigo adentro. La primera vez que te corras quiero estar mirándote a los ojos, con la polla metida en el coño hasta el fondo.
Camila se quedó sin aire. Asintió en silencio, temblando.
***
La francesa se levantó, se sacó la polera, los shorts, todo, con una naturalidad que Camila envidió en el acto. El cuerpo de Margaux era tal cual lo había imaginado en los días anteriores sin atreverse a confesárselo: largo, blanco, con pechos pequeños y firmes rematados por pezones rosados diminutos, y un triángulo rubio recortado entre las piernas que casi no se veía. Se puso el arnés con la práctica de quien lo había hecho antes muchas veces, sin pedir disculpas por ello. La polla de silicona quedó ajustada contra su pubis, apuntando hacia arriba, obscena y perfecta.
—Voy a entrar muy despacio. Si te duele, me avisas. Si te gusta, también. Tú me vas guiando. Pero antes… —se acercó gateando por la cama, se le sentó encima del pecho y le acercó la punta del consolador a los labios—. Chúpamela un poquito. Mójala bien para que entre suave.
Camila abrió la boca sin pensarlo. Se la metió despacio, se la sacó, la volvió a meter. La lengua le daba vueltas a la punta, curiosa, imitando lo que había visto en algún video prohibido. Margaux la miraba desde arriba con los ojos entrecerrados, susurrándole «así, ma belle, así, qué bien la chupas para no haberla chupado nunca». Cuando la polla ya estaba brillante de saliva, la francesa se acomodó entre las piernas de Camila, le pasó un poco más de saliva encima del coño, sacó un lubricante de un bolsillo del arnés y le echó unas gotas frías que la hicieron pegar un saltito.
—Respira. Voy a entrar.
Le apoyó la punta contra la entrada. La hizo pasear por los labios, arriba y abajo, mojándolo todo, rozándole el clítoris con el glande de silicona hasta que Camila empezó a mover las caderas buscándolo. Y ahí, cuando ya estaba desesperada, la fue penetrando milímetro a milímetro. Camila contuvo la respiración. No le dolió. No le dolió en absoluto. Fue una sensación de plenitud que no había sentido nunca, ni con sus propios dedos ni con los dos o tres intentos torpes de los chicos del colegio. La sintió abrirse, ensancharse, ceder de a poco hasta que la polla le entró entera y las caderas de Margaux quedaron pegadas contra las suyas.
«Chucha… ¿así se siente tener una polla adentro? ¿Esto es lo que la gente lleva años diciéndome? No puede ser tan rico, no es justo, no es justo.»
Margaux empezó a moverse. Lento al principio, casi imperceptible, sacándola casi entera y volviendo a hundirla hasta el fondo, mirándola fijo a los ojos como había prometido. Le tomó una mano y se la apoyó en su propia cintura. Camila se aferró, y con la otra mano la agarró del culo para pegársela más. Las caderas de la francesa empezaron a marcar un ritmo perfecto, constante, profundo, embistiéndola con toda la polla adentro cada vez, que Camila sintió crecer desde el centro hacia todas partes del cuerpo. Cada vez que Margaux se hundía, el hueso de su pubis le golpeaba el clítoris hinchado y le mandaba una descarga hasta la nuca.
—Eso. Así. Respira. No cierres los ojos. Mírame mientras te folio.
Camila la miró. Tenía la frente brillante de sudor, el pelo rubio pegado a las sienes, los pechos pequeños balanceándose con cada envestida, y una sonrisa concentrada que la hacía verse mayor de veintiuno. Era la cara de alguien que estaba haciendo lo que mejor sabía hacer en el mundo. Margaux le levantó una pierna, se la puso al hombro, y desde ese ángulo la empezó a coger más profundo, más lento, buscándole el punto de adentro con cada estocada.
—Margaux… algo me está pasando… algo se me está poniendo raro abajo… no aguanto…
—Eso es. Déjate. No lo aguantes. Suéltalo. Córrete en mi polla, ma belle, córrete rico para mí.
Le mojó el pulgar en la boca y le empezó a frotar el clítoris en círculos mientras seguía metiéndosela hasta el fondo. Camila sintió que la cama desaparecía debajo de su espalda. Que el ventilador del techo dejaba de existir. Que el calor de enero, la pieza de invitados, la casa entera dejaban de existir. Solo quedaba un punto, muy adentro, donde la polla la seguía golpeando, que se estaba expandiendo en oleadas que le subían por el vientre, por el pecho, por la garganta.
«Me corro. Me corro de verdad. Por fin. Por fin.»
—Margaux… puta… me estoy corriendo, me estoy corriendo entera, no pares, más fuerte, más fuerte…
Y se vino. Con un grito que tuvo que ahogar contra el hombro de la francesa para que no la escuchara la familia entera al otro lado del pasillo. Sintió el coño apretarse alrededor de la polla en espasmos, uno detrás de otro, mientras un chorro tibio se le escapaba mojándole los muslos y mojando a Margaux. Temblando, aferrada, sin saber si reía o lloraba, con las uñas clavadas en el culo blanco de su prima. Margaux la siguió cogiendo despacio, alargándole el orgasmo todo lo que pudo, sin dejar de frotarle el clítoris, hasta que Camila le tomó la cara y le susurró «basta, basta, no aguanto más, se me pone todo demasiado sensible».
Margaux se la sacó despacio, milímetro a milímetro, y Camila sintió el vacío raro de quedarse sin ella adentro. La polla de silicona salió brillante, chorreando de flujo. La francesa se agachó y le dio un último lametón lento al clítoris palpitante, solo para verla estremecerse una vez más.
***
Quedaron abrazadas, sudor con sudor, respirando al mismo ritmo. Margaux se sacó el arnés con una mano sin separarse del todo, lo dejó caer al piso y se acurrucó contra ella, pegándole una teta contra el brazo. Le acarició el pelo, despacio, como se acaricia a alguien que acaba de cruzar una frontera importante.
—¿Ves? Ahora ya sabes.
Camila tenía los ojos llenos de lágrimas. Eran lágrimas raras, lágrimas de algo que no sabía nombrar. Alivio. Asombro. Algo más, mucho más grande, que prefirió no examinar todavía.
—Margaux… gracias. En serio, gracias. No entiendo cómo nadie había hecho esto conmigo antes.
—Porque nadie se había tomado el tiempo. Es lo único que hace falta. Eso, y querer hacerlo bien. Y saber comerte el coño como se merece.
Camila se rió bajito y se giró sobre el codo. Le pasó la mano por el vientre plano, bajó los dedos hasta el vello rubio y se quedó ahí, indecisa, mirándola. Margaux le agarró la muñeca y se la empujó ella misma más abajo, hasta metérsela entre las piernas mojadas.
—Mañana te enseño a devolverme el favor. Con la boca y con los dedos. Vas a aprender a mamar coño como una francesa. ¿Te parece?
Camila sintió lo empapada que estaba su prima y se le contrajo el estómago de puras ganas otra vez.
—¿Cuánto te quedas en Santiago?
—Hasta marzo. Casi dos meses más.
—Bien. Porque mañana quiero la clase número dos. Y la tres. Y la cuatro. Y todas las que vengan hasta el día que te subas al avión. Quiero probarte. Quiero que me enseñes todo.
Margaux se rió bajito contra su cuello y le mordió el lóbulo de la oreja.
—Ma belle, eso era exactamente lo que esperaba que dijeras.
Afuera, los grillos de enero seguían cantando como si no hubiera pasado nada. Adentro, Camila ya estaba pensando, con los ojos cerrados y una sonrisa nueva en la boca, en todo lo que le faltaba por aprender antes de que su prima francesa se subiera al vuelo de vuelta a Marsella.