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Relatos Ardientes

Camila me enseñó a desear a otra mujer

La habitación estaba a media luz, con la lámpara del pasillo filtrándose por debajo de la puerta. Yo me había sentado en el borde de la cama sin pensarlo, como si el cuerpo hubiera decidido antes que la cabeza. Tenía las manos cruzadas sobre el regazo, los muslos tensos, y un nudo en la boca del estómago que no sabía si era miedo o impaciencia.

Camila estaba de pie frente a mí, sin apuro. Llevaba una bata abierta sobre la piel desnuda, y yo intentaba no mirar demasiado, aunque cada vez que apartaba la vista volvía sin permiso al mismo lugar: la sombra oscura entre sus muslos, el pubis apenas recortado, los pezones gruesos que asomaban entre los bordes de seda.

—¿Estás bien, Lucía? —me preguntó.

Asentí. No me salió la voz. Bajé la mirada hacia mis manos, como si ahí estuviera la respuesta a todo lo que no entendía de esa noche.

—Podés decirme que pare cuando quieras. Acá no hay nada que demostrar.

—No quiero que pares —dije, y mi voz tembló como si nunca antes hubiera dicho algo así en voz alta.

Se sentó a mi lado, sin tocarme. Dejó que el espacio entre nuestras piernas se llenara de calor antes de hacer ningún gesto. Yo sentía el aire entrar y salir por mi nariz como si lo escuchara por primera vez.

—Tu cuerpo es hermoso —dijo, sin mirarme directamente.

Solté una risa nerviosa.

—No como el tuyo. Yo soy más chica. Más plana.

—Sos distinta. Eso no es menos. Y te voy a hacer acabar tan fuerte que no vas a acordarte de que alguna vez pensaste que tu cuerpo era poca cosa.

Me miró por fin, y en sus ojos no había prisa. Había algo más viejo, más paciente. Algo que me hizo sentir que esa noche iba a aprender cosas que nadie me había contado antes.

—¿Puedo tocarte? —preguntó.

Volví a asentir, sin mirarla.

Su mano subió despacio por mi brazo, desde la muñeca hasta el hombro. La piel se me erizó como si nunca antes hubiera estado realmente despierta. Cerré los ojos. Sentí su aliento cerca del cuello, y un beso que no era un beso, sino una pregunta.

—No sé qué hacer —admití.

—No tenés que saber. Solo sentir. Abrí las piernas cuando te lo pida, y dejá que mi lengua te enseñe.

Me recostó con cuidado contra los almohadones. Se quitó la bata, y yo la vi de cuerpo entero sin la barrera de la tela. Sus tetas eran llenas, redondas, con la areola amplia y oscura, los pezones ya duros y apuntando hacia mí como si tuvieran vida propia. Su vientre era suave, sus caderas anchas. Entre los muslos, un triángulo de vello oscuro, recortado, y debajo el brillo húmedo de un coño que ya se estaba preparando para la noche. Todo en ella tenía una densidad que el mío no tenía, una madurez que me hizo apretar la sábana entre los dedos.

—¿Puedo? —pregunté, sin saber bien qué estaba pidiendo.

—Claro que sí. Tocame donde quieras. Esta noche mi cuerpo es un patio de juegos.

Mis manos se acercaron temblando. Tocaron la cintura, los costados, y luego, casi por instinto, las tetas. Las sostuve con las palmas abiertas, sintiendo el peso, el calor, la respuesta de los pezones endureciéndose bajo mis dedos. Los pellizqué apenas, y ella suspiró y arqueó la espalda.

—Son enormes —dije, casi sin aliento.

—Son tuyas esta noche. Chupalas. Metelas en la boca. Quiero verte mamar.

Bajé la cabeza y le tomé un pezón con los labios. Estaba caliente, salado apenas, y se me hinchó adentro de la boca. Camila me sostuvo la nuca y me apretó contra su teta.

—Así, con hambre. Chupá más fuerte. Usá la lengua.

Le obedecí. Le pasé la lengua alrededor de la areola, mordí despacito la punta, y ella soltó un gemido bajo que me hizo apretar los muslos. Nunca había sentido nada parecido a ese calor que me subía desde el coño, como si mi propio cuerpo hubiera esperado esa noche años.

Camila se inclinó sobre mí y empezó a besarme. No era un beso rápido. Era un beso largo, húmedo, con la lengua metiéndose entre mis labios, aprendiendo mi boca antes de pedirle nada. Sus manos bajaron por mi vientre, por mis muslos, y cuando llegaron al centro, me tensé. Los dedos se detuvieron sobre el vello, sin entrar todavía, esperando.

—¿Está bien?

—Sí. Solo que… nunca nadie me tocó ahí. Así.

—Entonces vamos despacio. Voy a abrirte de a poquito, y te vas a mojar tanto que mis dedos se van a resbalar solos.

Dos dedos separaron los labios de mi coño con una delicadeza que me hizo temblar. Encontró el clítoris casi enseguida, lo rodeó con la yema, y yo abrí la boca en un jadeo silencioso. Todo lo que había leído, todo lo que había imaginado tocándome sola en mi cuarto, era una caricatura al lado de eso.

—Estás empapada, Lucía. Sentí, tocate conmigo.

Me guió la mano hasta mi propio coño y me hizo pasar los dedos por la humedad. Estaba resbaloso, tibio, y me olía a algo mío que no había olido nunca.

—¿Ves? Tu cuerpo ya sabe.

Bajó por mi cuello, por el esternón, por el vientre. Su boca dejó un rastro tibio de saliva que yo no quería que terminara. Me chupó los pezones pequeños, uno y después el otro, y bajó besando el ombligo, la cadera, la cara interna del muslo. Cuando llegó entre mis piernas, no presionó. Me abrió con los pulgares, contempló mi coño abierto por primera vez ante otros ojos, y sopló apenas sobre él.

—Qué rosado que sos por dentro.

Y entonces bajó la boca. La primera lamida fue larga, plana, desde la entrada hasta el clítoris, y me arrancó un grito que ahogué en la almohada. Lamió con la paciencia de alguien que ya no tenía nada que probar: rodeaba el clítoris con la punta de la lengua, se metía por los labios internos, subía y bajaba, y cada tanto chupaba con los labios como si me diera un beso profundo ahí abajo. Y mi cuerpo, que llevaba años sin reconocerse, respondió como si por fin alguien hubiera dado con la llave correcta.

—Metéme los dedos —le pedí, sorprendida de mi propia voz.

Me metió dos. Despacio, muy despacio, sintiendo cómo la carne se abría a su paso. Cuando estuvieron adentro, empezó a moverlos con un gesto de gancho, hacia arriba, mientras seguía chupándome el clítoris. Yo me arqueé sin pensar. Mis manos buscaron su cabello, su nuca, se lo tironeé sin querer. No grité. Solo gemía bajo, largo, como si cada sonido fuera una confesión que no sabía que tenía guardada.

—Me voy a… no sé qué me está pasando —jadeé.

—Acabá en mi boca. Vení. No te aguantes.

Y me corrí. Fue una explosión larga, temblorosa, que me subió desde el coño hasta la nuca y me dejó vibrando en las piernas por varios segundos. Camila no despegó la boca. Me siguió lamiendo mientras el orgasmo se me apagaba de a poco, hasta que el clítoris me quedó tan sensible que tuve que apartarla con las manos.

Cuando terminó, cuando mi cuerpo se aquietó y yo no sabía si quería llorar o reírme, ella subió a mi altura y se acomodó contra mi hombro con los labios brillantes de mí. Me besó, y me hice probar mi propio sabor. Sus tetas volvieron a quedar al alcance de mi mano, y las toqué otra vez, ahora sin pedir permiso.

—Quiero aprender —dije.

—¿Aprender qué?

—Cómo hacerte sentir lo que vos me hiciste sentir. Quiero mamarte el coño hasta que te corras vos también.

Sonrió, y me besó la frente.

—Mañana.

***

La luz del amanecer entró por los bordes de la cortina y tiñó la habitación de ámbar. Yo estaba sentada en la cama, envuelta en la sábana, con las rodillas recogidas y los ojos clavados en Camila, que se estiraba frente a mí sin pudor. Las tetas se le sacudían con cada movimiento, y entre las piernas se le veía apenas el brillo del vello todavía pegoteado de la noche.

—¿Estás pensando? —me preguntó.

Asentí. Me costaba sostenerle la mirada cuando estaba desnuda. Mis ojos terminaban siempre en sus tetas, en esa forma redonda y firme que la noche anterior se había convertido en mi único punto de referencia.

—No sé cómo hacerlo —dije al fin—. Quiero aprender. Pero me da miedo hacerlo mal.

Se sentó a mi lado, me acarició el pelo.

—No hay bien ni mal. Solo juego. Solo deseo. ¿Querés que juguemos juntas?

—Sí.

Se recostó, dejó que la sábana cayera, y me ofreció el cuerpo como si fuera un mapa nuevo. Yo me acerqué con timidez, posé las manos sobre sus tetas, las sostuve con cuidado, como si todavía no supiera cuánto podía apretar. Dibujé el borde de la areola con el dedo, lento, hasta que el pezón se endureció bajo mi caricia.

—¿Está bien?

—Muy bien. Probá con la lengua. No pienses. Sentí.

Me incliné. La lengua rozó el pezón con torpeza, y ella soltó una risa suave que me alivió.

—Más despacio. No lo limpies. Sentilo. Metelo en la boca entero, chupalo como si me quisieras sacar leche.

Lo intenté otra vez. Más lento. Más atento. Me llené la boca con la teta blanda, chupé fuerte, dejé que el pezón me raspara el paladar. Se puso firme bajo mi boca, y yo me sorprendí de mi propio efecto. Hubo algo en ese momento, en darme cuenta de que mi boca podía provocar eso, que me cambió por dentro.

—¿Te gusta?

—Mucho. Bajá más. Quiero que me lamas.

Me quedé congelada un segundo. Después bajé, torpe, besando la piel del vientre, el hueso de la cadera, la parte de adentro de los muslos. El olor me golpeó antes que la vista: espeso, salado, un olor a hembra que me hizo apretar los muslos otra vez. Le abrí el coño con los dedos como ella había hecho conmigo, y me quedé mirando esa carne rosada, brillante, con el clítoris ya hinchado esperándome.

—No sé por dónde empezar.

—Empezá con una lamida larga. De abajo para arriba. Como si estuvieras comiendo un helado.

Le hice caso. La primera lamida fue tímida, pero cuando la escuché gemir, algo se me destrabó. Volví, más segura, y le pasé la lengua entera por todo el coño. El sabor era fuerte, no era feo, era ella. Empecé a chuparle el clítoris con los labios, como me habían hecho a mí, y sentí sus muslos apretarse alrededor de mi cabeza.

—Así, Lucía, así… metéme la lengua adentro.

Le metí la lengua en el agujero, tan hondo como pude, y la moví como si estuviera besándola por dentro. Ella jadeaba, se movía contra mi cara, me pedía más. Subí otra vez al clítoris, me le prendí y no la solté. Le metí dos dedos, torpe al principio, pero cuando encontré el ritmo la sentí temblarme en la mano.

—Me vas a hacer acabar, nena. Seguí. No pares.

No paré. Chupé, lamí, moví los dedos, sentí cómo se le contraía el coño alrededor y cómo un chorro tibio me mojaba la barbilla. Camila se corrió con un gemido largo, agudo, tironeándome el pelo. Cuando la solté, tenía la cara empapada y una sonrisa que no me cabía en la boca.

—Aprendés rápido —dijo, riéndose y jadeando.

Me recosté. Camila bajó por mi cuello, por el pecho pequeño, por los pezones tímidos que apenas se asomaban. Los lamió con calma, con juego, con pausa. Yo me arqueé, me reí nerviosa, me cubrí la cara con las manos.

—No te escondas. Tu cuerpo también habla.

Sus manos bajaron por mi vientre, por las caderas, por las nalgas. Me apretó el culo con firmeza, con cariño, hasta que me clavó las uñas. Yo me estremecí. Un dedo se me metió entre las nalgas y me acarició ahí, en un lugar donde nadie me había tocado nunca.

—¿Y si quiero que se sienta más? —pregunté, con la respiración cortada.

—Entonces tocá como si estuvieras contando una historia. No solo presiones. Escuchá con los dedos. Y no le tengas miedo a ningún agujero.

Lo intenté. Cada gesto era una pregunta, cada suspiro de Camila una respuesta. Aprendí esa mañana que el deseo entre mujeres se podía leer con las manos, y que los coños hablan cuando una sabe escuchar.

***

Pasaron semanas. Yo volvía a casa de Camila los jueves, y cada jueves traía consigo una clase nueva. Aprendí que la lengua se puede usar como pluma, que los dedos también escuchan, que el silencio en la mitad de un beso a veces dice más que un gemido. Aprendí a mamarle el coño hasta hacerla acabar dos veces seguidas, a meterle tres dedos y encontrarle un punto adentro que la hacía gritar. Pero la tarde en que llegué y la encontré con Isabel, sentada cerca de la ventana, supe que ese día no iba a ser como los otros.

Isabel tenía el pelo rojo, largo, cayendo como una cortina de cobre hasta la cintura. La piel clara, salpicada de pecas que parecían constelaciones. Las caderas anchas, las tetas generosas apretadas contra una remera fina bajo la que se marcaban dos pezones sin corpiño. Cuando la vi, no sentí miedo. Sentí curiosidad. Y un tironcito en el coño que ya reconocía.

—Lucía —dijo Camila, con voz templada—, te presento a Isabel. Es amiga mía desde hace años. Hoy ella va a jugar con vos. Yo voy a estar cerca, pero hoy vos vas a guiar.

Isabel se levantó, se acercó y me tendió la mano.

—Me gusta que me miren sin apuro —dijo, con una sonrisa que no buscaba aprobación—. Y que me toquen como si estuvieran aprendiendo a leer. Y me gusta que me coman el coño despacio, para que dure.

—Todavía estoy aprendiendo —respondí, sintiendo el calor subirme a las mejillas—. Pero me gusta jugar. Y me gusta mamar.

Camila colocó una mano en la espalda de cada una.

—No hay examen. Solo cuerpo. Solo escucha.

Nos quedamos en silencio unos segundos. No era incomodidad. Era preparación. Como si el aire necesitara asentarse antes de volverse piel.

Isabel se sacó la remera sin ceremonia y las tetas le cayeron pesadas, con los pezones rosados y grandes, ya duros. Después se desabrochó el pantalón y se lo bajó junto con la bombacha. Su pubis era pelirrojo, encendido, y el coño ya se le veía brillante. Se acomodó sobre los almohadones, con el cabello cayéndole en cascada sobre los hombros. Su cuerpo era distinto al de Camila y al mío. Más blanco, más pecoso. Una geografía nueva.

—Me gusta tu cuerpo —me dijo, sin apuro—. Me recuerda al mío cuando era más joven. Esas tetitas chicas, esa frescura, esa forma de moverte como si todavía estuvieras descubriendo el mundo. Vení, sacate la ropa. Que te vea.

Me desnudé despacio, sin ocultarme. Ya no me daba vergüenza. Isabel me recorrió con los ojos, se mordió el labio, y abrió las piernas apenas para dejarme ver.

—Y a mí me encantan las tuyas —respondí, mirándole las tetas—. Son grandes, redondas. La areola amplia. Me gustaría posar mi boca en ellas. Y también entre tus piernas.

Isabel soltó una risa baja, cálida.

—Me prendiste. Eso que dijiste me calentó. Mirá.

Se abrió el coño con dos dedos y me mostró cómo goteaba. Yo tragué saliva.

Camila, que nos observaba en silencio, se acercó.

—Lucía, mostrale lo que aprendiste.

Me acerqué. Esta vez no temblaba. Mis manos sabían dónde ir. Le sostuve las tetas a Isabel, me metí un pezón en la boca y chupé fuerte, mientras con la otra mano le amasaba la otra teta. Dibujé la areola con la lengua, bajé por el vientre pecoso como Camila había bajado por el mío la primera noche. Cuando llegué a su coño pelirrojo, no dudé: le pasé la lengua entera de abajo para arriba, y me detuve en el clítoris para chuparlo con los labios.

Isabel suspiraba, se arqueaba, me guiaba con la voz.

—Así. Justo ahí. No pares. Metéme los dedos, sos una diabla.

Le metí dos dedos y los curvé como Camila me había enseñado. Los movía adentro mientras le chupaba el clítoris, y sentía cómo se le contraía el coño alrededor. Isabel me tiraba del pelo, me apretaba la cara contra ella, me pedía más con palabras cada vez más sucias.

—Chupámelo, nena, chupámelo bien, me vas a hacer acabar en la boca.

Camila se había sentado al borde de la cama, mirando, con una sonrisa que no era de orgullo sino de cómplice. En un momento, sin dejar de mirarnos, se abrió la bata y deslizó la mano entre sus muslos. Empezó a masturbarse mirándonos, con dos dedos entrando y saliendo del coño, y la otra mano apretándose una teta.

—Niña, no te apagues —le dije, levantando la cara empapada del coño de Isabel y repitiendo sin saber por qué una frase que ella me había dicho una vez—. Tocate. Esto también es tuyo. Metéte los dedos hondo, que te veamos.

Camila se rió, sorprendida de mi atrevimiento, y me hizo caso. Se abrió más las piernas y se hundió tres dedos hasta los nudillos.

Las tres nos movimos en la cama como si el cuerpo de una fuera la continuación del de las otras. Yo seguí lamiendo a Isabel mientras ella me acariciaba la espalda y me metía una mano entre las piernas, encontrando enseguida mi coño mojado. Me metió el dedo mayor, me tocó adentro con un ritmo lento, y yo tuve que morderle el muslo para no gritar.

Camila se acomodó detrás de mí, me besó la nuca, me apretó las tetas pequeñas con las manos, me pellizcó los pezones. Después bajó una mano y me acompañó a Isabel adentro, dos dedos suyos y dos míos moviéndose juntos en el coño de la pelirroja.

—Estás agarrando confianza —dijo Isabel, con una sonrisa entre asombro y admiración, antes de arquear la espalda y correrse contra nuestras manos con un gemido largo que sacudió toda la cama.

Camila se puso de pie, todavía respirando fuerte, me miró desde arriba, y me extendió la mano.

—Vení atrás mío. Usá las manos. Usá la boca. Quiero sentirte. Metéme la lengua en el culo si querés, hoy no hay reglas.

Se puso en cuatro sobre la cama, con la cola en alto, y me ofreció esa vista que me hizo temblar: el coño abierto brillando, y arriba el ojito del culo, chiquito y oscuro. Me arrodillé detrás de ella y no pensé. Le lamí desde el clítoris hasta el culo, pasando por todo el surco, y ella se estremeció y empujó la cola contra mi cara.

—Así, sí, así, no me tengas miedo.

Le metí la lengua en el culo, apenas, y ella gimió con la voz rota. Después bajé al coño, le metí tres dedos, y con el pulgar seguí acariciándole el otro agujero. Camila jadeaba, empujaba, se derretía adelante mío.

Isabel se acercó al costado, con el cuerpo encendido, los pezones todavía duros.

—¿Puedo participar también?

Las dos respondimos al mismo tiempo.

—Por supuesto.

Isabel se acomodó debajo de Camila, boca arriba, y le empezó a chupar las tetas colgando mientras yo seguía atrás. Después bajó y le tomó el clítoris con la boca desde abajo, mientras yo la seguía teniendo con tres dedos adentro. Camila se corrió así, apretada entre las dos, con un grito que le salió de tan hondo que hasta yo lo sentí en el pecho.

No terminó ahí. Isabel me hizo montarme sobre su cara y me lamió el coño mientras Camila, todavía temblando, me chupaba las tetas y me mordía los pezones. Me corrí encima de la boca de Isabel, empujándome contra su lengua, sin ninguna vergüenza. Después las dos me acostaron entre ellas, y me hicieron acabar una vez más con cuatro manos y dos bocas, hasta que ya no supe qué dedos eran de quién ni qué lengua me estaba en el clítoris.

No hubo jerarquías esa tarde. No hubo miedo. Solo cuerpos que se escuchaban, que se enseñaban, que se celebraban. Las risas se mezclaban con los suspiros, las preguntas con las caricias, las correcciones suaves con los gemidos largos. Yo había llegado a esa casa la primera noche como una nena perdida que no sabía dónde poner las manos. Salí, semanas después, sabiendo mamar un coño hasta hacerlo acabar, sabiendo meter los dedos donde había que meterlos, sabiendo que el deseo entre mujeres se parecía más a una conversación que a una conquista.

Y aprendí algo más esa tarde, mientras la luz del atardecer entraba por la ventana y se posaba sobre tres cuerpos tendidos en una misma cama, pegajosos, saciados, oliendo a sexo compartido: que enseñar y aprender, en esto, son la misma cosa. Que cada caricia que recibís te enseña la próxima que vas a dar. Que el cuerpo de otra mujer no es un examen, es un idioma. Y que mi primera mujer, en realidad, fueron dos.

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Comentarios(9)

Silvana_Rosario

Que relato tan bien escrito, me llego de verdad. Gracias!!

MajoCordoba

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo esto

Paula_Gimenez

Me recuerda algo que vivi hace años, ese momento de no saber donde poner las manos... lo capturaste perfecto

Nora_P

Increible como transmitis esa mezcla de nervios y deseo. Se siente completamente real

patri88

Lo lei dos veces y la segunda fue mejor jajaja

LilaRosada

Esperando con ansias el siguiente. No lo abandones!!

DiegoRP_22

No soy del genero pero igual me enganché hasta el final. Buen relato

Susi_BsAs

Me encanto la narradora, tan honesta y vulnerable al mismo tiempo. Eso es lo que lo hace especial

Veronica_77

que rico!!! ojala salga continuacion

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