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Relatos Ardientes

Sorprendí a Nadia con la mano dentro de las bragas

Nunca me había planteado en serio la posibilidad de desear a otra mujer, no hasta que entré en la academia privada de pilotos y me asignaron como compañera de cuarto a Nadia, una morena de treinta y un años con una afición a la masturbación que rozaba lo obsesivo.

Habíamos llegado a la residencia con un mes de diferencia. Ella primero, yo —Marina— después. Me habían dicho que la chica con la que iba a compartir habitación trabajaba en el turno opuesto al mío y que apenas coincidiríamos. En la práctica eso solo era cierto a medias.

El primer indicio lo tuve un jueves, cuando volví antes de tiempo porque cancelaron las prácticas de simulador. Subí los tres pisos sin pensar, abrí la puerta con mi propia llave y entré silbando. Nadia estaba estirada en la litera de abajo, vestida únicamente con unas bragas blancas, y tenía la mano metida bajo el elástico.

Nos miramos. Yo, paralizada con la mochila colgando del hombro. Ella, sin retirar la mano. Lo más extraño no fue encontrarla así, sino que no se detuvo.

Sigue. Sigue como si no estuviera.

Eso fue exactamente lo que hizo. Su respiración se aceleró, los dedos se movían debajo de la tela con un ritmo concentrado, y al cabo de unos segundos arqueó la espalda contra el colchón. Un sonido ronco le escapó entre los dientes apretados, una mezcla de jadeo y queja, hasta que se le aflojó la mandíbula y se quedó muy quieta.

—Lo siento —dijo cuando recuperó el aire—. No te oí entrar.

—Tampoco hiciste mucho por parar.

Se rio. Era una risa baja, sin vergüenza.

—No puedo —contestó—. Llevo así desde los quince. Me obligo a esperar a que te vayas, pero a veces se me acaba la paciencia.

Tendría que haberme escandalizado. En vez de eso, sin saber muy bien por qué, le confesé que yo también lo hacía. Que también esperaba a que ella se fuera para meterme bajo las sábanas y cerrar los ojos. Lo dije rápido, mirando al suelo, con las orejas ardiendo.

Nadia se sentó en la litera y se apoyó en los codos.

—¿Y por qué esperar? —preguntó—. Si a ninguna de las dos nos importa, podríamos hacerlo a la vez. Sería más sincero.

Me lo planteó como si me estuviera ofreciendo un café.

***

Me desnudé despacio. Me dejé las bragas, no por pudor sino porque ella tampoco se las quitó. Subí a mi litera, me tumbé bocarriba y la miré a través del hueco entre el somier y mi colchón. Ella seguía abajo, una rodilla doblada, el muslo cayéndole hacia un lado.

—No hace falta que vayas rápido —me dijo—. Yo lo hago lento cuando me observan.

—Nunca me ha observado nadie.

—Entonces empieza tú.

Cerré los ojos al principio, después los abrí porque no me costaba mirarla. Tenía los pezones pequeños, oscuros sobre una piel muy blanca, y las venas le marcaban el dorso de las manos cada vez que apretaba el clítoris a través de la tela. Yo me deslicé los dedos por encima del algodón hasta que el algodón ya no servía y los metí por debajo. Estaba empapada, más empapada de lo que recordaba haber estado nunca por mí misma.

Ella se corrió antes. Yo, un poco después, mordiéndome el labio inferior para no hacer ruido. Cuando terminé, jadeando, la oí decir:

—Es la cosa más bonita que he visto en mucho tiempo.

No supe qué contestar.

***

Aquella tarde Nadia entraba al turno de noche. Se vistió frente a mí sin la menor incomodidad, atándose el pelo corto en una coleta diminuta, y antes de salir se quitó las bragas y las dejó hechas un ovillo sobre su almohada. Me miró desde la puerta.

—Si te da curiosidad, están ahí. Vuelvo a las siete.

Y se fue.

Tardé exactamente cuatro minutos en bajar de mi litera. Me senté en la suya, cogí las bragas y me las acerqué a la cara antes de pensarlo. El olor era intenso, animal, ligeramente dulce. Me empapaba la nariz y no me producía ningún rechazo. Me sorprendí a mí misma con la boca abierta, presionando la tela contra los labios.

Acabé tumbada bocarriba sobre su colchón, desnuda, con las bragas de Nadia entre los dientes y los dedos enterrados en mi propio sexo. No fue una masturbación corta. Tardé en correrme y, cuando lo hice, me llevé las bragas a toda la cara y me quedé respirando dentro de ellas. Olía a ella, y eso me bastaba.

Cuando recuperé el aliento, abrí el cajón inferior. Allí estaba la bolsa de ropa sucia. Saqué dos pares más de bragas y un par de medias, todas con la huella del día. Volví a tumbarme. Me llevé las medias a la nariz, después a la boca. Tenían el sabor extraño y salado de sus pies, un sabor que no debería haberme gustado y que sin embargo me hizo arquearme contra el colchón otra vez.

Me corrí tres veces más antes de quedarme dormida con la cara sobre su almohada y las prendas esparcidas a mi alrededor.

***

La voz de Nadia me devolvió al mundo.

—Vaya orgía has tenido aquí sola.

Abrí los ojos. Eran las siete y diez de la mañana. Ella estaba al borde de la cama, con el uniforme todavía puesto, mirándome con una mezcla de diversión y algo más oscuro. Yo estaba desnuda, en su litera, rodeada de sus bragas y sus medias usadas. La academia no toleraba ese tipo de cosas entre cadetes. Sentí frío en el estómago.

Hundí la cara en su almohada y esperé el sermón.

No llegó. Lo que llegó fue su peso encima de mí. Su uniforme contra mi espalda. Su boca cerca de mi oreja.

—¿Es la primera vez? —me preguntó.

—Con una mujer, sí.

—¿Quieres que sea conmigo?

Le dije que sí girando la cabeza. Ella se incorporó, se desabotonó la camisa con una paciencia que me pareció cruel y se quitó el resto en silencio. Cuando volvió a tumbarse, esta vez ya desnuda, nos colocamos frente a frente y juntó su sexo con el mío. No supe qué nombre tenía aquello entonces. Solo supe que cada vez que movía las caderas, algo se me apretaba en el bajo vientre. Nos corrimos casi al mismo tiempo, mordiéndonos los hombros para no gritar.

Cuando paramos, ella me apartó un mechón de la cara.

—Quiero que seamos pareja —dijo—. Aquí dentro, donde nadie nos vea.

—Sí.

—Y quiero que hagas lo que yo te diga.

—También.

***

Lo del baño llegó a la mañana siguiente. Me llevó de la mano hasta el cuarto compartido, cerró la puerta con el pestillo y me hizo colocarme con un pie a cada lado del inodoro, las piernas flexionadas, las manos cruzadas detrás de la nuca y la cabeza alta. Yo obedecí en silencio. Le brillaban los ojos.

—Cuando te diga, sueltas un chorro corto. Y paras cuando te lo diga.

Asentí. Estaba más caliente que en toda mi vida. Solté el primer chorro, ella me ordenó parar, y un instante después sentí su lengua recorrerme entre los muslos. Lamía con una concentración casi religiosa, sin asco, sin prisa. Soltar, parar, lamer. Soltar, parar, lamer. Para cuando me dejó terminar, mis piernas ya no me sostenían. Me corrí gritando contra el azulejo y ella tuvo que sujetarme por las caderas para que no me cayera.

Luego me arrodillé yo. Hice lo mismo por ella, obedeciéndola a la inversa, lamiéndole el clítoris cada vez que ordenaba detener su propio chorro. Cuando se corrió, lo hizo con un quejido grave que me retumbó en los oídos durante horas.

—Te juro que voy a obedecer todo lo que me pidas —le dije después.

Ella sonrió contra mi cuello.

—Lo sé.

***

Volvimos al dormitorio. Sacó del armario un cinturón ancho de cuero negro. Por un instante creí que iba a usarlo en mi piel y mis pezones se endurecieron solos. Pero no. Me hizo colocarme frente al espejo de la puerta, con las piernas abiertas, sosteniendo el cinturón por los dos extremos y pasándomelo por la entrepierna. Ella se colocó detrás de mí, pegada a mi espalda, con la barbilla apoyada en mi hombro.

—Lo mueves hacia delante y hacia atrás. Yo te ayudo con lo demás.

—¿Y la mirada?

—Al frente. Te quiero ver la cara cuando te corras.

Empecé a deslizar el cuero. Ella me pellizcaba los pezones, primero suave y luego cada vez con más intención. Su otra mano se me posó en el cuello sin apretar, solo recordándome que estaba allí. Cuando me ordenó empujar la cadera hacia delante para que el clítoris me rozara, el primer orgasmo no tardó ni un minuto. El segundo lo tuve sin dejar de mover el cinturón, llorando un poco sin saber muy bien por qué. La mirada al frente. Su sonrisa detrás de la mía, reflejada en el espejo, como un fantasma que no se quería ir.

Después le tocó a ella. Yo le pellizqué los pezones igual, le mordí el cuello igual, le di las órdenes con la voz lo más firme que pude. Se corrió dos veces frente al espejo, mirándose mientras se desarmaba.

***

Nos convertimos en algo que no tenía nombre dentro de la academia. Inseparables y silenciosas. Dormíamos en literas distintas y cada vez que oíamos pasos en el pasillo nos quedábamos rígidas durante minutos. Nos inventamos un código de toques en el somier para decirnos «ven» o «no».

Unos meses después llegó la promoción siguiente y se quedaron sin habitaciones. Quienes teníamos coche pudimos solicitar permiso para alquilar fuera. Lo conseguimos las dos. Cogimos un piso pequeño en una calle a quince minutos del campus, con una sola cama de matrimonio. La primera noche dormimos abrazadas, sin miedo a que entrara nadie. Lloré un poco, ella se hizo la dormida.

Un año después la destinaron a una sede al otro lado del océano. Le di un beso largo en el aeropuerto, escondidas detrás de una columna, y nos prometimos cosas que no íbamos a poder cumplir.

***

Ahora tengo cuarenta y dos años. Sigo prefiriendo a las mujeres. He tenido otras parejas; con ninguna he sentido lo que sentí con Nadia. Hace cinco años empecé a salir con Paula, una arquitecta tranquila y paciente, que conoce mi historia entera y no le tiene celos a nadie, ni a las vivas ni a los recuerdos.

Nadia y yo volvimos a hablar hace tres veranos. Desde entonces nos vemos dos semanas al año, en julio o agosto, según le cuadre. Paula viene conmigo. Lo dejamos claro desde la primera vez: ella sabe que cuando Nadia y yo nos reencontramos hay un espacio que nadie ocupa, y respeta ese espacio sin darle demasiada importancia.

Nadia y yo pasamos los primeros dos días casi sin salir de la habitación. Recordamos cosas con las manos, con la boca, con el peso. Paula se sienta a leer en la terraza, se ríe cuando nos oye desde el otro lado de la pared, y entra solo cuando la llamamos.

Cuando ya estamos saciadas, agotadas las dos, con esa sonrisa boba que solo nos sale a la vez, Paula se acerca a la cama y nos besa con cuidado, una a una. Nos lame el cuello, el pecho, el vientre. A Nadia le dedica los últimos besos en la parte baja de la espalda, justo encima de las dos pequeñas estrellas que se tatuó a los veinte años y que yo descubrí, una madrugada de turno cancelado, escondidas bajo la goma de unas bragas blancas.

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Comentarios (4)

lectora_ansiosa

Dios mio, que comienzo!! Me dejo sin aliento desde las primeras lineas.

Karina_lee

Por favor necesito la continuacion, no puede quedar asi!!! Que paso despues??

MiriamFlo

Me recordo un poco a cuando vivia en una residencia estudiantil hace años... muy bien contado, se siente autentico.

Martu_Rosario

Quede con ganas de saber como siguio esa noche entre las dos.

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