Fui a casa de mi mejor amigo y todo cambió
Camila y Mateo se conocían desde primero de secundaria. Pasaban tardes enteras hablando por chat sobre lo que ninguno se atrevía a decir en voz alta. Él era su mejor amigo, su confidente, el único que sabía qué libros le gustaban y qué canciones la hacían llorar. Cumplieron dieciocho con tres días de diferencia y lo festejaron yendo al cine, en una sala medio vacía donde sus manos terminaron entrelazadas sin que ninguno admitiera quién había empezado.
Aquella noche se besaron dos veces. Al día siguiente fingieron que no había pasado nada.
El viernes, a la salida del instituto, Mateo se acercó con esa sonrisa torcida que ella conocía de memoria.
—Vente mañana a casa y vemos una peli —le propuso, golpeándole el hombro con el puño como si todavía fueran críos.
—¿Llevo algo? —preguntó Camila, esforzándose por sonar despreocupada.
—Nada. Yo pongo el helado y las papas.
Camila pasó toda la mañana del sábado decidiendo qué ponerse. Al final eligió el vestido de rayas, ese que le marcaba la cintura y le hacía las nalgas más redondas. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo y se permitió una sonrisa frente al espejo. Era la primera vez en mucho tiempo que se arreglaba pensando en alguien en concreto.
Tocó el timbre a las cinco. Le abrió un chico al que no conocía: pelo revuelto, barba de tres días y una camiseta vieja con el logo de un grupo de rock.
—Hola, ¿y tú quién eres? —preguntó él, repasándola sin disimulo de arriba abajo.
—Camila. Busco a Mateo.
—Vaya gustos los del enano. Pasa, está en su cuarto. Subes las escaleras y a la derecha.
En el sofá del salón había otros dos chicos pegados a un mando de consola. Uno corpulento, con la camiseta ajustada sobre la barriga; el otro flaco, con gafas y mirada nerviosa. Levantaron los ojos del televisor en cuanto ella cruzó la sala.
—Madre mía, ¿quién es ese ángel? —murmuró el de las gafas.
—La novia de mi hermano —contestó el de la barba.
—Solo somos amigos —intervino Camila, sintiendo el calor en las orejas.
—Pues qué amigos tan bonitos tiene —dijo el corpulento sin quitarle los ojos de encima.
Subió las escaleras intentando no apresurar el paso. La puerta del cuarto estaba entornada. Mateo apareció en pantalones cortos y una camiseta blanca, con el pelo todavía húmedo de la ducha.
—Pasa. Me gusta cómo te queda —le dijo, tomándole la mano y haciéndola girar una vuelta entera en el centro del cuarto.
—Gracias. ¿Qué vamos a ver? —preguntó ella, sentándose en el borde de la cama.
—Lo que tú quieras. Algo que no puedas ver en tu casa.
—¿Porno? —soltó Camila sin pensar, y los dos estallaron en una carcajada que les duró medio minuto.
Mateo abrió el portátil. Tecleó algo y volvió la pantalla hacia ella.
—En serio. ¿Qué prefieres? Tengo de todo.
—Era broma —dijo ella, sintiendo cómo el color le subía por el cuello hasta las mejillas.
—Uno solo. Mira, dibujos japoneses. ¿Esos te valen?
—Vale.
El primer vídeo era absurdo: una chica de ojos enormes y caderas imposibles en mitad de una escena que ni el doblaje podía explicar. Camila se rio sin querer. Pero por el rabillo del ojo vio el bulto creciendo bajo los pantalones cortos de Mateo y la risa se le secó en la garganta.
***
Al décimo vídeo, ninguno de los dos miraba ya la pantalla.
—Mira cómo está. Ojalá yo tuviera ese cuerpo —murmuró ella, más por decir algo que por creerlo.
—Tú estás mejor —contestó Mateo en voz baja—. Eres real. Y tus nalgas son más bonitas que las suyas.
—Tonto —dijo Camila, y se dejó caer boca abajo sobre el edredón.
—En serio. Oye. ¿Puedo mirarlas?
—¿Qué?
—Las nalgas. Solo mirar. Sin tocar.
—¿Y yo qué saco? —preguntó ella, sintiendo el corazón en la garganta.
—Lo que quieras ver de mí.
—Tú primero.
Mateo se levantó frente a la cama y, con un gesto rápido, se bajó los pantalones hasta los tobillos. A unos centímetros del rostro de Camila apareció su pene, duro, distinto a cualquier cosa que ella hubiera visto en una pantalla. El olor era ajeno, cálido, animal. Le costó un esfuerzo enorme no apartar la mirada.
—Te toca —dijo él, con la voz ronca.
Se inclinó para levantarle el vestido y el pene le rozó la mejilla. Camila apartó la cara de un respingo.
—Casi me sacas un ojo —protestó, entre la risa y los nervios.
—Perdona.
Mateo dio un paso atrás y la observó alzar el vestido hasta la cintura. Camila había elegido unas braguitas de encaje negro, las únicas bonitas que tenía, y supo por la cara de él que la decisión había merecido la pena.
Lo que ninguno de los dos vio fue que la puerta del cuarto se había quedado mal cerrada. En el pasillo, tres figuras se apretujaban contra el marco, mirando por la rendija sin atreverse a respirar.
***
Cuando Mateo posó las manos sobre sus nalgas, Camila sintió un latigazo de electricidad por toda la espalda. Las manos eran tibias, cuidadosas. Cerró los ojos y se dejó tocar.
—Solo ibas a mirar —le susurró con una sonrisa que él notó incluso sin verla.
—Tú también puedes tocar.
Camila se giró sobre la cama. Tendió los dedos hacia él con la lentitud de quien tantea agua fría. Lo rozó primero con la palma entera, después con las yemas. La piel era más suave de lo que había imaginado. El olor seguía siendo extraño y, al mismo tiempo, cada vez le costaba más alejarse de él.
Quiero probar, pensó. Y se sorprendió de la claridad con la que lo pensó.
—¿Y si te lo chupo? Solo un poco —dijo en voz baja.
Mateo soltó el aire de golpe, como si llevara minutos sin respirar.
—No te he traído para eso —murmuró.
—Ya lo sé.
Se inclinó. Sus labios rozaron primero, sin certezas, intentando recordar lo que había leído en revistas y visto en pantallas que ahora no le servían de nada. Mateo le puso una mano en la nuca, suave, sin empujar. Ella encontró el ritmo a la tercera.
Detrás de la puerta, el más corpulento de los amigos no aguantó más y se bajó la cremallera del pantalón en silencio. El de las gafas le clavó el codo en las costillas, pero terminó haciendo lo mismo. El hermano de Mateo los miró de reojo y, por un instante, pareció dudar de si seguir mirando o cerrar la puerta y olvidarse del asunto.
Dentro, Mateo se inclinó hacia delante hasta perder el equilibrio. Cayó sobre Camila y, antes de que ninguno pudiera reaccionar, metió la cabeza entre sus piernas. La primera lengua de su vida le arrancó un gemido que ni ella misma supo de dónde venía.
—Ahhh —se le escapó, agarrándole el pelo con las dos manos.
Mateo se hundió en ella sin pausa, lamiendo con una intensidad que la dejó sin aire. Camila apretaba el edredón con la otra mano. Sentía los muslos temblándole y un calor líquido subiéndole desde el vientre hasta el pecho.
—Estás riquísima —murmuraba él entre embestida y embestida—. Llevo años imaginando esto.
Cuando él levantó la cabeza, ella se incorporó casi por instinto y volvió a llevárselo a la boca, esta vez con más seguridad. El sabor era salado y nuevo, y por algún motivo le gustaba.
***
Un ruido seco los detuvo en mitad de todo.
El móvil de uno de los chicos del pasillo se había estrellado contra el suelo. La puerta se abrió de par en par y los tres se descubrieron de pie en el umbral, con los pantalones por las rodillas, intentando que ningún músculo de la cara los delatara.
—No me jodáis —dijo Mateo, irguiéndose como pudo.
Camila se cubrió con el vestido y se sentó muy recta sobre el colchón. No supo qué hacer con la mirada. Pero, por algún motivo que no se atrevió a analizar, no se sintió tan invadida como debería.
—No es lo que parece, hermanito —empezó el de la barba.
—¿No? —contestó Mateo, señalando hacia abajo sin ningún disimulo—. ¿Y qué es entonces?
—Solo... queríamos un poco —dijo el de las gafas, en un susurro.
—¿Estáis tontos? ¿Qué os habéis pensado?
Camila tragó saliva. Los miró a los tres con una calma que ni ella se esperaba. Le habían temblado las piernas la primera vez que Mateo la había tocado, pero ahora, después de varios minutos de placer y de saberse observada, algo se le había encendido en el pecho que no se parecía a la vergüenza.
—¿Solo mirar? —preguntó.
—Camila —le dijo Mateo en voz baja, mirándola fijamente.
—Solo mirar —contestó ella, en voz alta y para todos—. Mateo es el único que va a tocarme.
El más corpulento abrió la boca para protestar y la cerró enseguida. El hermano de Mateo soltó una carcajada nerviosa. El de las gafas asintió sin decir nada.
—Vosotros os quedáis ahí, en el pasillo —añadió Camila—. Y la puerta abierta, si tanto os gusta mirar.
Mateo la miró como si la viera por primera vez. Tardó dos segundos en sonreír.
—Ya la habéis oído —dijo, cerrando con dos pasos la distancia que le quedaba para volver a la cama.
***
Cuando él volvió a tocarla, Camila supo con una certeza nueva que quería llegar hasta el final. Lo besó largo, sin pensarlo. Se quitó ella misma las braguitas y las dejó caer al suelo.
—¿Tienes? —preguntó.
—En el cajón.
Mateo abrió el cajón de la mesilla con una urgencia que la hizo reír. Sacó un preservativo y lo abrió torpemente. A ella le tembló la mano cuando se lo puso. Se rio bajito de su propia torpeza y él la besó en la frente.
—Si te duele, paro —le susurró.
—Lo sé.
La primera embestida fue lenta y aun así le arrancó un gemido que no se parecía a nada. Un ardor desconocido le subió por dentro y se quedó mordiéndose el labio para no gritar. Mateo se detuvo enseguida.
—¿Sigo?
—Sigue, despacio.
Centímetro a centímetro, él fue entrando. Ella sintió cómo se le humedecían los ojos y, al mismo tiempo, cómo el ardor empezaba a convertirse en otra cosa. Una cosa cálida, densa, que le subía desde las caderas hasta el ombligo.
Desde el umbral, los tres chicos los miraban sin hacer un solo ruido. Camila los vio de reojo y cerró los ojos a propósito, dejándolos fuera. Que mirasen. Que mirasen todo lo que quisieran. Aquello era suyo y de Mateo.
—Qué guapa estás —le murmuró él al oído.
—Más fuerte —pidió ella, sorprendiéndose otra vez de su propia voz.
Mateo obedeció. El ritmo se fue acelerando hasta que ella perdió la noción de dónde empezaba su cuerpo y dónde el de él. Le clavó las uñas en los hombros. La habitación olía a sudor, a piel y a algo dulce y nuevo que ella no supo nombrar.
—Aaah... aaah... —los gemidos le salían sin permiso.
El primer orgasmo de su vida la pilló totalmente desprevenida. Le subió por las piernas, le explotó en el vientre y la dejó temblando con la boca abierta y los ojos en blanco. Mateo salió de ella justo a tiempo. Sintió el líquido caliente sobre el bajo vientre y, durante unos segundos, no fue capaz de moverse.
—Hostias —murmuró alguien desde la puerta.
Cuando Camila abrió los ojos, los tres chicos seguían ahí. Ninguno se había atrevido a entrar.
***
Mateo los echó del pasillo con un par de gritos y la ayudó a llegar al baño. Le dejó una toalla limpia sobre la pila.
—Ahí tienes jabón y champú —le dijo—. Lo que necesites, estaré aquí fuera.
—Gracias.
Camila se quedó un par de minutos frente al espejo, mirándose como si no se conociera. Le gustó todo. Pero lo que más le gustó, con diferencia, fue haber tenido a Mateo dentro.
Salió del baño envuelta en la toalla, lo besó en la boca sin decir nada y recogió su vestido del suelo del cuarto. Mateo la miraba con la boca abierta, como si no acabara de creérselo.
En el salón, los tres amigos fingían jugar a la consola. Ninguno la miró a los ojos al cruzar el comedor. Camila no necesitó decirles nada.
El sábado siguiente volvió a tocar el timbre con una minifalda nueva. Le abrió el de la barba y, esta vez, no fue capaz ni de saludar. La vio subir las escaleras y se quedó plantado en la puerta. Solo que, aquella noche, Mateo había puesto el seguro.