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Relatos Ardientes

La primera vez que vi a Mariana con otro hombre

Aquel viaje al lago Tinajas fue idea de Mariana, no mía. Llevábamos catorce años juntos y dos hijas que esa semana dormían en casa de su madre, así que cuando llegó el correo del trabajo anunciando el retiro anual, no lo dudamos. Soy ingeniero industrial en una planta a las afueras de la ciudad, y cada cierre de año la gerencia organiza una salida de tres días a algún destino con piscina y barra libre. Esta vez tocaba un complejo de bungalós a tres horas de carretera, con vista directa al agua.

Mariana tiene treinta y un años, mide un metro setenta, piel canela y unos ojos color miel que todavía me desordenan cuando los enfoca en mí. Yo voy a cumplir treinta y cinco. Nos pusimos de novios en la universidad y nunca nos separamos. Después de tantos años habíamos caído en un ritmo cómodo, suficiente, sin emergencias. Los viernes por la noche, una vez que las niñas se dormían, ella se ponía un camisón corto y yo apagaba el televisor sin decir nada. Funcionaba. Pero a veces, mientras la veía secarse el pelo después de la ducha, me preguntaba si ese ritmo era todo lo que íbamos a tener.

Salimos un viernes a las siete de la mañana en un autobús con cuarenta y dos personas. Terminé sentado al lado de Damián, un compañero del área de logística con el que nunca había cruzado más de tres frases. Su esposa, Camila, viajaba detrás con Mariana, y para cuando llegamos al complejo las dos hablaban como si se conocieran desde siempre. Damián me palmeó el hombro al bajar.

—Esteban, esta noche hay carne asada en el bungaló de dirección. Pero el sábado por la tarde, Camila y yo conocemos un sitio. Si tu esposa se anima, vénganse. Es… distinto. Se sube por niveles.

—¿Distinto cómo? —pregunté.

—Distinto en buen sentido. Confía en mí.

No le entendí del todo, pero asentí. Mariana, dos pasos detrás, soltó una de esas risas suyas que no comprometen a nada y siguió andando con Camila hacia la recepción.

Nuestro bungaló tenía seis habitaciones, dos baños, cocina y una piscina pequeña en el patio trasero. La carne asada de esa noche fue larga, con demasiado vino y juegos de bar que sacaron a la gente del modo oficina. A las dos de la mañana Mariana y yo nos encerramos en la habitación con el ventilador a tope, y por primera vez en muchos meses lo hicimos en silencio porque las paredes eran delgadas y se nos olvidó cerrar la ventana.

***

El sábado lo pasamos en el lago. Almorzamos pescado a la orilla, alquilamos un kayak, nos quemamos los hombros. Por la tarde, mientras me secaba la cabeza con una toalla, Damián tocó la puerta del bungaló.

—¿Se animan?

Mariana salió del baño con un vestido negro corto que se había llevado «por si acaso». Me miró sin preguntar, esperando mi respuesta. Yo la miré a ella.

—Vamos —dijo, antes de que yo abriera la boca.

Éramos tres parejas más Damián y Camila. Un taxi grande nos llevó por una carretera secundaria, entre eucaliptos, hasta una casa baja sin letrero. Una sola luz amarilla sobre la puerta. Damián habló con un hombre uniformado y nos hicieron pasar. Adentro, lo primero que pensé fue que parecía un restaurante caro: piso de madera, lámparas tenues, música suave, mesas redondas vestidas con mantel blanco. La nuestra estaba reservada y tenía una botella de vodka con un jugo de naranja recién exprimido, y una tabla con camarones, lomo, cerdo y un par de carnes que no reconocí. Comimos, brindamos. La conversación giró sobre nada en particular durante un rato, hasta que un mesero se acercó a Damián y le dijo algo al oído.

—Siguiente sala —anunció él.

La siguiente sala tenía una mesa con tequila, sal, limón y un jugo de tomate denso. Bebimos un trago de un solo jalón, después el limón, después el jugo. El calor me bajó desde la frente hasta la base de la espalda en tres segundos. Había una pista pequeña con luces moradas y rojas, y dos parejas bailaban pegadas, demasiado pegadas, las manos en sitios que ninguna oficina aprobaría. Mariana me jaló al centro y bailamos algo lento. Sentí su muslo entre los míos, su aliento con sabor a limón en mi cuello.

—¿Qué crees que viene en la siguiente sala? —me preguntó al oído.

—No tengo ni idea.

—Yo creo que sí tienes idea. Y no me estás diciendo que no.

Era verdad. No le estaba diciendo que no.

***

Damián apareció con la copa en la mano y nos llevó hacia un pasillo al fondo del local. Era largo, alfombrado, con luces bajas violetas, rojas y verdes alternándose. A cada lado había cinco entradas tapadas con cortinas pesadas. Un mesero distinto al de antes nos explicó las reglas básicas: podíamos pasar a cualquier salón, mirar, retirarnos cuando quisiéramos, y nada ocurría sin que las personas adentro lo aceptaran. Camila le apretó la mano a Mariana y entramos.

La primera cortina escondía a cuatro mujeres en una cama redonda. Dos se besaban de lado, otra le pasaba la lengua a la cuarta por el interior de los muslos. Mariana me clavó las uñas en el antebrazo sin darse cuenta. La segunda cortina daba a una pareja sola, ella sentada sobre él en una butaca de cuero. La tercera, a un grupo de cinco personas que se movían lento, casi coreografiado, sin urgencia. En la cuarta sala había un hombre alto de cabello largo recibiendo el sexo oral de tres mujeres a la vez. Mi esposa se quedó parada en la entrada más tiempo del que necesitaba para mirar.

—¿Te gustó esa? —le preguntó Camila al salir.

Mariana se rio.

—No sé si me gustó. No la puedo dejar de pensar.

Recorrimos los diez salones. Cuando volvimos al inicio del pasillo, Damián levantó las cejas.

—¿Cuál?

Mariana respondió antes que yo.

—La cuarta.

Camila le tomó la mano a ella, me tomó la mía con la otra, y nos llevó de regreso a esa misma cortina. Cuando ingresamos, el hombre y las tres mujeres nos recibieron como si nos esperaran. Damián y Camila se quedaron afuera. La cortina cayó suavemente detrás de nosotros.

***

El hombre se llamaba Iván, eso lo supimos después. Era alto, de hombros anchos, con una barba muy corta y una sonrisa tranquila que no parecía actuada. Las tres mujeres tenían entre veinticinco y treinta y pocos, las tres con cuerpos distintos. Una de ellas, la de pelo cortísimo, se acercó a mí y me puso una mano abierta sobre el pecho, esperando. Yo asentí. Mariana, a tres pasos, le permitió a Iván que le retirara los tirantes del vestido con dos dedos.

La desnudaron antes que a mí. No fue brusco, no fue lento, fue exactamente al ritmo que mi esposa permitía con la respiración. La sentaron en un sillón en forma de ola, una pieza absurda que llamaban Kama Sutra, y mientras una de las mujeres le besaba el cuello, Iván se arrodilló frente a ella y le abrió las piernas. Yo lo veía todo desde la alfombra, sentado contra una pared, con la de pelo corto besándome por debajo de la oreja y una segunda mujer dándome de beber agua fría de una copa baja.

Lo primero que pensé fue que iba a levantarme y a sacar a Mariana de ahí. Lo segundo, que no podía. Lo tercero, que no quería.

Ella tenía los ojos cerrados. Cada vez que abría la boca, Iván le subía la mano por el vientre. La mujer del pelo corto soltó mi cuello y se fue para allá, se inclinó sobre el sillón y le besó los pechos. Las manos de mi esposa subieron, casi en cámara lenta, y se enredaron en el pelo de esa mujer. Eso fue lo que me terminó de quebrar: no que la tocaran, sino que ella decidiera tocar.

—Mírala —me susurró al oído la mujer que quedaba conmigo, la más alta—. Ella te está pidiendo permiso sin abrir los ojos.

Le hice caso. La miré. Mariana abrió los ojos un segundo, me encontró, y sonrió apenas con la comisura izquierda, esa media sonrisa de cuando me pide que confíe.

Asentí.

A partir de ahí dejé de medir el tiempo. Iván se levantó y mi esposa lo recibió con la boca abierta, las dos manos en la base, los ojos otra vez cerrados. La mujer del pelo corto le besaba la espalda baja. La que estaba conmigo me obligó con suavidad a recostarme en la alfombra y me hizo lo mismo que mi esposa le hacía a Iván. La tercera mujer abrió un sobre, sacó un preservativo y me lo puso ella con la boca, un truco que nunca había visto antes y que no me imagino aprendiendo.

Cuando me subió encima, alcancé a ver de reojo cómo Iván tumbaba a Mariana de costado en el sillón y entraba en ella desde atrás, lento, con una mano sobre su cadera. Una de las mujeres se acostó delante de mi esposa, cara a cara, y le besó la boca durante toda la primera tanda. Mariana respondió a cada beso. No era una espectadora. Estaba ahí, completa.

***

Lo que pasó después lo recuerdo en fragmentos. La de pelo corto sacando un frasco pequeño con lubricante. Iván deteniéndose, mirándola a los ojos, preguntándole algo con la mirada. Mariana asintiendo apenas, una sola vez. Lo que vino después nunca lo habíamos hecho ella y yo. Nunca me lo había permitido en catorce años. Y lo aceptó esa noche, con la mujer de pelo corto pasándole la palma abierta por el pelo y susurrándole cosas que yo no alcancé a escuchar.

Sentí muchas cosas a la vez. Rabia, primero. Después una especie de hambre nueva, ajena. La mujer que estaba conmigo me sostuvo la cara con las dos manos.

—Está bien —me dijo—. Está contigo. Mírala bien, porque mañana vas a querer recordar cada detalle.

Tenía razón.

Cuando todo terminó —y terminó casi en silencio, no como en las películas— Mariana se incorporó del sillón con las piernas todavía temblando y caminó descalza hasta donde estaba yo. Se sentó a horcajadas sobre mis muslos, me apoyó la frente en la frente y se quedó así un rato largo, respirando. Iván y las tres mujeres se retiraron al fondo del salón sin decir nada, se sirvieron agua de una jarra y nos dejaron ese ángulo del cuarto para nosotros solos.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Estoy aquí —dijo ella—. No me fui a ningún lado.

***

Volvimos al bungaló en silencio, con las manos entrelazadas en el asiento trasero del taxi. Damián no preguntó nada, Camila tampoco. Esa noche dormimos abrazados sin tocarnos más, agotados.

El domingo en el desayuno Mariana me sirvió café como cualquier otro domingo, y yo le devolví el gesto poniéndole azúcar en la medida exacta de siempre. Algo se había movido y los dos lo sabíamos, pero ninguno se atrevía todavía a ponerle palabras.

Las palabras llegaron dos semanas después, una noche cualquiera, después de acostar a las niñas. Estábamos lavando los platos y ella, sin mirarme, dijo:

—No quiero volver a ese lugar.

Sentí un nudo. Esperé.

—Pero quiero que tú y yo hablemos más de lo que nos pasa por la cabeza. Ese sábado yo no me convertí en otra persona. Lo único que pasó es que dejé de fingir que no sentía cosas.

Le sequé las manos con el trapo. La besé en la frente. Esa noche no apagué el televisor en silencio. Hablamos hasta las tres de la mañana, sentados en el suelo del salón, sobre todo lo que llevábamos catorce años sin contarnos.

Han pasado dos años desde aquel viaje al lago Tinajas. No volvimos al club, igual que ella prometió. Pero nuestros viernes por la noche dejaron de parecerse a los de antes. Mariana me cuenta cosas que antes se guardaba. Yo le pregunto cosas que antes me daba miedo preguntar. A veces, cuando estamos los dos solos y el silencio empieza a parecerse al de antes, alguno de los dos menciona, sin demasiado detalle, una luz violeta y una cortina pesada al fondo de un pasillo alfombrado. El otro sonríe. Y por un momento, los catorce años se reordenan.

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Comentarios (1)

MatiasCordoba

Tremendo relato, quede sin palabras!!!

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