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Relatos Ardientes

Mi primera vez terminó siendo un trío con desconocidos

Conocí a Lorena en uno de esos chats donde la gente miente más de lo que respira. Yo tenía veintidós años y nunca había estado con una mujer. Lo confesé sin vueltas, porque me parecía absurdo seguir mintiéndome a mí mismo y a una desconocida del otro lado de la pantalla. Ella me respondió que estaba sola, que vivía cerca y que le gustaban los chicos sin experiencia. Hablamos durante semanas, casi siempre por las tardes, porque decía que era el único horario en que podía.

Las pocas veces que aceptó conectar la cámara, lo hizo con un antifaz negro que le cubría medio rostro. Movía el cuerpo despacio frente al lente, se acomodaba el pelo, pero nunca mostraba la cara entera. A veces me parecía escuchar una segunda respiración del otro lado, un movimiento que no encajaba con el suyo. Cuando se lo comenté, se rio y me dijo que estaba paranoico. Yo quería creerle.

Quedamos en vernos un martes a las cinco de la tarde, en la esquina de una cafetería del centro. Me describió la ropa que iba a llevar — vestido verde, sandalias, una cartera de cuero — y me pidió que yo me pusiera una camisa blanca y unos jeans. Llegué quince minutos antes. Caminé sin rumbo por la cuadra, encendí y apagué el teléfono tres veces, ensayé saludos en voz baja. Cumplí la hora exacta y nada. Cinco y diez. Cinco y veinte.

Le mandé un mensaje. Sin respuesta. Llamé. El número marcaba apagado.

A las cinco y media estaba seguro de que me había dejado plantado. Caminé hacia el auto con esa mezcla rara de alivio y humillación que se siente cuando algo importante no pasa. Estaba a punto de meter la llave en la cerradura cuando un hombre apareció detrás de mí.

—Disculpá, hermano, ¿tenés un segundo?

Era un tipo alto, de unos treinta y cinco, vestido con una campera oscura y vaqueros. Tenía la voz tranquila de alguien que se acerca a pedir un cigarrillo. Le respondí que sí, por inercia.

—Mirá, sé que va a sonar raro —dijo—. Pero en aquel auto está mi pareja. Tiene ganas de algo distinto esta tarde. Yo solo no le alcanzo. Te estuve mirando, parecés buena onda. ¿Te animarías?

Tardé unos segundos en entender que aquello no era una broma. Lo miré de arriba abajo, busqué cámaras escondidas, evalué si convenía irme caminando rápido. Pero algo en su tono me retuvo. No había desesperación ni amenaza, solo una propuesta dicha como quien ofrece tomar un café.

—No sé, mirá… —empecé.

—Si querés, te la presento ahora. No te comprometés a nada.

Asintió hacia un Corolla gris estacionado a quince metros. Hizo un gesto con la mano y la puerta del acompañante se abrió. Bajó una mujer de pelo castaño, alta, con unas botas hasta la rodilla y una falda que se le ajustaba en las caderas. Caminó hacia nosotros sin apuro, como si saliera a comprar el pan.

Cuando estuvo cerca, sentí ese golpe en el estómago que avisa que algo está por torcerse. Era guapa de un modo que no parecía calculado: pómulos marcados, boca grande, una sonrisa pequeña que apenas se permitía. Me miró de arriba abajo y volvió a mirar a su pareja.

—No está mal —le dijo a él, como si yo no estuviera.

—¿Qué decís? —me preguntó él—. ¿Subimos un rato al auto para hablar?

Asentí. No me reconocía la voz cuando dije que sí.

***

En el asiento trasero, ella se sentó a mi lado. Él se quedó adelante, con el motor apagado, mirando algo en el teléfono como para darnos espacio. No habían pasado dos minutos cuando la mujer me puso la mano en el muslo.

—¿Sabés cómo me llamo? —dijo.

—No.

—Mejor.

Me deslizó la palma hacia arriba, despacio, hasta apoyarla justo donde ya no podía disimular nada. Empezó a apretar con la punta de los dedos, con una intención que iba directo al asunto. Me incliné un poco hacia ella, sin saber qué hacer con las manos. Ella me besó. Era un beso corto, exploratorio, con la lengua apenas asomada, como si me estuviera midiendo.

—Tranquilo —murmuró—. No tenés que hacer nada todavía.

Su pareja seguía adelante, fingiendo no escuchar.

Le bajé el cierre de la falda apenas, lo justo para meter la mano. Tenía la piel caliente, las medias finas. Sus dedos ya me habían desabrochado el pantalón y se movían adentro del bóxer con una soltura que me intimidaba más de lo que me excitaba. Cerré los ojos y traté de no terminar ahí mismo.

—¿Vamos a un lugar más cómodo? —dijo él desde adelante, sin girar la cabeza.

—Sí —respondió ella por los dos.

Él arrancó.

***

El motel estaba a diez minutos. No recuerdo qué nombre tenía, ni de qué color era la fachada. Recuerdo que pagué yo, porque él me dijo «te toca» con una sonrisa que no admitía discusión. Recuerdo el olor a desinfectante del pasillo, el espejo enorme en el techo, la cama redonda. Recuerdo que cuando entramos los tres y se cerró la puerta, sentí que el aire pesaba distinto.

Ella se sacó la campera y la falda en menos de un minuto. Quedó en ropa interior negra, simple, sin encajes. Su pareja se sentó en un sillón al costado de la cama, abrió una de las cervezas que traía y me hizo una seña.

—Ella es la que conduce. Vos hacele caso.

Me acerqué. Ella me miró desde abajo, sentada al borde de la cama, y empezó a desabrocharme la camisa botón por botón. Cuando llegó al cinturón, no levantó la vista. Me bajó el pantalón con las dos manos y el bóxer con la boca. Lo hizo con una calma que me descolocó. Yo esperaba urgencia, hambre, esa cosa de las películas. Lo que hubo fue lenta atención.

—Tenés veintidós y nunca estuviste con nadie —dijo, más afirmación que pregunta.

—No.

—Bueno. Vamos despacio, entonces.

No fuimos despacio.

Empezó a usar la boca con una destreza que me hizo agarrarme del borde del colchón. Su pareja, desde el sillón, comentaba en voz baja, sin obscenidades, casi como un entrenador. «Respirá», «no apurés», «mirale la cara». Yo obedecía sin pensarlo. La miraba a ella, le tocaba el pelo, trataba de retrasar lo inevitable.

Cuando sentí que se me iba, le pedí que parara. Levantó la cabeza, me sonrió de costado y se acostó boca arriba en la cama.

—Ahora vos. Quiero ver qué sabés hacer.

No sabía hacer nada. Lo intenté igual.

Le pasé la lengua por el interior del muslo primero, porque me pareció que tenía que llegar despacio. Cuando llegué, ella ya estaba húmeda. Me agarró del pelo y me marcó el ritmo sin decir palabra. Yo intentaba prestar atención a las señales: cuándo respiraba más fuerte, cuándo dejaba de respirar, cuándo me empujaba la cabeza apenas hacia un lado. Era una clase práctica.

—Está aprendiendo rápido —dijo él desde el sillón.

***

Me puse el primer preservativo con la torpeza esperable. Ella me ayudó. Cuando entré, fue una sensación que no sé describir sin caer en frases gastadas. Fue calor, fue presión, fue la certeza de que el resto de mi vida iba a estar dividido entre el antes y el después de ese minuto. Me quedé quieto. Ella se movió primero.

—No te frenes ahora.

Empecé despacio. Después no tan despacio. Después ya no pensaba en velocidades. Cambiamos de postura dos veces. La puse boca arriba, después de costado, después contra la pared. Su pareja seguía mirando, con la cerveza apoyada en la rodilla, sin tocarse, sin opinar. Solo miraba.

Cuando terminé la primera vez, me dejé caer de espaldas sobre el colchón con la respiración descompuesta. Ella se rio.

—Felicidades, ya sos parte del club.

—¿Qué club?

—De los que la primera vez se acuerdan toda la vida.

Su pareja me alcanzó una cerveza. Brindamos los tres. Era un brindis ridículo, pero brindamos igual.

***

Diez minutos más tarde, me dijeron que la noche apenas empezaba.

Yo no me reconocía el cuerpo. Pensé que no iba a poder otra vez, pero ella se arrodilló entre mis piernas y empezó de nuevo, con la misma paciencia metódica. A los pocos minutos estaba listo. Esta vez no me dejó conducir.

—Ponete debajo —ordenó.

Me acosté boca arriba. Ella me montó. Me tomó las muñecas y me las apoyó sobre sus caderas, como diciendo «acá te quedás». Detrás suyo, su pareja se sacó la ropa por primera vez en toda la tarde. Se acomodó atrás, le pasó la mano por la espalda, le murmuró algo al oído. Ella asintió.

—¿Te animás? —me preguntó él a mí, no a ella.

Entendí lo que estaba pidiendo permiso para hacer. Asentí.

Lo que pasó después fue, durante varios minutos, la cosa más extraña y más intensa que mi cuerpo había sentido. Ella seguía moviéndose sobre mí. Él estaba detrás. Yo sentía a través de ella los movimientos del otro, en un ritmo que se acomodaba sin que nadie tuviera que coordinar nada. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta, decía cosas que no eran palabras. Yo le miraba la cara, no la situación. Era más fácil así.

Terminé por segunda vez con la sensación rara de que el cuerpo ya no me pertenecía. Ella tardó un poco más. Él tardó al final. Después nos quedamos los tres en silencio sobre la cama redonda, mirando el techo.

—¿Y? —dijo ella al rato.

—No tengo palabras.

—Es lo mejor que podés decir.

***

Nos vestimos sin apuro. Antes de irnos, él me dio una palmada en el hombro y me dijo que la próxima semana, si quería, podíamos repetir. No contesté ni que sí ni que no. Salí del motel con el pelo todavía mojado y el aire de la calle me pegó en la cara como si volviera de otro planeta.

No me dieron sus nombres. Yo tampoco di el mío.

Hace de eso unos cuantos años. Estuve con otras mujeres después, claro. Pero ninguna primera vez se repite, y la mía fue ésa: un martes a las cinco de la tarde, en un Corolla gris, con una pareja de desconocidos que me esperaban porque la cita real nunca había existido.

A veces pienso que Lorena nunca estuvo. Que el antifaz era de ella, sí, pero la voz que escuchaba al fondo era él. Que todo había sido una puesta en escena cuidadosa, paciente, para encontrar a alguien con la curiosidad justa y la inocencia suficiente.

No me molesta haberlo descubierto tarde.

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Comentarios (1)

MateoR_91

jajaja no me esperaba para nada ese giro al principio. Tremendo relato!!!

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