La noche en que mi amiga me confesó que era virgen
Acababa de cumplir veinticinco años cuando me mandaron a Moyobamba. Era mi primer trabajo serio después de tres años de carrera técnica en Lima, y la empresa de cacao me había puesto como supervisor de calidad en un proyecto piloto que recién arrancaba. Llegué con dos maletas, una expectativa enorme y una novia que se quedaba en la capital prometiendo que la distancia no iba a ser problema.
El clima me reventó los primeros días. Una humedad pegajosa que no aflojaba ni de noche, mosquitos del tamaño de monedas y un calor que te dejaba la camisa empapada antes del mediodía. La gente del lugar era amable, eso sí. Saludaban a todo el mundo en la calle, te ofrecían chicha de jora aunque acabaras de conocerlos. Mis colegas también venían de Lima — éramos como una colonia chica en medio de la selva — así que en una semana ya teníamos un grupo armado para los almuerzos.
A los tres meses, la rutina se había instalado. Despertarme a las seis, café en el pasadizo de la quinta, caminata hasta la oficina, ocho horas de papeleo y muestras de laboratorio, regreso al cuarto, cerveza tibia con los chicos en el patio. Nada me sacaba del libreto hasta ese lunes de febrero en que llegué temprano y la encontré a ella esperando que abrieran las oficinas.
Lucía Carmela Hidalgo. Veintisiete años. Nacida en Cajamarca, criada por una abuela estricta, estudios técnicos terminados en Lima. Me lo soltó todo de un tirón mientras esperábamos al guardia, como si tuviera el currículum memorizado. Tez muy blanca, un montón de pecas en los pómulos, pelo castaño recogido en una cola alta. Y una sonrisa que no encajaba con el discurso formal, una sonrisa que se le escapaba sin permiso.
—Mateo —le dije, estirando la mano—. Bienvenida al fin del mundo.
—Eso me dijeron en Lima —respondió ella, riéndose—. Que era el fin del mundo. Veo que no exageraban.
Nos asignaron al mismo equipo. Misma área, escritorios contiguos, mismos turnos. En dos semanas ya éramos uña y mugre, y la mugre, claramente, era yo. Lucía tenía algo que no había visto antes en ninguna chica: una capacidad rara de escuchar. No fingía interés, escuchaba de verdad, y cuando le contabas algo, te devolvía una observación que dolía un poco porque siempre acertaba. En la oficina hablábamos en susurros sobre el jefe, en los almuerzos discutíamos sobre todo lo demás, y de noche, ya cada uno en su cuarto, seguíamos por mensajes hasta que el teléfono se quedaba sin batería.
—¿No tienes que dormir, mujer? —le escribí una madrugada.
—Tú tampoco —me respondió a los dos segundos.
El problema empezó alrededor del cuarto mes. Una mañana la miré sirviéndose café y se me cruzó la imagen, así de la nada, de cómo sería besarla. No fue una idea sucia ni planeada, apareció completa, como cuando una canción te ataca en mitad de una calle. Esa noche soñé con ella. Al día siguiente me obligué a no mirarla más de la cuenta, pero ya era tarde. Había abierto una puerta en mi cabeza que no sabía cerrar.
Camila, mi novia en Lima, me llamaba dos veces por semana. Las conversaciones se habían vuelto un trámite. Ella contaba cosas de su trabajo, yo contestaba con monosílabos, ella se enojaba, yo prometía mejorar y colgábamos sin haber dicho nada importante. La quería, eso pensaba, pero la quería como se quiere un mueble familiar, sabiendo que está ahí, sin verlo.
Lo de Lucía era distinto. Lo de Lucía era pensar en ella mientras me duchaba. Era preguntarme, mientras almorzábamos un caldo de gallina, qué cara pondría si la mordía suavemente justo debajo de la oreja.
Pésimo, Mateo. Te estás portando como un imbécil.
Las quintas donde vivíamos eran muy diferentes. La de ella tenía una dueña que parecía monja retirada: visitas masculinas, prohibidas; música después de las nueve, prohibida; perfume fuerte, sospechoso. La mía, en cambio, era una casa de tres pisos con cuartos alquilados a soldados y a obreros, y nadie revisaba nada. El problema era que tres de mis colegas vivían en la misma quinta, y todo lo que ocurría en mi piso se sabía al día siguiente en el comedor.
Esa noche llovía duro. Le había mandado a Lucía un mensaje a las diez, comentándole una serie nueva. Ella me respondió enseguida, y entre broma y broma le escribí, sin pensarlo de verdad: «¿Vienes a verla en mi cuarto?». Era un chiste. Lucía nunca aceptaría. Lo sabía. Era el tipo de chica que ni siquiera entraba sola al ascensor con un hombre desconocido.
Le tomó tres minutos contestar.
«Voy en media hora. ¿Necesitas que lleve algo?»
Leí el mensaje cuatro veces. Se me secó la boca. Le respondí con una palabra, «pisco», porque no se me ocurrió nada más coherente, y me senté en la cama con el corazón a mil tratando de entender qué acababa de pasar.
***
Llegó a las once y veinte, empapada hasta los huesos, con una bolsa de plástico colgando del brazo. Adentro traía dos botellas de pisco sour preparado, una bolsa de canchita y un paquete de chocolates. Se rio cuando me vio, y la risa le sacudió las gotas del flequillo.
—Estás loca —le dije, mientras le pasaba una toalla.
—Lo sé —contestó, secándose el pelo—. Pero ya estoy acá.
Apagué la luz central, dejé encendida solo la lámpara del velador y puse una película al azar, una francesa que se llamaba El cuarto blanco, sobre una pareja que se encuentra a escondidas en un hotel cerca del mar. Nos echamos en la cama porque no había sillón, con las espaldas apoyadas en la pared y los pies cruzados, comiendo canchita y bebiéndonos el pisco a sorbos chicos.
La película pasó a un segundo plano enseguida. Lucía empezó a contarme cosas que nunca había mencionado en la oficina. Que de adolescente había sido gorda, gorda en serio, que los chicos del colegio le decían cosas crueles y que ella se acostumbró a no esperar nada de nadie. Que solo había besado a un hombre, y había sido un beso pésimo en una fiesta de promoción donde le habían echado vodka al refresco sin decirle. Que su mamá nunca le había hablado de sexo, ni una vez, y que ella entendía las cosas por las novelas que leía a escondidas.
—¿Nunca? —le pregunté, queriendo asegurarme de que la entendía bien.
—Nunca —repitió ella, mirando la pantalla y no a mí—. A los veintisiete sigo virgen, Mateo. Es lo que es.
Lo dijo con una calma que me dejó callado. No había vergüenza en su voz, ni provocación. Era un dato. Como si me hubiera dicho que tenía alergia al maní.
En ese momento, en la pantalla, la pareja de la película empezó a desnudarse en una habitación con cortinas blancas que ondeaban con el viento. La mujer le abría la camisa al hombre, y la cámara hacía planos cortos sobre la mano de ella subiéndole por el cuello.
—Apaga eso —me pidió Lucía, en voz muy baja.
Apagué el televisor. Miré la hora: las dos y diez de la madrugada.
—Es tarde —le dije—. Quédate a dormir y temprano te acompaño a tu cuarto.
Ella asintió sin hablar.
Nos tapamos con la sábana, los dos con la ropa puesta, ella de costado dándome la espalda. Apagué la lámpara. La luz amarilla del foco del patio entraba por la rendija de la cortina y le dibujaba una franja sobre el hombro.
***
No dormí. Sabía que ella tampoco dormía. Lo notaba en la forma en que respiraba, demasiado regular, demasiado cuidada para ser sueño verdadero. Estuvimos así diez minutos, quizás veinte, en una quietud falsa que era más ruidosa que cualquier conversación.
Pensé mucho. Pensé en Camila, en el trabajo, en lo que diría Lucía si yo me equivocaba y me mandaba al diablo. Pensé en que tal vez ella había venido sabiendo exactamente lo que iba a pasar. Pensé en que tal vez yo era un idiota.
Al final, lo que pesó más fue la mano que ella había dejado abandonada sobre la sábana, a quince centímetros de mí, como si la hubiera olvidado ahí a propósito.
Me acerqué despacio. Le puse la mano derecha sobre el pecho, sobre el polo, sin meterla, sin moverla. Solo apoyada. Sentí que era grande, mucho más grande de lo que parecía debajo de la ropa de trabajo, y que estaba caliente. Esperé. Conté hasta veinte. Lucía no se movió.
Apreté un poco la mano. La sentí respirar más profundo, una sola vez. Empecé a acariciarla por encima del polo, despacio, casi sin presión, dibujando círculos. Le pasé el pulgar por el pezón a través de la tela y noté cómo se endurecía. Ella no abrió los ojos. Ella no habló.
Me animé. Pasé la mano por debajo del polo y le subí por la espalda hasta el broche del sostén. Lo desabroché de un movimiento, me sorprendió hasta a mí que me saliera bien al primer intento. Cuando volví al frente, la encontré ya con el pecho libre del sostén, los senos sueltos, calientes, llenándome la palma. Le di un beso entre ellos y la oí soltar un suspiro mínimo, como un escape de aire por una grieta.
—Lucía —murmuré.
—No digas nada —me contestó, con los ojos todavía cerrados—. Por favor no digas nada.
Entendí. Si yo hablaba, ella iba a tener que decidir, y decidir era lo que la asustaba. Mientras siguiera siendo algo que pasaba y no algo que ella elegía, podía soportarlo.
Le besé los senos con cuidado, sin apurarme, con la conciencia de que para ella todo era la primera vez de todo. La primera vez que una boca le mordía un pezón. La primera vez que una mano de hombre le bajaba por el vientre. La primera vez que sentía la presión de un cuerpo sobre el suyo, con un peso real, sin barreras.
Le bajé el jean despacio, dejándole el camino abierto para que ella misma terminara de sacárselo si quería. Lo hizo. Pateó el pantalón hacia el pie de la cama con los ojos todavía cerrados. La toqué entre las piernas, por encima de la ropa interior, y la encontré empapada. Pasé los dedos en círculo, y ella levantó las caderas dos centímetros, una respuesta diminuta pero clara.
—¿Te detengo? —le pregunté.
—No —dijo enseguida—. No te detengas.
Le saqué la ropa interior. Tomé su mano izquierda y la guié hasta mi pantalón, hasta dejarla descansando sobre la bragueta. Ella movió los dedos, vacilando, hasta encontrar el bulto duro debajo de la tela. Cuando lo apretó, fue ella la que respiró fuerte. Bajé mi cierre, le puse en la palma lo que estaba buscando, y le sentí los dedos cerrarse: torpes, curiosos, fascinados.
—Es así —le dije, despacio, llevándole la mano—. Tranquila.
Nos terminamos de desvestir sin hablar. Me subí encima de ella con cuidado, separándole las piernas con la rodilla, y pasé el sexo por su entrada sin entrar todavía, frotándole el clítoris con la punta. Ella movía la cadera al ritmo que yo marcaba, los ojos cerrados, las dos manos agarrándome los antebrazos. Cuando empujé por primera vez, despacio, la oí soltar un grito chico, ahogado contra mi hombro.
—Ya está —le susurré—. Lo peor pasó.
Me quedé quieto. Esperé que su respiración bajara. Después empecé a moverme, pequeño, lento, con la mejilla pegada a la suya. Sentí cuando dejó de resistirse, el momento exacto en que su cuerpo se abrió y dejó de defenderse. Me besó por primera vez en la noche, ahí, debajo de mí, con un beso largo y un poco torpe, como si nunca hubiera aprendido bien dónde se ponen los labios.
Nos movimos juntos durante un rato largo. Ella aprendía rápido. Subía las caderas a buscarme, me clavaba los dedos en la espalda, se mordía el labio para no hacer ruido: los vecinos del cuarto de al lado dormían a un metro de la cabecera. En un momento sentí que iba a terminar y salí de un movimiento, fingiendo que me sacaba alguna prenda que ya no tenía puesta. Me reí solo de mi propio truco.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Nada —le mentí—. Date vuelta un segundo.
Volví a entrar despacio, esta vez por detrás, y ella aceptó el cambio sin discutirlo. Aguanté unos minutos más así, hasta que ya no pude. Terminé adentro de ella, con la frente apoyada en su nuca, y oí cómo soltaba el aire que llevaba guardado vaya a saber desde cuándo.
Nos quedamos abrazados sin hablar. La luz del foco del patio nos cortaba el cuerpo en franjas.
***
Dormimos un par de horas. A las cinco y media abrí los ojos y la encontré ya vestida, sentada en el borde de la cama, atándose los pasadores. La miré desde la almohada. Ella se dio cuenta pero no giró la cara.
—Te acompaño —le dije.
Caminamos hasta su quinta sin hablar. Las calles estaban vacías, todavía oscuras, con un olor a tierra mojada que subía del asfalto. En la puerta de su edificio ella me miró un segundo, de frente, sin sonreír.
—Mateo —dijo—. Lo de anoche no pasó.
—No pasó —repetí.
Entró. Yo me volví a mi cuarto bajo la primera luz del día.
En la oficina, durante una semana, nos saludamos como compañeros y nada más. Ni un mensaje, ni una mirada de más. Después, poco a poco, volvimos a la rutina: los almuerzos, los chistes, las llamadas hasta tarde. Pero nunca, ni una sola vez, volvimos a hablar de esa noche. Como si efectivamente no hubiera pasado.
Aunque los dos sabíamos que sí.