El martes que la gata Mariana cumplió su promesa
Aquel verano de mis dieciocho años todo giraba alrededor de los martes. No por la universidad, no por los estudios, sino porque los martes la gata Mariana me esperaba.
Vivíamos en el mismo barrio desde siempre. Ella era dos años mayor, la más linda de la cuadra, y la novia oficial de Federico, un tipo que estudiaba arquitectura y aparcaba su Renault gris frente a la casa de los tíos de ella. Mariana se hospedaba con esos tíos porque sus padres vivían en otra provincia y la facultad le quedaba más cerca desde aquel barrio. La llamaban «la gata» por los ojos: almendrados, de un color indefinido que cambiaba con la luz, a veces verdes, a veces miel, a veces casi grises.
Yo, en cambio, era el invisible. Andrés, el chico flaco que jugaba al fútbol con los primos de ella los domingos por la tarde y que después se quedaba a tomar limonada en el patio. Nunca, ni en mis mejores fantasías, pensé que Mariana me devolvería la mirada.
Pero dos martes antes había pasado algo que cambió todo. Los tíos llevaban a los primos al parque a las cuatro de la tarde, sin falta. Aquella vez me había quedado en casa con la excusa de un examen. Y Mariana también. Me llamó por encima del muro, me hizo pasar por el portón trasero del jardín, y en la pared lateral de la casa, escondidos por la enredadera, me besó.
Fue mi primer beso de verdad. El primero con lengua, el primero con manos en la cintura, el primero con el cuerpo de una chica apretado contra el mío. Aquella tarde ella se dejó tocar los pechos por encima del brasier y, antes de irse, me permitió pasar los dedos por debajo de la falda. Recuerdo que mis dedos quedaron mojados y que ella sonrió cuando los acerqué a mi propia cara para olerlos. Como un ritual.
—El próximo martes —me dijo—. Y no se lo cuentes a nadie. A nadie, Andrés.
Pasé la semana caminando como hipnotizado. La veía salir hacia la facultad con la mochila y me sonreía con esa sonrisa de gata que sabe lo que tiene. ¿Cómo era posible? La chica más linda del barrio, la novia oficial de Federico, me había besado a mí. Quería contárselo a alguien, reventaba por dentro, pero me aguanté. Una promesa era una promesa, y si yo hablaba no habría próximo martes.
El segundo martes fue parecido al primero, pero un paso más adelante. Esta vez Mariana me dejó besarle los pezones, y yo le metí dos dedos hasta que ella se mordió el puño para no gritar. Cuando se vino me clavó las uñas en la nuca con una fuerza que todavía recuerdo. Antes de dejarme salir por el portón, me agarró la mano y me dijo al oído:
—El próximo martes quiero sentirte adentro. Ven preparado.
***
El domingo siguiente, después del partido de fútbol con los primos, me pidió que la llevara en la moto hasta su casa. Eran apenas seis minutos. Mariana se reía con todos, decía que yo era su «verdadero novio» como si fuera un chiste, y los tíos se reían también porque cómo se iba a fijar una chica como ella en alguien como yo. Hasta Federico, su novio de verdad, lo tomaba como chiste.
Pero ese domingo, con los brazos rodeándome la cintura y la barbilla apoyada en mi hombro, me lo confirmó al oído:
—El martes, Andrés. Y ojo con olvidarte de lo que te pedí.
Yo no sabía bien qué me había pedido. Lo del «preparado» lo interpretaba a medias. Pasé los dos días siguientes sin pegar un ojo, repasando los pedazos sueltos de educación sexual que había tenido en el colegio, que no eran muchos.
Llegó el martes. Hacía un calor de los mil demonios, de esos que pegan el aire al cuerpo. A las cuatro escuché las voces de los tíos sacando a los primos hacia el parque. Mariana se había excusado con un parcial. Yo, con otro. A los diez minutos escuché su voz llamándome por encima del muro.
Esta vez llevaba una falda de cuadros azules, más fina que las anteriores, y una blusa blanca con cierre al frente. Por primera vez tenía brillo en los labios. Mariana casi no usaba maquillaje, así que ese detalle me golpeó en el estómago como un puñetazo. Entramos por el mismo portón, pero ella no me llevó a la pared de siempre. Me hizo cruzar el jardín hasta una pequeña bodega del fondo, donde guardaban las herramientas y la cortadora de pasto. Yo había estado ahí mil veces de chico, jugando a las escondidas con los primos. Ahora había un sillón viejo en el rincón, uno de tela floreada, descartado seguramente del living.
Cerró la puerta detrás de nosotros.
—Hace un calor insoportable —dije, por decir algo. Tenía las manos frías a pesar del calor.
—Cállate y bésame.
Nos besamos como las veces anteriores, pero esta vez todo iba más rápido. Mariana me sacó la camisa, no me la subió como antes: me la sacó entera. Me pidió que le desabrochara el brasier y la ayudara a quitarse la blusa. Quedó con los pechos al aire, y yo me agaché a besárselos por iniciativa propia, sin que ella me lo pidiera. Intentaba ahogar los suspiros, pero en aquella bodega cerrada todo sonaba más fuerte.
Cuando le pasé la mano por debajo de la falda, descubrí que no llevaba ropa interior. Me lo confirmó al oído, mordiéndome el lóbulo:
—No llevo nada debajo.
Pude sentir su sexo abierto, caliente, derretido. Cuando dos de mis dedos entraron en ella, gimió de una forma que no le había escuchado antes. Estuve unos minutos así, masturbándola mientras le mamaba los pezones, hasta que ella interrumpió y dijo:
—Hoy vamos a hacer algo distinto.
—¿Qué cosa?
—Sácate los pantalones. Quiero ver eso que nunca vi.
Sentí pena. Nunca me había desnudado delante de nadie. Ella misma me ayudó a bajarme los pantalones, y se quedó mirando los calzoncillos bikini azules, traslúcidos por el líquido que llevaba acumulado desde la mañana. Mi verga estaba marcada contra la tela como un dibujo. Mariana la tocó con la punta del dedo, despacio, casi con respeto, y después se quitó la falda y la prenda interior corta que llevaba debajo, una especie de enagua de la misma tela.
Por primera vez la veía completamente desnuda. Aquello que su primo me había contado mil veces espiándola por la ventana, ahora lo tenía delante. Mariana se acomodó en el sillón, abrió las piernas, y me dirigió la cabeza con la mano.
—Vas a aprender a besarme acá. Y después yo hago lo mismo contigo.
El sexo oral no había pasado por mi cabeza jamás. En mi mundo, el sexo era una penetración vaginal y nada más. Lo demás eran insinuaciones que escuchaba en los recreos, sin saber muy bien a qué se referían. Internet todavía no existía, la pornografía era un tabú. Estaba descubriendo todo paso a paso, en tiempo real, con la chica más linda del barrio como guía.
Me hinqué frente al sillón. Mariana se depilaba casi todo, pero dejaba un pequeño triángulo en la parte superior. Por primera vez vi de cerca los labios brillantes de humedad y, más arriba, esa pequeña pepita que más tarde aprendería a llamar clítoris. Le di un beso suave, casi tímido. Ella contrajo los músculos como si la hubiera tocado con corriente eléctrica.
—Más. Con la lengua.
La besé con la lengua, recorrí toda la rajadura, hice círculos sobre el clítoris como ella me indicaba. Sus caderas empezaron a moverse buscando mi boca. En cinco o seis minutos, sin avisar, todo el cuerpo se le tensó, me clavó los talones en la espalda, y me pidió con un hilo de voz que le metiera los dedos. Lo hice. Sentí cómo las paredes de su vagina se contraían sobre mis dedos en una serie de espasmos que parecían no terminar. En su cara había una mezcla de dolor y de placer que en ese momento no supe interpretar.
Me limpié la cara con la camisa. Ella se limpió con la misma camisa, mirándome con una sonrisa floja.
—¿Conseguiste preservativos?
—No.
—Bueno. No importa. Para otro día. Ahora déjame ver ese pajarito que tienes llorando.
Me sacó la verga del calzoncillo. Intentó secarla con la misma camisa, y después se la llevó a la boca. Fue tal el shock de placer que se me nubló la vista. Ver esos labios brillantes envolverme, sentir el calor y la humedad de su boca por primera vez, es algo que sigo sin poder describir veinticinco años después. Ella la chupaba despacio, con cuidado, como si estuviera probando. Cada tanto se detenía, levantaba la vista y preguntaba:
—¿Te gusta?
—Sí.
—No te vayas a venir dentro de la boca. Avísame.
Yo no entendía bien de qué hablaba. Nunca había eyaculado conscientemente. Algunos sueños húmedos, sí, pero sin asociar ese vocabulario que ella manejaba como una profesional. Le caía la saliva al suelo de cemento de la bodega, formando un charquito al lado de mi rodilla. Cuando sentía que se me tensaban las piernas y el cuerpo entero se me ponía duro, Mariana paraba unos segundos, me miraba, calculaba.
Al fin, en una de esas pausas, se levantó del sillón. Yo estaba al borde, desesperado por liberar lo que sentía subir desde adentro. Ella se apoyó contra el espaldar del sillón, en cuatro patas, y me dijo:
—Andrés, ven. Lo vamos a hacer, pero por detrás. No quiero quedar embarazada. ¿Sabes dónde es por detrás, no?
—No te entiendo.
—Acércate. Y no te equivoques de agujero.
Con una mano me agarró la verga y apuntó el glande contra su ano. Pude ver de cerca el orificio, los pequeños vellos finos alrededor, y cómo se contraía cuando le rozaba la cabeza. Mi propio líquido hacía de lubricante. Ella me lo esparcía deslizando la verga por la raya de las nalgas, presionando el glande contra la entrada, una y otra vez.
Estuvimos así no sé cuánto rato. Ella me apretaba con las manos pequeñas y me restregaba contra su trasero, y eso me tenía al borde del precipicio. Cuando por fin el anillo de su ano me atrapó la cabeza, todo lo que tenía planeado mi cuerpo dejó de obedecerme. Un torrente eléctrico me subió desde los talones hasta la nuca, me aferré a sus caderas, y la embestí enterrándole el resto de la verga de una sola vez.
Mariana gritó. Fue un grito apagado contra el sillón, pero un grito.
Yo no pude parar. Por más que ella quisiera, por más que intentara escaparse, mis manos se habían cerrado en sus caderas y la mantenían firme contra mí. Me corrí adentro, en oleadas, descargando algo que nunca había descargado antes y que sentía venir desde no sé dónde. Cuando me retiré, vi salir un hilo de semen escurriendo por sus nalgas. No entendía lo que era. Era yo, lo había puesto yo, pero seguía sin poder armar el rompecabezas.
—Me dolió —dijo, todavía apoyada contra el sillón.
—Perdóname. No sabía que iba a doler así.
Nos vestimos rápido, como si alguien fuera a entrar. Espiamos por la rendija de la puerta. No había nadie en el jardín. Mariana entró a la casa por la cocina y yo salí por el portón trasero. Mi hermana estaba en el pasillo cuando llegué. Olfateó el aire un segundo, dijo algo del calor, y siguió de largo. Me metí a la ducha pensando en todo lo que acababa de pasar. La verga me seguía soltando líquido bajo el agua tibia.
A los pocos minutos golpearon la puerta del baño.
—Andrés, te llama Mariana.
Salí envuelto en una toalla y fui al teléfono del living.
—¿Qué pasó?
—¿Puedes hablar?
—Sí.
—Prométeme que no le vas a contar esto a nadie. A nadie, Andrés. Necesito que me lo prometas.
—No te preocupes. Te lo prometo.
Mi hermana, que estaba a tres metros, levantó la vista del libro y preguntó con cara de inocente qué le estaba prometiendo. Le inventé cualquier cosa: que había visto al novio de Mariana entrar a la casa mientras los tíos no estaban. Mi hermana frunció el ceño.
—¿Federico? Pero si Mariana me dijo la semana pasada que habían cortado.
Me quedé mudo. La dejé hablando sola y me fui a mi cuarto a revivir cada segundo de la tarde, todavía con la toalla puesta y el cuerpo flotando a un palmo del piso.
***
Aquella tarde en la bodega definió algo en mí que no se borró nunca más. Una semana después, Mariana consiguió preservativos y me dejó conocer su sexo por delante. Pero confieso que para mí ya no fue lo mismo: lo que me quedó grabado fue ese momento bestial contra el sillón, ese descubrimiento del trasero como territorio. Meses más tarde, con una chica llamada Lucía, repetí la dinámica por las mismas razones —ella tampoco quería arriesgarse— y entendí que aquello no había sido una casualidad, sino una preferencia. Algo se me había marcado a fuego.
Mariana fue la primera. La gata fue la que me desvirgó en aquel sillón viejo, en una bodega de cien grados Fahrenheit, un martes a las cuatro de la tarde. Años después, ya adultos, retomamos contacto y hablamos de todo menos de aquello. Hasta que una noche, en una conversación larga por teléfono, lo trajo ella sola.
—Me gustaba todo —me dijo—. Todo lo que hacíamos. Y creo que me gustaba justamente porque sabía que era algo prohibido.