Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La tarde que decidí entregarme por primera vez

Antes de empezar, déjenme presentarme. Me llamo Camila, tengo veintitrés años, y todavía recuerdo con una mezcla de vergüenza y ternura lo que pasó aquella tarde de octubre, cuando dejé de ser la chica de la que se reían mis amigas por no haber estado con nadie.

Crecí en un pueblo del interior, lejos de cualquier cosa que se pareciera al mar. Mi familia era de esas tradicionales, donde una hija no llega a casa después de las once y donde un novio se presenta primero a los padres antes de que se le permita siquiera ir al cine. Durante todo el colegio no pude estar con ningún chico. Algunas de mis amigas ya habían perdido la virginidad a los dieciséis, otras a los diecisiete, y yo era la rara que cerraba con llave la puerta del baño cuando se metían a contar detalles de pollas, corridas y culos abiertos por primera vez.

Cuando entré a la universidad las cosas cambiaron. Mido un metro sesenta y siete, tengo los pechos grandes para mi cuerpo, la cintura estrecha y el trasero firme de haber pasado los últimos tres años yendo al gimnasio casi todos los días. Empecé a notar las miradas en los pasillos, en la cola del comedor, en el bus. Algunas me incomodaban; otras, debo confesarlo, me gustaban. Más de una noche me metí la mano en la tanga pensando en algún compañero, imaginándome cómo sería sentir una verga dura empujando dentro de mí por primera vez.

A los seis meses de empezar la carrera conocí a Mateo. Estudiábamos materias distintas, pero coincidíamos en una asignatura general que se daba los miércoles a las siete. Él era un poco más alto que yo, de tez clara, con los hombros anchos por la natación, y tenía esa risa fácil que desarma. Lo que más me gustaba era cómo me miraba sin apurar nada, como si supiera que yo necesitaba mi tiempo.

Salimos seis meses sin que pasara nada más allá de besos y caricias por encima de la ropa. Él nunca me presionó, aunque más de una vez sentí su polla dura clavada contra mi vientre a través del pantalón cuando nos despedíamos en el portal de mi edificio. Yo sabía que no era virgen; me lo había dicho la primera semana, sin presumir, casi como una formalidad. Yo, en cambio, le esquivaba el tema. Cada vez que la conversación se acercaba, cambiaba de canal con alguna broma o le preguntaba por su hermana menor.

Pero ya no podía más. A los veinte años recién cumplidos, después de medio año de besos cada vez más largos, mi cuerpo había decidido por mí. Quería estar con él. Quería sentir su verga dentro, aunque solo pensarlo me daba un nudo en el estómago y me empapaba la tanga al mismo tiempo.

Una tarde de jueves, mientras estudiábamos en una cafetería frente a la universidad, Mateo cerró el cuaderno y me dijo que sus padres se iban el fin de semana a la casa del lago. Lo dijo sin mirarme, jugando con la cuchara del café. Yo entendí perfectamente lo que me estaba proponiendo.

—¿A qué hora quieres que vaya? —le pregunté, y noté que la voz me salió más firme de lo que esperaba.

—El sábado a la tarde —contestó—. Tipo cinco.

***

El sábado me probé tres vestidos antes de decidirme. Terminé eligiendo uno rojo que había comprado para una fiesta a la que nunca fui, con un escote en V que dejaba ver bastante y un largo que apenas cubría medio muslo. Debajo me puse una tanga negra de encaje que mi prima me había regalado por mi cumpleaños y que jamás me había animado a usar. No me puse sostén. Quería sentirme distinta, atrevida, ser otra Camila por una tarde.

Tomé un taxi para no caminar nerviosa cuatro cuadras. Cuando Mateo abrió la puerta, se quedó callado dos segundos enteros, mirándome de arriba abajo, y después soltó una sonrisa que era mitad incrédula, mitad hambrienta.

—Uy, Camila —dijo, y me agarró de la cintura para meterme dentro—, estás… estás increíble.

—Tú tampoco estás mal —le contesté, riéndome de nervios.

El departamento era chico y olía a la madera de los muebles antiguos. Había una vela encendida en la mesa baja de la sala y dos copas de vino blanco servidas. Me senté en el sillón con las piernas cruzadas hacia él, y él se sentó tan cerca que sentí el calor de su muslo contra el mío. Hablamos unos minutos de cualquier cosa, pero ninguno de los dos prestaba atención a lo que decía el otro.

Entonces me besó. No fue un beso suave de los que dábamos en la puerta de mi casa. Fue un beso largo, profundo, con la mano puesta en mi nuca y la otra apoyada en mi rodilla. Sentí cómo su mano subía despacio por mi muslo, pidiendo permiso en cada centímetro, y yo no se lo negué.

Cuando llegó al borde del vestido, dudó un segundo. Yo le acaricié la nuca para que siguiera. Su mano subió hasta mi pecho y, por encima de la tela, me apretó la teta con cuidado. El primer apretón fue como si una corriente eléctrica me cruzara la columna hasta el coño. Solté un suspiro contra su boca y le sentí sonreír.

—¿Estás bien? —me preguntó separándose un poco.

—Sí —dije, y le mordí el labio para que no parara.

Me bajó el vestido del hombro y mis tetas quedaron al descubierto, con los pezones ya tiesos como piedritas. Vi cómo se le agrandaban los ojos. No me sentí avergonzada, sino poderosa. Bajó la cabeza y empezó a besarme, primero el cuello, después la clavícula, hasta llegar a los pezones. Se los metió en la boca uno por uno, chupándolos despacio, lamiéndolos con la punta de la lengua y después mordiéndolos con cuidado hasta hacerme gemir. Cada vez que su lengua me rozaba, se me escapaba un gemido que no sabía que tenía adentro, y sentía cómo el coño se me iba humedeciendo hasta empapar el encaje de la tanga.

Pasé la mano por su muslo, casi por reflejo, y subí hasta sentir la dureza debajo del pantalón. Mateo cerró los ojos y dejó escapar un suspiro hondo cuando le apreté la polla por encima de la tela. Le toqué el bulto, lo recorrí de arriba abajo, medí con los dedos lo largo y lo grueso que estaba. Pensé, por un instante, que aquello no iba a entrar en mí, y la idea me asustó y me excitó al mismo tiempo. Le apreté más fuerte y él soltó un gruñido contra mi cuello.

—Vamos a tu cuarto —le pedí con un hilo de voz.

***

Me cargó en brazos como si yo no pesara nada. La cama era de dos plazas, con un edredón azul oscuro y dos almohadas blancas. Me dejó en el medio y se quedó parado mirándome, todavía vestido. Le pedí con la mirada que se acercara. Volvió a besarme, a recorrerme el cuello, las tetas, el ombligo. Sus dedos bajaron por mis caderas hasta el borde de la tanga, y ahí pararon.

Tenía que decírselo.

—Mateo —dije, y se me cortó la voz—. Hay algo que nunca te conté.

Levantó la cabeza y me miró sin entender.

—Nunca estuve con nadie —solté, con los ojos clavados en el techo—. Eres el primero.

Se quedó callado un segundo largo. Después se acomodó a mi lado, me apartó un mechón de pelo de la cara y me besó la frente con una ternura que casi me hace llorar.

—¿Estás segura de que quieres? —me preguntó.

—Sí. Pero despacio, por favor.

—Despacio —prometió—. Te voy a follar despacio, tanto como necesites.

Escucharle decir eso, con esa palabra tan cruda saliendo de su boca por primera vez, me hizo apretar los muslos. El coño me palpitaba. Le saqué la camiseta y le besé el pecho, los hombros, el cuello. Le desabroché el pantalón con dedos torpes y se lo bajé junto con el bóxer hasta los tobillos. Cuando me incorporé y le vi la polla de verdad por primera vez, se me secó la boca. No era enorme, pero para mí, que nunca había visto una de cerca, era una imagen para acordarme toda la vida: gruesa, tiesa contra el vientre, con una vena marcada recorriéndola de arriba abajo y la punta brillante de una gota transparente que se le había escapado.

Él me tomó la mano y la guió hasta su verga. Le di una caricia tímida, después otra más segura. Cerré los dedos alrededor y la moví arriba y abajo despacio, sintiendo el calor de la piel y la dureza del interior. Le pasé el pulgar por la punta y esparcí esa gota resbalosa por el glande. Le pregunté con los ojos si lo estaba haciendo bien y él asintió mordiéndose el labio.

—¿Quieres probarla con la boca? —me preguntó con la voz ronca.

—Nunca lo hice —contesté, casi disculpándome.

—No tienes que hacer nada que no quieras.

Pero quería. Mis amigas me habían contado mil veces lo que se sentía tener el control sobre un hombre chupándole la polla, cómo se derretían con la boca llena, cómo suplicaban después. Y yo quería saber qué era eso. Me arrodillé entre sus piernas, le agarré la verga con una mano y le pasé la lengua por la punta, después por todo el largo, despacio, como si fuera un helado. Le lamí los huevos con cuidado, uno primero y después el otro, y subí de nuevo por la vena de abajo hasta el glande. Cuando me animé a metérmela en la boca, Mateo dejó escapar un gemido grave que me convenció de que iba bien.

Se la chupé de a poco, aprendiendo el ritmo. Al principio solo la punta, mojándosela, girando la lengua alrededor del glande. Después me la fui metiendo más adentro, hasta donde me daba sin arcadas, y volvía a subir despacio, chupando fuerte al salir. Le sentí la mano apoyarse en mi pelo sin presionar, solo acompañándome, y eso me dio confianza para tragarla más profundo. Bajé la cabeza, la subí, bajé otra vez, y le miraba a los ojos mientras lo hacía. Vi cómo se le tensaba la mandíbula, cómo se le entrecerraban los ojos, cómo se le escapaba un jadeo cada vez que la lengua le tocaba un punto justo debajo del glande.

—Así, Camila, así —murmuraba—. Chúpamela así.

Escucharle decir mi nombre con esa voz rota me hizo apretar los muslos con más fuerza. Mientras se la chupaba, una mano mía bajó sola hasta entre mis piernas, apartó la tanga y encontró el coño empapado. Empecé a acariciarme el clítoris con la yema de los dedos mientras subía y bajaba la boca sobre su verga. Nunca había estado así de mojada en mi vida. Los dedos me resbalaban solos, y sentía cómo la humedad me chorreaba por dentro de los muslos.

—Ven aquí —me pidió con la voz temblorosa, tirándome despacio del pelo hacia arriba—, o me voy a correr en tu boca ahora mismo y no quiero.

Me hizo subir hasta su boca para besarme, y se sintió raro y a la vez terriblemente excitante besarlo con la boca todavía con sabor a él.

Me acostó boca arriba, me sacó la tanga por los pies y me abrió las piernas con una paciencia que me hizo confiar en él más que nunca. Se quedó un segundo mirándome el coño, y verlo mirarme así, con esa hambre, me hizo palpitar. Antes de tocarme con los dedos, bajó la cabeza y me besó por dentro de los muslos, uno y otro, alternando, subiendo cada vez más arriba, dejándome esperar. Después su lengua me encontró y yo solté un gemido tan fuerte que me asusté yo misma.

—Shhh —me dijo, riéndose contra el coño—. Los vecinos…

—No me importa —le contesté—. Sigue, por favor, sigue.

Su lengua subía y bajaba, se demoraba en los labios, entraba y salía de la entrada como si me estuviera follando con la boca. Después buscaba el clítoris y daba vueltas alrededor sin tocarlo del todo, hasta que yo levantaba las caderas suplicando. Cuando por fin me lo chupó, cerrando los labios alrededor y succionando despacio, casi grité. Metió un dedo con mucho cuidado, medio nudillo apenas, para que me fuera acostumbrando, sin dejar de lamerme. Después el dedo entero, curvándolo hacia arriba, buscando un punto que yo ni sabía que existía. Sentí cómo algo se acumulaba en el vientre, una corriente que crecía y crecía hasta que no pude más. Le agarré el pelo con las dos manos, le apreté la cara contra el coño y me corrí contra su boca con un quejido que me salió de algún lugar muy adentro. Todo el cuerpo me temblaba, las piernas se me cerraban solas alrededor de su cabeza, y él no paró de chuparme el clítoris hasta que dejé de sacudirme.

Cuando levantó la cara, tenía la boca y el mentón brillando de mí. Se los limpió con el dorso de la mano y me sonrió como si acabara de ganar algo.

***

Después se incorporó y se acomodó entre mis piernas. Sacó un preservativo del cajón de la mesa de luz, lo abrió con calma y se lo puso delante de mí, deslizando el látex despacio sobre la verga que le seguía dura como un palo. Me apoyó la punta en la entrada del coño y se quedó así, mirándome, frotándomela apenas por encima de los labios, mojándose con lo que yo tenía.

—Si te duele, me dices y paro —murmuró.

Asentí. Empujó despacio, apenas la punta primero. Sentí una presión rara, un ardor que me hizo cerrar los ojos y morderme el labio. La polla era gruesa y el coño se resistía, me estiraba de una forma que no me había imaginado. Mateo se quedó quieto con la punta apenas metida, dándome tiempo, dejando que el cuerpo se fuera abriendo. Empujó un poco más, un centímetro, dos. Yo le clavé las uñas en la espalda y respiré hondo.

—Sigue —le pedí—. Estoy bien.

De a poco entró todo. Sentí cómo se abría paso hasta el fondo, cómo el ardor iba cediendo y dejaba lugar a una sensación de plenitud que jamás había conocido. Cuando estuvo dentro hasta los huevos, paró otra vez y me besó la frente, la boca, los pómulos. Después empezó a moverse, lento, suavísimo, saliendo casi entera y volviendo a entrar hasta el fondo, como si tuviera miedo de romperme. El dolor inicial se transformó del todo en placer, algo cálido, lleno, que me hizo arquear la espalda sin pedírmelo. Le sentía cada centímetro entrando y saliendo, la vena de abajo rozándome el clítoris cada vez que empujaba.

—Más —le pedí sin pensarlo—. Un poquito más fuerte.

Empezó a follarme con más ritmo. La cama empezó a hacer un ruido leve, un crujido a compás con las embestidas. Mis gemidos también se hicieron más fuertes, aunque traté de taparme la boca con la mano.

—No te tapes —me dijo, sacándome la mano y clavándomela contra la almohada—. Quiero escucharte. Quiero oírte cuando te la meto.

Ese dirty talk me prendió fuego. Empecé a mover las caderas para encontrarme con sus embestidas, y cada vez que su pelvis chocaba contra la mía se me escapaba un gemido más agudo. Me sujetó una teta con la mano libre, me pellizcó el pezón, y yo sentí que el coño se me apretaba solo alrededor de la polla.

—Qué apretada estás —jadeó contra mi oreja—. Cómo me chupas la verga con el coño, Camila.

Estuvimos así un rato largo en esa postura, él encima, empujando a un ritmo constante, yo con las piernas cada vez más abiertas y las manos aferradas a su espalda, dejando marcas de uñas. Después me tomó de la cintura, salió de mí un segundo —y sentí un vacío raro, casi doloroso, al no tenerla adentro— y me ayudó a darme vuelta. Quería probar arriba, dijo, si yo me animaba. Me animé.

Lo monté con las dos manos apoyadas en su pecho, y él me guió la verga hasta la entrada. Me dejé caer despacio, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro desde otro ángulo, cómo llegaba a un punto distinto adentro de mí. Cuando estuve sentada del todo, con los huevos apoyados contra el culo, me quedé quieta un momento respirando. Después empecé a moverme, primero con vaivenes lentos hacia adelante y hacia atrás, frotándome el clítoris contra su hueso, y de a poco empecé a subir y bajar con más confianza.

Sentirla entrar y salir, tener yo el control del ritmo, verle la cara mientras se la clavaba, fue algo que no olvido. Le agarré las manos y me las llevé a las tetas para que me las apretara. Empecé a cabalgarlo más fuerte, rebotando encima, y cada vez que caía se me escapaba un “ah” que ya no me molestaba dejar salir. Verle la cara, los ojos cerrados, la boca abierta, escucharle decir mi nombre entrecortado, me hizo entender lo que las chicas llamaban poder. Yo tenía una polla adentro que él me había dejado usar como quería, y él era el que suplicaba.

—Así, Camila, cabálgame así —gruñó—. Me estás matando.

Sentí que estaba por correrme otra vez. Bajé una mano y me acaricié el clítoris mientras seguía subiendo y bajando encima de él. Cuando llegué, apreté el coño con toda la fuerza que tenía alrededor de la verga y me desplomé sobre su pecho, temblando, con espasmos que me subían y bajaban desde el vientre hasta las piernas.

Cuando él me avisó que estaba por terminar, con la voz ya rota, me incorporó con cuidado, me apartó de encima y se quitó el preservativo de un tirón. Yo, sin pensarlo, le agarré la polla con la mano y empecé a masturbársela, apretada, rápida, mirándolo a los ojos. Le ayudé a terminar sobre mi vientre y mis tetas. Vi cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo echaba la cabeza hacia atrás, y sentí los chorros calientes de semen cayéndome sobre la piel, uno, dos, tres, un cuarto más débil, hasta que se quedó quieto respirando fuerte. Le pasé el pulgar por la punta para sacarle la última gota y me miré el cuerpo, salpicada de blanco, sintiéndome sucia y hermosa a la vez.

Después se desplomó a mi lado, jadeando, y se quedó mirando el techo con una sonrisa boba. Me trajo una toalla del baño y me limpió él mismo, despacio, con la ternura de antes.

Yo me apoyé en su hombro. No dije nada por un buen rato. Estaba intentando ordenar todo lo que había pasado en menos de dos horas. La chica que había entrado por esa puerta a las cinco de la tarde no era la misma que estaba acostada ahí ahora, con el coño palpitando, los muslos pegajosos y el sabor de una polla todavía en la boca.

Estuve con Mateo casi un año más. Después la vida nos llevó por caminos distintos, como suele pasar a esa edad. Pero aquella tarde de octubre en su departamento sigue siendo, todavía hoy, una de las cosas más bonitas que me pasaron. No por la técnica, ni por la duración, ni por lo intenso. Por la paciencia. Por la forma en que me esperó, en que me dejó decidir, en que me hizo sentir que mi primera vez era un regalo y no una obligación.

Más adelante vendrían otras historias, otros hombres, alguna mujer también, y experimentos que jamás me hubiera imaginado a los veinte. Pero esa, la primera, se la debo entera a él.

Ver todos los relatos de Primera Vez

Valora este relato

Comentarios(8)

Miri_cba

que hermoso!!! me erize de solo leer el comienzo. se siente tan real

RaulBaires

Muy bien escrito, se nota que lo sentiste de verdad. Ojalá haya continuacion!!

ValentinaS

me recordó tanto a mi primera vez jaja, ese nerviosismo previo es inconfundible. Gracias por compartirlo con nosotros

lecturaNocturna

increible!!! sigue escribiendo por favor

Mishi_lectora

El vestido rojo, los seis meses esperando... qué imagen tan poderosa. Me encantó

Fernanda_R

leí de un tiron!! de las mejores de esta categoría que encontré acá. Mas relatos así!

TomásBA

se me hizo muy corto, quiero saber cómo terminó todo jajaja

stahl79

Muy buen relato. El detalle del vestido rojo es un golazo. Saludos

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.