La primera vez de la hija de mi vecina
El miércoles llegué a casa antes del atardecer. Me preparé un café cargado y salí al porche a fumar. Junto al ventanal encontré dos manchas de orina de perro, una mancha vieja y otra fresca. Refunfuñé, terminé el cigarro y entré al estudio con la idea de revisar las cámaras de seguridad para saber qué animal había convertido mi jardín en un retrete.
Pasé los videos a velocidad rápida hasta dar con el dálmata culpable. Estaba a punto de cerrar la grabación cuando algo me hizo detener la imagen. Al fondo de la sala, casi invisible entre el cortinaje y el vidrio, una silueta delgada se movía con cuidado. Acerqué el zoom.
Era Sara.
La hija de Lorena, mi vecina y amante desde hacía dos años, estaba escondida entre las cortinas mientras Lorena y yo follábamos sobre la alfombra con dos amigos que habíamos invitado el fin de semana anterior. La fecha del clip coincidía con aquella noche improvisada en casa. En la pantalla se veía perfecto cómo uno de los tipos me tenía a cuatro patas mientras el otro me metía la polla en la boca, y Lorena, al lado, con las piernas abiertas, se corría a gritos con dos dedos hasta el fondo del coño.
—Mierda —murmuré—. Esta criatura nos ha estado mirando.
Retrocedí varios días más. La imagen se repetía: Sara apareciendo en silencio, escondiéndose detrás de la misma cortina, espiándonos con una paciencia que no parecía improvisada. Llevaba semanas haciéndolo. Tal vez meses. En uno de los clips se le veía la mano metida dentro del short, moviéndose a un ritmo que yo conocía muy bien. La niña se estaba masturbando viéndonos coger. Lo extraño no fue el descubrimiento; fue la satisfacción tibia que me subió por el cuello al verla observar con tanta atención.
Si todavía es virgen, ya no lo es del todo en la cabeza.
Cerré el video y subí a llenar el jacuzzi. Me desnudé, me solté el pelo y comprobé la temperatura del agua. Justo entonces sonó el timbre.
Me asomé al monitor del intercomunicador y sentí un calor inesperado en el pecho, y otro más bajo, entre las piernas. Sara, todavía con el uniforme de entrenamiento, esperaba en la puerta mirando al suelo.
Le abrí en bata. No me molesté en cubrirme demasiado. Que me viera las tetas asomando, que me viera el pubis depilado si le bajaba la vista. Mejor así.
—Mi niña hermosa —le dije—. Justo te estaba pensando.
—Caro, quería hablar contigo. De mujer a mujer.
—Ven, sube. El jacuzzi ya está caliente.
Caminamos abrazadas por la escalera. Sara olía a desodorante de gimnasio y a algo más, a nervio puro. Le pregunté si venía de entrenar y asintió. Tenía diecinueve años, el cuerpo seco de las nadadoras y la mirada de quien lleva semanas guardando un secreto que ya no aguanta.
—Lo que me dijo mi mamá antes de irse a la costa —empezó—. Lo de presentarme a su mundo. Llevo días pensándolo.
—¿Y qué más has pensado, Sara?
Se quedó callada.
—Tranquila —seguí—. Sé que nos has estado mirando. Hay una cámara en la terraza. Después te la enseño. Te vi metiéndote la mano en el short, Sara. Te vi cómo te corrías apretando los dientes para que no te oyéramos.
El rubor le subió desde el cuello hasta la frente. No retrocedió. Eso era todo lo que necesitaba saber.
***
En el baño le bajé la cremallera del vestido blanco hasta que la tela cayó al piso. Le solté el cabello, le solté el sostén y la miré con la calma de quien sabe lo que va a pasar. Los pezones se le pararon en el instante en que la vi, dos puntas rosadas duras como piedras.
—Tienes un cuerpo precioso —le dije pasando los dedos por sus hombros, bajando por el escote hasta pellizcarle un pezón entre el pulgar y el índice—. Eso a los hombres les vuelve locos. Pero antes de los hombres, te tengo que enseñar yo.
—¿Tú? —preguntó con una mezcla de susto y entusiasmo.
—Yo, sí. Una mujer sabe lo que otra mujer necesita. Los hombres después, cuando ya conozcas el camino.
La besé en la boca despacio, metiéndole la lengua hasta el fondo. Sara se quedó rígida un instante y luego abrió los labios con una torpeza tierna, chupándome la lengua como si fuera una golosina nueva. Le bajé la mano por el vientre, le metí los dedos entre las piernas y comprobé lo que ya sospechaba: estaba empapada, un chorro tibio le corría por los muslos.
—Mira cómo estás, mi amor —le dije mostrándole los dedos brillantes—. Chorreando. Chupa, aprende cómo sabes.
Le metí los dedos en la boca. Sara los chupó con los ojos muy abiertos, saboreándose por primera vez. Le rodeé la cintura con un brazo y la guié hacia el agua. Nos metimos juntas, ella temblando un poco a pesar del vapor.
—¿Te gusta Mateo? —le pregunté pasándole la esponja por la espalda.
Mateo era el socio comercial de Lorena, un hombre alto que pasaba por la casa cada dos meses cargado de regalos y de proyectos. Yo sabía la respuesta antes de preguntar. La había visto en el video, atrapada detrás de las cortinas mientras él me follaba contra el sillón largo.
—Me fascina —admitió Sara mordiéndose el labio—. Me masturbo pensando en él. Todas las noches. Me imagino su polla, cómo será, qué tan grande.
—Es grande, mi amor. Y sabe usarla. Tu mamá y yo ya habíamos hablado de eso, ¿sabes? Mateo quiere ser el primero. Llega el viernes desde Bogotá.
—¿En serio? —los ojos se le encendieron—. ¿Lo dices en serio?
—Calladita, eso sí. Será una sorpresa. Tu mamá quiere prepararte conmigo primero.
La senté en el borde del jacuzzi y le abrí las piernas con suavidad. Sara cerró los ojos, apoyó las palmas contra el mármol y dejó caer la cabeza hacia atrás. Le miré el coño de cerca por primera vez: rosado, virgen, con los labios pequeños y el clítoris ya hinchado asomando entre los pliegues. Me tomé un segundo para grabármelo en la cabeza y bajé la boca.
Empecé lamiéndola de abajo hacia arriba, con la lengua plana, todo el largo de la vulva, sin tocarle todavía el clítoris. Sara pegó un espasmo y se le escapó un jadeo. La lamí despacio, abriéndole los labios con los dedos, entrando con la punta de la lengua en la entrada apretada de su coño, saliendo, subiendo, dando vueltas alrededor del capullito duro sin tocarlo del todo. Cuando la sentí desesperada, cuando ya movía las caderas buscándome la boca, le cerré los labios sobre el clítoris y empecé a chupar.
—Ay, Caro, ay, joder, joder —gimió agarrándome del pelo—. No pares, no pares.
Le metí dos dedos en el coño. Estaba tan estrecha que apenas cabían. Se los moví adentro con cuidado, buscando el punto rugoso del techo, presionando ahí mientras le seguía chupando el clítoris. Cuando entendió a qué movimiento responder, fue ella quien empezó a apretarse contra mi cara, follándome la boca con la pelvis, gimiendo bajito como si temiera que alguien la oyera. Se vino en pocos minutos, con un temblor largo que le recorrió las piernas, apretándome los dedos con el coño en contracciones que casi me los rompen, y se quedó mirándome con cara de incredulidad, la boca abierta, un hilo de saliva en la barbilla.
—No sabía que se sentía así —dijo.
—Ahora me toca a mí.
Cambiamos los lugares. Me senté yo en el borde y le abrí las piernas para que se acomodara entre ellas. Le guié los movimientos con la mano en su nuca, le susurré dónde estaba mi clítoris, le indiqué cómo moverse, sin presión, dejándola explorar.
—Suave, mi amor, con la punta de la lengua, ahí, ahí, más despacio... eso, así, chupa un poquito, sí, joder, así...
Aprendió rápido. Tenía hambre, eso era todo. Me lamió el coño con una devoción que me hizo pensar que llevaba meses fantaseándolo. Me metió la lengua en la entrada, me chupó el clítoris con los labios cerrados, me metió un dedo, después dos, imitando lo que yo le acababa de hacer. Cuando sentí el orgasmo subiéndome desde las plantas de los pies, le agarré la cabeza con las dos manos y le apreté la cara contra mi coño hasta que me vine dentro de su boca con un grito largo que resonó en las baldosas.
—Traga, mi amor, traga todo —le dije. Y Sara tragó, con los ojos brillantes, la barbilla empapada.
***
Salimos del baño envueltas en toallas y subimos a la cama todavía húmedas. La acosté boca arriba y me trepé encima. Sara me abrazaba con las piernas como si tuviera miedo de que se cortara la noche. Le besé los pechos pequeños, le mordí los pezones hasta hacerla gemir, le bajé por el vientre chupándole el ombligo, le devoré la entrepierna otra vez hasta hacerla venir con un grito que probablemente atravesó las paredes.
Después junté nuestros sexos y empezamos a frotarnos con un movimiento lento que fue subiendo de ritmo. Coño contra coño, los clítoris chocándose, los jugos mezclándose, las dos gimiendo en la misma respiración. Me senté a horcajadas sobre su muslo y le froté el coño mojado contra la piel firme de su pierna, dejándole un rastro brillante mientras ella hacía lo mismo sobre el mío. Nos vinimos así, agarradas de las manos, mirándonos a los ojos.
Después le di la vuelta, la puse a cuatro patas y le lamí el coño desde atrás, metiéndole la lengua desde la raja del culo hasta el clítoris en un movimiento largo que la hizo aullar. Le enseñé a mamarme los dedos como si fueran una polla, para que el viernes supiera qué hacer con la boca. Le enseñé a apretar el coño con los músculos de adentro, a soltar, a apretar otra vez. Le enseñé cómo se recibe una lengua en el culo, aunque le juré que ahí no le iba a meter nada más esa tarde.
Tres horas. Tres horas de manos, lenguas, mordiscos suaves y carcajadas tímidas cuando alguna postura no salía bien. Cuando bajamos a la cocina ya era de noche y Sara había aprendido más de su cuerpo en una tarde que en toda su adolescencia.
—Vas a quedarte calladita hasta el viernes —le dije mientras le servía un vaso de jugo—. A tu mamá le contamos todo. A Mateo, nada.
—Promesa.
Se fue caminando con esa torpeza nueva de quien acaba de descubrir algo enorme. Yo me serví un whisky y me quedé en el porche, pensando en cómo iba a montar lo del viernes.
***
Lorena llegó a casa esa misma noche. Le conté todo mientras nos fumábamos un cigarro junto al jardín. Esperaba reproches, sorpresa, lo que fuera. Me miró fijo durante varios segundos y luego soltó una carcajada.
—Esa pequeña diabla —dijo—. Y yo creyéndola tan inocente.
—Ya no lo es. Y quiere a Mateo.
—Mateo, claro. ¿Quién no?
Se acercó, me besó largo y se sentó en mis piernas. Me metió la mano por debajo de la bata, me pellizcó un pezón, me abrió las piernas ahí mismo en la silla del porche.
—¿Y tú la guiaste bien?
—Como tú me guiaste a mí hace dos años.
Se rió, me mordió el cuello y empezamos otra vez. Me chupó las tetas hasta dejármelas rojas, se arrodilló entre mis piernas y me comió el coño en el porche, a la vista del jardín. Después subimos y le devolví el favor con la lengua y los dedos hasta hacerla venir dos veces. Esa noche dormí abrazada a mi vecina mientras planificábamos la tarde del viernes con el detalle de quien organiza un cumpleaños.
***
Mateo llegó a las tres de la tarde, puntual como siempre. Sara se había arreglado en el salón de belleza esa mañana: pestañas largas, cabello suelto, un body negro semitransparente que Lorena le había comprado en una tienda erótica del centro, tan fino que se le marcaban los pezones y el triángulo del pubis depilado. Cuando él entró a la sala y la vio, se quedó parado un segundo, sin entender. Después sonrió despacio, como quien acaba de comprender el regalo.
—¿Y esto? —preguntó dejando la maleta junto al sofá.
—Tu sorpresa —dijo Lorena levantando una copa de champaña—. Sara quiere que tú seas el primero.
—¿Estás segura, pequeña? —le preguntó él mirándola a los ojos.
Sara asintió. Caminó hacia él con paso firme, le rozó el bulto del pantalón con la palma —ya lo tenía duro, se le marcaba el largo de la polla contra la tela— y se puso de puntillas para besarlo. Mateo le respondió con cuidado, con la mano abierta sobre su espalda, sin apretar. Esa delicadeza valía más que cualquier promesa.
La cargó hasta el sillón largo del fondo y la acostó. Sara le desabotonó la camisa con dedos que ya no temblaban tanto, le buscó el cinturón, le bajó la cremallera y le sacó la polla de un tirón. Le salió tal cual, dura, gruesa, con la punta hinchada y una gota de líquido brillando en el hueco. Sara abrió los ojos como platos.
—Es enorme —murmuró.
—Métetela en la boca, mi amor —le susurró Lorena desde el sillón de enfrente—. Como practicaste con Caro.
Sara le agarró el sexo con las dos manos, lo miró con asombro y se lo metió en la boca como si llevara años imaginándolo. Probablemente sí. Chupó la punta primero, dando vueltas con la lengua alrededor del glande, y después fue bajando la cabeza tragando cuanto podía, atragantándose un poco, retirándose, volviéndolo a intentar. Se le llenaron los ojos de lágrimas y una hebra de saliva le colgaba del mentón, pero no paraba. Mateo le apoyó la mano en la nuca y empezó a marcarle el ritmo, metiéndosela hasta la garganta con embestidas suaves.
—Aprende rápido tu niña —me dijo a mí sin dejar de mirarla.
—Se lo enseñé yo el miércoles —contesté.
Lorena y yo nos sentamos en el sillón de enfrente. No hablábamos. Le acariciaba la nuca a mi vecina y ella me apretaba el muslo, la mano subiéndome despacio hasta el borde de la falda. Después la metió del todo y me acarició el coño por encima de la ropa interior mientras mirábamos a Mateo trabajarse la boca de su hija.
Mateo dejó que Sara lo chupara unos minutos más. Después la acostó boca arriba, le arrancó el body con dos manos —el ruido de la tela rasgándose me puso los pezones duros al instante— y bajó la cabeza entre sus piernas. No la penetró enseguida. La preparó con la lengua, con el pulgar sobre el clítoris, con paciencia, metiéndole un dedo primero, después dos, ensanchándola despacio, hasta que Sara empezó a arquearse y a gemir sin control.
—Está lista —anunció él subiéndose sobre ella.
Se agarró la polla con la mano y la pasó por la raja empapada, restregándole la punta contra el clítoris. Sara pegó un grito antes de que la penetrara. Cuando finalmente entró, lo hizo despacio, con un movimiento que se detuvo a la mitad para dejarla acostumbrarse. Sara apretó los párpados, soltó un quejido corto y abrió los ojos otra vez con una expresión que no había visto antes en una cara tan joven, una mezcla de dolor, sorpresa y hambre.
—¿Bien? —le preguntó él.
—Sigue —pidió Sara—. Más. Toda, dámela toda.
Mateo se la metió hasta el fondo de un solo empujón. Sara aulló. Después empezó a follársela en serio, con embestidas largas que hacían crujir el sillón, agarrándola de las caderas para clavársela hasta que las pelotas le chocaban contra el culo. Lorena se llevó la mano a la boca conteniendo algo entre risa y emoción; con la otra ya me había metido los dedos por debajo de la ropa interior y me acariciaba el clítoris al mismo ritmo de las embestidas de Mateo. Yo le besé el hombro a mi vecina y le metí la mano dentro del vestido, buscándole las tetas.
Sara dejó de quejarse y empezó a gritar de placer, gritos rotos, sucios, palabras que su madre nunca le había oído decir.
—¡Más fuerte, joder, más fuerte, rómpeme, Mateo, así, así, cógeme!
Cuando se vino, fue con todo el cuerpo, las uñas clavadas en los antebrazos de Mateo, las piernas cerrándose alrededor de su cintura, el coño apretándole la polla en oleadas visibles. Él se contuvo. Salió antes de venirse, con la polla brillante de los jugos de ella, le besó la frente y la ayudó a sentarse. Sara estaba radiante, la piel enrojecida, un hilo blanco escurriéndole por el muslo.
—Otra vez —pidió.
—Otra vez —concedió él.
Esta vez fue ella la que lo guió. Lo sentó en el sillón, se trepó encima y se agarró la polla con la mano para acomodársela en la entrada. Se dejó deslizar sobre su sexo con una determinación nueva, bajando de a poco, mordiéndose el labio hasta que se lo tuvo entero adentro. Empezó a cabalgar. Torpe al principio, encontrando el ritmo después, subiendo y bajando con las manos apoyadas en el pecho de Mateo.
Lorena se levantó del sillón, se le acercó por detrás, se subió al respaldo y le besó los hombros y el cuello, le susurró algo al oído mientras le agarraba las tetas por atrás y se las pellizcaba. Yo me arrodillé al lado y le pasé la lengua por un pezón mientras ella cabalgaba, después bajé la boca hasta donde se unían ella y Mateo, y le lamí el clítoris a Sara mientras la polla de él le entraba y le salía delante de mi cara. Le lamí las dos cosas, a ella y a él, el sabor mezclado, dulce y salado, mientras Sara nos miraba a las dos como si estuviera dentro de un sueño largo y muy claro.
—Voy a acabar —avisó Mateo con voz ronca—. ¿Adentro?
—Adentro —contestó Sara—. Quiero sentirlo adentro.
Mateo la agarró de las caderas y la clavó hasta el fondo. Se vino con un gruñido bajo dentro de ella, embistiéndola en espasmos, vaciándose. Sara se vino casi al mismo tiempo, con un grito que la dejó sin aire. Se desplomó contra su pecho, sudada, riendo, mientras un chorro tibio le corría por los muslos y le manchaba el cuero del sillón.
—No joda —dijo entre risas—. Esto es lo mejor que me ha pasado.
Nos abrazamos las tres en el sillón, ella en el medio, todavía temblando, todavía con el semen de Mateo escurriéndosele. Mateo se levantó por agua. Le serví un whisky a Lorena y le besé la oreja.
—Te dije que la habíamos preparado bien.
—Bien preparada —contestó ella—. Mi pequeña ya es nuestra.
Sara, en medio de las dos, soltaba una carcajada que sonaba a libertad.