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Relatos Ardientes

La alumna mayor que me esperaba en mi primer día

Estaba temblando de emoción y de algo más cuando crucé las rejas del instituto aquella mañana. Era mi primer día en la academia, y había soñado con ese momento desde que mi madre me explicó, hace tres años, lo que ocurría detrás de aquellos muros. Antes había estudiado en un colegio común, donde te enseñan a leer, a sumar y a doblar la ropa, y todo eso me parecía bien, pero ahora estaba a punto de aprender otra cosa. Algo que no se enseñaba en ningún lugar más.

Debería contarles un poco sobre mí. Me llamo Lucía Vargas y acabo de cumplir dieciocho años. A esa edad te admiten en la academia para que estés lista cuando cumplas veintiuno. Es entonces, según mi madre, cuando tu vida realmente empieza.

Sigo siendo bajita y los pechos no me han terminado de crecer, pero no me preocupa demasiado. Mientras esté entre estos muros, estaré protegida.

El primer día se llama orientación. Mi madre lo describía como «una reunión de bienvenida», pero por el tono con que lo dijo entendí que era algo más serio. Es donde te explican las reglas del lugar y lo que se espera de cada una.

Y ahí estaba yo, con el uniforme recién estrenado: una falda negra muy ajustada que apenas me cubría cuando me ponía de pie, y un top ceñido que parecía más bien un sostén, aunque yo todavía no tenía gran cosa que sostener. Estaba sentada en las gradas del gimnasio junto al resto de las novatas. Algunas se mordían los labios sin parar. Otras tenían los ojos vidriosos, como si estuvieran a punto de llorar. No entendía por qué.

En el centro del gimnasio había una fila de chicas mayores. Estaban arrodilladas, completamente desnudas, con la cabeza levemente inclinada y la espalda recta como columnas. Nos miraban sin mirarnos. Eran las alumnas de los últimos cursos. Pensé que nunca había visto nada tan hermoso en mi vida.

Una mujer alta, con el pelo gris recogido en un moño tirante, salió al centro. Sus tacones sonaban secos contra el parqué. Pasó la mano por la mejilla de cada chica arrodillada, despacio, casi con ternura. Cada una de ellas cerró los ojos al sentir su contacto, como si aquel roce les costara la respiración. Yo sentí algo apretado y caliente debajo del estómago.

La mujer se volvió hacia nosotras.

—Bienvenidas, jóvenes, al Instituto Helvia de Disciplina Femenina —dijo—. Soy la señora Helvia, y se dirigirán a mí siempre así. Cada una de ustedes ha sido inscrita por su familia, por motivos que solo a ellas les conciernen, y nosotras creemos en la firmeza desde el primer minuto.

Su voz no era fría. Era serena, plena, la voz de alguien que sabe exactamente lo que dice.

—Para cuando salgan de aquí, serán esclavas. Dispuestas, capaces, orgullosas de serlo.

Un murmullo recorrió las gradas. Yo apreté los muslos sin darme cuenta.

—Las reglas serán estrictas, pero eso no quiere decir que no puedan disfrutar —continuó—. Al contrario: lo agradecemos. Cuanto más placer encuentren en su aprendizaje, mejor les irá. Más rápido entenderán para qué nacieron.

Nadie respiraba.

—Hoy, cada novata será emparejada con una alumna de tercer año. Ella las acompañará por la academia, les contará algo de su propio camino y comenzará, si lo cree oportuno, a mostrarles lo que las espera.

La señora Helvia sacó una hoja de papel y empezó a leer los emparejamientos. Yo me clavé las uñas en las palmas de las manos. Quería que mi nombre saliera ya. Imaginarme caminando por los pasillos con una de aquellas chicas arrodilladas, sentir su mano sobre la mía, me hacía olvidar dónde estaba.

—Lucía Vargas, con la 38712.

Salté del banco antes de pensarlo y casi corrí hacia el podio. Una chica alta, de pelo negro azabache que le caía hasta la cintura y ojos color miel, se desprendió de la fila y vino a mi encuentro. Me ofreció la mano en silencio. Tenía los dedos largos, frescos, firmes. Nos fuimos sin decir una palabra, dejando que las demás recibieran a sus parejas.

—Treinta y ocho mil setecientas doce es un nombre raro —solté en cuanto cruzamos el umbral del pasillo. Ella se rió bajito y el sonido me recorrió la espalda.

—Es mi número de identificación —me explicó—. En tercer año te borran el nombre y te dan una cifra. Dicen que ayuda a entender de qué va realmente nuestra vida aquí. Por hoy, sin embargo, puedes llamarme Camila. Era el nombre que tenía antes.

Sonreí sin poder evitarlo. Caminamos un rato en silencio mientras yo intentaba memorizar cada rincón. Los pasillos eran amplios, con techos abovedados y una luz cálida, dorada, que caía desde unos apliques de bronce. Olía a madera encerada y a un incienso suave que no logré identificar. Por fin tenía edad para empezar el entrenamiento. Caminaba por la academia con la chica más bella que había visto nunca, y ella había aceptado ser mi puerta de entrada. Quería llorar de pura alegría.

—Así que te entusiasma la idea —dijo Camila al pasar frente a un arco lateral. Dentro había dos chicas suspendidas por las muñecas, atadas con cuerdas trenzadas, balanceándose muy despacio. Yo no pude evitar quedarme mirando.

—¡Sí! —respondí más alto de lo que pretendía—. Me parece increíble. Poder dedicar todos los años de la juventud a algo, a alguien, así. Suena especial.

—Nunca lo había pensado de esa forma —murmuró ella—. Aunque supongo que depende de quién acabe comprándote.

Me miró de reojo y sentí su mano deslizarse por mi cintura hasta apoyarse en una nalga. Sus dedos buscaron debajo de la falda, encontraron el elástico de mis bragas y, en un movimiento limpio y casi cortés, las bajaron hasta mis rodillas.

—Quítatelas. No las necesitarás —dijo sin dejar de sonreír.

Hice lo que me pedía con la cara ardiendo. Camila las recogió del suelo, las arrugó hasta convertirlas en una bola pequeña y las tiró a una papelera de mimbre que había junto a una columna. Yo seguí caminando, sintiendo el aire frío del pasillo entre los muslos. La falda no dejaba nada a la imaginación. Cada paso me recordaba que estaba desnuda debajo.

Camila pasó dos dedos por mi entrepierna, sin detenerse a mirarme. Fue apenas un roce, pero suficiente para arrancarme un gemido que no supe contener.

—Ay —susurré, sorprendida por la fuerza de mi propia voz.

Nunca había sentido algo así.

—Te va a encantar todo lo demás —dijo ella, llevándose los dedos a la boca y probándolos con calma—. Estás mucho más mojada de lo que esperaba. Y por hoy, novata, tengo permiso para usarte cuanto quiera. Una manera de irte acostumbrando al lugar.

Tragué saliva.

—No sé si yo... —empecé.

—No tienes que saberlo —me interrumpió, sin asomo de dureza—. Ya no es tu decisión. Aquí dentro nunca volverá a serlo. Ven conmigo.

Su mano me sujetó por la nuca, no con brusquedad sino con una autoridad rotunda, y me condujo con firmeza hacia una puerta entreabierta. Era un aula vacía, con bancos de madera oscura y una tarima al fondo. Camila cerró la puerta con el pestillo y la luz cambió. Por las ventanas altas entraba un sol oblicuo, casi anaranjado, que pintaba franjas largas sobre el suelo.

—Al suelo —dijo.

Me arrodillé. No fue por valentía, ni por sumisión consciente: me arrodillé porque sus ojos color miel me lo pidieron y no se me ocurrió ninguna otra cosa que hacer. Camila sacó de una bolsa de tela unas correas suaves, forradas de terciopelo granate, y me rodeó las muñecas con ellas. Oí los broches cerrarse, dos clics secos. Probé a mover los brazos. No podía.

—¿Estás bien? —preguntó por primera vez, agachándose hasta apoyar su frente contra la mía.

Asentí. No me salía la voz.

—Si en algún momento necesitas que pare, dices «alto». ¿Lo entiendes?

—Lo entiendo, señora —contesté, sin saber muy bien de dónde había sacado la palabra.

Sonrió al escucharla.

***

Me tendió de espaldas sobre la tarima, alfombrada con una manta gruesa que olía a lavanda. Las correas de las muñecas las enganchó a una argolla atornillada a la pared. Después se sentó sobre mí, a horcajadas, dejando caer el peso de su falda larga sobre mi pecho. Apartó la tela con un gesto distraído y me dejó ver que ella tampoco llevaba nada debajo.

—Mírame —pidió.

La miré. Su cuerpo era largo, esbelto, con caderas que se ensanchaban un poco antes de los muslos. Tenía un lunar pequeño cerca del ombligo. Tres tatuajes diminutos cerca de la cadera, números, como pequeñas marcas de tiempo. Su pubis estaba afeitado limpio, y la humedad le brillaba entre los muslos.

—Saca la lengua, Lucía.

La saqué. Ella se inclinó adelante y se acomodó sobre mi boca con un gemido bajo, profundo, que me recorrió todo el cuerpo. Yo, sin saber muy bien qué hacer al principio, comencé a moverme como mejor pude. La textura, el olor, el sabor: todo era nuevo, denso, vivo. Sentí cómo sus muslos empezaban a temblar a los pocos minutos. Sus dedos se enredaron en mi pelo.

—Más despacio. Saborea —me susurró—. Aprende.

Aprendí. Aprendí a moverme con su ritmo, a leer sus respiraciones, a quedarme quieta cuando ella se quedaba quieta y a apretar la lengua cuando su voz subía de tono. Cada gemido suyo era una lección. Cada vez que se estremecía, yo me estremecía con ella.

Cuando se corrió por primera vez, lo hizo casi en silencio, con la espalda arqueada y los ojos cerrados. Una lágrima le bajó por la sien hasta perderse en el pelo. No supe si era de placer o de otra cosa.

Después se deslizó hacia atrás y me devolvió el favor. Su lengua se tomó tiempo, mucho tiempo. Me hizo conocer mi propio cuerpo como si me lo estuviera presentando por primera vez. Yo, atada de muñecas, sin nada que hacer salvo sentir, me corrí dos veces seguidas. La segunda fue larga, eléctrica, y la solté con un gemido que me dejó sin aire.

***

Cuando terminó, me desató las muñecas con calma. Me ayudó a sentarme. Me peinó con los dedos, despacio, como una hermana mayor. No me besó en los labios, pero me apoyó la frente en el hombro un instante.

—Lo has hecho bien —dijo—. Mejor de lo que recordaba haberlo hecho yo el primer día.

Sentí orgullo. Un orgullo nuevo, raro, que no se parecía a ningún otro orgullo de los que conocía. Me ayudó a recomponer la falda. Recogió las correas y las guardó en su bolsa de tela. Me devolvió a la realidad con un beso pequeño en la sien, muy delicado.

Cuando salimos del aula y volvimos al pasillo, supe que mi madre había acertado en enviarme allí. No sabía aún si me convertirían en una buena esclava, ni siquiera sabía qué significaba serlo exactamente en aquel lugar. Pero sabía que esa noche, cuando me acostara, soñaría con Camila. Y que cada noche durante los próximos tres años soñaría con ella, hasta que también a mí me borraran el nombre y me dieran un número propio.

Sonreí mientras caminaba a su lado, sintiendo la falda rozarme la piel desnuda con cada paso, y entendí que de todas las puertas que había cruzado en mi vida, la del Instituto Helvia era la única que me importaba haber abierto.

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Comentarios (3)

Quejigo

Increible relato. Me dejo sin palabras y con ganas de mas. Excelente!

SilviaBuenos

Por favor seguí con esto, necesito la segunda parte!! me quedé con ganas de saber qué pasó después

lector87

Muy bien escrito, se siente natural y no forzado. Eso es lo que mas me gusta de estos relatos

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