La tarde en que dejamos de ser solo amigos
Habíamos salido a comprar una libreta que Mariana decía necesitar para el trabajo práctico de literatura. La compramos en cinco minutos y, como siempre, alargamos el camino de regreso. Era una de esas tardes raras de altiplano: el sol golpeaba con fuerza sobre la cara, pero bastaba con meterse bajo la sombra de un árbol para que el frío te recordara la altitud. Caminábamos en silencio, escuchando el ruido seco de nuestros propios pasos contra la vereda. La excusa de la libreta era, en realidad, una más de la larga lista de excusas que nos inventábamos para no separarnos durante el día.
Pensaba dejarla en el portón y volver a mi casa. Era lo que hacíamos casi todas las tardes. Pero esa vez, al llegar, ella se quedó quieta y me miró de un modo que no le había visto antes.
—Ven —dijo—. Acompáñame a verla adentro, así me la saco de encima de una vez.
La frase no tenía mucho sentido, pero entendí. Era el siguiente pretexto. Tareas que nunca terminábamos, películas que nunca empezábamos, libros que nadie leía. Todas nuestras tardes habían sido eso desde hacía meses: invenciones para tocarnos de reojo, para besarnos cuando algún adulto pasaba de un ambiente a otro y nos dejaba solos durante medio minuto. Asentí. No tenía cómo negarme.
Subimos al segundo piso y, en lugar de meterse a su cuarto, abrió la puerta del dormitorio de sus padres.
—Acá el televisor es más grande —dijo, sin mirarme—. Y ellos no llegan hasta tarde.
Me quedé un instante en el umbral. La semana anterior habíamos discutido por una tontería y casi no nos hablábamos. La reconciliación había sido muda: una mirada en el pasillo del colegio, un roce de mano en la escalera, nada explícito. Pero esa tarde, en ese cuarto que olía a perfume de mujer adulta y a sábanas planchadas, intuí que algo se había decidido sin que yo lo supiera.
—Acuéstate —insistió, palmeando la cama.
Me apoyé contra el respaldo, con la espalda rígida. Ella puso la película —una de esas tragedias europeas con cuerpos desnudos en cada escena— y se acomodó a mi lado, dejando caer la cabeza sobre mi pecho. Yo no atendía a la pantalla. Apenas registraba el contorno de su nuca, el calor que se desprendía de su pelo, la respiración tibia que me llegaba por el cuello.
Algo estaba pasando y todavía no sabía qué nombre darle.
En la pantalla, un hombre seguía con obsesión a una mujer hasta el final del mundo. Yo seguía con la mirada el movimiento mínimo de sus dedos sobre la sábana. Su mano se acercó a la mía, primero como por casualidad, después con intención clara. La palma de Mariana estaba ligeramente sudada, de nervios quizá, y cuando se encontró con la mía cerré los ojos un segundo. Empezamos a acariciarnos los dedos despacio. Después con más fuerza, apretándonos las palmas como si nos estuviéramos sosteniendo de una caída larga.
Levanté la cabeza, que reposaba sobre sus piernas, y me alcé hacia su cara. Las respiraciones se nos habían vuelto cortas y desordenadas. Le besé la mejilla, esa mejilla tibia con vellos finos y transparentes entre la nariz y los labios. Antes del primer beso en la boca, me apretó contra ella en un abrazo que cerró el asunto. Ya no había vuelta atrás.
El beso fue como respirar después de un buceo demasiado largo. Detrás del primero vinieron otros y otros, y el sonido de la película quedó muy por debajo del de nuestros corazones golpeando contra las costillas, del ruido húmedo de nuestros labios, de la sangre que empezaba a movernos por dentro.
—¿Puedo? —pregunté con los dedos ya por debajo de su camiseta.
No contestó con palabras. Levantó un poco la espalda, lo justo para darme permiso. Mis manos recorrieron su cintura, primero por encima del sostén y después debajo. Sentí el borde de la tela y, sin sacarlo, lo empujé hacia arriba. Sus pechos eran tibios y mucho más suaves de lo que había imaginado durante meses, en clase de biología o en el autobús de vuelta a casa. Cuando mis manos frías rozaron sus pezones, dejó escapar un sonido pequeño, contenido, como si tuviera miedo de despertar a alguien.
Quedó casi sobre mí, con el pecho levantado contra mi palma, buscando que no dejara de tocarla en ese punto. Yo intentaba aguantar la respiración para que no se notara cuánto me temblaba la mano.
***
Decidí bajar. Un dedo curioso encontró el botón de su pantalón y se quedó ahí, esperando. Ella torció apenas las caderas y entendí que era un sí. Le bajé el pantalón con torpeza, enredándome con sus zapatos, y quedamos los dos a medio vestir sobre la cama de sus padres.
—¿Estás segura? —pregunté.
Me miró sin decir nada. Tenía los ojos brillantes, fijos en los míos. Era una respuesta que no necesitaba pasar por la boca. Aun así, el pudor nos ganó la partida durante unos segundos y nos metimos los dos debajo de una manta liviana que estaba doblada a los pies del colchón. No fue por frío. Fue por no vernos demasiado.
Le pasé la mano por debajo de la ropa interior. El vello me pareció más áspero y más vivo de lo que había imaginado, y eso, en lugar de incomodarme, terminó de excitarme. Ella dio un saltito chiquito y saqué la mano enseguida.
—Despacio —murmuró.
Después fue ella misma quien me tomó la muñeca y la volvió a guiar. Su sexo estaba caliente y mojado, mucho más de lo que jamás se cuenta en ninguna clase de biología ni en ninguna conversación de varones a la salida del colegio. Sentí que respiraba contra mi cuello mientras yo me movía con dos dedos, todavía sin entender bien qué tenía que hacer ahí, dejándome llevar por el modo en que su cuerpo respondía a cada cambio mínimo.
Nos terminamos de sacar la ropa por debajo de la manta. Lo de arriba quedó como estaba: la vergüenza no se había ido del todo. Ella tanteó por encima de mi ropa interior y me la bajó. Cuando su mano se cerró alrededor de mi sexo, sentí ganas de cerrar los ojos y desaparecer y, al mismo tiempo, de quedarme ahí para siempre.
—Ven —dijo, y me jaló hacia ella.
Me acomodé sobre su cuerpo. Sentí su humedad en la punta y, cuando empujé, hizo una mueca de dolor que me detuvo de golpe. Retrocedí.
—No, sigue —pidió.
La abracé fuerte, le besé la frente, volví a empujar. Una vez más esa expresión, esa mezcla de querer y no querer, y otra vez me eché atrás. Sentí, por primera vez en mi vida, lo que pesa el cuerpo del otro cuando uno no quiere lastimarlo.
—Mejor yo arriba —dijo entonces.
***
Nos cambiamos de lugar sin separarnos. Ella se acomodó sobre mí con las rodillas a los lados de mis caderas. La vi de cerca, demasiado cerca, con el pelo cayéndole sobre la cara y los pechos descubiertos a la luz gris de la película. Agarró mi sexo, lo apoyó contra ella y se fue dejando caer despacio. Primero solo la punta. Después un poco más. Después todo. Hizo cara de dolor otra vez, pero esta vez no me dejó retroceder. Me clavó los ojos en los ojos y no se movió hasta que su cuerpo decidió que podía seguir.
Estaba dentro de Mariana. No supe qué hacer con esa información durante los primeros segundos. Mi cabeza estaba en blanco y, al mismo tiempo, llena de todo: el calor, la presión, el olor del champú que se le había soltado de la coleta. Empezó a moverse sobre mí, despacio, mordiéndose el labio cada vez que bajaba del todo.
—Despacito —le pedí, no por mí sino por ella.
Asintió sin dejar de moverse. La tomé de la cintura para sostenerla y para no quedar pasivo del todo. La piel le ardía. Yo nunca había estado más despierto en mi vida. La clase de biología sobre métodos anticonceptivos se nos había caído de la cabeza desde hacía rato. Los nombres los sabíamos en teoría, los productos no los teníamos. Y, sin embargo, ninguno de los dos se detuvo a calcular eso. La locura simple de tenernos había ganado por completo contra cualquier sensatez.
Después de unos minutos la volví a poner debajo de mí. Le abrí las piernas, le besé las rodillas, entré de nuevo. Esta vez el dolor parecía haber cedido un poco. Me movía despacio, sin perderle la cara. Cuando la besaba, cerraba los ojos; cuando dejaba de besarla, la miraba fijo, como queriendo entrar también por ahí. Era la primera vez que entendía qué se podía hacer con una mirada.
***
El ritmo se fue ajustando, sin que ninguno lo planeara. Yo no sabía cuánto tiempo había pasado, si diez minutos, si una hora. La película seguía sonando de fondo, en otro idioma, en otro mundo. Solo cuando sentí que el final se me venía encima fui sensato por un segundo. Saqué el sexo, me eché a un lado y me terminé contra la sábana, mordiéndome la mano para no hacer ruido. No le mostré nada. Pensé, con una vergüenza que no había sentido nunca, que no era el momento de explicarle qué acababa de pasar dentro de mi cuerpo.
Cuando volví a la realidad, la abracé. Le besé la frente, el pómulo, la oreja. Le agradecí en voz baja, sin saber bien por qué se agradece algo así.
Ella se quedó quieta un rato y después se incorporó. Y entonces la vimos los dos al mismo tiempo: una mancha pequeña, oscura, en el medio de la sábana clara de sus padres. Mariana se llevó la mano a la boca. Yo miré mi camiseta y descubrí un par de gotas más, ya marrones, en el borde.
¿Cómo iba a explicar eso en mi casa?
Nos vestimos en silencio, evitándonos la mirada. Era raro: nos habíamos visto enteros un minuto antes y ahora, vestidos, nos daba pudor cualquier gesto. Ella sacó la sábana de la cama con manos temblorosas y la metió en el cesto de la ropa sucia, debajo de unas toallas. Después acomodó el cobertor como si nada hubiera pasado.
—Será mejor que te vayas ya —me dijo, sin enojo, casi como un favor.
Bajé las escaleras casi corriendo. Tenía la cabeza llena de imágenes mezcladas con miedo, con culpa, con una alegría rara que no se parecía a ninguna otra. En la puerta, justo antes de salir, ella me alcanzó. Me tomó de la camiseta, me dio vuelta, me besó. No fue un beso largo, pero fue el beso más cargado que había recibido en mi vida.
—Mañana —dijo solamente.
Caminé por la avenida principal con las piernas raras, con el sol todavía pegando fuerte sobre un costado de la cara y el frío en el otro. Pensé en muchas cosas a la vez: en si me había salido todo mal, en si le había hecho daño, en si me iban a descubrir las manchas, en si los padres de Mariana iban a olerse algo apenas entraran al dormitorio. Pero por encima de todo eso, mientras avanzaba cuadra tras cuadra hacia mi casa, fue creciendo una certeza simple, casi tonta: lo que acabábamos de hacer, con todos sus errores y sus sustos y sus dolores, había sido también una de las cosas más bonitas que me habían pasado nunca.
Esa noche, en mi cuarto, escondí la camiseta al fondo del armario. Apagué la luz, me quedé mirando el techo. Y, en lugar de pensar en la mancha, en mi madre, en el examen de biología, en cualquiera de los problemas que iban a llegar al día siguiente, me quedé pensando en una sola cosa: en el modo en que Mariana, con los ojos clavados en los míos, no me había dejado retroceder.