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Relatos Ardientes

Vi a mi mejor amiga besarse con otra chica esa noche

Vivo en Málaga desde siempre, en uno de esos barrios donde todo el mundo se conoce y nadie cuenta lo que de verdad ocurre. Tengo treinta y dos años, una vida bastante normal y una amiga, Carlota, con la que hablo de absolutamente todo. De ella conozco lo bueno y lo turbio: sus parejas, sus dudas, sus fantasías. Ella sabe lo mismo de mí.

Carlota había cortado con su novio dos semanas antes. Llevaban casi tres años juntos y, aunque ella siempre fue la que mandó en esa relación, ahora andaba arrastrando los pies. Tenía veintidós años, una cara que no encajaba con su lengua afilada y un cuerpo que la mayoría de la gente miraba sin disimulo cuando pasaba por la calle.

El jueves a media tarde me llamó. La oí respirar fuerte antes de hablar.

—Sebas, necesito un favor raro. ¿Estás libre esta noche?

—Estoy libre. ¿Raro cuánto?

—He quedado con Lucía. Quiere vernos a las dos.

Lucía era una compañera del gimnasio de Carlota. Yo no la conocía en persona, pero ella me había hablado de ella varias veces. Veintiún años, más rellenita, con esa mirada de mujer que sabe exactamente lo que quiere y no se anda con rodeos. Llevaba meses tirándole los tejos a Carlota con una constancia digna de novela. Bromas, comentarios sueltos, un mensaje a las dos de la madrugada para preguntarle qué hacía. Mi amiga se reía y le decía que no, pero a mí me había confesado varias veces que Lucía le daba curiosidad. Nunca había estado con una mujer. Y, según ella, nunca tendría narices para dar el paso sola.

—Quiere que vaya yo —dije, sin entender muy bien por qué.

—Justo eso —respondió—. Si vienes tú, no me lanzo. Si estoy a solas con ella sé que voy a caer y luego me voy a comer la cabeza durante un mes. Tú, ahí, cortas el rollo.

—Soy el seguro antiincendios.

—Algo así. Y además estoy con la regla. Tampoco está el cuerpo para tonterías.

Le dije que sí. Quedamos a las diez en su portal. Cuando bajó, llevaba unos vaqueros, una camiseta blanca y los labios pintados como si fuera a una boda. Le levanté una ceja sin abrir la boca y ella me sostuvo la mirada.

—Calla.

—No he dicho nada.

—Lo has pensado todo.

Fuimos a recoger a Lucía. Vivía en una urbanización a las afueras y bajó al coche con un vestido corto color crema, el pelo recogido a un lado y unos pendientes finos. Olía a un perfume cítrico que se quedó pegado al aire del coche durante toda la noche. Saludó a Carlota con dos besos lentos y a mí con una sonrisa franca, mirándome a los ojos sin esquivar nada.

—Así que tú eres Sebas.

—Y tú eres el peligro del que tanto me han hablado.

Se rió. Carlota se puso roja. Yo arranqué el coche.

Conduje hacia una zona apartada de la playa que conozco desde adolescente. Un trozo de costa al que se llega por un camino de tierra, sin farolas, sin chiringuitos, sin nadie. Cuando aparcamos, el único sonido era el motor enfriándose y el mar lejano. Apagué las luces. Bajamos las ventanillas a medias para que entrara algo de brisa.

***

Nos pasamos al asiento trasero los tres. Lucía en el medio. Yo a su izquierda. Carlota a su derecha. Empezamos hablando de tonterías: del gimnasio, de un profesor de spinning que era el cachondeo de todas, de una chica del barrio que se había liado con su jefe. La conversación normal. Pero las manos no estaban normales. Lucía tenía una mano sobre el muslo de Carlota desde el minuto uno y mi amiga no la apartaba, solo la miraba de reojo.

—Carlota —dijo Lucía de repente, sin cambiar el tono—. Esta noche quiero que me hagas un orgasmo.

Carlota soltó una risa nerviosa. Miró el techo. Miró por la ventana.

—Estás loca.

—Loca no. Cansada de esperar.

El silencio que vino después se podía cortar. Yo no dije nada. Solo observaba. Era exactamente lo que había venido a hacer.

—Solo un beso —insistió Lucía—. Uno, y luego, si no te gusta, te dejo en paz. Te lo juro.

Carlota me miró. Era una de esas miradas de auxilio que en realidad son una pregunta disfrazada de auxilio. Quería que yo le diera permiso para hacer lo que ya estaba decidido a hacer.

—Te apetece y lo sabes —le dije—. Hazlo y deja de pensar.

Se inclinaron despacio y juntaron los labios. Un pico. Tres segundos. Se separaron. Carlota se rió como si acabara de hacer una travesura de cría.

—Eso no ha sido un beso —protesté yo—. Eso ha sido el saludo del Papa.

Lucía se lanzó. Le cogió la cara con las dos manos y la besó de verdad. Carlota tardó un instante en reaccionar y entonces le devolvió el beso con la urgencia de alguien que llevaba meses imaginándolo. Las lenguas se buscaron. Las respiraciones se hicieron pesadas. La mano de Lucía se metió por debajo de la camiseta blanca y le subió hasta el pecho. Carlota gimió bajito en la boca de la otra.

Yo seguía sin moverme. Tenía la espalda apoyada en la puerta, las manos quietas y una erección que crecía sin pedir permiso. Era una de esas situaciones en las que mover un dedo podía romper algo.

No estaba viendo lo que pensaba estar viendo.

—Sebas —murmuró Carlota sin apartarse del todo de Lucía—. Sigue ahí. No te vayas.

—No me muevo.

***

Lucía se separó un segundo y se sacó el vestido por la cabeza en un único movimiento. Debajo no llevaba sujetador. Tenía los pechos llenos, redondos, los pezones oscuros y duros por el aire fresco que entraba del mar. Carlota se quedó mirándolos como quien mira un mapa que no entiende.

—Tócalos —le dijo Lucía—. Con calma. No tengas miedo.

Mi amiga estiró la mano y le pasó los dedos por encima del pezón derecho. Fue un gesto torpe, casi infantil. Luego cerró la mano y apretó. Lucía echó la cabeza hacia atrás y soltó un suspiro que llenó el coche.

—Así. Justo así.

Decidí intervenir lo mínimo. Estiré la mano hasta el otro pecho de Lucía y se lo cogí desde fuera. Ella no se sorprendió. Sabía que yo estaba ahí y sabía perfectamente cómo iba a terminar la noche. Carlota me miró por encima del hombro de Lucía. Le acaricié el pelo con la mano libre, despacio, y le empujé la cabeza con suavidad hacia abajo. No hizo falta más.

Cerró los labios alrededor del pezón de Lucía y empezó a chuparlo. Primero con timidez. Después con más confianza. Mordía un poco, succionaba, volvía a morder. Lucía se removía contra el respaldo y se aferraba al asiento con las dos manos.

Aproveché para meter la mano por debajo de la falda del vestido, que ya estaba en el suelo del coche. Lucía llevaba un tanga negro y, por encima de la tela, ya se notaba que estaba mojada. Le acaricié lento, dibujando círculos sin tocar el centro. Quería que se desesperara un poco. Y se desesperó.

—Salid del medio un momento —dijo.

Nos reorganizamos. Lucía se sentó de medio lado sobre mí, con la espalda contra mi pecho. Yo apoyé la cabeza contra el cristal de la ventana. Desde esa postura tenía sus dos piernas abiertas hacia el centro del coche y un acceso completo a su cuerpo. Carlota se acomodó frente a nosotros, arrodillada en el asiento, todavía completamente vestida.

—Mírala —le dije a mi amiga—. Mírala bien. Es la primera vez que ves a una mujer así de cerca.

Carlota la miraba. Le miraba el sexo, los muslos, la curva del vientre, los pechos. Tenía los labios entreabiertos. Yo le quité el tanga a Lucía y se lo lancé al asiento del conductor.

—¿Quieres? —le pregunté.

—No sé hacerlo.

—Nadie sabe la primera vez. Pruébalo.

Lucía se rió bajito.

—Ven aquí, novata.

Carlota bajó la cabeza despacio, casi rezando, y la primera vez que pasó la lengua por la otra fue tan suave que apenas la rozó. Después fue cogiendo confianza. Le abrí los pliegues con dos dedos para que viera bien lo que tenía delante y mi amiga se enganchó al clítoris como si llevara toda la vida haciéndolo. Lucía gemía contra mi cuello. Yo tenía un pecho de Lucía en una mano y la otra mano enterrada en el pelo de Carlota, marcándole un ritmo lento.

***

No pude más. Me bajé los vaqueros lo justo, saqué la polla y empecé a tocármela despacio, sin pretender mucho, simplemente porque era imposible no hacerlo en esa postura. Lucía notó el movimiento detrás de su espalda y giró la cabeza un segundo para verme. Me sonrió de medio lado. Luego, sin decir nada, alargó su mano hacia atrás, me apartó la mía y se hizo cargo ella. Su mano era pequeña y experta. Cogió el ritmo en tres movimientos.

Carlota seguía con la cabeza entre los muslos de Lucía. No se enteraba de lo que pasaba por encima. Le di un toquecito en el hombro.

—Sube un segundo.

Levantó la cara. Tenía la boca brillante y los ojos un poco vidriosos. Le hice un gesto con la barbilla. Ella miró lo que tenía Lucía en la mano y se quedó quieta, sin entender qué pretendía yo de ella.

—Solo si te apetece —le dije—. No tienes que hacer nada que no quieras.

—Quiero —contestó muy bajito.

Lucía le cogió la nuca y la bajó. Sin violencia, sin prisa, solo guiándola. Carlota abrió los labios y me la metió en la boca justo cuando yo ya estaba al límite. Era la cosa más extraña y más caliente que había vivido. Mi mejor amiga, la chica con la que llevaba años hablando de todo, ahora con mi polla en la boca y la otra mano de Lucía dirigiendo el ritmo desde afuera.

Aguanté tres movimientos. Me corrí en su boca, contra su lengua, con Lucía riéndose despacio contra mi cuello y mi amiga tragando casi por reflejo. Al mismo tiempo, mis dedos seguían dentro de Lucía y, no sé si por todo lo que estaba pasando o por mi propio orgasmo, ella se vino también. Le tembló todo el cuerpo contra el mío. Carlota se quedó mirándonos a los dos como si acabara de descubrir que existía un idioma nuevo y ella ya lo entendía.

***

Nadie dijo nada durante unos minutos. Bajamos las ventanillas del todo. El viento del mar entraba frío y agradable. Lucía se vistió la primera. Carlota tardó más, todavía sentada en el asiento, abrazándose las rodillas. Yo la observaba desde el espejo retrovisor mientras me ajustaba el cinturón.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Mejor que en mucho tiempo —dijo, y se rió sola.

Lucía estiró la mano y le acarició la mejilla con el pulgar.

—Si te apetece repetir, ya sabes dónde encontrarme. Si no, tampoco pasa nada. Pero gracias.

La dejamos en su urbanización. Cuando se bajó, le dio un beso largo en los labios a Carlota a través de la ventanilla y otro corto a mí en la mejilla. Cerró la puerta y se fue caminando sin mirar atrás.

Conduje a Carlota hasta su portal en silencio. Ella miraba por la ventana el mar oscuro, ya muy lejos. Antes de bajarse del coche, se giró hacia mí.

—Esto no se lo voy a contar a nadie.

—Lo sé.

—Y tampoco sé si va a volver a pasar.

—Tampoco hace falta.

Sonrió de un lado. Se inclinó, me dio un beso en la comisura de los labios y bajó del coche. La vi entrar al portal con el bolso colgado de un solo hombro y los andares de alguien que acaba de descubrir algo y todavía no sabe muy bien qué hacer con lo descubierto.

Yo me quedé un rato dentro del coche, con el motor apagado, mirando la calle vacía. Volví a oler el perfume cítrico de Lucía pegado al aire. Pensé que había hecho exactamente lo que se me había pedido: mirar, sostener, no estorbar. Y, sin embargo, había salido de todo aquello con la sensación rara de que el que más había aprendido esa noche era yo.

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Comentarios (1)

FedericoT

que bueno!! me enganche desde el principio y no pude parar de leer

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