La tarde que descubrí lo que mi cuerpo podía sentir
Me bajé del autobús con las piernas temblando y un nudo en el estómago. No sabía bien si era por los nervios o por las ganas, y a esa altura ya no importaba: las dos cosas tiraban en la misma dirección. Llevábamos seis meses saliendo y nunca habíamos tenido la casa para nosotros solos.
Aquella tarde de marzo, los padres de Joaquín se habían ido a un casamiento en el interior. No volvían hasta el día siguiente. Él me había mandado un mensaje a media mañana, escueto, casi inocente: «Ven cuando quieras. Estoy solo».
Caminé las dos cuadras desde la parada con el pulso golpeándome en las orejas. Repasaba mentalmente lo que llevaba puesto: un vestido liviano color crudo, sandalias, ropa interior nueva que había comprado pensando exactamente en este momento. Me había bañado dos veces. Me había puesto perfume en lugares en los que nunca antes me había puesto perfume.
Toqué el timbre. Tardó tres segundos en abrir.
—Hola —dijo, y se quedó parado en el umbral, mirándome como si llevara horas esperándome.
Tenía puesta una camisa blanca, abierta hasta la mitad, y nada más debajo. Mis ojos bajaron sin que pudiera evitarlo. La tela del pantalón se levantaba en el frente, marcada, dura, dibujando el bulto entero de su polla contra el jean: se le notaba el largo, la curva, el grosor. Tragué saliva en el acto.
Está así desde antes de que yo llegue.
Esa fue la primera idea clara que pasó por mi cabeza. La segunda fue que ya no iba a poder mirarlo a los ojos sin pensar en eso, en su verga hinchada esperándome desde vaya a saber cuánto.
—¿Vas a entrar? —preguntó con una sonrisa torcida.
Entré. Apenas cerró la puerta me apretó contra ella y me besó como nunca me había besado antes. No fue el beso prudente del cine, ni el beso de buenas noches en la puerta de mi casa. Fue un beso hambriento, con la lengua entrando con autoridad, con sus manos sujetándome la cintura y bajando enseguida hasta apretarme el culo con las dos manos, amasándomelo por encima del vestido, separándome las nalgas y estrellándome contra él.
Sentí su erección clavada contra mi vientre. Era imposible no sentirla. Quemaba a través de la tela, dura como un fierro, latiéndome ahí donde su polla se apretaba contra mi hueso. Me restregó la entrepierna contra la mía, dos veces, y en la segunda sentí que ya estaba empapada, que se me iba a marcar por la tela clara si no salíamos de ahí.
—Sube —me dijo al oído, con la voz ronca.
Empecé a subir la escalera de madera con él detrás. A cada escalón me bajaba un tirante del vestido, me besaba el hombro, me mordía la nuca. En el cuarto escalón ya me había bajado el vestido hasta la cintura y me manoseaba las tetas por encima del corpiño nuevo, apretándomelas, tironeándome de los pezones a través del encaje. En el sexto me lo terminó de sacar y quedó en el suelo, una mancha clara sobre la madera oscura. Me desabrochó el corpiño de un tirón y me lo arrancó. Quedé en bombacha, con las tetas al aire, sintiendo el frío de la escalera contra la piel caliente.
A mitad de la escalera me detuvo. Me hizo darme vuelta. Quedé sentada un escalón más arriba, con él de pie entre mis rodillas, justo a la altura perfecta.
—Mírame —dijo.
Lo miré. Se desabrochó la camisa del todo y la dejó caer al piso. Se soltó el cinto, se bajó el pantalón y el bóxer de un solo movimiento, y su polla saltó hacia adelante, dura, gruesa, pegándose contra su propio abdomen. Tenía el pecho marcado por el gimnasio al que iba tres veces por semana, una línea fina de pelo bajando por el abdomen y, más abajo, eso que yo había visto en fotos pero nunca en vivo, nunca tan cerca, nunca a un palmo de mi cara. La punta le brillaba, húmeda, con una gota transparente que le colgaba del glande.
—¿Quieres? —preguntó, y la pregunta sonaba más a desafío que a duda.
Asentí. No me salía la voz.
Me incliné y lo tomé con la mano. Estaba caliente, latía bajo la piel, más pesado de lo que yo había imaginado. Apreté un poco y él soltó el aire de golpe. Le pasé la lengua por la punta primero, tanteando el sabor salado de esa gota. Después abrí la boca y me la metí entre los labios, primero el glande, después un poco más, hasta que la sentí tocarme el fondo del paladar. Joaquín soltó un gruñido bajo, largo, y apoyó las dos manos en los costados de mi cabeza.
—Así —murmuró—. Chupámela así, despacio.
Aprendí en dos minutos lo que nunca me había animado a probar. La metía hasta donde podía, la sacaba con los labios apretados alrededor, la volvía a meter, jugaba con la lengua en la punta, se la bajaba a lametazos por el costado y volvía a mamársela entera. Sentía mi propia saliva caer entre mis dedos, mojarme la mano con la que le agarraba la base de la verga, escurrirse por sus huevos. Le lamí ahí también, uno y otro, mientras seguía con la mano subiendo y bajando por el eje. Escuchaba su respiración entrecortándose por encima de mí, los gemidos apretados que se le escapaban entre dientes. Una de sus manos se enredó en mi pelo y empezó a marcarme el ritmo, a hacerme ir más rápido, a hundirme la polla más a fondo, hasta que la punta me tocaba la garganta y se me caían las lágrimas.
—Para —dijo de repente—. Para o me corro en tu boca y esto se termina antes de empezar.
Me la sacó con cuidado, con un hilo de saliva colgándome del labio, y me hizo recostarme contra los escalones. La madera me lastimaba un poco la espalda, pero no me importó. Me arrancó la bombacha de un tirón —literalmente, se le rompió el elástico— y la tiró por encima del hombro. Me abrió las piernas con las dos manos y se arrodilló dos escalones más abajo, justo a la altura adecuada.
Sentí su lengua antes de verla. Un trazo largo, lento, plano, de abajo hacia arriba, que me hizo arquear el cuerpo entero. Me lamió el coño de una sola pasada, desde donde yo estaba empapada hasta el clítoris, y después volvió, más lento todavía. Cerré los ojos. Apreté los dientes para no gritar, aunque no había nadie en el mundo que pudiera oírnos.
—Mira —me dijo, con la boca pegada a mí—. Mira lo que te estoy haciendo.
Bajé la cabeza y lo vi. Él me sostenía la mirada mientras me lo chupaba. Le brillaba toda la parte de abajo de la cara con mis flujos. Me apretaba los muslos con las dos manos, separándomelos más, y hundía la lengua adentro, entrándome, sacándomela, subiendo después al clítoris y chupándomelo con los labios cerrados alrededor. Yo nunca me había sentido tan expuesta y nunca había querido estarlo más. Le metí los dedos en el pelo y le apreté la cabeza contra mí, sin pudor, cabalgándole la cara mientras él gruñía contra mí. Sentí un dedo entrando primero, después dos, curvándose adentro, buscando algo, mientras la lengua no me soltaba el clítoris.
—Vamos a la cama —dijo después de un rato, cuando yo ya temblaba sin control y él sabía que si seguía un minuto más me iba a correr ahí mismo, en la escalera, contra su boca.
Me ayudó a levantarme. Subimos los últimos escalones agarrados de la mano, como si fuéramos dos chicos volviendo del recreo, salvo que yo iba en cuero y él también, con la verga apuntándome a la espalda mientras subía atrás mío. La situación me dio una risa nerviosa que se cortó apenas entré a su habitación.
Su cama estaba destendida, con las sábanas blancas hechas un revoltijo, y olía a su perfume y a algo más, algo dulce y denso que tardé en reconocer como el olor de los dos juntos.
Me tiró sobre la cama con una fuerza que no era brusca pero tampoco era suave, y se subió encima de mí. Me abrió las piernas de nuevo, se acomodó entre ellas, y sentí la punta de su polla apoyada justo ahí, en la entrada, mojándose con lo que yo tenía. La restregó de arriba abajo, dos, tres veces, pasándomela por el clítoris y volviendo a bajar, hasta que la punta se enganchó donde tenía que engancharse.
—¿Estás segura? —preguntó.
—Sí —dije, y era verdad—. Métemela.
Sentí el primer empuje y me clavé las uñas en sus hombros. Me dolió. No mucho, pero me dolió. La sentí abrirme por dentro, centímetro a centímetro, un ardor punzante que me hizo apretar los dientes. Cerró los ojos un instante y se quedó quieto, hundido hasta la mitad, dejándome respirar, dejándome acostumbrarme.
—¿Estás bien?
—Sigue —le dije—. Toda.
Empujó otra vez, más despacio, y sentí cómo se me acomodaba entera adentro, hasta que sus huevos me tocaron el culo. Se quedó ahí, quieto, dejándome sentir cada milímetro. Después empezó a moverse despacio, hundiéndose entero, saliendo casi entero, volviendo a entrar. Me miraba la cara, atento a cada gesto. A los pocos minutos el dolor se había transformado en otra cosa, en una presión llena, en una sensación gruesa y palpitante que yo no tenía nombre todavía y que ya quería más. Me daba cuenta de que cada embestida me sacaba un gemido corto, involuntario, y de que él aceleraba cada vez que yo gemía más fuerte.
—Estás empapada —dijo, y se rio bajito, casi orgulloso—. Escuchá cómo suena.
Y era cierto: cada vez que salía y volvía a entrar hacía un ruido húmedo, obsceno, que llenaba la habitación. Yo también me reí, sin saber bien por qué. Estábamos los dos transpirados, despeinados, riéndonos como dos idiotas en medio de la primera vez de mi vida, con su polla clavándome hasta el fondo.
—Ven —dijo de pronto.
Se acostó boca arriba y tiró de mí hasta sentarme encima de él. La verga se le paró contra el abdomen, dura, brillante, mojada con mis flujos, y él me agarró de la cadera y me la clavó de un solo movimiento hacia abajo. Grité. Nunca la había sentido tan adentro. Desde ese ángulo me llegaba hasta un lugar que yo no sabía que tenía. Quedé montada, con sus manos en mi cadera y su cara mirándome desde abajo, sorprendida.
—Muévete tú —dijo.
Lo intenté. Al principio me sentí torpe, fuera de eje, sin entender bien cómo mover el cuerpo con toda esa polla clavada adentro. Pero sus manos en mi cadera me iban guiando, me iban marcando un compás, hacia adelante y hacia atrás, despacio. Cuando entendí, fue como si algo dentro mío hiciera clic.
—Así —murmuró—. Así, despacito, no pares. Cabalgámela.
Empecé a moverme sola. Él me soltó la cadera y me agarró las tetas, las miraba subir y bajar como si fueran lo más extraordinario que hubiese visto en su vida, me apretaba los pezones entre los dedos, me los pellizcaba justo hasta el borde del dolor. Yo bajaba la cabeza y lo besaba, con la lengua entera, y volvía a subir, y seguía moviéndome, sintiendo cómo me abría y me cerraba alrededor de su verga en cada bajada.
Cada vez que me movía hacia atrás, la punta me rozaba un lugar adentro que yo no sabía que existía. Un punto que estaba ahí y un poco más adelante, y cuando lo rozaba me subía algo por la columna, como una corriente eléctrica que no tenía nombre.
—Espera —dije sin aliento—. Espera, espera.
Me dejé caer hacia adelante, apoyada en sus hombros, con las tetas contra su pecho. Cambié el ángulo. Empecé a moverme más despacio, casi sin sacársela, restregándomela adentro, buscando ese punto, buscándolo otra vez. Con el clítoris apretado contra su hueso pubiano cada movimiento se multiplicaba por dos. Joaquín entendió enseguida, me agarró del culo con las dos manos, me separó las nalgas, y empezó a moverse desde abajo para encontrarme a mitad de camino, dándome estocadas cortas y precisas justo ahí.
—¿Ahí? —preguntó.
—Ahí —dije—. Ahí, no pares, no pares.
Lo que pasó después no sabría describirlo bien, ni siquiera ahora, varios años más tarde. Empezó como una especie de cosquilleo concentrado en un punto, una vibración fina que crecía con cada embestida. Después se expandió hacia adentro y hacia afuera al mismo tiempo, como si mi cuerpo se estuviera abriendo y cerrando solo alrededor de su verga.
Se me taparon los oídos. El mundo se quedó en silencio. Lo escuchaba a Joaquín como si me hablara desde el fondo de una pileta.
Esto. Esto era esto.
Empecé a gritar. No fue una decisión. Fue mi cuerpo gritando antes de que yo me diera cuenta de que estaba gritando. Le clavé las uñas en los hombros hasta dejarle marcas, me arqueé entera, sentí que el aire no me alcanzaba, sentí que iba a partirme en dos por la mitad. Me contraje entera alrededor de su polla, apretándosela con espasmos que yo no controlaba, y él soltó un gemido largo, sorprendido, sintiéndome cerrarme sobre él. Me sostenía la cadera con las dos manos y me decía algo que yo no podía escuchar, algo como «así, correte encima mío, correte toda».
Duró mucho. Más de lo que yo había imaginado que podía durar algo así. Como una ola que sube, baja un poco, vuelve a subir todavía más alta. Cuando creí que se terminaba, otra cosquilla me recorría por dentro y volvía a empezar desde el principio, y yo seguía moliéndomele encima, ensartándome sola en su verga una y otra vez.
Cuando por fin me quedé quieta, tirada encima de él, con la cara hundida en su cuello y el corazón a punto de salirme del pecho, él me agarró de la cadera y empezó a embestirme desde abajo, rápido, corto, con la respiración cortada. Sentí que se ponía todavía más duro dentro mío, todavía más grueso, y después lo sentí palpitar y descargar. Terminó dentro de mí en tres o cuatro embestidas fuertes, con un gemido apretado contra mi oreja, vaciándome adentro la corrida entera. Sentí el semen caliente derramarse dentro, chorro tras chorro, mientras él me apretaba la cadera contra la suya para no dejar salir una gota. Me sentí palpitar alrededor de su verga. No sabía bien dónde terminaba uno y dónde empezaba el otro.
Nos quedamos así un rato largo, sin movernos, con él todavía adentro, ablandándose de a poco, con el semen mezclándose con lo mío y escurriéndosenos por el muslo. Cuando por fin salí de encima suyo, sentí cómo se me caía todo lo que él había dejado adentro, una descarga tibia y espesa que me corrió por la cara interna del muslo hasta la sábana.
—¿Era eso? —le pregunté después, cuando recuperé un poco el aire.
—¿Qué cosa?
—Lo que las chicas dicen que se siente.
Se rio y me besó en la frente, con una ternura rara después de todo lo anterior.
—Sí —dijo—. Era eso.
***
Esa noche volví a mi casa en autobús, mirando por la ventanilla, todavía sintiendo unas pulsaciones diminutas entre las piernas, como ecos lejanos, y su semen escurriéndoseme de a poco por dentro del muslo, tibio, recordándome cada tanto lo que había pasado. Mi madre me preguntó si me había pasado algo, porque me veía rara. Le dije que no, que estaba cansada del estudio.
No le mentía del todo. Estaba cansada.
Pero también estaba otra cosa. Algo que no tenía palabras y que tardé años en aprender a nombrar: estaba, por primera vez en mi vida, dentro de mi propio cuerpo.