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Relatos Ardientes

Lo llamé tres semanas después de nuestra ruptura

Habíamos terminado hacía tres semanas y todavía me despertaba a las cinco de la mañana mirando el techo del cuarto, repasando frases que ya no podía decirle. Tomás había sido el último en cerrar la puerta y, por una vez, no había vuelto a llamar para arreglarlo. Por una vez fui yo.

Lo cité en el café de la plaza donde solíamos vernos los sábados. Llegué quince minutos tarde a propósito, con un vestido que me había puesto sin pensar y que de pronto, mientras subía la escalera mecánica del metro, sentí demasiado corto para una conversación entre adultos. Él me estaba esperando con dos cafés que ya se habían enfriado y una sonrisa que no terminé de leer.

—Pensé que no venías —dijo.

—Pensé en no venir —contesté.

Hablamos primero de tonterías. Del trabajo, de su madre, de la perra que adoptó después de que me fuera. Me decía cosas bonitas y me miraba la boca cuando pensaba que yo no me daba cuenta. Yo sí me daba cuenta. Cada palabra suya tenía dos pisos: en el primero me explicaba que estaba bien, que entendía todo, que había madurado. En el segundo me decía que me deseaba y que no iba a pedirlo en voz alta.

Pidió un sándwich, comimos sin hambre. Pagué yo, porque me dio la gana, y porque me daba poder hacerlo. Salimos a la calle y caminamos sin rumbo. El sol caía oblicuo entre los árboles de la avenida y yo sentía el aire caliente contra los muslos. Le pregunté algo, no recuerdo qué. Él me contestó algo, tampoco recuerdo qué. Lo único que recuerdo es que en un momento miré la esquina y supe que estábamos a dos cuadras de su edificio.

—Llama al taxi desde casa —dijo, como si nada—. Te tomas un vaso de agua y te subes. Hay tráfico a esta hora.

Lo pensé. Lo pensé el tiempo que dura un semáforo en rojo. Después dije que sí.

***

El departamento olía igual. A ropa limpia, al café que él hacía con demasiada agua, a esa madera del piso que crujía siempre en el mismo lugar. No había nadie. Dejó las llaves en el plato de la entrada y se quedó parado en medio del salón, con las manos en los bolsillos, como si esperara una indicación.

—¿Quieres estar conmigo? —preguntó al fin, sin tono.

—Quiero besarte —dije—. Nada más.

Era mentira a medias. Era la mentira más honesta que le había dicho en todo el año.

Esperó. No avanzó. Esperó que fuera yo la que diera el paso, y eso me desarmó más que cualquier otra cosa que hubiera podido hacer. Lo pensé un poco. Caminé los tres pasos que nos separaban. Le toqué el cuello con los dedos. Lo besé.

Y ahí se quebró todo.

Me besó como si lleváramos años separados, no semanas. Como si yo fuera la última mujer que iba a besar en su vida. Su lengua entró en mi boca al mismo tiempo que sus manos se metieron debajo del vestido y me agarraron las nalgas. No las acarició: las apretó, las amasó, me las levantó hasta pegarme contra él. Sentí su erección a través de la tela del pantalón y se me cortó la respiración.

—Dije que solo besos —murmuré contra su boca.

—Mhm —contestó, sin parar.

Una de sus manos bajó por mi muslo, por dentro, y empezó a subir despacio. Le agarré la muñeca. No la frené del todo: la sostuve, como si estuviera midiendo hasta dónde iba a dejarlo llegar. Él no insistió, no forzó. Solo siguió besándome el cuello, la oreja, esa zona detrás del lóbulo que él era el único que sabía encontrar.

—Tomás, basta.

—Está bien —dijo, y me besó más fuerte.

Sus dedos terminaron dentro de mi ropa interior. Sentí cómo movía la tela a un lado, cómo me acariciaba primero con la palma entera y después con dos dedos justos. Yo seguía diciendo que no con la boca y diciendo que sí con todo lo demás. Estaba mojada. Él lo sabía. Yo sabía que él lo sabía. Dejé caer la cabeza contra su hombro.

—No te dejo —dije, sin convicción.

Metió un dedo. Despacio, como pidiéndome permiso en cada centímetro. Después dos. Movió la muñeca con un ritmo que yo había olvidado que conocía, y se me escapó un sonido que no pude reprimir.

—Mírame —pidió.

Lo miré.

—No quiero hacerlo —repetí.

—Está bien —volvió a decir.

Pero los dedos no se detuvieron. Y yo tampoco le pedí que se detuvieran.

***

Me llevó hasta el sofá y me pasó la mano por su pantalón, por encima de la tela, donde la dureza era ya un bulto evidente. Me lo hizo apretar, frotar, mientras él seguía besándome la cara, el cuello, el escote. Después se la sacó. La puso en mi mano, caliente y húmeda en la punta. La conocía. La conocía bien. Mi cuerpo la reconoció antes que mi cabeza.

Empecé a moverla despacio. Él gimió contra mi pelo, una sola sílaba ronca, y me apretó más la nalga con la mano libre. Sus dedos seguían dentro de mí.

—Arrodíllate —me pidió.

No me lo pidió como una orden. Me lo pidió como un favor, casi con vergüenza. Y eso me gustó todavía más.

Me arrodillé en la alfombra que yo había elegido cuando todavía vivíamos juntos. Mirar hacia arriba y verlo a él, con el pantalón a la altura de las rodillas y la mirada perdida, me golpeó con una mezcla de cosas que no supe nombrar. La metí en mi boca. La chupé despacio, como si quisiera reaprenderla. Él me agarró la nuca, sin empujar, solo apoyando la mano.

—Te extrañé —dijo bajito.

No le contesté. Le contesté con la lengua.

A los pocos minutos me apartó. Tenía los ojos cerrados y la respiración rota.

—Si sigues me corro —avisó.

Me levanté. Caminé hacia la puerta. No sé por qué. Quizás porque dije que solo iba a ser un beso y necesitaba escucharme a mí misma cumplir mi palabra al menos un segundo más. Quizás porque me daba miedo seguir.

—¿Adónde vas?

—Me voy.

Me alcanzó en el pasillo. Me puso contra la pared. Me besó otra vez en el cuello, esa zona detrás del lóbulo, con una suavidad que contradecía todo lo demás.

—Camila —dijo—. Ya pasó. Lo que pasó ya pasó. No hay diferencia entre lo que hicimos y lo que falta.

Era una trampa argumental y los dos lo sabíamos. Era también la verdad.

Volví adentro.

***

Me sacó el vestido por la cabeza, despacio. La ropa interior cayó después, sin ceremonia. Me quedé desnuda en medio del cuarto, con la luz de la tarde entrando oblicua por la ventana, y él se quedó mirándome unos segundos, sin tocarme, como si yo fuera algo que él había perdido y acababa de encontrar.

Después me empujó suave hacia la cama.

Quiso bajar a chupármela. Le agarré la cara con las dos manos.

—No —dije—. Métemela ya.

Se sorprendió. Sonrió. Subió. Yo me toqué entre las piernas para mostrarle lo mojada que estaba, y él entendió sin que yo tuviera que explicarle nada. Me la metió de una sola vez, hasta el fondo, mientras me besaba la cara y el cuello y la oreja, otra vez la oreja, esa zona que solo él conocía.

Le clavé las uñas en la espalda. Me las clavé yo, por dentro.

—Dime que eres mía —pidió.

—Soy mía —dije.

Se rió contra mi mejilla.

—Bueno. Eres tuya.

***

Después de un rato le pedí cambiar. Lo empujé con la palma abierta en el pecho y él se dejó caer de espaldas, dócil como nunca lo había visto. Me senté encima. Él levantó las manos hasta mis pechos. Hasta ese momento, no me los había tocado: con la urgencia de todo lo anterior, los había salteado. Los apretó, me apretó los pezones entre el índice y el pulgar, y eso me prendió fuego.

Me moví. Despacio primero. Después rápido. Me moví como sabía que a él le gustaba y como sabía que a mí me iba a hacer terminar si seguía así.

—Frena —dijo, con la voz quebrada—. Frena, Camila, me corro.

Frené. Lo miré desde arriba, con las dos manos apoyadas en su pecho, y respiré con él. Sus pulsos sincronizados con los míos. Por un segundo larguísimo no fuimos dos personas que habían terminado: fuimos dos personas que estaban empezando algo nuevo, peor, más triste, más sincero.

—Date la vuelta —dijo, cuando se le pasó.

Me di la vuelta. Boca abajo, con las rodillas hundidas en el colchón. Me levantó un poco la cadera, esa manera suya de inclinarme apenas que le permitía entrar a la profundidad que él quería. Y entró. Y empujó. Fuerte, como sabía que me gustaba, con sus testículos rozándome despacio entre cada embestida.

Mordí la almohada. Apreté los puños alrededor de la sábana. Sentí cómo se me iba acumulando algo en el bajo vientre, una cuerda que se tensaba más y más, y supe que esta vez no iba a poder frenarla yo tampoco.

—Vente —dije, contra la tela.

—Todavía no —contestó.

Me dio la vuelta otra vez. Me agarró las dos piernas, me las estiró hacia arriba, casi me las apoyó sobre sus hombros. Me levantó la cadera de la cama y me lo dio así, sostenida en el aire, con toda la fuerza que tenía. Yo no podía hacer otra cosa que recibirlo y mirarle la cara, esa cara concentrada que no le conocía a otro y que extrañaba como se extraña el sonido de una voz.

Me corrí. Me corrí con un grito corto, ahogado, mientras él me sostenía las piernas y me clavaba los dedos en los muslos.

Sacó. Subió. Se la puso a la altura de mi cara y se corrió él. Mucho. Más de lo que recordaba. Sobre mi lengua, sobre mis labios, un poco en la mejilla. Gritaba, y entre los gritos decía cosas que después fingiría no haber dicho.

—Eres mía —repetía—. Toma. Eres mía. Chúpate todo eso.

Lo chupé. Me tragué lo que pude. Sonreí, sin saber por qué.

Se dejó caer a mi lado. Respiramos los dos contra el techo. La luz de la tarde ya era naranja y caía en diagonal sobre el ventilador, que él nunca llegó a encender.

—Habíamos terminado —dijo, al cabo de un rato, mirando hacia arriba.

—Sí —dije.

—¿Seguimos terminados?

No le contesté enseguida. Me incorporé apenas, busqué mi vestido en el suelo, lo recogí con dos dedos.

—Por ahora —dije—. Sí. Seguimos.

Me sonrió de costado. Asintió. Se quedó allí desnudo, mirándome vestirme, sin pedirme que me quedara.

Cuando bajé a la calle a llamar al taxi, lo hice por la aplicación del teléfono, no por la línea fija como me había dicho él. Y mientras esperaba en la esquina, mordiéndome el labio para que no se me notara la sonrisa, supe que esa había sido la primera vez que me iba de su casa sintiendo que la decisión había sido mía.

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Comentarios (4)

CarlaM_92

Me senti tan identificada con esa primera linea... tres semanas separados y volver igual que si nada. Lo viví hace un tiempo y me lo recordo perfectamente.

LunaEscarlata

Qué comienzo tan bueno!!! Sigan así

Pancho_leyendo

Muy bien escrito, se siente real. Eso es lo que me gusta, que no parece inventado sino que uno se lo cree.

SusiNoche

El detalle de que la casa todavia olía a el me pareció hermoso. Esas cosas chiquitas hacen la diferencia entre un relato del monton y uno que te queda.

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