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Relatos Ardientes

La primera vez que la dejé subir al auto de otro

Me llamo Diego y mi mujer se llama Marcela. Llevamos siete años casados, vivimos en un departamento luminoso del barrio de Palermo y, hasta hace dos meses, creí que ya conocía todos los rincones de su deseo. Esa madrugada de mayo descubrí que no.

Marcela es alta, de piel muy blanca, con el pelo castaño cortado a la altura de los hombros. Tiene un pecho generoso y una cadera ancha que sigo descubriendo cada vez que la veo desnuda. Trabaja todo el día en una oficina de diseño, llega cansada, se quita los tacos en la puerta y arma el mate. Es metódica, racional, ordenada. Nada en ella anticipaba lo que pasó.

Todo empezó una noche en la cama. Estábamos en medio de eso, con su espalda contra mi pecho, cuando se me ocurrió preguntarle al oído cuál era la fantasía que nunca había puesto en palabras. Le prometí que yo decía la mía si ella decía la suya. Lo planteamos como un juego. Ella, entre risas, me confesó que alguna vez había pensado en estar con dos hombres a la vez. Yo, con la garganta seca, le dije la mía.

—Quiero verte hacerte pasar por una prostituta de la calle.

Se quedó en silencio. Pensé que la había arruinado. Pero a la semana siguiente, mientras desayunábamos, me miró por encima del café y me dijo, con esa serenidad que solo ella tiene, que lo iba a hacer. Que primero la suya tendría que esperar. Que cumpliría la mía y que después hablábamos.

***

El sábado siguiente nos preparamos sin hablar mucho. Marcela se puso un jean blanco ajustado, una blusa azul muy escotada y unos tacos altos. Se maquilló los ojos más oscuros que de costumbre. Antes de salir del baño se acercó, me agarró la cara con las dos manos y me dijo:

—No llevo bombacha. Por si te lo preguntás.

No supe qué responder. Le agarré la cintura y la besé. Tenía el pulso disparado.

Manejé yo. Fuimos a un bar de Villa Crespo que se llama La Cuadra, un lugar con luz baja y música tranquila donde nadie nos conocía. Pedimos dos cervezas y una picada. Marcela hablaba poco. Cada tanto me miraba con una sonrisa rara, mezcla de nervios y excitación. A las nueve y media apartó el vaso, se inclinó sobre la mesa y me dijo:

—Vamos. Antes de que me arrepienta.

Salimos. Subimos al auto y manejé hasta una calle lateral cerca del Abasto, una zona oscura donde alguna vez había visto mujeres paradas en las esquinas. Estacioné a media cuadra y apagué las luces. Le dije que si quería podíamos volvernos. Negó con la cabeza. Sacó el celular, marcó mi número, puso el manos libres y me dijo que no cortara por nada del mundo.

Se bajó. Caminó unos pasos, ajustó la blusa hasta que casi se le veía el pezón y se paró en la esquina, contra una pared descascarada. Yo la miraba por el espejo retrovisor. Le temblaban los hombros. No sé si de frío o de miedo.

***

Pasaron cinco minutos eternos. Después, un Toyota blanco frenó cerca de ella. El vidrio bajó. Escuché por el teléfono que un tipo, con voz de cuarentón, le preguntaba cuánto cobraba. Marcela tardó en responder. Cuando habló, le temblaba la voz.

—Treinta —dijo.

El tipo se rió. Le pidió que se diera vuelta y le mostrara una teta. Hubo un silencio largo. Después escuché el ruido suave de la blusa al moverse y la voz del tipo diciendo «linda, muy linda». Le pidió que subiera. Marcela se acercó a la ventanilla del auto, se tapó un poco la boca con la mano y me habló bajito por el teléfono.

—Diego, ¿qué hago?

Yo tenía las manos pegadas al volante. La tenía dura clavada contra el jean. Me dije que si abría la boca para frenarla, no me lo iba a perdonar nunca. Respiré hondo.

—Subí. Hacelo. Yo te sigo.

***

El Toyota arrancó. Lo seguí a una distancia prudente, con el corazón golpeándome la garganta. Fueron diez cuadras hasta un albergue transitorio llamado El Refugio, un edificio bajo con luces de neón rosado y la cochera tapada por una cortina de plástico. Vi cómo el auto blanco entraba. Esperé un minuto y entré yo también. Le dije al hombre del intercomunicador que necesitaba una habitación. Pedí, sin saber bien por qué, la que estuviera al lado de la que acababan de tomar. El tipo me miró raro pero me pasó la llave.

La habitación olía a desinfectante y a lavanda barata. Una cama doble, un espejo en el techo, una televisión con el control pegado a la mesita. Me senté en el borde del colchón sin sacarme la campera, con el celular apoyado contra la oreja, escuchando todo.

***

Marcela había dejado el teléfono encendido dentro de la cartera. Se escuchaba cómo se cerraba la puerta del cuarto contiguo, el ruido de la canilla, voces apagadas. El tipo dijo algo sobre la cama, ella se rió bajito, una risa que no le conocía. Después él dijo, con una claridad que me erizó:

—Te voy a sacar todo, mami.

Hubo silencio. Escuché ropa que caía al piso. Pasos. La puerta del baño que se abría y se cerraba. La voz de Marcela, muy bajita, casi un susurro hacia el teléfono.

—Amor, no sé si puedo.

Cerré los ojos. Pensé en levantarme, golpear la puerta de al lado, terminar con todo. Pero algo más fuerte me clavó al colchón. Le contesté lo más sereno que pude.

—Disfrutalo vos también. Para eso vinimos.

Del otro lado se hizo silencio. Después escuché que ella respiraba hondo.

—Bueno —dijo.

***

El tipo salió del baño. Le propuso algo que no entendí bien. Después subió la voz y dijo, claro:

—Te doy cincuenta más y te ato a la cama. Esa es mi fantasía.

Marcela aceptó. Escuché el roce de una soga, o tal vez de medias o cinturones, y la cama que crujía. Cinco minutos de silencio. Y de pronto los empujones empezaron, rítmicos, secos, y Marcela empezó a respirar fuerte, en tandas, como si le estuvieran sacando el aire de a poco. Cada tanto un golpe seco, una nalgada que sonaba a palmada de cuero. Y la voz de ella, ahogada, repitiendo algo que no llegué a entender.

Yo estaba sentado en una cama a tres metros, con los dientes apretados y la mano dentro del pantalón. Nunca en mi vida había estado tan excitado. Nunca había sentido un cóctel parecido de celos, deseo y orgullo retorcido. Quería verla. Necesitaba verla.

***

A los quince minutos los ruidos se calmaron. Después la puerta del cuarto contiguo se abrió. Me asomé al pasillo con la excusa de pedir un cigarrillo. El tipo estaba ahí afuera, en cuero, con el celular en la mano. Me miró. Sonrió como si me reconociera, aunque no podía. Me hizo una seña con la cabeza.

—Vení, flaco. Mirá esto.

Abrió la puerta unos centímetros más. Y la vi. Marcela boca abajo sobre la cama, atada a las patas con dos pañuelos, una venda gris sobre los ojos, las nalgas marcadas con la huella roja de una mano. Tenía el pelo desparramado sobre la almohada. Estaba respirando despacio, como en una pausa.

—Mirá ese culo —dijo el tipo en voz baja, casi maravillado—. Mirá lo que me estoy comiendo.

Volvió a sacar el celular y le tomó dos fotos. Yo me quedé congelado en el marco. Tendría que haber dicho algo. No dije nada.

El tipo entró de nuevo y, sin cerrar del todo la puerta, la penetró hasta el fondo de un solo empujón. Marcela soltó un grito apagado contra el colchón. Justo en ese momento, en el pasillo, pasó una pareja muy joven. La chica miró hacia adentro, frenó dos segundos y le dijo a su novio:

—Mirá. A esa mina le están dando hasta por atrás.

Siguieron de largo. El tipo cerró la puerta de un golpe seco. Yo me volví a mi cuarto, me acosté de espaldas, escuché el resto por el teléfono.

***

Marcela, en algún momento, le pidió que terminara. Le recordó que ya había pasado más de media hora. El tipo le contestó que ya casi, que aguantara un poco más, que valía cada peso. Después se hizo silencio. Solo se escuchó el agua de la ducha corriendo a lo lejos.

Cuando él salió del cuarto, me quedé adentro un par de minutos más, hasta estar seguro de que se había ido. Marcela me llamó.

—Diego, vení a buscarme.

—Estoy al lado tuyo —le dije.

Hubo un silencio. Después una risita corta. Toqué la puerta. Me abrió envuelta en una toalla, con el pelo mojado y los ojos brillantes. Se me colgó del cuello y no dijo nada por un rato largo. La abracé. Olía a jabón de motel y a otra cosa, una mezcla rara que no quise identificar.

—Me dio una cogida que me duelen las piernas —dijo al fin, contra mi oreja.

La acosté en la cama. Le saqué la toalla. Tenía marcas rojas en las muñecas, los muslos enrojecidos. Se masturbaba sola, despacio, con los ojos cerrados, como si quisiera terminar lo que el otro no había terminado del todo. Me arrodillé entre sus piernas y la ayudé hasta que se vino con un quejido largo, agarrada de mi pelo.

***

Volvimos a casa en silencio. Yo manejaba con una mano y con la otra le agarraba el muslo. Ella miraba por la ventanilla las luces de la avenida pasar, sin decir nada. Cuando llegamos al departamento, se metió en la ducha otra vez y se quedó adentro mucho rato.

Esa noche dormimos abrazados, sin sexo, con la cabeza llena de imágenes que iban a tardar mucho en irse. Al día siguiente, mientras tomábamos mate en la cocina, me miró por encima de la taza y me dijo:

—Era tu fantasía. Ahora me toca a mí.

Pero esa es otra historia. Una que todavía estoy juntando coraje para contar.

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Comentarios (1)

Cacho_Baires

tremendo!!! que situacion tan fuerte, no me esperaba ese giro

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