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Relatos Ardientes

Nuestra primera noche tras dos años de pantalla

La conocí hace dos años en un viaje de trabajo. Yo había salido del país por una capacitación de tres semanas y, en una tarde libre, me metí a un mercado artesanal a comprar regalos para mis sobrinos. Ella atendía uno de los puestos: tejidos, llaveros, postales hechas a mano. Tenía el pelo recogido en un moño suelto y una sonrisa que parecía pedir disculpas por adelantado.

Después de cobrarme, en tono de broma le pregunté si también cobraba por una foto con ella. Me dijo que no. Que hasta dos fotos, si me animaba. Me hice a la idea de que no la volvería a ver. Sin embargo, antes de que me fuera, me pidió que se las mandara por WhatsApp.

Tres meses después tuvimos la primera conversación de esas que te hacen olvidar respirar. Nos contamos lo que nos haríamos si estuviéramos juntos en ese mismo instante. Ella me deseaba, yo a ella. Está de más decir que ambos nos masturbamos esa noche, cada uno frente a su pantalla, dándonos instrucciones en voz baja. Cada vez que se podía, esa escena se repetía. Algunas veces con la cámara prendida, otras solo con audios y mensajes que se borraban a los pocos segundos.

Dos años después volví a verla, ya como novios. En el aeropuerto nos quedamos pasmados los dos. Solo nos veíamos con una sonrisa enorme y los ojos llenos. Caminamos despacio el uno hacia el otro, nos abrazamos y nos dimos un beso largo, pausado, que tuvo consecuencias inmediatas en mi pantalón. Ella me sintió contra su cadera y me dijo al oído, muy bajito:

—Estoy mojada.

Esa noche, como una tortura calculada, dormí en un cuarto distinto. Era obvio que pasaría así, estábamos en casa de su familia. Pero al día siguiente nos íbamos los dos solos a la cabaña del lago, propiedad de su tío Eduardo. Y la cuenta regresiva ya había empezado.

***

Antes de partir, su hermana mayor, Daniela, nos despidió en la puerta con un tono pícaro que no dejaba dudas.

—Aprovechen estos tres días —dijo—. El miércoles llegamos nosotros.

—Está de más que lo digas —le respondí con la misma sonrisa.

Fueron tres horas de viaje en un autobús casi vacío. Tres horas con los testículos doloridos de tanto besarnos, de tanto rozarnos por debajo del abrigo que ella había puesto sobre los dos como manta. Su mano subía y bajaba por mi muslo. La mía no se quedaba quieta dentro de su blusa. El conductor nos miraba de reojo por el espejo retrovisor. No me importó.

Llegamos a la cabaña pasado el mediodía. Dejamos las maletas en la sala y ella entró directo a la habitación principal. Le di unos minutos. Cuando empujé la puerta, la encontré de espaldas, quitándose los jeans con calma. La luz de la tarde le caía sobre los hombros. Me quedé en el marco, mirando, sin decir nada.

Primero el pantalón, después la blusa, después el sostén. Cada prenda caía al suelo como si fuera parte de una coreografía que había ensayado mil veces frente a la cámara. Cuando se quedó solo con la ropa interior, giró la cabeza y me sonrió, tímida, como si fuera la primera vez que alguien la veía así. Y, de alguna manera, lo era. Era la primera vez en persona.

Entré, cerré la puerta detrás de mí y la tomé por la cintura. Olía a algo que ninguna pantalla podía transmitir.

—Voy a bañarme —me dijo contra el cuello—. Espérame.

Caminó hacia el baño desabrochándose el broche del sostén con una mano. Ya conocía esa puerta por las videollamadas: la había visto entrar y salir de ese mismo baño decenas de veces, con la toalla envolviéndole el pelo. Ahora estaba al otro lado, real, a tres metros de mí.

Esperé. Me senté en la cama, me bajé el pantalón y me toqué un par de veces, despacio, sin terminar. No quería terminar. Quería llegar a ella todavía cargado. Después de unos minutos, me levanté, terminé de desnudarme y empujé la puerta del baño.

***

Estaba bajo el agua, dándome la espalda. El vidrio empañado dejaba ver una silueta deformada: los pechos pequeños, la curva de la espalda baja, las nalgas firmes. Una mano enjabonada le bajaba por el vientre hasta perderse entre las piernas. Sus dedos se movían despacio sobre su vulva. No me había visto.

Me quedé quieto un segundo. Pensé en todas las noches frente al teléfono, en todos los audios donde ella se acariciaba y me lo describía. Esto era distinto. Esto pasaba a un metro de mí y no podía colgar.

Abrí la mampara. Ella giró, me vio y soltó una risa baja.

—¿Te vas a quedar mirando?

Entré sin contestarle. Ella volvió a darme la espalda. La tomé por las caderas, me pegué a su trasero y dejé que el agua nos cayera a los dos. Subí las manos hasta sus pechos. Le besé el cuello, detrás de la oreja, justo donde sabía por los audios que la volvía loca. Su cadera empezó a moverse contra mí, lenta, deliberada. Una de sus manos me agarró el pelo desde atrás. La otra siguió entre sus propias piernas.

Después se volteó. Me abrazó con tanta fuerza que sus pechos quedaron aplastados contra el mío. Mi sexo entre sus muslos. Seguimos besándonos. Yo le apretaba las nalgas, mis dedos pasaban por la hendidura y rozaban un poco más atrás, apenas, como una pregunta. Suspiró. Le gustó. Lo seguí haciendo. Me movía adelante y atrás contra ella, frotándome con su vulva. Sentí cómo se mezclaba lo suyo con el agua caliente y me caía por las piernas.

—Papi —me dijo al oído—, sácamela.

En la pared del baño había una repisa ancha, de mármol, casi pensada para esto. La levanté y la senté ahí. Le abrí las piernas. Bajé la mano hasta su vulva y la froté con la palma, despacio, hasta que empezó a buscarme con la cadera. Le metí el dedo medio. Estaba caliente, hinchada, apretada. Empecé despacio. Después sumé el anular, buscándole el punto que ya había aprendido a encontrar a ciegas durante esos dos años, aunque sin tocarla todavía.

Ella no me decía nada con palabras, pero su cara y sus respiraciones cortas lo decían todo. Le metí un tercer dedo. Los movía rápido. Con una mano me apretó el hombro. Con la otra me empujó la cabeza hacia abajo. La besé entre las piernas como la había besado en la boca: con calma primero, con hambre después. La lengua sobre el clítoris la hizo arquearse. Sentí sus muslos cerrarse alrededor de mi cara.

—Papi, me vengo —dijo, casi sin voz—. Me vengo.

Le saqué los dedos y la lamí con todo. Su mano me apretó la nuca. Soltó un gemido largo, agudo, que rebotó en los azulejos. Después otros más cortos, repetidos, como si se le escaparan sin permiso.

***

Me separó con un empujoncito en la frente. Respiraba como si hubiera corrido. La besé. Ella me agarró la cabeza con las dos manos, me devolvió el beso despacio, todavía temblando. Me tomó del sexo y empezó a acariciarme. Después me empujó suavemente hasta cambiarnos los lugares. Yo apoyado en la repisa, ella de rodillas frente a mí.

Me lo metió en la boca sin advertencia. Lo hacía mejor de lo que sus videos habían prometido. Una mano me acariciaba la base, la otra me sostenía la cadera. Su lengua daba vueltas en la punta, paraba, volvía. En un momento, con un dedo, me rozó atrás. Me sorprendió. No lo esperaba. Pero no me retiré. Lo dejó ahí, dando círculos pequeños, mientras me seguía chupando.

Me llevó los testículos a la boca, uno por uno, y los masajeó con la lengua. Su mano no me soltaba. Salía líquido y ella lo lamía cada vez, como si no quisiera perderse nada. Pensé, sin proponérmelo, en los hombres con los que habría estado esos dos años de distancia. No la juzgaba. Yo también había estado con otras. Pero la idea, lejos de molestarme, me prendió todavía más. Imaginarla haciéndole esto a otro y eligiéndome a mí ahora me puso al borde.

Le pedí que se levantara. La giré de cara al vidrio empañado. Le abrí las piernas con la rodilla y la penetré despacio. Ella se aferró al borde de la mampara. Yo empujé hasta el fondo y me quedé ahí un segundo, sintiéndola. Después empecé a moverme. Lento al principio. La pasión nos fue ganando a los dos.

Sobre la pared había un espejo. Levanté la cabeza y me encontré con su reflejo: los ojos a medio cerrar, la boca abierta, el agua corriéndole por la cara. La agarré del pelo con suavidad y le incliné la cabeza hacia atrás para besarla mientras seguía dándole. Nuestras lenguas hablaban más que nuestras bocas. Mis manos no paraban de recorrerla.

—No pares —me dijo—. No pares, por favor.

Me separé un poco. Le agarré el pelo, no fuerte, lo suficiente. Le miré las nalgas chocando contra mí cada vez que empujaba. Esponjosas, firmes, todo lo que mi imaginación había construido durante dos años. Bajé las manos a sus caderas y la jalé hacia mí. Ella vino otra vez, con esos mismos «ay, papi» repetidos que ya conocía de los audios pero que ahora me sonaban a otra cosa, a algo concreto, a algo que estaba pasando de verdad.

Yo todavía no terminaba. Cuando ella se vino, bajé el ritmo. Mantuve el movimiento más despacio, empujándola hacia adelante con la pelvis. Sus piernas temblaban. La sostuve por las caderas para que no se cayera.

Después fui aumentando otra vez. Sentí que estaba cerca.

—Mami, ¿dónde la quieres?

—Afuera —dijo, sin pensarlo.

Aguanté un poco más. Cuando ya no pude, me salí, le froté la punta contra la vulva y terminé sobre sus muslos. Ella se llevó la mano atrás y me terminó de exprimir mientras el agua se llevaba todo por el desagüe.

Nos recostamos sobre la repisa, jadeando, con el agua caliente cayéndonos encima. Nos besamos. Casi me dio otra erección. Casi.

***

Salimos del baño envueltos en toallas. Caímos sobre la cama y ella me empujó de espaldas, sin dejarme tocarla. Me agarró las manos y las puso a los costados.

—Ahora yo.

Y me hizo un oral que no se parecía a nada. Controlaba todo: la velocidad, la profundidad, los segundos que me daba aire antes de volver a hundirse. Cuando terminé, terminé como ella había terminado un rato antes: con un gemido largo, sin filtro, que llenó la cabaña entera.

Agarró una camiseta vieja, me limpió y nos acomodamos como siempre habíamos hablado por audios: desnudos, ella sobre mi pecho, su mano sobre mí.

Esa misma noche lo repetimos. Más despacio, más adentro, con la luz de la luna entrando por el ventanal del lago. Pero esa es harina de otro costal.

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Comentarios (5)

Caro_NK

Que hermoso relato, se siente tan real... me llego de verdad.

Wanderlost_82

Se hizo corto!!! segunda parte por favor!!

AndreaMV

Me trajo recuerdos de cuando conocí en persona a alguien que habia conocido por internet. Esas emociones son únicas e irrepetibles. Muy bien contado!

lectora_noc

Rara vez leo algo de esta categoría que me emocione tanto. La tensión acumulada, los nervios, la expectativa... todo muy bien llevado. Espero que sigas escribiendo porque tenes mucho talento.

mati_noc

excelente!! bravo

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