El amanecer en la cabaña que cambió todo entre nosotras
La cabaña olía a hierbas secas y a la ceniza tibia que aún respiraba en el hogar. Afuera, la noche se replegaba despacio, dejando que un hilo de luz gris se colara entre las tablas de madera. Mariana no recordaba haberse dormido. Recordaba el rezo, el llanto del niño, la sensación de quedarse sola por primera vez con un cuerpo recién parido y un marido bajo tierra. Y ahora, sin saber cómo, era casi de día.
El bebé se removió en la cesta, junto al jergón. Era un sonido leve, apenas un quejido, pero Mariana lo sintió como si la llamaran por su nombre. Se incorporó con cuidado, todavía con la espalda dolorida, y se llevó al niño al pecho. Tenía los senos pesados, calientes, y bastó con que la boca diminuta encontrara el pezón para que la leche bajara con un cosquilleo que le subió hasta los hombros.
Mientras lo amamantaba, cerró los ojos. Pensó en su marido. Pensó en la última vez que él la había mirado, en la palabra que no llegó a decir. Y pensó en lo extraño de seguir teniendo cuerpo después de todo eso. Tenía el camisón abierto hasta la cintura, la tela vieja resbalándole del hombro, y el aire frío le acariciaba la piel humedecida por la leche. Algo más bajo que la ternura le subía por la entrepierna. No quiso ponerle nombre.
Del otro lado de la habitación, Catalina abrió los ojos.
Lo hizo sin moverse, como había aprendido de niña en casa ajena. Su madre había muerto hacía tres meses y nadie sabía aún qué hacer con ella. Mariana, viuda y sola con un recién nacido, había sido la única en ofrecerle un rincón. «Mientras encuentres dónde ir», le había dicho. Catalina llevaba dos semanas en la cabaña y todavía no terminaba de creérselo.
Lo que vio esa mañana le quitó el aliento.
Mariana estaba sentada al borde del jergón con el niño en el regazo. La luz gris la dibujaba a contraluz: el cabello suelto cayendo sobre un hombro, el pecho expuesto y lleno, la curva de la cintura que aún no había vuelto a su sitio. No era una imagen escandalosa. Era casi sagrada. Y, sin embargo, Catalina sintió que algo se le encendía en el centro del cuerpo, un calor concreto que bajaba sin permiso. Apretó las piernas bajo la manta. Cerró los ojos. Los volvió a abrir.
Seguía ahí.
***
Cuando el niño se quedó dormido, Mariana lo devolvió a su cesta y se levantó. No se cubrió enseguida. Caminó hasta el cuenco de agua que estaba junto al fuego y se mojó la cara, la nuca, los brazos. El camisón le colgaba de un hombro, manchado en la pechera con dos círculos oscuros de leche. Catalina, todavía fingiendo dormir, la miraba por debajo de las pestañas.
—Sé que estás despierta —dijo Mariana sin volverse.
Catalina se incorporó de golpe, roja hasta las orejas.
—Perdón. No quería…
—No tienes que pedir perdón. —Mariana se enderezó y por fin se subió el camisón. La voz le salía tranquila, casi divertida, aunque tenía los ojos enrojecidos por la falta de sueño—. Anoche te oí llorar. ¿Soñaste con tu madre?
Catalina asintió. No confiaba en su voz.
—Yo también soñé. —Mariana se acercó al hogar y avivó las brasas con un palo—. Con él. Casi siempre sueño con él. ¿Tienes hambre?
—Sí.
—Pon agua, entonces.
Trabajaron en silencio. Catalina llenó la olla. Mariana cortó el pan duro en lonjas finas y desmenuzó un poco de queso seco. Cada vez que se cruzaban, Catalina sentía el roce mínimo de la bata de Mariana contra su brazo, y cada vez le subía el calor a la cara como si la hubieran sorprendido en una falta. La cabaña era pequeña. No había manera de no rozarse.
***
Se sentaron a la mesa rústica una frente a la otra. Catalina sostenía el cuenco con las dos manos para que no le temblaran. Mariana removía la leche tibia despacio, con la mirada fija en algún punto del tablero.
—¿Cómo era él? —preguntó Catalina, sin pensarlo.
Mariana levantó la vista. No pareció ofenderse.
—Era… amable. Más amable de lo que parecía. Lo conocí en el mercado de Villarreal, vendiendo lana. Tenía las manos grandes y siempre frías, incluso en agosto. La primera vez que me tocó la muñeca pensé que se había quemado, porque dio un respingo. Era el frío de sus dedos contra mi piel.
Sonrió un instante, una sonrisa pequeña y un poco hacia adentro.
—Me ofreció un manojo de ruda envuelto en un trapo. No me dijo nada. Me lo dejó en la mano y se fue. Tres días después volvió a buscarme.
—¿Y tú lo esperabas?
—Lo esperaba.
Catalina sintió un nudo en la garganta. Pensó que era envidia. No lo era exactamente.
—¿Te dolió mucho? —preguntó—. Lo último, digo.
Mariana tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz se había ablandado.
—Me dolió como me dolería ahora si me arrancaran un brazo. Pero ya no me duele así. Ahora es otra cosa. Es un hueco que está, sin más. Hay días en que ni siquiera lo siento, y eso es lo peor.
Una gota le resbaló por la mejilla. Otra se le había escapado del pecho, atravesando la tela, y le brillaba en el camisón. Catalina miró las dos. La de la mejilla y la de la pechera. No sabía cuál de las dos la conmovía más.
—Yo también tengo un hueco —dijo en voz baja—. Pero el mío es de mi madre.
—Lo sé.
Mariana alargó la mano por encima de la mesa. No la cogió. La dejó ahí, con la palma hacia arriba, ofrecida. Catalina dudó un instante. Después puso los dedos encima.
Fue solo eso. Los dedos de una sobre la palma de la otra. Pero a Catalina le subió un escalofrío desde la base de la columna hasta el bajo vientre, y ahí se quedó vibrando como si tuviera vida propia. Bajó la vista, asustada de que se le notara.
Mariana retiró la mano despacio, sin prisa, como si entendiera que cualquier movimiento brusco podía romper algo. Catalina extrañó el peso de esos dedos en cuanto se fueron. Era una sensación nueva, esa de extrañar lo que apenas había tenido.
***
Después del desayuno, Mariana le pidió que la ayudara a colgar la ropa de cama en el alambre del patio. La luz ya era amarilla, pesada de sol naciente. Catalina sacudió las sábanas y las prendió con las pinzas de madera. Mariana, a su lado, hacía lo mismo. Cada vez que se estiraba para alcanzar el alambre, el camisón se le subía un poco por las pantorrillas. Catalina intentaba no mirar. Miraba.
—¿Te ha hablado alguien alguna vez de cómo son estas cosas? —preguntó Mariana de pronto, sin dejar de tender.
—¿Qué cosas?
—Las cosas del cuerpo.
Catalina se quedó con una pinza en la mano.
—Mi madre me contó cómo nacen los niños. Y un poco… lo otro. Lo de los maridos.
—Lo de los maridos —repitió Mariana, con una sonrisa breve—. Sí. Eso te enseñan. ¿Y nada más?
—Nada más.
Mariana terminó de colgar la sábana y se volvió hacia ella. Tenía los brazos en jarras, el camisón pegado al cuerpo por el rocío, y la mirada serena.
—A veces hay otras cosas, Catalina. No tienen nombre, o tienen nombres feos que no te van a gustar. Pero existen.
—¿Qué cosas?
Mariana se acercó dos pasos. Catalina sintió el calor de su cuerpo antes de tenerla delante.
—Cosas como lo que sentiste esta mañana cuando me viste con el niño. Y como lo que sentí yo cuando me di cuenta de que me estabas mirando.
Catalina dejó caer la pinza. La pinza rebotó en la tierra.
—Yo no… —empezó.
—Está bien —dijo Mariana, muy bajo—. No tienes que explicarlo. Yo tampoco sé explicarlo todavía.
Las sábanas tendidas se hinchaban con el viento como velas, y a través de la tela blanca la silueta de Mariana se recortaba un instante y se borraba al siguiente. Catalina pensó que así era todo con ella: aparecía y desaparecía, presente y a la vez fuera de alcance.
Se quedaron así un momento, las dos sin moverse, el alambre cargado de sábanas restallando entre ellas con el viento. Catalina sentía la respiración de Mariana, el olor a leche y a hierbas de su piel, y un vértigo dulce que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Pensó, sin querer pensarlo, en lo que sería apoyar la frente en el cuello de esa mujer.
—Vuelve adentro —dijo Mariana—. Estás temblando.
—No es de frío.
—Lo sé.
***
Mariana entró detrás de ella. Cerró la puerta. La cabaña olía otra vez a brasas, a leche y a hierba seca. El bebé seguía dormido en su cesta. Catalina se quedó parada en medio de la habitación, sin saber qué hacer con las manos.
—Ven —dijo Mariana.
La hizo sentarse en el jergón, a su lado. Le quitó un mechón de pelo de la frente, despacio, como si tuviera miedo de romperla. Catalina cerró los ojos.
—No quiero que te asustes —dijo Mariana—. No vamos a hacer nada que tú no quieras.
—Yo no sé lo que quiero.
—Lo sabes. Por eso estás aquí sentada y no en la puerta.
Mariana le puso una mano en la mejilla. Catalina giró la cara apenas, lo suficiente para que la palma le rozara los labios. No fue un beso. Fue un movimiento mínimo, casi de animal joven. Mariana lo notó y le sonrió con los ojos.
—Mírame —dijo.
Catalina abrió los ojos. Mariana tenía la mirada limpia, ni urgente ni tímida. Se inclinó hacia ella. Le rozó los labios una vez, despacio. Catalina no respiró. Mariana esperó. Volvió a rozarla. Esta vez Catalina apartó los labios apenas, los entreabrió, y dejó que la boca de Mariana se le quedara puesta encima, dulce, sin prisa, sin pedirle nada que no pudiera dar todavía.
Cuando se separaron, Catalina tenía los ojos húmedos.
—¿Está bien? —preguntó Mariana.
—Está bien.
—Bueno.
Mariana la apoyó contra su hombro. Catalina sintió la pechera tibia del camisón, el olor a leche en la tela, el latido pausado debajo de la piel. No hicieron nada más. No hacía falta, todavía. Catalina pensó que esa era la palabra que faltaba: todavía. Era la palabra que abría todas las puertas y no obligaba a cruzar ninguna.
Mariana le acarició el pelo despacio, separándole los mechones uno a uno. El sol ya entraba franco por la ventana abierta. El bebé suspiró en sueños. La cabaña olía a pan tibio y a leche y a algo nuevo que Catalina no habría sabido nombrar, pero que reconocía con el cuerpo, como se reconoce un camino que nunca se ha andado y que, sin embargo, lleva a casa.
Afuera, los primeros pájaros empezaron a cantar.