El amanecer en la cabaña que cambió todo entre nosotras
La cabaña olía a hierbas secas y a la ceniza tibia que aún respiraba en el hogar. Afuera, la noche se replegaba despacio, dejando que un hilo de luz gris se colara entre las tablas de madera. Mariana no recordaba haberse dormido. Recordaba el rezo, el llanto del niño, la sensación de quedarse sola por primera vez con un cuerpo recién parido y un marido bajo tierra. Y ahora, sin saber cómo, era casi de día.
El bebé se removió en la cesta, junto al jergón. Era un sonido leve, apenas un quejido, pero Mariana lo sintió como si la llamaran por su nombre. Se incorporó con cuidado, todavía con la espalda dolorida, y se llevó al niño al pecho. Tenía los senos pesados, calientes, y bastó con que la boca diminuta encontrara el pezón para que la leche bajara con un cosquilleo que le subió hasta los hombros.
Mientras lo amamantaba, cerró los ojos. Pensó en su marido. Pensó en la última vez que él la había mirado, en la palabra que no llegó a decir. Y pensó en lo extraño de seguir teniendo cuerpo después de todo eso. Tenía el camisón abierto hasta la cintura, la tela vieja resbalándole del hombro, y el aire frío le acariciaba la piel humedecida por la leche. Algo más bajo que la ternura le subía por la entrepierna, un pulso caliente que se le apretaba entre los muslos y le humedecía el coño sin pedir permiso. No quiso ponerle nombre, pero apretó los muslos y sintió cómo la humedad se le escapaba entre los pliegues, pegajosa y espesa.
Del otro lado de la habitación, Catalina abrió los ojos.
Lo hizo sin moverse, como había aprendido de niña en casa ajena. Su madre había muerto hacía tres meses y nadie sabía aún qué hacer con ella. Mariana, viuda y sola con un recién nacido, había sido la única en ofrecerle un rincón. «Mientras encuentres dónde ir», le había dicho. Catalina llevaba dos semanas en la cabaña y todavía no terminaba de creérselo.
Lo que vio esa mañana le quitó el aliento.
Mariana estaba sentada al borde del jergón con el niño en el regazo. La luz gris la dibujaba a contraluz: el cabello suelto cayendo sobre un hombro, las tetas expuestas y llenas, cargadas de leche, con los pezones oscuros hinchados y goteando. La curva de la cintura que aún no había vuelto a su sitio. No era una imagen escandalosa. Era casi sagrada. Y, sin embargo, Catalina sintió que algo se le encendía en el centro del cuerpo, un calor concreto que bajaba sin permiso, un latido que se le clavaba en el coño y le apretaba los pezones contra la tela del camisón. Apretó las piernas bajo la manta y sintió su propia humedad pegajosa contra los muslos. Cerró los ojos. Los volvió a abrir.
Seguía ahí.
Sin darse cuenta, Catalina se llevó una mano por debajo de la manta, hasta el bajo vientre. Los dedos le temblaban. Se rozó apenas por encima del vello, y bastó ese roce mínimo para que se le escapara un jadeo que ahogó contra el jergón. Tenía el coño empapado, tanto que la mano le resbaló entre los pliegues sin esfuerzo. Se descubrió a sí misma acariciándose despacio, con la mirada clavada en los pechos húmedos de Mariana, apretando el clítoris hinchado entre dos dedos mientras el bebé mamaba con ruidos suaves. Se mordió el labio hasta hacerse daño para no gemir.
***
Cuando el niño se quedó dormido, Mariana lo devolvió a su cesta y se levantó. No se cubrió enseguida. Caminó hasta el cuenco de agua que estaba junto al fuego y se mojó la cara, la nuca, los brazos. El camisón le colgaba de un hombro, manchado en la pechera con dos círculos oscuros de leche. Catalina, todavía fingiendo dormir, la miraba por debajo de las pestañas con los dedos todavía metidos entre los muslos.
—Sé que estás despierta —dijo Mariana sin volverse—. Y sé lo que estás haciendo.
Catalina se incorporó de golpe, roja hasta las orejas, y sacó la mano de debajo de la manta como si se hubiera quemado. Los dedos le brillaban de humedad.
—Perdón. No quería…
—No tienes que pedir perdón. —Mariana se enderezó y por fin se subió el camisón. La voz le salía tranquila, casi divertida, aunque tenía los ojos enrojecidos por la falta de sueño—. Anoche te oí llorar. ¿Soñaste con tu madre?
Catalina asintió. No confiaba en su voz.
—Yo también soñé. —Mariana se acercó al hogar y avivó las brasas con un palo—. Con él. Casi siempre sueño con él. ¿Tienes hambre?
—Sí.
—Pon agua, entonces.
Trabajaron en silencio. Catalina llenó la olla. Mariana cortó el pan duro en lonjas finas y desmenuzó un poco de queso seco. Cada vez que se cruzaban, Catalina sentía el roce mínimo de la bata de Mariana contra su brazo, el bulto pesado de una teta contra su hombro, y cada vez le subía el calor a la cara como si la hubieran sorprendido en una falta. La cabaña era pequeña. No había manera de no rozarse. Tenía el coño palpitando debajo del camisón, hinchado y mojado, y cada paso le arrancaba un escalofrío.
***
Se sentaron a la mesa rústica una frente a la otra. Catalina sostenía el cuenco con las dos manos para que no le temblaran. Mariana removía la leche tibia despacio, con la mirada fija en algún punto del tablero.
—¿Cómo era él? —preguntó Catalina, sin pensarlo.
Mariana levantó la vista. No pareció ofenderse.
—Era… amable. Más amable de lo que parecía. Lo conocí en el mercado de Villarreal, vendiendo lana. Tenía las manos grandes y siempre frías, incluso en agosto. La primera vez que me tocó la muñeca pensé que se había quemado, porque dio un respingo. Era el frío de sus dedos contra mi piel.
Sonrió un instante, una sonrisa pequeña y un poco hacia adentro.
—Me ofreció un manojo de ruda envuelto en un trapo. No me dijo nada. Me lo dejó en la mano y se fue. Tres días después volvió a buscarme. Y esa misma noche me metió la polla hasta el fondo contra la pared del granero, sin decirme una palabra, con la mano tapándome la boca para que su padre no oyera. Nunca me había corrido antes. Esa noche me corrí tres veces, la última con su verga metida hasta la garganta.
—¿Y tú lo esperabas?
—Lo esperaba. Y lo seguí esperando cada noche durante seis años. Se me metía en la cama con la polla ya dura, sin decir nada, y me la clavaba por detrás mientras yo fingía seguir dormida. Al final gemía como una perra y él me tapaba la boca con la mano llena de olor a lana.
Catalina sintió un nudo en la garganta y otro más abajo, mucho más abajo. Pensó que era envidia. No lo era exactamente. Era el coño apretándosele con cada palabra que Mariana le soltaba encima de la mesa.
—¿Te dolió mucho? —preguntó—. Lo último, digo.
Mariana tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz se había ablandado.
—Me dolió como me dolería ahora si me arrancaran un brazo. Pero ya no me duele así. Ahora es otra cosa. Es un hueco que está, sin más. Hay días en que ni siquiera lo siento, y eso es lo peor. Y hay noches, Catalina, en que me despierto con el coño mojado buscándolo, y no está, y me toco sola hasta que me duelen los dedos, y sigue sin estar.
Una gota le resbaló por la mejilla. Otra se le había escapado del pecho, atravesando la tela, y le brillaba en el camisón. Catalina miró las dos. La de la mejilla y la gota espesa de leche que le colgaba del pezón hinchado. No sabía cuál de las dos la conmovía más. Sin pensarlo, se pasó la lengua por los labios.
—Yo también tengo un hueco —dijo en voz baja—. Pero el mío es de mi madre.
—Lo sé.
Mariana alargó la mano por encima de la mesa. No la cogió. La dejó ahí, con la palma hacia arriba, ofrecida. Catalina dudó un instante. Después puso los dedos encima.
Fue solo eso. Los dedos de una sobre la palma de la otra. Pero a Catalina le subió un escalofrío desde la base de la columna hasta el bajo vientre, y ahí se quedó vibrando como si tuviera vida propia. Sintió cómo se le apretaban los pezones, cómo se le humedecía el coño otra vez, empapando el camisón. Bajó la vista, asustada de que se le notara.
Mariana retiró la mano despacio, sin prisa, como si entendiera que cualquier movimiento brusco podía romper algo. Catalina extrañó el peso de esos dedos en cuanto se fueron. Era una sensación nueva, esa de extrañar lo que apenas había tenido.
***
Después del desayuno, Mariana le pidió que la ayudara a colgar la ropa de cama en el alambre del patio. La luz ya era amarilla, pesada de sol naciente. Catalina sacudió las sábanas y las prendió con las pinzas de madera. Mariana, a su lado, hacía lo mismo. Cada vez que se estiraba para alcanzar el alambre, el camisón se le subía un poco por las pantorrillas, dejándole ver la cara interna del muslo blanco, y Catalina alcanzaba a adivinar la sombra del vello oscuro entre las piernas. Catalina intentaba no mirar. Miraba.
—¿Te ha hablado alguien alguna vez de cómo son estas cosas? —preguntó Mariana de pronto, sin dejar de tender.
—¿Qué cosas?
—Las cosas del cuerpo.
Catalina se quedó con una pinza en la mano.
—Mi madre me contó cómo nacen los niños. Y un poco… lo otro. Lo de los maridos.
—Lo de los maridos —repitió Mariana, con una sonrisa breve—. Sí. Eso te enseñan. Que abras las piernas, que aguantes, que le des un hijo. ¿Y nada más?
—Nada más.
—¿Nadie te enseñó a tocarte? ¿A saber dónde tienes que ponerte los dedos para correrte?
Catalina se puso roja hasta la raíz del pelo.
—No hablamos de esas cosas.
—Pero te tocas.
Catalina bajó la mirada. Asintió apenas.
—¿Y te vienes?
—A veces. No sé si es eso.
Mariana terminó de colgar la sábana y se volvió hacia ella. Tenía los brazos en jarras, el camisón pegado al cuerpo por el rocío marcándole las tetas hinchadas y los pezones oscuros, y la mirada serena.
—A veces hay otras cosas, Catalina. No tienen nombre, o tienen nombres feos que no te van a gustar. Pero existen.
—¿Qué cosas?
Mariana se acercó dos pasos. Catalina sintió el calor de su cuerpo antes de tenerla delante.
—Cosas como lo que sentiste esta mañana cuando me viste con el niño. Cuando te metiste la mano entre las piernas mirándome los pechos. Y como lo que sentí yo cuando me di cuenta de que me estabas mirando, y me apreté los muslos con el niño en el regazo porque también estaba mojada.
Catalina dejó caer la pinza. La pinza rebotó en la tierra.
—Yo no… —empezó.
—Está bien —dijo Mariana, muy bajo—. No tienes que explicarlo. Yo también quiero. Quiero meterte la lengua en la boca, y en el coño. Quiero que me chupes las tetas hasta sacarme la leche. Quiero enseñarte todo lo que nadie te enseñó.
Las sábanas tendidas se hinchaban con el viento como velas, y a través de la tela blanca la silueta de Mariana se recortaba un instante y se borraba al siguiente. Catalina pensó que así era todo con ella: aparecía y desaparecía, presente y a la vez fuera de alcance.
Se quedaron así un momento, las dos sin moverse, el alambre cargado de sábanas restallando entre ellas con el viento. Catalina sentía la respiración de Mariana, el olor a leche y a hierbas de su piel, y un vértigo dulce que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Tenía el coño empapado, latiendo con tanta fuerza que sentía cada pulsación como un golpe entre las piernas.
—Vuelve adentro —dijo Mariana—. Estás temblando.
—No es de frío.
—Lo sé. Estás mojada. Se te nota en los ojos.
***
Mariana entró detrás de ella. Cerró la puerta. Echó el pestillo. La cabaña olía otra vez a brasas, a leche y a hierba seca. El bebé seguía dormido en su cesta. Catalina se quedó parada en medio de la habitación, sin saber qué hacer con las manos.
—Ven —dijo Mariana.
La hizo sentarse en el jergón, a su lado. Le quitó un mechón de pelo de la frente, despacio, como si tuviera miedo de romperla. Catalina cerró los ojos.
—No quiero que te asustes —dijo Mariana—. Pero tampoco voy a mentirte. Quiero follarte, Catalina. Quiero comerte el coño hasta que grites. Solo si tú quieres.
—Yo no sé lo que quiero.
—Lo sabes. Por eso estás aquí sentada y no en la puerta. Y por eso tienes las bragas empapadas debajo del camisón. ¿Me equivoco?
Catalina negó con la cabeza. La palabra no le salía.
Mariana le puso una mano en la mejilla. Catalina giró la cara apenas, lo suficiente para que la palma le rozara los labios. No fue un beso. Fue un movimiento mínimo, casi de animal joven. Mariana lo notó y le sonrió con los ojos. Le pasó el pulgar por el labio inferior y se lo abrió despacio. Catalina, sin pensarlo, sacó la lengua y le lamió la yema.
—Mírame —dijo Mariana, con la voz ya más ronca.
Catalina abrió los ojos. Mariana tenía la mirada limpia, ni urgente ni tímida. Se inclinó hacia ella. Le rozó los labios una vez, despacio. Catalina no respiró. Mariana esperó. Volvió a rozarla. Esta vez Catalina apartó los labios apenas, los entreabrió, y dejó que la boca de Mariana se le quedara puesta encima. Mariana le metió la lengua despacio, buscándole la suya, y Catalina gimió por primera vez, un gemido bajo que le nació en la garganta y le tembló contra los dientes de Mariana.
Mariana la besó a fondo, chupándole la lengua, mordiéndole el labio inferior, apretándose contra ella hasta empujarla de espaldas contra el jergón. Se le montó encima, con una pierna metida entre los muslos de Catalina, y le apretó la cadera contra el coño. Catalina sintió el hueso de la pelvis de Mariana clavársele exactamente donde palpitaba, y se le escapó otro gemido más largo.
—Sssh —susurró Mariana contra su boca—. El niño.
Le bajó el camisón por los hombros. Catalina no llevaba nada debajo. Los pechos pequeños, blancos, con los pezones rosados y ya erguidos, quedaron expuestos, y Mariana se agachó y le lamió uno despacio, dando vueltas con la lengua alrededor del pezón antes de metérselo entero en la boca y chuparlo con fuerza. Catalina arqueó la espalda. La mano de Mariana le buscó el otro pecho y le apretó el pezón entre el pulgar y el índice, torciéndoselo suavemente.
—Ay, Dios —jadeó Catalina.
—Dios no está mirando —dijo Mariana con una sonrisa contra su pecho—. Solo yo.
Le subió el camisón hasta la cintura. Catalina abrió las piernas por instinto. Mariana le pasó la mano abierta por el vientre, despacio, hasta el vello, y bajó los dedos hasta el coño. Cuando lo tocó, encontró tanta humedad que se le escurrió por los nudillos.
—Estás empapada —murmuró—. Toda la mañana así, ¿verdad?
—Sí. Desde que te vi con él en el pecho.
Mariana le pasó el dedo del medio por los labios del coño, arriba y abajo, sin meterlo todavía. Catalina levantó las caderas buscándolo. Mariana le encontró el clítoris hinchado y lo apretó con la yema, dando vueltas lentas.
—Aquí —le dijo, con la boca pegada a la oreja—. Aquí es donde nadie te enseñó. Aquí es donde tienes que ponerte los dedos.
Catalina gemía bajo, mordiéndose la mano para no despertar al bebé. Mariana le metió el dedo del medio despacio, hasta el fondo, y Catalina sintió cómo el coño se le apretaba alrededor sin poder evitarlo. Mariana le metió otro dedo. Empezó a moverlos dentro, curvándolos hacia arriba, buscando un punto que Catalina no sabía que tenía.
—Ahí… ahí, no pares… —jadeó Catalina, con los ojos cerrados.
—No voy a parar.
Mariana se movió por el jergón, se acomodó entre sus piernas, y le abrió los muslos del todo. Catalina abrió los ojos justo a tiempo para verla bajar la cara hasta su coño. Sintió la primera lamida como un latigazo caliente que le atravesó toda la columna. Mariana le pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, se detuvo en el clítoris y empezó a chupárselo despacio, mientras seguía metiéndole los dedos.
Catalina se agarró de las sábanas con las dos manos. Nunca había sentido nada así. Su madre nunca le había dicho que existía esto. Nadie se lo había dicho. La lengua de Mariana era caliente, insistente, y sabía exactamente dónde apretar y dónde soltar. Catalina sintió cómo se le tensaban los muslos alrededor de la cabeza de Mariana, cómo se le arqueaba la espalda sola, cómo un temblor se le juntaba en el bajo vientre y crecía y crecía sin poder frenarlo.
—Me… me voy a… —balbuceó.
—Vente —dijo Mariana, apartando la boca un segundo—. Vente en mi boca.
Volvió a bajar la cara y le chupó el clítoris con más fuerza, metiéndole tres dedos ahora, y Catalina se corrió con un gemido ahogado contra el brazo, con las piernas temblando alrededor de la cabeza de Mariana, con el coño apretándose en espasmos alrededor de los dedos. Le duró mucho. Mucho más de lo que le había durado nunca sola. Cuando por fin bajó, estaba sudada, jadeando, con los ojos llenos de lágrimas.
Mariana subió otra vez a besarla. Catalina se probó a sí misma en la boca de la otra mujer, y le pareció lo más natural del mundo.
—Ahora yo —susurró Mariana—. Ven aquí.
Se sentó contra la pared del jergón, con las piernas abiertas, y se subió el camisón hasta la cintura. Tenía el coño oscuro, hinchado, con el vello espeso y ya brillante de humedad. Se apretó una teta con la mano y un chorro fino de leche le brotó del pezón.
—Aquí primero —le dijo—. Chúpame. Como el niño. Más fuerte.
Catalina se le arrodilló al lado y se metió el pezón hinchado en la boca. La leche tibia le llenó la boca al primer chupón, dulce, densa, y Catalina cerró los ojos y tragó. Mariana le puso la mano en la nuca y la apretó contra el pecho.
—Así… más fuerte… ay, así.
Mientras Catalina le mamaba una teta, Mariana se buscó el coño con la mano libre y empezó a tocarse. Catalina lo notó, apartó la boca un momento, y le apartó la mano.
—Deja. Yo.
Bajó por el vientre de Mariana besándola, lamiéndole el ombligo, hasta llegar al coño hinchado. Nunca lo había hecho. No sabía cómo. Pero le pasó la lengua entera, como se la había hecho Mariana, y sintió el sabor salado y espeso, y a Mariana temblarle bajo la boca. Le buscó el clítoris con la punta de la lengua. Lo encontró. Empezó a chuparlo despacio, aprendiendo, mirando hacia arriba para ver la cara de Mariana.
—Ay, Catalina… así, mi vida… con dos dedos… métemelos…
Catalina le metió dos dedos. El coño de Mariana estaba ardiendo, tan mojado que los dedos le entraron hasta el fondo sin resistencia. Empezó a moverlos como Mariana se los había movido a ella, curvándolos hacia arriba, mientras seguía chupándole el clítoris. Mariana se agarraba de las sábanas, gemía en voz baja mordiéndose el brazo, y le apretaba la cabeza contra el coño con la otra mano.
—No pares… no pares, no pares…
Catalina no paró. Le chupó más fuerte, le metió los dedos hasta el fondo, y Mariana se corrió con un temblor largo que le sacudió todo el cuerpo, apretando el coño alrededor de los dedos de Catalina como una boca hambrienta. Le brotó otro chorro de leche del pezón derecho, resbalándole por la teta hasta el vientre.
Se quedaron así un rato largo, Catalina con la cara apoyada en el muslo interno de Mariana, todavía con los dedos dentro, sintiendo cómo el coño le seguía palpitando en pequeños espasmos. Mariana le acariciaba el pelo, despacio, respirando hondo.
—¿Está bien? —preguntó Mariana, con la voz rota.
—Está bien.
—Bueno.
Mariana la tiró suavemente hacia arriba y la apoyó contra su hombro. Catalina sintió la pechera tibia del camisón mojada de leche, el olor a coño y a leche en la tela, el latido pausado debajo de la piel. Se quedaron enredadas, con las piernas entrelazadas, la humedad de las dos mezclándose en el jergón. Catalina pensó que esa era la palabra que faltaba: todavía. Todavía quedaba mucho por hacer. Todavía tenían el día entero.
Mariana le acarició el pelo despacio, separándole los mechones uno a uno. El sol ya entraba franco por la ventana abierta. El bebé suspiró en sueños. La cabaña olía a pan tibio y a leche y a coño y a algo nuevo que Catalina no habría sabido nombrar, pero que reconocía con el cuerpo, como se reconoce un camino que nunca se ha andado y que, sin embargo, lleva a casa.
Afuera, los primeros pájaros empezaron a cantar.