Lo que mi vecina me propuso esa tarde lo cambió todo
Me llamo Mateo y voy a contar algo que nunca le he dicho a nadie. Acababa de cumplir veintidós años y, por absurdo que suene a esa edad, todavía no me había estrenado con nadie. Me masturbaba a diario, a veces varias veces, y cada día tenía más ganas de probar lo que era el sexo de verdad. Con otra persona, quiero decir. No conmigo mismo.
Internet no ayudaba a calmar nada. Al contrario. Sabía que existían relatos, vídeos y fotos de cualquier cosa que se me ocurriera, y cuanto más miraba, más crecía la sensación de que el resto del mundo vivía algo que a mí se me escapaba. Me sentía como quien observa una fiesta desde la ventana de enfrente.
Lo curioso es que con el tiempo dejó de importarme tanto si el otro cuerpo era de una chica o de un chico. Los vídeos que veía eran de todo tipo, y poco a poco empecé a fijarme también en los hombres. En la piscina, en la cola del bar, en la espalda de alguien que se inclinaba a recoger algo. No lo entendía del todo, pero no me molestaba sentirlo. Solo que, hasta esa tarde, todo había sido pura imaginación.
La que lo cambió todo fue Lorena, mi vecina de enfrente. Vivíamos en el mismo rellano desde hacía años. Era unos quince años mayor que yo, guapísima, con una cara de niña buena que contrastaba con la seguridad con la que se movía por el mundo. Conducía un coche que valía más que el sueldo anual de mi padre, y nunca le vi entrar a trabajar a ninguna oficina.
Yo sabía, más o menos, a qué se dedicaba. En el edificio se hablaba en voz baja. Pero a mí me daba igual; me parecía la mujer más fascinante que había conocido nunca.
***
Esa tarde llamó a mi puerta y me invitó a tomar un café en su piso. Subí pensando que era una cosa de vecinos, una charla cualquiera. Una vez sentados en su sofá, relajados, fue directa al asunto. Lorena no se andaba con rodeos.
—Mateo, eres una monada —me dijo, removiendo el café—. Hay mucha gente que pagaría muy bien por estar contigo. Y otros tantos pagarían por dejarse hacer.
Casi me atraganto.
—¿Pero qué dices? Si no tengo ninguna experiencia. Nunca he hecho nada con nadie.
—Qué modesto —se rió—. Eso es justo lo que te hace valioso. Y no me vengas con timideces, que sé cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta. ¿Todavía guardas el body que se me «cayó» al patio el verano pasado?
Me puse rojo hasta las orejas. Lo guardaba, claro que lo guardaba.
—¿Se te cayó a propósito? —pregunté, sin atreverme a mirarla.
—Pues claro, cielo. Una no pierde su ropa por descuido. Me pareció que te vendría bien. —Dejó la taza sobre la mesa—. ¿Qué me dices de la propuesta?
No estaba diciendo que no. Eso era lo que más me asustaba de mí mismo.
—¿Y crees que también habría mujeres? —pregunté.
—A veces. Y si aprendes a moverte, podríamos montar algún número juntos. Hay muchas opciones. —Se acercó un poco más—. No conozco a nadie con quien me apeteciera tanto enseñar todo esto.
***
Lorena trabajaba sola, sin clubes ni intermediarios. Conseguía a sus clientes por una página propia y por el móvil, y según me contó, estaba buscando gente de confianza para ampliar el negocio. Quería montar algo más grande, ser ella quien organizara. Y había pensado en mí, supongo que porque me tenía a un metro de su puerta y nos conocíamos de toda la vida.
Me tendió un teléfono nuevo, todavía con el plástico puesto.
—Esto es para el trabajo. Algunos clientes de mente abierta ya están guardados. Gente seria, discreta, muy morbosa. Ya los irás conociendo poco a poco.
—¿Y son todos hombres? —pregunté, con la garganta seca.
—Hay alguna mujer también. Con alguna quizá tengas que echarle imaginación para mantener el tipo —dijo, mirándome de reojo.
—Ahora mismo no creo que eso vaya a ser un problema.
Se rió, encantada con la respuesta.
—Antes vamos a hacer unas compras —añadió—. Los vaqueros están bien para según qué, pero necesitas algo mejor. Por fuera y por dentro.
Esa misma tarde salimos. Todavía no nos habíamos tocado más allá de un roce. Me llevó de tiendas y me compró ropa mucho más ajustada de la que yo usaba, camisetas que marcaban cada línea del cuerpo, pantalones que se ceñían. Y ropa interior: tangas, suspensorios, cosas que yo ni sabía cómo se ponían.
—Esto te queda perfecto —dijo desde fuera del probador—. Enséñame la ropa interior.
—¿Tú crees? Si esto parece solo un par de tiras de tela. Ni sé ponérmelo.
—La práctica hace al maestro. Pero tranquilo, que la primera vez te lo pongo yo. Y te lo quito también.
Me quedé sin respuesta. Dentro del probador, con ella mirándome a través de la cortina entreabierta, ya estaba duro y apenas había tela que lo disimulara. Ella solo miraba, y eso me ponía más que cualquier otra cosa.
***
Acabamos en un piso que tenía alquilado solo para trabajar, en otro edificio. La decoración era pura provocación: desnudos en las paredes, luces tenues, todo pensado para encender al que entrara. Me dio un juego de llaves.
—Aquí es donde trabajo. Esto es tuyo, para cuando traigas a algún cliente. Puedes usar ese dormitorio.
Me sirvió una copa y, sentados otra vez en un sofá, buscó mi boca. Al principio me resistí un poco, más por nervios que por otra cosa. No duró nada. Llevaba toda la tarde cachondo, desde los probadores, y en cuanto sus labios tocaron los míos me dejé llevar.
—Vamos a divertirnos —murmuró contra mi boca—. Déjate llevar, cielo.
Abrí los labios y dejé entrar su lengua. La mía, torpe, respondió como pudo. Sus manos empezaron a recorrerme, primero por encima de la camiseta, después colándose por debajo hasta sacármela de los pantalones. Me acariciaba el vientre y el pecho despacio, sin prisa, manteniéndome al borde sin darme tregua.
—¡Joder, qué nervioso estoy! —solté.
—Así es como tienes que poner a la gente —me dijo al oído—. Tienes que disfrutarlo de verdad. Eso no se finge.
Bajó la cabeza besándome el cuello, los hombros, el pecho. Me lamió desde el costado hasta la clavícula y siguió bajando por el estómago. Abrió mis pantalones y, aunque sabía lo que iba a encontrar, se sorprendió de lo duro que estaba. Un segundo después, su boca me envolvió por completo.
Jamás me habían hecho algo así. Ninguna lengua había estado nunca ahí, y en cuanto rozó la zona más sensible noté que no iba a aguantar nada. Apenas pude avisar antes de correrme. Ella no se apartó.
—Ahora bésame —dijo, subiendo hasta mi cara.
Me besó sin tragar del todo, compartiendo conmigo un sabor que yo no había probado nunca. Lo acepté, atónito de lo lejos que había llegado en apenas unos minutos. Estaba cumpliendo, de golpe, casi todo lo que había imaginado durante años a solas.
***
Ninguna otra mujer habría hecho lo que ella hacía conmigo, ni me habría dejado disfrutar de la manera en que pensaba disfrutar. Lorena sabía que yo no había estado con nadie y, con una paciencia que no me esperaba, terminó de desnudarme.
Después se desnudó ella. Por fin la vi entera, y admito que me quedé sin aire. Quería probarla de todas las formas posibles, con los dedos, con la boca, con todo. Ella tampoco se quedaba quieta: jugaba con las yemas en lugares donde nadie me había tocado, tratándome a la vez con dulzura y con autoridad, como a alguien al que mima pero al que también manda.
Conseguí por fin llevar la mano hasta ella. La acaricié despacio, primero con miedo y luego con ganas. Estando yo sentado y ella de pie, acerqué la boca a su cuerpo y empecé a explorarla con la lengua. Era mi primera vez, pero algo había aprendido mirando, y ella me guiaba con palabras.
—Más despacio, cariño. Así. Lo haces bien —jadeaba—. Vas a conseguir que me corra. Ahí, justo ahí. Nada mal para ser novato.
No me lo podía creer. Le había arrancado un orgasmo a una mujer con su experiencia, y eso me dio una seguridad que no había sentido en mi vida.
Buscó algo en un cajón. Sacó un juguete, nada exagerado, de un color morado nada realista, pensado más para iniciar que para asustar. Lo dejó cerca, a mano.
—Ahora ponte de rodillas en el sofá —me dijo—. Te toca aprender otra cosa.
Obedecí, mirando hacia el respaldo, ofreciéndome con una mezcla de vergüenza y excitación que no sabía que cabía en un mismo cuerpo. Ella se colocó detrás, primero con la lengua, después con un dedo, con mucho lubricante, despacio, sin forzar nada. Estaba otra vez a punto de explotar.
—Sin miedo —le pedí—. Que esto ya lo he probado yo solo en la ducha. Me tienes a mil.
—Me has salido una joyita —se rió—. Así me gusta, que lo disfrutes. Si tú lo pasas bien, el otro lo nota. Eso es lo que de verdad se paga.
Pasó del dedo al juguete poco a poco, con cuidado, leyendo cada reacción de mi cuerpo. Me sostuvo de la cadera y se tomó su tiempo, besándome los hombros y la nuca, acariciándome el pecho con la mano libre. Yo gemía sin reconocerme. Me estaba gustando mucho más de lo que jamás habría admitido en voz alta.
Creo que tuve algo parecido a un orgasmo solo de aquello. Le encantaba el papel, y a mí me sorprendía cuánto me gustaba dejarme llevar. Aun así, en el fondo, no dejaba de pensar que lo que de verdad quería probar algún día era a una persona, no un objeto. Pero para empezar, aquello era perfecto.
***
Más tarde me llevó al baño. Llenó la bañera y me metió dentro como si fuera un ritual. Me lavó entera, me enjabonó con una calma que tenía algo de cuidado y algo de ceremonia. Luego cogió una maquinilla y me rasuró con paciencia las zonas que ella consideraba que debía llevar limpias para el trabajo.
—Más adelante haremos algo más definitivo —dijo—. Pero por hoy con esto vale. Te queda una piel mucho más suave, ¿lo notas?
Lo notaba. Y, con tanto roce y tanta mano encima, volví a empalmarme dentro del agua. A ella se le iluminó la cara.
—Bueno, ahora me toca a mí —dijo, lamiéndose el labio—. Quiero comprobar de qué eres capaz.
Se colocó sobre mí en la bañera y, despacio, fue dejándose llevar por su propio ritmo. Yo apenas tenía que hacer nada; ella se sostenía, ella mandaba, ella marcaba el compás. Me dejé sentir cada segundo, sabiendo que estaba viviendo el mejor momento de mi vida hasta entonces.
—Tú mira y aprende —jadeó—. Esto vas a tener que hacerlo tú muy pronto.
Toda mi conciencia se había concentrado en un solo punto del cuerpo. Gemía ella, gemía yo, y cuando llegó el final me corrí con una intensidad que no creía posible. Lorena se dejó caer sobre mi pecho y nos quedamos abrazados en el agua tibia, sin ganas de separarnos.
Estuvimos un buen rato más entre caricias y besos lentos, recorriéndonos la piel sin prisa, devolviéndonos el favor centímetro a centímetro.
—Creo que acepto —dije por fin—. Si me vas a enseñar tú, acepto.
Y no lo dije solo por el dinero, aunque el dinero también importaba. Lo dije por lo que acababa de descubrir de mí mismo. Por todo lo que había sentido esa tarde y por todo lo que, a partir de ese momento, pensaba seguir sintiendo. Esa fue mi primera vez, y aún hoy sigo sin saber qué me cambió más: lo que hice, o lo que descubrí que quería hacer.