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Relatos Ardientes

Le di mi primera vez en el lugar más inesperado

Aquel primer trago fuerte me agarró desprevenida. Habíamos salido con Lorena a un bar del pueblo, decididas a probar el ron que nunca antes nos habían vendido. Una botella entre dos, demasiado frío en la calle y la cabeza llena de pendientes del colegio: el examen de química, la tarea que nadie quería prestarnos, los planes para la graduación. A los pocos sorbos empecé a sentir que las paredes se inclinaban a su antojo y que el rock que sonaba al fondo se mezclaba con las risas histéricas de mi amiga.

—Mírate, te estás riendo sola —me decía Lorena—. Y aquel man de allá se está riendo de ti.

A mí no me importaba. Por primera vez en la vida sentía que nada me importaba, y eso era lo más liberador del mundo. Mis ojos buscaron, entre el vaivén borroso de cuerpos, al supuesto cuerdo que se reía de mi locura. Lo encontré apoyado en la barra: piel blanca, pelo rubio, dos ojos verdes que parecían pintados con témpera. Se acercó.

—¿Cómo te llamas?

—Camila —respondí, y la palabra me salió alargada, casi cantada.

—Mateo. Mucho gusto.

Me extendió la mano como si estuviéramos en una reunión de la alcaldía. Algo en ese gesto formal, completamente fuera de lugar a esa hora y en ese bar, me dio más risa todavía. Le solté la mano y seguí riéndome sola, como si él fuera el chiste y no yo. Mateo no se ofendió. Se quedó parado mirándome con una sonrisa torcida, observando el circo que armaba. Después no recuerdo mucho más: Lorena medio cargándome hasta mi casa, las dos quedándonos dormidas en la cama con la ropa puesta y, al día siguiente, ni el examen ni la tarea.

***

Ese año salí del capullo. Antes pasaba inadvertida en los pasillos del colegio; de pronto, las miradas se quedaban un segundo más en mí. Los pretendientes empezaron a aparecer como por contagio. Andrés era el caballero, formal, distante, demasiado correcto para ser real. Felipe, coqueto, gracioso, con cara de niño consentido. Joaquín, romántico hasta el ridículo: cartas, flores, peluches que me dejaba en la portería. Hugo, alegre y trabajador, pero con la cabeza siempre puesta en otras cosas. No sabía a cuál elegir, y la verdad es que ninguno me sacaba un suspiro real.

Mientras tanto, escuchaba a mis compañeras contar sus aventuras del fin de semana. Cada lunes era un manual de posiciones, de moteles baratos, de cómo se sentía aquello que yo aún no había probado. Yo asentía como una alumna aplicada, tomaba nota mental y luego salía con uno de mis pretendientes a ver si me pasaba algo parecido. No me pasaba nada.

Salí con Felipe varias veces. Era el más atrevido del grupo. Cuando me iba a despedir en la acera de mi casa, ya con mi mamá apagando luces adentro, se las arreglaba para apretarme contra la pared del porche. Me lamía la oreja en círculos lentos, después el mentón, después se llevaba mi mentón a la boca y lo succionaba como si quisiera tragárselo. Me abría las piernas con la rodilla y se frotaba con mi vagina por encima del jean, hasta que sentía la tela de la braga metida en medio. Me metía el pulgar en la boca y me hacía que se lo chupara mientras él me miraba con los ojos entrecerrados.

—Me gustas demasiado —me decía con la voz quebrada.

Yo sonreía y no contestaba. Disfrutaba ver su cara cuando, justo cuando creía que iba a ganar, me lo quitaba de encima. En las escalas, en el callejón de atrás, en la moto, donde fuera, llegaba siempre a la misma frontera y ahí lo dejaba. Felipe se mordía los labios y se iba puteando bajito. No estaba acostumbrado a que ninguna se le resistiera; eso lo sabía yo y por eso seguía haciéndolo. Hasta que un día se cansó y dejó de buscarme. Sentí algo parecido a la victoria.

***

Una tarde pasé por el parque a comprar algo en la tienda y casi me lo tropiezo. Mateo. Los ojos verdes igual de irreales que la noche del bar.

—Monita, ¿te acuerdas de mí?

—Sí, claro que sí.

Me contó que era el concejal más joven del pueblo, que su familia tenía la finca a la salida y que él iba y venía entre el pueblo y la ciudad casi todas las semanas. Me invitó a salir. Acepté por pura educación, porque me daba pereza decirle que no me daba mucha curiosidad. Me había parecido un tipo altanero, lleno de sí mismo, demasiado consciente de que era guapo.

Después de eso, cada que estaba en el pueblo me escribía. Que si nos veíamos un café. Que si pasaba un momento a saludar a mi mamá. Que si me asomaba a la puerta antes de que se fuera para la ciudad. Yo siempre le sacaba una excusa: tenía estudio, tenía visita, tenía gripe. Cuando no me quedaba otra y salía a la puerta, hablábamos diez minutos y todo lo que decía me sonaba a campaña política. Yo asentía con la sonrisa más tibia del catálogo y rezaba para que se fuera pronto.

***

Los fines de semana yo seguía saliendo con Lorena a la única discoteca del pueblo. Casi siempre estaba él, mirándome desde lejos. Una noche en particular me agarró sin defensa. Me había peleado con Joaquín ese mismo día, estaba aburrida del baile y Mateo me trajo un trago sin pedirlo. Lo acepté. Después acepté otro. Después acepté un beso, no sé si por consuelo o por hartazgo.

A las doce y media cerraron y salimos juntos. La casa de Mateo quedaba al fondo de un parqueadero descubierto, dos cuadras más allá de la mía. En lugar de llevarme a la mía, me llevó al parqueadero. Me recostó contra la pared de bloque sin pulir y se pegó a mi cuerpo con todo el peso.

—Me tienes loco, Camila. Hagamos el amor.

—¿Acá? Estás mal.

—Acá. Nadie nos ve.

—Jamás —le dije, ya con la cabeza más fría, dándome cuenta de dónde estaba y con quién—. Llévame a mi casa.

Me llevó. Quedaba a dos cuadras. En el camino no hablamos. Cuando llegué a mi cuarto, me toqué la boca y sentí un dolor sordo. Me asomé al espejo: tenía un moretón rojo, casi morado, en el labio inferior. Mi mamá me esperaba en la cocina, las manos cruzadas sobre la mesa.

—¿Con quién estabas?

—Con Lorena.

—¿Y a Lorena se le da por morderte la boca?

Le solté la primera mentira que se me ocurrió: que me había picado algo. Mi mamá no dijo nada, pero esa noche se acostó tarde. Al otro día le contaron en la panadería que me habían visto saliendo del bar con el hijo del concejal, y ahí sí me cayó la retahíla. Desde entonces le tomé pereza a Mateo. Era un descarado: me había hecho un moretón, había querido quitarme la virginidad contra una pared sucia y, encima, me había puesto en evidencia frente a mi mamá.

***

Meses después me gradué y me fui a estudiar a la ciudad. La distancia hizo lo suyo. Cuando volvía al pueblo los fines de semana largos, escuchaba a mis amigas hablar de amores, de despechos, de embarazos que se habían salvado por días. Yo seguía siendo la rara: la que escuchaba, asentía y no contaba nada.

Un sábado, en el café de la plaza, me topé con Mateo de nuevo. Me saludó sin la mirada de antes. Algo en él había cambiado: traía la barba más corta, los ojos menos hambrientos. Me invitó a tomar algo en son de amistad y, por curiosidad más que por ganas, le dije que sí.

Esa primera conversación me sorprendió. Hablamos de música, de los grupos que escuchábamos en la cuesta de bajada hacia la finca. Hablamos de fútbol. Hablamos de caballos: él tenía dos en la finca de su papá y se le iluminaba la cara cuando hablaba de ellos. Hablamos del programa de donaciones a las veredas que estaba armando con el concejo. El altanero de antes parecía un personaje de otra película.

A partir de ahí nos volvimos amigos. Salíamos a cabalgatas los domingos. Lo acompañaba a llevar mercados a las veredas más altas, a los partidos de fútbol los sábados por la tarde. Cuando coincidía que él volvía a la ciudad un domingo en la noche, viajábamos juntos en su carro. Hablábamos durante las dos horas del trayecto sin que se nos acabara el tema.

Empezó a celarme. No mucho, lo justo para que yo notara que le incomodaba que algún compañero de la universidad me pasara a recoger. Y a mí, en lugar de molestarme, me gustaba. Era la primera vez que le veía a alguien una reacción genuina por mí.

Cuando pensaba en él me daba algo en el estómago, un tirón pequeño y ridículo. Cuando lo veía aparecer en la discoteca del pueblo, los ojos se me iban solos hacia la puerta. Pero el orgullo me podía. Después de todo el desprecio que le hice, no voy a ser yo la que dé el primer paso. Si algo va a pasar, que pase por su cuenta.

***

Un viernes acordamos vernos en el cumpleaños de un amigo común. Esa misma tarde se me cayó el teléfono al lavadero y se murió. No podía confirmarle. Igual fui con Lorena. Llegamos tarde, cuando la fiesta ya estaba a media máquina, y me quedé en la puerta un rato fingiendo que buscaba a alguien cuando en realidad lo estaba buscando a él.

Apareció. Cruzó la sala con los ojos verdes encendidos y, cuando me vio, le creció una sonrisa que me pareció el único lugar del mundo donde quería posar la boca. Bailamos sin parar, reímos como si nadie más estuviera. No nos dijimos nada importante; todo se decía con la mirada y con la mano apoyada un segundo de más en la cintura.

Cerca de las dos de la mañana me pidió que lo acompañara a su casa. Salimos caminando por las calles vacías del pueblo. El frío de las montañas me obligó a meterme dentro de su chaqueta. Él aprovechó para pasarme el brazo por la cintura. Cuatro cuadras más allá llegamos al parqueadero. El mismo parqueadero.

Esta vez no me opuse. Esta vez quería que pasara. Me acorraló contra la misma pared de bloque y, sin decir una palabra, me besó. No el beso ansioso de la otra vez: un beso lento, con la mano abierta sobre la mejilla, como pidiendo permiso. Le abrí la boca con la mía y dejé que la lengua hiciera el resto.

Me deslizó la mano por debajo de la blusa, despacio, subiéndola por la espalda. Me desabotonó el jean y me lo bajó hasta los tobillos. Se arrodilló frente a mí y antes de tocarme me miró hacia arriba, como pidiendo confirmación. Le pasé los dedos por el pelo y eso le bastó. Me apartó la braga con dos dedos y me besó la entrepierna como había besado la boca: lento, paciente, sin invadir. Sentí el calor subiéndome por el vientre hasta la nuca.

Me giró contra la pared y siguió desde atrás, abriéndome con una mano mientras la otra me buscaba el clítoris. La fricción de la pared áspera contra mis pechos por encima del brasier me sumó un escalofrío que no esperaba. Apoyé la frente en el bloque y dejé que me hiciera lo que quisiera.

Cuando me sentí floja, me subió el jean a medias y me llevó del brazo hasta un carro estacionado al fondo, el más alejado de la calle. Abrió la puerta trasera. Adentro olía a cuero viejo y a desodorante de ambiente. Se sentó él primero y me jaló suavecito hasta acomodarme entre sus piernas. Le bajé el pantalón y me agaché. Me llevé su sexo a la boca, lo sentí pulsar contra mi lengua, contra el paladar. Lo saqué, me lo pasé por la mejilla, lo volví a meter. Él me agarró del pelo con cuidado.

—Ven, ven acá.

Me subió hasta su cara, me besó compartiendo todo, y empezó a quitarme la ropa con esa paciencia que no había mostrado nunca. Cuando quedé desnuda sobre él, en el asiento trasero, las luces del parqueadero entraban por la ventana en franjas largas que me cruzaban el pecho. Cerré los ojos.

—Mateo, soy virgen.

Hubo un silencio que duró dos respiraciones. Después sentí su mano subiéndome por la espalda hasta la nuca.

—¿En serio?

—En serio.

Volvió a besarme. No sabría decir si ese beso fue demasiado apasionado o exageradamente cariñoso; las dos cosas al mismo tiempo. Me susurró «tranquila» en el cuello, después en la oreja, después en el hombro, como si la palabra fuera la mejor preparación posible.

Me masajeó el clítoris con un dedo mientras me mordisqueaba un pezón. El otro pezón se tensó solo, esperando turno. Sentí una corriente que me subía y bajaba por la columna, terminaba en la nuca y volvía a bajar. Apreté los puños sin querer. Me abrió las piernas con la rodilla y se acomodó encima.

Sentí la punta caliente buscando el lugar. Después, el ardor. Un ardor que me hizo apretar los puños más fuerte y enterrarle las uñas en el hombro.

—¿Lo saco?

—No. Sigue.

Empujó despacio, sintió mi resistencia, esperó, volvió a empujar. Algo cedió. Le clavé las uñas en la espalda y él entendió y se quedó quieto. Esperamos los dos así, dentro de ese carro ajeno, en ese parqueadero que un año atrás había sido el escenario de mi primer rechazo. Después se movió, despacio al principio, más rápido cuando me oyó respirar distinto. Yo le arañé la espalda sin querer. El dolor se mezcló con algo nuevo que no sabría nombrar pero que me tenía el cuerpo entero zumbando. Cuando terminó, me abrazó contra el pecho y nos quedamos así, quietos, escuchando el ruido lejano de un motor que arrancaba en la calle.

Sentí cómo iba saliendo de mí, despacio, dejándome un calor pegajoso entre los muslos. Me besó la frente. Yo no me moví. Quería que ese minuto durara una semana.

***

Desde aquella noche, seguimos volviendo al parqueadero.

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Comentarios (6)

rosita92

que relato!!! me dejo sin palabras

FelipeGdl

Por favor tiene que haber segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo

Angela

me recordó algo que viví cuando era mas joven, esos momentos inesperados quedan grabados para siempre. Muy lindo

VeroLectora

Y despues? siguieron viendose? no podes dejarnos con esa intriga!!

MatiGdl

increible!! muy bueno

CristinaRdz

Los mejores momentos siempre pasan en los lugares menos pensados. Me encanto mucho

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