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Relatos Ardientes

El precio que acepté pagar por el puesto soñado

Valeria tenía veinticinco años y una ambición que no le dejaba dormir. Recién recibida de Comercio Internacional en una universidad privada de Córdoba, había repartido currículums por media ciudad sin demasiada suerte. La única respuesta seria llegó de una firma de logística con oficinas en la capital. El puesto de analista junior prometía contrato indefinido a los seis meses, y eso era exactamente lo que ella perseguía: estabilidad y, sobre todo, una puerta hacia el poder.

El dueño se llamaba Damián Quiroga. Cincuenta años, alto, pelo cano cuidado al milímetro, trajes que valían un sueldo entero y reputación de ser tan implacable en los negocios como en lo personal. Valeria lo había investigado a fondo: divorciado una vez, casado de nuevo, un hijo, fotos en inauguraciones de hoteles y rumores de que le gustaban las chicas jóvenes y decididas. Cuando le llegó el correo con la invitación a una «entrevista informal» en una suite del centro, supo perfectamente lo que eso significaba. No dudó.

—Si hay un precio, lo pago —se dijo frente al espejo del baño.

Eligió un vestido negro que le marcaba el cuerpo, tacones altos y conjunto de encaje debajo. Nada de aire ingenuo. Llegó a las nueve de la noche, subió hasta el último piso y golpeó la puerta de la suite. Damián abrió casi al instante, en camisa blanca con los primeros botones sueltos.

—Pasá, Valeria. Me gusta la gente puntual.

Ella entró con paso firme. La habitación era enorme: cama gigante, ventanal con la ciudad encendida abajo, un sillón de cuero. Lo que no esperaba era encontrar a una mujer sentada allí, elegante, de unos cuarenta y pico, pelo castaño corto y un vestido ajustado, con una copa de vino en la mano.

—Ella es Renata, mi esposa —dijo Damián mientras giraba la llave en la cerradura—. Forma parte de la conversación. No te asustes.

Valeria se quedó quieta apenas un segundo y se recompuso. Si para conseguir el puesto hacía falta una velada con el matrimonio, adelante.

—Encantada —respondió, sin que le temblara la voz.

Se acomodaron: ellos en el sillón grande, ella en una silla enfrente.

—Sos inteligente y tenés buen perfil, eso ya lo vi en tu carpeta —empezó Damián—. Pero hay diez chicas más con el mismo título. Yo te puedo poner adentro mañana mismo, con todo allanado para que crezcas rápido. Lo único que necesito saber es hasta dónde estás dispuesta a llegar.

—Hasta donde haga falta —contestó ella sin pestañear.

Renata habló entonces, con voz suave pero cargada de intención.

—No es solo con Damián. Tenemos un hijo, Mateo. Tiene veintidós años, estudia en la universidad y casi no sale de su cuarto. Es tímido a un nivel que nos preocupa. Nunca tuvo novia, nunca estuvo con una mujer. Queremos que esa primera vez ocurra de una forma cuidada, con alguien discreta, atractiva y que sepa lo que hace. Alguien como vos.

Valeria sintió un calor inmediato entre las piernas. El morbo la recorrió de arriba abajo.

—¿Y cómo sería exactamente? —preguntó, fingiendo que aún razonaba como profesional.

—Primero te evaluamos —dijo Damián—. Quiero ver cómo te movés, cómo obedecés, cuánto aguantás. Si pasás esta noche, hablamos de Mateo. Él todavía no sabe nada.

Se levantó, se acercó y le levantó el mentón con dos dedos.

—Sacate el vestido. Despacio.

Valeria se puso de pie, se bajó el cierre y dejó que la tela cayera al piso. Quedó en encaje negro. Damián le rozó la nuca, le soltó el corpiño y se lo deslizó por los brazos. Le sostuvo los pechos un instante, midiéndolos con las manos, antes de pellizcarle los pezones hasta endurecerlos.

—Firmes. Me gusta.

Le bajó la tanga de un tirón. Renata, todavía con la copa en la mano, soltó una risa baja al ver lo mojada que ya estaba.

—Mirala. Ni la tocamos y ya está empapada.

Damián la empujó hacia la cama.

—De rodillas. Quiero ver la espalda arqueada.

Valeria obedeció, el torso bajo y las caderas en alto. Él se desvistió sin apuro, y cuando estuvo desnudo le cruzó una nalga con la mano abierta. El golpe sonó seco contra la piel.

—Ah —se le escapó a ella.

—Te gusta que te traten así —dijo él, más afirmación que pregunta.

—Sí, señor.

Renata se acercó por el otro lado y le acarició el pelo con una calma casi maternal.

—Vas a aprenderte la boca de mi marido de memoria. Y después él te va a coger como se le antoje. Si aguantás todo, hablamos de nuestro hijo.

Damián la tomó del pelo y le guió la cabeza. Valeria abrió la boca y lo recibió entero, hasta el fondo de la garganta. Tuvo una arcada y no se apartó. Empezó a chuparla con ganas, la saliva resbalando por el sexo de él, las mejillas hundidas, sin dejar de mirarlo hacia arriba.

—Así. Bien adentro —gruñó él, marcándole el ritmo con la mano.

Renata le metió dos dedos desde atrás y los movió en círculos.

—Está chorreando. Esta chica nació para esto.

Después de varios minutos, Damián se apartó, la tomó de los tobillos y la dio vuelta sobre el colchón. Le abrió las piernas, escupió y la penetró de una sola embestida hasta el fondo.

—Carajo —gritó Valeria, agarrándose de las sábanas.

La cogió sin tregua, golpes hondos que le sacudían el cuerpo y hacían crujir la cama. Le apretaba los pechos, le tiraba de los pezones, le hablaba al oído.

—Esto es lo que querés a cambio del puesto, ¿no? Que te usen.

—Sí… más fuerte… —jadeaba ella.

Renata se subió a la cama y se sentó sobre la cara de Valeria, una rodilla a cada lado.

—Usá la lengua mientras él te revienta.

Valeria obedeció, lamiéndole el clítoris con la punta de la lengua mientras Damián seguía embistiéndola. Renata movía las caderas y respiraba entrecortado, sosteniéndose del respaldo. El placer le llegó a Valeria de golpe, un temblor que le subió desde el vientre y la dejó apretándose alrededor de él, marcando las sábanas debajo.

Damián aguantó un poco más, hasta que la dio vuelta otra vez y se vació sobre su espalda y sus nalgas con un gruñido largo.

Renata se bajó de su cara con una sonrisa satisfecha.

—No está nada mal para empezar. Tenés actitud.

***

Damián se limpió con una toalla y se sentó en el borde de la cama, todavía con la mirada encendida.

—Vení —ordenó, ronco.

Valeria se acercó desnuda y él la sentó sobre sus muslos, de frente, una mano firme en su cintura.

—Escuchame bien, porque esto es lo importante. Mateo es virgen y es tímido a un punto que da pena. Renata y yo queremos que esa primera vez lo marque. Que lo guíes, que lo hagas disfrutar y que le abras la cabeza.

Valeria sintió que el deseo le volvía solo de imaginarlo.

—¿Y qué tengo que hacer? —preguntó, frotándose despacio contra él.

Damián le pellizcó un pezón y le arrancó un gemido.

—Mañana a la tarde vas a llevar unos papeles a casa, papeles que tengo que firmar sí o sí. Yo te recibo, firmo e invento una urgencia en el depósito. Salgo corriendo y te dejo sola con él. Renata tampoco va a estar.

Hizo una pausa, le pasó la mano por el muslo.

—Una vez que me vaya, subís a su habitación con cualquier excusa. Que parezca casual. Pero desde el primer minuto empezás a trabajarlo.

—¿Cómo querés que lo haga? —murmuró ella.

—Despacio, pero sin perder tiempo. Mostrate. Dejate un par de botones abiertos para que vea el encaje. Cruzá las piernas para que la falda suba. Hablale bajo, decile que te gusta su timidez, que querés que te toque. Llevale las manos vos misma. Hacele sentir lo caliente que estás. Cuando lo tengas nervioso y duro, arrodillate y enseñale lo que es una boca con ganas. Después subite encima y guialo. Empezá lento y andá acelerando. Susurrale lo que quiera escuchar.

Renata habló desde el sillón, sin levantar la voz.

—Queremos que salga de ese cuarto distinto. Que entienda que una mujer puede ser dulce por fuera y otra cosa por dentro. Si lo hacés bien, si lográs que se sienta seguro y que lo disfrute de verdad, el lunes tenés el contrato firmado.

Damián le acercó los dedos a la boca para que los chupara.

—Y no termina ahí. Si todo sale bien, a Renata y a mí nos gusta mirar. Quizás la próxima vez estemos los tres.

Valeria los chupó despacio, sosteniéndole la mirada.

—Entendido —dijo—. Mañana tu hijo no se acuerda de qué quiere decir tímido.

Damián le cruzó la nalga una última vez.

—Esa es la actitud. Vestite profesional pero que se note. Y me contás cómo te fue.

***

Valeria llegó a la casa de los Quiroga, en un barrio cerrado a las afueras de la ciudad, poco después de las siete de la tarde. Llevaba un sobre con documentos urgentes y se había vestido con cálculo: blusa blanca apenas translúcida que dejaba adivinar el encaje, falda lápiz gris ajustada y tacones. Profesional. Justo lo suficiente.

Damián la recibió todavía de traje.

—Pasá. Gracias por traerlos en persona. Tengo una reunión en media hora.

La llevó al estudio y firmó hoja por hoja. A mitad de camino le sonó el teléfono. Atendió, frunció el ceño, miró el reloj.

—Sí, ya salgo. Decile que voy en camino. —Cortó y se volvió hacia ella, apurado—. Surgió un problema en el depósito. Tengo que irme ya. Dejá los papeles acá.

Se puso el saco y agarró las llaves.

—Mateo está arriba. Avisale que vuelvo tarde. Si querés esperar, hay café en la cocina.

Y se fue casi corriendo.

Valeria se quedó sola en el living. Una sonrisa lenta se le dibujó en la cara. Esto es todavía mejor que el plan del hotel. Subió la escalera sin hacer ruido y golpeó la puerta entreabierta del fondo.

—¿Mateo? Soy Valeria, trabajo con tu papá. ¿Puedo pasar un segundo?

Se oyó el chirrido de una silla y una voz joven, dubitativa.

—Eh… sí, pasá.

Empujó la puerta. Mateo estaba frente a la computadora, los auriculares colgándole del cuello, una remera negra holgada. Alto, delgado, el pelo oscuro despeinado, los ojos grandes. Se levantó torpe, evidentemente sorprendido de tener enfrente a una mujer así.

—Hola… mi papá no me dijo que venía nadie.

Valeria cerró la puerta con un clic suave y sonrió con calidez.

—Tuvo que salir corriendo. Me pidió que te avisara que vuelve tarde. —Dio unos pasos, mirando alrededor—. Qué ordenado tenés todo.

Mateo se rascó la nuca, las mejillas ya encendidas.

—Gracias. ¿Querés sentarte? Puedo ofrecerte algo.

Ella no se sentó. Caminó despacio, rozándolo al pasar, y se detuvo frente a la biblioteca fingiendo leer los lomos mientras arqueaba la espalda y la blusa se le tensaba.

—No hace falta. La verdad, me dio curiosidad conocerte. Tu papá habla bien de vos. Dice que sos bastante tímido.

Mateo bajó la vista.

—Soy… un poco reservado, sí.

Valeria se giró y se apoyó contra el escritorio, cruzando los brazos por debajo del pecho.

—A mí la timidez me parece atractiva… cuando hay alguien que sabe cómo sacarla. —Bajó la voz—. ¿Nunca te pasó que una mujer te mire y te haga sentir cosas que no esperabas?

Él tragó saliva. Los ojos se le fueron al escote.

—No mucho —admitió en un hilo.

Valeria se desabrochó un botón. Después otro. La tela se abrió y dejó ver el encaje y el nacimiento de los pechos.

—Mirame, Mateo —dijo, suave pero firme—. No seas tímido. Quiero que me mires bien.

Se dio vuelta despacio para que él recorriera su figura, la cintura, la falda tensa sobre las caderas. Después volvió a girarse y se acercó un paso.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, pasándose una mano por el escote—. Podés ser sincero. Me pone que un hombre me mire con ganas.

Mateo respiraba cada vez más rápido.

—Sos muy linda —susurró.

Ella acortó la distancia, le tomó las manos y se las llevó a la cintura.

—Tocame. No tengas miedo. Subí.

Las manos del chico treparon temblando hasta rozarle el borde de los pechos. Valeria soltó el aire despacio y arqueó la espalda.

—Así. Apretá un poco más.

Mientras él la apretaba con torpeza pero con un deseo cada vez más evidente, ella se inclinó y le habló al oído, rozándole la oreja con los labios.

—Me estás poniendo caliente, Mateo. Solo con la forma en que me mirás. ¿Querés comprobarlo?

Sin esperar respuesta, le tomó una mano y la guió bajo la falda hasta el encaje húmedo.

—¿Sentís? —susurró—. Estoy así por vos.

Él soltó un gemido ahogado, los dedos quietos contra la tela. Valeria se arrodilló despacio frente a él, mirándolo desde abajo.

—Ahora quiero ver lo que tenés para mí.

Le abrió el pantalón con movimientos lentos, le bajó la ropa interior y lo recibió ya duro entre las manos. Se inclinó y lo besó en la punta, después lo recorrió con la lengua de abajo hacia arriba sin apuro.

—Mirame mientras lo hago —le pidió, dulce y firme a la vez—. Quiero que veas todo.

Empezó a chuparla despacio, hundiéndolo de a poco, la lengua girando, los ruidos húmedos llenando el cuarto en silencio. Mateo gemía bajito, las piernas le temblaban, una mano se le aferró sin querer al pelo de ella.

—Valeria… eso… —jadeó.

Ella lo sacó de su boca un segundo y lo miró con los ojos brillantes.

—Esto recién empieza. Hoy te voy a enseñar un montón de cosas. Solo te pido que te dejes llevar y que disfrutes todo.

Mateo, atrapado por completo en lo que sentía, solo pudo asentir con la respiración entrecortada.

Valeria sonrió para adentro mientras volvía a inclinarse. El puesto es mío.

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Comentarios (5)

MilenaBsAs

Dios mio que bueno estuvo. De las mejores confesiones que leí aca en mucho tiempo.

oficinista23

Trabajo en una empresa grande y esto me resulto demasiado reconocible jaja. Ojalá haya continuacion!

ClaudiaBs

No pude parar de leer hasta el final. Sigue escribiendo por favor!

VeroFC

Llevo meses leyendo en este sitio y este es uno de los relatos que mas me impacto. El giro que menciona al principio me dejó helada. Muy bien narrado, se nota que hay mucho vivido ahi.

lectura_nocturna

Y como termina la historia con el hijo? me quede con la duda total...

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