Perdí la virginidad con Mateo en el parque
Mateo y yo llevábamos coqueteando desde octubre, cuando empezó el curso. Era una de esas cosas evidentes para todo el mundo menos, en teoría, para nosotros mismos. Él me lanzaba bolitas de papel desde el otro extremo del aula, me pellizcaba la cintura cuando pasaba a mi lado en el pasillo, me ponía motes ridículos —Luchita, Cuca, Bruja— y yo le devolvía el juego sin disimular que me encantaba que lo hiciera.
Después de clase casi siempre acabábamos en el mismo banco del Parque del Sauce, a tres cuadras del instituto. Era un parque pequeño, con un camino de tierra mal cuidado y una hilera de bancos viejos que casi nadie usaba. Allí nos sentábamos a hablar de cualquier tontería: del trabajo de literatura, de la profesora de química que nos odiaba, de la canción que ninguno de los dos se quería sacar de la cabeza.
Aquella tarde de marzo el cielo estaba bajo y olía a tierra mojada. Nos comimos una bolsa de pipas como siempre, escupiendo las cáscaras al suelo, riéndonos de cualquier cosa. Lo de las cosquillas empezó por el cuello, como otras veces, pero esa tarde no se quedó ahí. Mi mano fue a parar a su pierna, su mano subió por mi brazo, y de pronto nos estábamos mirando como nunca nos habíamos mirado.
—Oye, Lucía… —dijo él con la voz un poco rota—. Tú sabes que me gustas, ¿no?
—Claro que lo sé —contesté—. Igual que tú a mí. Llevamos meses con esto.
Lo había estado esperando durante semanas.
Me besó. No fue un beso rápido ni torpe como los del recreo del año anterior. Fue un beso largo, lento, con su mano firme detrás de mi nuca, como si lo hubiera ensayado en su cabeza durante meses. Sentí cómo se me erizaba la piel desde la nuca hasta la espalda baja, y un calor que no había sentido nunca en aquel banco.
Sus labios bajaron por mi mandíbula hasta encontrar la curva del cuello. Yo no podía hablar. Solo cerraba los ojos y respiraba más fuerte de lo prudente. Cuando me mordió suavemente el lóbulo de la oreja, supe que estaba completamente perdida. Mis bragas ya estaban húmedas y él ni siquiera me había tocado entre las piernas.
—Joder, Mateo —susurré—. Mira cómo me pones.
Le agarré la muñeca y la guié bajo mi falda sin pensarlo dos veces. Él dudó solo un segundo. Después su mano se acomodó entre mis piernas con una seguridad que no me esperaba, frotándome por encima de la tela ya empapada. Tenía la cara medio descompuesta, como si estuviera aguantando algo a pulso.
Solté un gemido pequeño, ahogado, y miré alrededor por instinto. No había nadie cerca, pero el banco estaba a la vista de cualquiera que cruzara el sendero principal.
—Mateo, espera —murmuré—. Aquí no.
—¿Y dónde, Lucía? —dijo él pegado a mi oído—. ¿Tú y yo dónde tenemos que ir?
Era verdad. Ninguno de los dos tenía casa propia. Su madre estaba siempre. La mía también. No había coche, no había hotel, no había nada. Solo aquel banco, aquella tarde, aquel calor que nos estaba volviendo locos.
***
Se quitó la chaqueta y la colocó sobre mi regazo. Era una chaqueta de pana marrón que olía a su perfume barato y al tabaco que juraba no fumar. Bajo aquella tela su mano volvió a deslizarse entre mis piernas, esta vez sin barreras. Apartó el algodón de mis bragas con dos dedos y empezó a acariciarme el clítoris con un movimiento circular que no parecía propio de un chico que aún no había estado con nadie.
—¿Tú habías hecho esto antes? —pregunté entre dientes.
—Con la mano sí —admitió—. Contigo nunca.
Me reí bajito y le bajé la cremallera. Había sentido su bulto contra mi cadera desde el primer beso. Cuando metí la mano y le rodeé la polla, descubrí que la tenía durísima y caliente, casi quemando. Empecé a acariciarla de arriba abajo con una lentitud que no sé de dónde saqué. Yo también era virgen, pero llevaba meses imaginándomelo, y no había nadie con quien quisiera estrenarme antes que con él. Era mi primer amor, mi mejor amigo, mi confidente.
Mateo cerraba los ojos cada vez que mi mano subía hasta el glande. Gemía bajito, casi en silencio, conteniendo el ruido por miedo a que alguien escuchara desde alguna ventana. Yo gemía igual mientras sus dedos entraban y salían de mí, primero uno, después dos. Estaba tan mojada que se oía el sonido y eso me daba vergüenza y placer al mismo tiempo.
—Te voy a follar —dijo de pronto, mirándome a los ojos.
No era una pregunta. Era una declaración. Y a mí se me cortó la respiración.
En ese momento, un hombre mayor pasó por delante con un perro labrador atado a una correa larga. Nos quedamos congelados, conteniendo la respiración, con su mano todavía dentro de mí y la mía dentro de su pantalón. El hombre no nos miró, o fingió no mirarnos. Cuando se alejó por el camino de tierra, los dos exhalamos al mismo tiempo y nos miramos con una mezcla de susto y risa nerviosa.
—Esto es una locura —susurré.
—Lo sé —dijo él—. Pero si paramos ahora me muero.
Yo también me iba a morir si parábamos. Le besé otra vez, ahora con prisa, mientras le desabrochaba un par de botones de la camisa que llevaba bajo el suéter. No llevaba sujetador. Casi nunca lo usaba y aquella tarde menos. Cuando vio mis pechos al aire, bajó la cabeza y los buscó con la boca como si llevara horas esperando ese momento.
—Me encantan tus tetas, Lucía —murmuró sobre mi piel—. Llevo desde octubre pensando en esto.
Su lengua trazaba círculos lentos alrededor de los pezones antes de chuparlos. Me mordía suavemente y luego soplaba, y yo arqueaba la espalda contra el respaldo del banco intentando no gritar. Le seguí masturbando todo el rato, cada vez más rápido, hasta que él me apartó la mano con un gesto suave.
—Para —jadeó—. Si sigues así me corro antes de tiempo.
***
Me quitó las bragas con un movimiento limpio, casi delicado, y se las guardó en el bolsillo del pantalón. Habíamos perdido todo el miedo. Yo me subí la falda hasta la cintura y me coloqué a horcajadas sobre él, una rodilla a cada lado de sus caderas. La chaqueta de pana volvió a hacer de escudo improvisado, aunque cualquiera con dos ojos hubiera entendido lo que estaba pasando si miraba durante dos segundos.
Sentí el glande contra mi entrada y respiré hondo. Mateo me miraba como si fuera lo único que existía en el parque, en la tarde, en la ciudad entera. Me sujetó las caderas con las dos manos y me ayudó a bajar despacio.
—Avísame si te duele —dijo bajito.
Asentí sin palabras. Fui bajando milímetro a milímetro, sintiendo cómo me iba abriendo. Hubo un punto en que pinchó, un escozor agudo que me hizo apretar los dientes y soltar un gemido entre el dolor y otra cosa que no sabía nombrar. Él se quedó muy quieto, mirándome, con la mandíbula tensa por el esfuerzo de no moverse.
—¿Sigo? —pregunté yo, no él.
—Lo que tú quieras —contestó—. A tu ritmo.
Bajé un poco más, hasta el fondo. La sensación de tenerlo dentro me dejó sin aire un instante. No era doloroso, ya no. Era una mezcla de plenitud y vértigo que no sabía cómo explicar. Empecé a subir y bajar lentamente, apoyándome en sus hombros, sintiéndolo entrar y salir, descubriendo que aquello tenía su propio compás.
Mateo me agarraba la cintura con una mano y con la otra me acariciaba la espalda por debajo de la camisa. Sus pellizquitos seguían ahí, pequeños, juguetones, como si aún estuviéramos en el aula y no haciendo el amor por primera vez en un banco a la vista de medio barrio.
—Lucía, joder —susurraba—. Lucía, Lucía…
Aceleré el ritmo. Mis pechos saltaban con cada movimiento y él se acercaba a besarlos cada vez que podía. Le mordía el cuello para no gritar, le clavaba las uñas en la espalda por encima del suéter, y notaba cómo el cuero de su cinturón se me clavaba en los muslos. Estaba sudando a pesar del frío que empezaba a apretar.
Desde alguna ventana del edificio de enfrente nos llegó un «¡Shhh!» que sonó casi divertido. No sé si era para nosotros o para algún niño llorando. No me importó. No paramos. No podríamos haber parado aunque hubiera salido un policía del seto.
—¿Te gusta así? —jadeó él, empujando hacia arriba desde abajo.
No le contesté con palabras. Le contesté con un orgasmo que me sobrevino sin avisar, recorriéndome desde el pubis hasta la coronilla, haciendo que se me curvaran los pies dentro de las zapatillas. Me agarré a su cuello, escondí la cara en su hombro y mordí el suéter para no gritar mientras me corría sobre él.
—Joder, Mateo —dije temblando—. Joder, joder.
Él aceleró sin compasión, mordiéndose el labio, soltando esos gruñidos roncos que no le había escuchado nunca y que aquella tarde descubrí que también me encendían. Sentí cómo la polla se le hinchaba dentro de mí y cómo de pronto me apartaba, con cuidado, casi a la fuerza.
—Voy a correrme —avisó—. ¿Dónde?
—Sobre las tetas —le dije sin pensarlo—. Quiero verlo.
Me bajé de él y me arrodillé sobre la chaqueta entre sus piernas. Le terminé con la mano. Se corrió en tres tirones largos, gimiendo bajito, con la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo del banco. Me llenó los pechos de algo caliente que me hizo soltar una risita nerviosa y emocionada al mismo tiempo.
***
Nos quedamos un buen rato sin movernos, recuperando el aliento. Él me limpió con un pañuelo que sacó del bolsillo, sonriendo como un idiota. Yo me abroché la camisa con las manos todavía temblando. Tenía el pelo pegado a las sienes, los labios hinchados, y olía a él en lugares de mi cuerpo en los que nunca antes había olido a nadie.
—Estás guapísima despeinada —me dijo mientras me sacaba una cáscara de pipa del pelo.
—Cállate, idiota —le contesté, y le di un beso largo, más tranquilo, con sabor a sal y a sudor.
Caminamos hasta la esquina de mi calle agarrados de la mano. No hablamos mucho. No hacía falta. Antes de despedirnos en el portal de mi edificio, le dije lo que llevaba un rato pensando.
—La próxima vez busquemos un sitio con techo, anda.
—Lo que tú quieras —contestó—. Y cuando quieras.
Subí los escalones de dos en dos. Esa noche no pegué ojo. Sentí mi cuerpo distinto, como si me hubieran cambiado por dentro sin pedirme permiso. Tenía dieciocho años, una falda con tierra en el dobladillo y la sensación de haber estrenado algo que ya nunca iba a poder devolver. Y, sinceramente, no quería devolverlo.