Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La chica del gimnasio me esperaba en las duchas

Aquella tarde en el gimnasio no buscaba nada distinto. Quería sudar, cansarme, vaciar la cabeza. Una amiga me había repetido durante meses que entrenar era la mejor manera de pensar en nada, y yo le había hecho caso. Llevaba semanas con la rutina como ancla.

Casi siempre coincidía con el mismo grupo: cuatro o cinco compañeros con los que bromeaba entre series. Esa noche teníamos pactado salir a tomar algo después, por el cumpleaños de uno de los chicos. Yo apenas empezaba el calentamiento cuando ella cruzó la puerta.

La cara me sonaba. La miré dos, tres veces tratando de ubicarla, y no podía. Era alta, de pelo oscuro, con un cuerpo trabajado y una sonrisa que enseñaba los dientes sin pedir permiso. Saludó al grupo en general y empezó a moverse como quien conoce la maquinaria. Por la forma en que ajustaba los pesos, era obvio que entrenaba a diario, aunque nunca en mi horario.

No hay nada que me ponga peor que recordar a alguien a medias. Estuve la hora entera buscándola en la memoria. Ella me pescó mirándola varias veces. Antes de que pensara mal, fui hasta su banco.

—Disculpá si te incomodé —le dije—. Tu cara me suena, pero no consigo ubicarte.

Soltó una carcajada limpia.

—Ese verso ya tiene barba. Soy Mariana. Vengo siempre, pero a la mañana. Esta semana cambié de horario.

—No es verso, te lo juro. Soy Florencia. Capaz me confundo. Perdoname, no te jodo más.

—Tranqui, preciosa. Después seguimos.

Volví a mi rutina sin sacármela de la cabeza. Cuando entré al vestuario para ducharme, ella ya estaba ahí, terminando de quitarse la ropa. No tenía pudor de ningún tipo. Se bajó la calza de un tirón y quedó completamente desnuda a dos metros de mí. Le miré el culo redondo, firme, marcado por la línea del bronceado, y las tetas grandes con los pezones oscuros parados por el frío del vestuario. Se metió en una cabina sin taparse con nada. Yo me anudé la toalla en el pecho y elegí la cabina de al lado, con el corazón golpeándome contra las costillas.

—Sos muy linda —dijo, mientras se secaba afuera.

Yo no había corrido la cortina del todo. Me miraba sin disimulo, con una gota bajándole entre las tetas hasta el ombligo. Era la primera vez que otra mujer, también desnuda, me decía eso. Sentí una corriente extraña recorrerme la espalda y una humedad tibia entre las piernas que no era del agua.

—Vos sos hermosa —contesté—. Tenés un cuerpo increíble.

—¿En serio te gusto?

No esperó respuesta. Estiró la mano y me la ofreció. No dijo «vamos» ni explicó nada. Solo me ofreció la mano. Y yo, sin pensar, agarré la toalla con la otra y se la di.

Me llevó hasta la última cabina, la más alejada de la puerta. Cerró la cortina, abrió la ducha y me arrancó la toalla de un tirón. Me pegó contra los azulejos fríos y me besó con una decisión que no se discute, metiéndome la lengua hasta el fondo de la boca. Me quedé inmóvil un segundo, con las manos colgando. Después devolví el beso con torpeza, casi pidiendo permiso, y ella me agarró las muñecas y me puso las manos en sus tetas.

—Tocame, boluda. No te voy a comer.

Se las apreté sin saber cuánto era demasiado. Eran pesadas, tibias, con los pezones duros clavándoseme en las palmas. Su boca bajó por mi cuello, me mordió la clavícula, me chupó un pezón hasta que se me escapó un gemido que rebotó en los azulejos. Me lo mordió despacio, tirando, y después el otro. Yo tenía los ojos cerrados y la cabeza contra la pared, el agua cayéndonos encima, y sentí cómo se iba arrodillando, cómo su lengua me bajaba por el estómago, cómo me pasaba por el ombligo, cómo me abría las piernas con las dos manos apoyadas en la parte interna de mis muslos.

—Mirame —dijo desde abajo.

Bajé la vista. Estaba arrodillada frente a mi coño, con el pelo mojado pegado a la cara y una sonrisa que no era inocente. Me separó los labios con los dedos y me pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, terminando en el clítoris con una succión corta que me hizo doblar las rodillas. Volvió a hacerlo. Y otra vez. Chupaba, lamía, hacía círculos con la punta de la lengua, y cuando yo empezaba a temblar demasiado me metía dos dedos y los movía adentro con una calma que era casi cruel.

—Puta madre —susurré—. No pares.

No paró. Me la comió con una prolijidad que ningún tipo me había hecho nunca. Sabía exactamente dónde apretar la lengua, cuándo acelerar, cuándo bajar el ritmo para que no me viniera enseguida. Me tuvo al borde durante minutos. Cuando finalmente me dejó acabar, sus dedos entrando y saliendo y su boca pegada a mi clítoris, me vine con la boca abierta contra mi propio antebrazo para no gritar, mordiéndome la piel hasta dejarme la marca de los dientes. Las piernas me fallaron y ella me sostuvo por las caderas hasta que pude respirar de nuevo.

Se paró, me besó en la boca y me hizo probarme a mí misma en su lengua.

—Ahora vos —dijo, y me guio la mano hacia abajo.

Entendí sin palabras. Aprendí en treinta segundos lo que jamás había imaginado aprender: cómo se acaricia a otra mujer cuando una está aprendiendo a desearla. Le metí dos dedos y sentí lo mojada que estaba, cómo se cerraba alrededor mío, cómo se apretaba y aflojaba. Le froté el clítoris con el pulgar imitando lo que ella acababa de hacerme. Ella me guiaba la muñeca, marcándome el ritmo, gimiéndome contra la oreja.

—Más fuerte. Así. Metémelos hasta el fondo.

Se lo hice hasta que se le cortó la voz. Se corrió apretándome los dedos por dentro, agarrada de mi hombro, mordiéndome donde yo la había mordido antes. Salimos de la cabina envueltas en toallas, riéndonos como dos chicas que acaban de robar algo, con las piernas todavía flojas y los pezones duros bajo la tela.

***

—Vivo a una cuadra —me dijo mientras nos vestíamos—. ¿Venís?

—Quedé con los chicos del gimnasio. Es un cumpleaños.

Lo dije sin convicción. Mariana sonrió, encogiéndose de hombros.

—Otro día, entonces.

Algo se me destrabó en el pecho. No quería irme. No quería despedirme en la puerta del vestuario.

—Veníte vos. Vamos al bar de enfrente un rato y después… veo.

—¿Seguro que no jodo?

—Para nada.

Cruzamos la vereda tomadas de la mano. Uno de mis compañeros, que conocía a Diego —mi novio—, me clavó la mirada apenas nos sentamos. Le sostuve los ojos y le sonreí con una calma que yo misma no me reconocí. Cuando Mariana giró la cabeza para mirarme, le apoyé la palma en la mejilla y le di un beso corto en la boca. Hubo un silencio brevísimo en la mesa y después una carcajada general.

—Bueno, ya nos enteramos —dijo alguien.

—Imagínense lo que quieran —contestó Mariana.

Una hora más tarde estábamos en su departamento, tirando los bolsos en el sillón, peleando contra los broches de la ropa. Ella me arrancó la remera por encima de la cabeza y me desabrochó el corpiño de un movimiento. Yo le bajé el jean y la bombacha juntas, arrodillándome para hacerlo, y me quedé un segundo con la cara a la altura de su coño depilado, respirándole el olor. Le pasé la lengua sin pensarlo demasiado y ella me agarró del pelo.

—Uy, aprendés rápido.

Llegamos a la cama medio desnudas, terminando de sacarnos lo que quedaba a los tirones. Su cuarto olía a algo cítrico, limpio, ajeno. Me tiró boca arriba y se me subió encima, montándome la pierna entre las mías, y empezó a frotarse contra mi muslo mientras me chupaba las tetas. Yo sentía su humedad resbalándome por la piel, la mancha caliente que me dejaba cada vez que se movía. Me metió la mano entre las piernas y empezó a masturbarme mientras se refregaba contra mí, marcándome un ritmo que era el suyo y también el mío.

Después se dio vuelta y me llevó la cabeza hacia abajo.

—Comeme. Igual que yo antes. No tengas miedo.

Me acomodé entre sus piernas abiertas. Le pasé la lengua entera, aprendiendo el sabor, y ella me marcaba con la mano en la nuca dónde apretar. Le chupé el clítoris, le metí la lengua, le metí los dedos, cada vez con más ganas, cada vez menos torpe. Cuando se corrió me apretó la cabeza contra su coño y me tuvo ahí hasta que las contracciones se le pasaron.

Nos acomodamos después en tijera, con las piernas cruzadas y los coños pegados, y nos frotamos una contra la otra hasta acabar las dos, agarradas de las manos, mirándonos a los ojos. Hicimos el amor con una torpeza preciosa de mi lado y con una paciencia infinita del de ella. Cada vez que yo dudaba, ella me sujetaba la nuca y me besaba hasta que la duda se iba. Después nos quedamos abrazadas, sudadas, respirando el olor a sexo del cuarto.

—Mariana, ¿qué somos? —pregunté en voz baja.

—Dos mujeres que se reconocieron. No tengo otra respuesta. ¿Te alcanza por ahora?

Me alcanzaba. Me sobraba.

***

Esa noche pedimos pizza y comimos en la cama, desnudas, con las sábanas revueltas. Hablamos de todo: de su último noviazgo, que la había dejado por otra y la había roto durante un año entero; de mi relación con Diego, que era tibia, cómoda, sin discusiones pero también sin temblores. Le confesé que me masturbaba con culpa y que jamás había entrado a un sex shop. Ella abrió el placard y sacó una bolsa con tres juguetes y un frasco de lubricante.

—No son de la vecina de noventa años —dijo cuando me vio la cara—. Son míos.

Sacó un consolador doble, largo y curvo, y me lo puso en la mano. Nos reímos hasta que nos dolió la mandíbula. Después no nos reímos más durante horas. Me lo metió despacio, con lubricante, mientras se metía la otra punta en ella misma, y quedamos las dos empaladas en el mismo juguete, moviéndonos una contra la otra en la cama. Me agarró de la cadera y marcó el ritmo, empujando fuerte, chocándome el coño contra el suyo, y yo me corrí así, con ella clavándomelo hasta el fondo y mordiéndome el cuello. Después me la comió otra vez, para verme acabar de nuevo, y yo se lo hice con los dedos hasta que me pidió que parara porque no daba más.

Esa madrugada, cuando volví del baño y me deslicé bajo las sábanas, ella me abrazó dormida y murmuró algo que me cambió la respiración: «mi amor, dormí». Lo dijo entre sueños. Yo me quedé despierta otro rato, escuchándola respirar contra mi cuello.

***

Al día siguiente fui directo del gimnasio al departamento de Diego. Tenía llave. Lo encontré frente a la computadora, borrando archivos viejos. Lo besé en la mejilla. Serví dos cafés. Me senté a su lado en el sillón, pidiendo permiso con la mirada como una idiota.

Pasaron las fotos. Vacaciones. Cumpleaños. Una serie de retratos de una chica que me dejó sin aire.

—¿Quién es?

—Mariana. Mi ex. La dejé cuando empecé con vos. Estaba muy enganchada, era cargosa, no paraba de hacerme regalos. Un bajón.

—¿Salías con ella cuando empezamos?

—Sí. Bah, lo cortamos unos días después. ¿Por?

—Por nada.

Me levanté con la taza temblándome en la mano. Le dije que no me sentía bien, que necesitaba dormir en mi casa. Bajé las escaleras agarrándome del pasamanos. En la vereda me agaché y vomité contra un cantero.

***

Mariana abrió la puerta y me sentó en su sillón sin preguntar. Yo tenía las manos heladas. Le conté todo, palabra por palabra, intentando no llorar. Ella me escuchó sin interrumpir, con las piernas cruzadas y la mandíbula apretada.

—¿Diego Vázquez? —preguntó al final.

—Diego Vázquez.

Se rio. Una risa amarga, corta.

—Te juro que no sabía —dije—. Si hubiera sabido que estaba con alguien, jamás habría aceptado salir con él.

—Te creo, preciosa. Eso es lo de menos. Lo que te pasó hoy ya me pasó a mí hace un año. Esa es la historia de él. No es la nuestra.

Me preparó un té con plantas que olía a infancia y se sentó frente a mí.

—Lo que sí sé —siguió— es que ese hijo de puta dijo cosas horribles de mí. Y dentro de seis meses va a estar diciendo cosas horribles de vos. Salí antes.

***

El plan se me ocurrió esa misma noche. A Mariana le costó aceptarlo. Le tuve que explicar tres veces que necesitaba cerrar la puerta dando un portazo. No por orgullo, sino por higiene.

Llamé a Diego, le dije que me sentía mejor, que me invitaba a cenar a su restaurante preferido. Apareció el sábado con camisa blanca y la sonrisa de quien cree que todo está bajo control.

Yo entré antes y me senté frente a él. Mariana esperaba en la vereda, con un vestido negro que la convertía en una amenaza.

—Diego, estoy con otra persona —dije sin rodeos.

—¿Qué?

—Conocí a alguien, me deslumbró. Pasó. No quiero engañarte ni un día más. Vine a decírtelo a la cara.

—Florencia, no me podés hacer esto. Yo dejé a una mina por vos, invertí…

—Yo no te debo nada, Diego. Y tampoco te amo. Nunca te lo dije, fijate.

Le hice la seña a Mariana. Cruzó el salón con una calma de actriz. Diego la vio acercarse y le cambió la cara. Tres tonos abajo, en segundos.

—¿Mariana? —dijo, casi en un susurro.

—Hola, Diego. Sí, claro que soy yo.

—Pero…

—Sí, Diego, estamos juntas —le dije—. No te pido que entiendas. Te pido que te lo banques.

Le dejé las llaves de su departamento sobre la mesa. Mariana me tomó la mano. Salimos sin mirar atrás. Detrás nuestro quedó él, parado en medio del salón, con el tenedor a medio levantar y la mirada de todos los comensales encima.

—Sos terrible —dijo Mariana cuando llegamos a la vereda.

—Sí. Y me gustó. Por vos y por mí.

***

Hace seis meses que vive conmigo. Pintamos el departamento de un blanco con detalles en verde porque a las dos nos pareció una buena idea una tarde de domingo. Nos peleamos por la temperatura del aire acondicionado y por quién deja los platos en la pileta. Caminamos tomadas de la mano por la cuadra y a veces nos miran feo, pero la mayoría de las veces nos miran con algo más parecido a la curiosidad que al desprecio. Y a esta altura no nos importa demasiado.

A Diego no lo volvimos a ver. Una amiga en común nos contó que estuvo meses repitiendo que dos mujeres no podían dejarlo así, como si nuestro deseo le debiera explicaciones.

A veces, todavía, me despierto en la madrugada para mirar a Mariana dormir. Pienso en aquella tarde en el gimnasio, en aquella cabina de ducha, en la mano que me tendió sin pedir nada a cambio. Pienso en lo cerca que estuve de no agarrarla. Y agradezco, con un nudo en la garganta, no haber sido más cobarde.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios(8)

Karlita_v

Que buenisimo!!! me tuvo pegada a la pantalla de principio a fin, imposible soltar.

Valeria_lect

Por favor necesito una segunda parte, quede con tantisimas ganas de saber como siguio todo despues.

NocheSuave22

Lo leí dos veces seguidas. No es algo que me pase seguido pero este me atrapó desde la primera linea.

MarinaCba

Tremendo final jajaja no me lo esperaba para nada, bien jugado.

LorenaV

La tension que fuiste construyendo desde el principio hasta el final estuvo perfecta. Se siente real sin ser burdo, y eso es lo mas dificil de lograr. Seguí escribiendo!

paseante_BA

increible!!!

Mireille_BA

Hay continuacion? porque con esto solo no alcanza jaja quiero saber mas.

Camila_GR

Me recordó algo que me pasó hace tiempo, diferente pero con esa misma tension de no saber si el otro siente lo mismo. Muy buen relato.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.