Mi prima Camila volvió y se quedó en mi cama
Llegamos del aeropuerto a las once de la noche, con la casa para nosotros y quince días por delante. Y entonces me dijo que odiaba dormir sola.
Llegamos del aeropuerto a las once de la noche, con la casa para nosotros y quince días por delante. Y entonces me dijo que odiaba dormir sola.
Reservé el mismo Airbnb donde hice el amor con mi prima por primera vez. Esta vez no íbamos solos: cada uno llevaba a su pareja, y los cuatro lo sabíamos.
Llevaba meses fingiendo que los piropos de su primo no le afectaban. Esa tarde, al cruzarlo sola en el pasillo en ropa interior, supo que ya no podía seguir mintiéndose.
Cuando se abrió la pantalla, mi cuñada recibía a sus dos parientes en el salón con una sonrisa que jamás le había visto en los almuerzos del domingo.
Era hija de una prima de mi padre y al principio fue solo un saludo por las redes. Hasta la noche del cumpleaños de la abuela, cuando me llevó a un hotel discreto.
Cuando le tomé las manos en el auto, frente a la plaza, ella ya sabía adónde la iba a llevar. Yo todavía fingía que no lo sabía.
Me tomó de la mandíbula con una mano y me miró directo a los ojos. Era mi primo. Éramos familia. Y ninguno de los dos dio un paso atrás.
Hacía cinco años que no la veía. La mujer que entró al patio aquella tarde no tenía nada que ver con la prima adolescente que yo recordaba.
Llevábamos meses conversando por mensajes, pero hasta esa noche en el cumpleaños de la abuela nunca había sentido sus curvas pegadas a las mías.