Mi mujer me recogió casi desnuda y mi primo iba atrás
Bajé al estacionamiento esperando ver a mi mujer al volante. Lo que no esperaba era encontrarla en tanga, con mi primo subiendo al asiento de atrás.
Bajé al estacionamiento esperando ver a mi mujer al volante. Lo que no esperaba era encontrarla en tanga, con mi primo subiendo al asiento de atrás.
Llevaba dos horas mirándola sin disimulo y ella lo sabía. Cuando me pidió subir al tercer piso a buscar guirnaldas, supe que esa Navidad no iba a ser como las demás.
Ese verano alquilamos la casita de siempre y ella bajó del coche con una sonrisa nueva. Mi prima. Prohibida. Y sin embargo, todo lo que quería.
Carmen me avisó que su prima Valeria quería aprender. Cuando abrí la puerta y la vi con esa falda y esos tacones, supe que aquella mañana iba a ser completamente distinta.
Llevábamos toda la boda intercambiando miradas. Cuando me susurró que quería mostrarme algo, pensé que era una broma. No lo era.
Veinte años, cero experiencia y una prima que lo miraba como si supiera exactamente qué tenía en la cabeza. El verano iba a ser largo.
Cuando se quitó los vaqueros delante de mí sin pedirme permiso, supe que esa tarde de agosto iba a ser muy diferente a lo que imaginaba.
Diego me miró antes de apagar el motor. Sabíamos los dos lo que significaba si le invitaba a subir. Aun así, abrí la puerta del coche.
Las dos se fueron de compras y nos quedamos solos en casa. Bastaron diez minutos de televisión para que él decidiera mostrarme lo que llevaba debajo del short.
Bajé del coche con la comida que le había preparado, abrí la puerta del patio sin pensarlo y lo vi: desnudo, los ojos cerrados, sin la menor intención de parar.
Abrí la puerta del baño dispuesto a darme una ducha rápida y allí estaba ella, frente al espejo, con apenas un tanga fucsia y el pelo todavía revuelto por el partido.
Cuando volví a dejarme caer en su cama, supe que esa mañana iba a ser distinta. Mi primo me miraba como si llevara meses esperando justo ese momento, y yo dejé de fingir.
Lo masajeé después de la playa, sin pensar. Sentí su erección bajo el bañador y supe que aquel verano no iba a terminar como los otros.
Su mano helada se coló por debajo de mi camiseta mientras esperábamos a sus padres. Y entonces me di cuenta de que esa noche no íbamos a dormir.
Nos habíamos quedado solos en casa. Él me abrazó por detrás y me preguntó si quería probar algo nuevo. Yo no sabía lo que significaba, pero dije que sí.
Eran primos, se veían poco, y esa noche estaban solos en el salón mientras todos dormían. No debía pasar nada. Casi no pasó.
Ella nunca había estado con nadie. Yo era su primo. Lo que empezó como una reunión familiar terminó de madrugada cuando me susurró que me había esperado toda la noche.
Cuando corrió la cortina y puso mis manos sobre su cuerpo, entendí que mi prima había decidido que aquella tarde lo cambiaría todo entre nosotros.
La última vez que la vi teníamos doce años. Ahora bailaba pegada a mí con una falda roja y una mirada que no era la de una prima.
Cuando le abrí la puerta a mi tío esa tarde, no había nadie más en casa. Lo que le confesé después, en su sofá, no se lo había dicho a nadie.