Valeria quería lo que su marido nunca le dio
Carmen me avisó que su prima Valeria quería aprender. Cuando abrí la puerta y la vi con esa falda y esos tacones, supe que aquella mañana iba a ser completamente distinta.
Carmen me avisó que su prima Valeria quería aprender. Cuando abrí la puerta y la vi con esa falda y esos tacones, supe que aquella mañana iba a ser completamente distinta.
Llevábamos toda la boda intercambiando miradas. Cuando me susurró que quería mostrarme algo, pensé que era una broma. No lo era.
Veinte años, cero experiencia y una prima que lo miraba como si supiera exactamente qué tenía en la cabeza. El verano iba a ser largo.
Cuando se quitó los vaqueros delante de mí sin pedirme permiso, supe que esa tarde de agosto iba a ser muy diferente a lo que imaginaba.
Diego me miró antes de apagar el motor. Sabíamos los dos lo que significaba si le invitaba a subir. Aun así, abrí la puerta del coche.
Las dos se fueron de compras y nos quedamos solos en casa. Bastaron diez minutos de televisión para que él decidiera mostrarme lo que llevaba debajo del short.
Mi primo Daniel cayó frito en la hamaca. Lorenzo y yo nos quedamos solos, mirando la playa convertida en orgía. Lo que pasó después todavía me persigue en agosto.
Bajé del coche con la comida que le había preparado, abrí la puerta del patio sin pensarlo y lo vi: desnudo, los ojos cerrados, sin la menor intención de parar.
Abrí la puerta del baño dispuesto a darme una ducha rápida y allí estaba ella, frente al espejo, con apenas un tanga fucsia y el pelo todavía revuelto por el partido.
Cuando volví a dejarme caer en su cama, supe que esa mañana iba a ser distinta. Mi primo me miraba como si llevara meses esperando justo ese momento, y yo dejé de fingir.
Lo masajeé después de la playa, sin pensar. Sentí su erección bajo el bañador y supe que aquel verano no iba a terminar como los otros.
Su mano helada se coló por debajo de mi camiseta mientras esperábamos a sus padres. Y entonces me di cuenta de que esa noche no íbamos a dormir.
Nos habíamos quedado solos en casa. Él me abrazó por detrás y me preguntó si quería probar algo nuevo. Yo no sabía lo que significaba, pero dije que sí.
Eran primos, se veían poco, y esa noche estaban solos en el salón mientras todos dormían. No debía pasar nada. Casi no pasó.
Ella nunca había estado con nadie. Yo era su primo. Lo que empezó como una reunión familiar terminó de madrugada cuando me susurró que me había esperado toda la noche.
Cuando corrió la cortina y puso mis manos sobre su cuerpo, entendí que mi prima había decidido que aquella tarde lo cambiaría todo entre nosotros.
La última vez que la vi teníamos doce años. Ahora bailaba pegada a mí con una falda roja y una mirada que no era la de una prima.
Llevaba meses fingiendo que los piropos de su primo no le afectaban. Esa tarde, al cruzarlo sola en el pasillo en ropa interior, supo que ya no podía seguir mintiéndose.
Cuando le abrí la puerta a mi tío esa tarde, no había nadie más en casa. Lo que le confesé después, en su sofá, no se lo había dicho a nadie.
Llegué con la camiseta pegada al cuerpo por el calor y ella abrió la puerta con esa sonrisa que llevaba años fingiendo no tener.