Mi amiga travesti y yo invitamos a un desconocido
Damián tenía treinta años y, desde que era un crío, había sentido el impulso de vestirse de mujer. En su casa eso jamás se nombró, así que aprendió a esconderlo como quien guarda un tesoro vergonzoso. Cuando por fin se independizó y se mudó a doscientos cincuenta kilómetros de sus padres, salió con un par de chicas más por costumbre que por deseo. La verdad era otra: prefería encerrarse en su departamento, ponerse una falda y sentirse, durante unas horas, exactamente lo que era por dentro.
Así pasaron los años y a Damián eso le bastaba. A veces chateaba con hombres que querían verlo convertido en hembra, o con otros de sus mismos gustos, hombres que en la intimidad se vestían y se comportaban como mujeres. Pero el miedo siempre pesaba más que las ganas, y nunca quedaba con nadie. Hasta que conoció a Rubén.
Tenían la misma edad, los dos solteros, los dos con una vida tan parecida que parecía calcada. Medían casi lo mismo, eran de rasgos finos y piel lampiña, esa clase de hombres que las mujeres encuentran guapos y que ellos aprovechaban para feminizarse con maquillaje. Damián tenía la piel tostada, el pelo castaño claro y los ojos color almendra; Rubén era pálido, rubio, de ojos grises. Ambos llevaban el cabello corto.
Cuando se conocieron en persona fueron nerviosos, como en una primera cita. Pero ese nervio se disolvió enseguida, porque por primera vez tenían enfrente a alguien igual. Terminaron en el piso de Rubén. No hubo sexo: descubrieron que los dos se sentían mujeres por completo, y la idea de tocarse como hombres no funcionaba entre ellos. Lo que sí funcionó fue vestirse, maquillarse y comportarse como las hembras que sentían ser.
Desde ese día todo cambió. O mejor dicho, cambió para «ambas». Damián iba a casa de Rubén, o Rubén a la de Damián, y en esos momentos eran dos mujeres. Salían juntas de compras, discretas, sin un solo gesto que las delatara, diciendo que la ropa era para sus «esposas». Luego se la probaban en casa: braguitas, ligueros, vestidos cortos, tacones, pelucas largas. Compensaban la falta de sexo masturbándose una frente a la otra, mirándose y sonriendo, conscientes de que eso era lo más cerca que habían estado nunca de un hombre.
***
Con el tiempo nació un juego nuevo: chatear con hombres mientras se exhibían con sus conjuntos más atrevidos. Los calentaban, los hacían rogar y al final nunca daban el paso. Era más fácil quedarse en la pantalla.
Una tarde Damián llegó a casa de Rubén, que dentro de aquella intimidad se hacía llamar Romina, Romi. Ya estaba frente al ordenador, peinada y maquillada, con un conjunto de encaje negro. Damián, que en ese mundo era Daniela, Dani, se vistió rápido, se puso la peluca rizada y sirvió dos copas de coñac mientras Romi le contaba que estaba hablando con un chico de unos veintinueve años. Le encantaba lo que ellas eran, decía, y quería conocerlas.
Se llamaba Iván. Era bajo, delgado, de pelo negro y gafas; les sacaba más de quince centímetros de diferencia hacia abajo. Aun así, las dos lo miraban con cierta superioridad burlona: medían más que él, tenían piernas de modelo. Después de mucho insistir, tras verlas posar con los bodys de encaje y los tacones de aguja, Iván consiguió que lo invitaran al departamento de Romi.
La verdad es que aceptaron por dos motivos. El primero, que al ser más bajo no representaba ningún peligro. El segundo, y el que ninguna de las dos confesaba en voz alta, era que esa noche estaban más calientes de lo habitual, y daban por hecho que el chico se asustaría al verlas en vivo y se marcharía. Entonces ellas podrían terminar como siempre: masturbándose juntas antes de dormir.
Romi le mandó la dirección a las once. Mientras él subía, las dos se cambiaron los bodys por vestidos cortos de tirantes: rojo intenso el de Romi, azul pastel el de Dani, ambos dejando medio muslo al aire sobre las medias de encaje negro. Cuando sonó el timbre del portero, se miraron dudosas un segundo antes de autorizarle la entrada.
Llamó a la puerta. Las dos se ruborizaron como colegialas. Romi puso la mano en el pomo, giró y abrió.
***
Iván ahogó una expresión de asombro al verlas. Dani pensó en lo caliente que estaba: era la primera vez que un hombre las miraba de verdad, en persona, vestidas de mujer. Todavía deseaba que el chico se cortara y se fuera, pero algo en su mirada empezaba a desarmar ese plan.
—Pasa, Iván —dijo Romi, rompiendo el hielo con la voz suave que llevaba años puliendo—. Bienvenido. Somos Romi y Dani.
—Uff. Hola, guapas —respondió él, ya más relajado, con evidente entusiasmo—. De verdad que estáis para comeros.
Algo despertó en las dos con esas palabras. Sin darse cuenta, sus sonrisas se alargaron. Caminaron delante de él hacia el sofá, contoneándose, sintiendo cómo las recorría con la mirada. Le sirvieron una cerveza con hielo, contentas de asumir su papel, y se sentaron al otro lado de la mesa de cristal.
—Voy a ser honesto —dijo Iván tras el primer trago—. He tenido varios amantes, casi todos pasivos, porque yo soy completamente activo. Pero lo que más me va es justo esto: hombres que se sienten mujeres y quieren que las traten como tales. Nunca lo había visto en vivo, y os lo digo de corazón: estáis preciosas. Dos amazonas. Creo que me acabo de sacar la lotería.
Las dos sonrieron, felices de verdad. La charla se fue volviendo más cálida a medida que perdían el nervio. Él las trataba en femenino, se interesaba por ellas; contó que era programador y que vivía solo. Y ellas, sin pensarlo, se movían y gesticulaban como las mujeres que eran en ese cuarto.
—Y… sobre lo que decías en el chat —tanteó Romi.
—Busco algo fijo —Iván se empujó las gafas con el índice—, pero sin convivir.
—¿Y dos no seríamos demasiado para ti? —insistió ella, con una sonrisa afilada.
—No sé. Habría que probar —se puso de pie de golpe—. Necesito ducharme.
***
Iván sacó una toalla de su mochila. Dani se levantó para guiarlo al baño mientras Romi los seguía con la mirada. El camino fue corto. Dani encendió la luz y se hizo a un lado.
—Es aquí —susurró, con la cabeza gacha.
—Gracias, guapa.
Antes de que ella pudiera salir, él le dio una palmada firme en una nalga y cerró la puerta. Dani volvió a la sala con el rostro encendido, la respiración agitada, reviviendo el manotazo una y otra vez. Le había gustado. Le había gustado tanto que sentía vergüenza de admitir cuánto deseaba otra.
—¿Qué te parece? —le preguntó Romi cuando se sentó a su lado.
—No sé. Ni sé qué hacemos aquí con él —desvió la mirada, incapaz de confesar lo cachonda que estaba.
—Pues yo digo que nos lo tiramos y mañana le damos una excusa —resolvió Romi—. Pero necesito hacerlo hoy. Estoy ardiendo, Dani.
—Si es lo que quieres…
La puerta del baño se abrió. Los pasos por el pasillo les aceleraron el corazón. Iván reapareció con el pelo revuelto y húmedo, terminando de colocarse las gafas, vestido solo con un slip negro. Sin darles tiempo a reaccionar, se plantó frente a ellas y se lo bajó.
Las dos levantaron la vista. Primero el pelo alborotado que le daba un aire sexy, luego esa sonrisa de quien sabe que manda. Y al fin bajaron los ojos hasta su sexo: distinto al de ellas, mucho más grueso, y aunque estaba flácido ya alcanzaba el largo que ellas tenían en plena erección. A las dos les dio un escalofrío imaginar su tamaño completo.
Iván posó la mano sobre la cabeza de Dani y, con suavidad pero sin dudar, la acercó. Ella abrió la boca por puro instinto.
—Así me gusta —murmuró él, guiándole el ritmo—. Despacio, cómela bien.
Dani sintió cómo crecía dentro de su boca hasta que apenas la abarcaba. Romi se mordía el labio, celosa de ver a su amiga estrenándose. Cuando estuvo bien dura, Iván la retiró: ante ellas quedó esa verga enorme, de casi veinte centímetros.
—Ahora tú, preciosa —ladeó la cadera hacia Romi.
—Sí…
Sin necesidad de que la sujetara, Romi cerró los ojos y se la metió en la boca, manchada todavía del labial de su amiga.
—¿Seguro que es tu primera vez? —se deleitaba él en el vaivén—. La comes como una experta. Igual que Dani.
***
Las dos se coordinaron sin proponérselo para hacérsela a dúo: Romi en el glande, Dani entregada a sus testículos con largos lengüetazos. Pero Iván las apartó pronto, tomándolas del pelo. La fiesta apenas empezaba.
—Las quiero a cuatro patas en el sofá, mirándose de frente —ordenó—. Hoy os voy a atender bien.
Obedecieron al instante. Quedaron frente a frente, los culitos en alto. Iván sacó de la mochila un tubo de lubricante, se lo extendió en los dedos y acercó una mano a cada una. Les apartó las braguitas, las acarició y empezó a trabajarlas por detrás, primero un dedo, luego dos.
—Qué zorritas tan bien portadas —dijo, satisfecho de encontrarlas limpias—. Y bien dispuestas.
—Es que… nos gusta estar limpias para ti —musitó Romi, apenas un hilo de voz.
En la cabeza enturbiada de las dos ya solo cabían sus palabras. Retomaron la verga con la lengua, coordinadas, perdidas en el deseo, dejando de reprimir los gemidos mientras los dedos de Iván las dilataban poco a poco.
Entonces volvió a apartarlas. Tomó a Romi de la cadera, le acomodó la cara contra el respaldo y le levantó el culo frente a su sexo brillante de saliva. Ella se aferró al sofá y miró por encima del hombro cómo estaba a punto de perder la virginidad.
—Vaya, estás muy estrecha —murmuró él, empujando con cuidado.
Cuando entró del todo, Romi soltó un alarido y arqueó la espalda. El dolor inicial dio paso al placer, y pronto empujaba ella misma las caderas para empalarse.
—¡Soy tu chica, Iván! —bramaba, fuera de sí.
Dani la miraba embobada, gimiendo, retorciéndose, gritando lo que sentía, hasta que Romi se corrió y manchó la parte delantera de sus braguitas justo cuando él la embestía más hondo.
—Esta ya está estrenada —Iván le dio una palmada—. Voy a lavarme. Después sigues tú, preciosa. Ven.
***
No esperó respuesta. Tomó la mano de Dani y la llevó al baño, donde la sentó frente a él y le ofreció de nuevo su verga, que recuperaba la dureza con cada vaivén. Luego la abrazó por detrás de vuelta a la sala, restregándole el sexo contra el culo y pellizcándole los pezones sobre el vestido, el cuerpo pegado al de ella.
Se dejó caer en el sofá y la bajó despacio para empalarla ahí mismo. El culito de Dani ofreció más resistencia, tardó más en abrirse, pero al fin cedió mientras ella soltaba un gemido largo.
—¡Dios, sí! —cabalgaba de espaldas, guiada por sus manos.
—Estás más apretada que Romi —gruñó él.
Ahora le tocó a Romi mirar cómo su amiga era estrenada, cómo gritaba que le pertenecía, cómo se descomponía de placer hasta alcanzar el clímax. Dani terminó en el suelo, abierta de piernas, temblando.
Lo que siguió fue una noche larga. Iván las usó por turnos, las mezcló, las hizo correrse una y otra vez, repartiendo órdenes y palmadas mientras ellas competían por complacerlo. Cuando ya no les quedaban fuerzas, las arrodilló juntas, mejilla contra mejilla, y se masturbó hasta vaciarse sobre sus dos caras maquilladas, dejándoles el rímel corrido y una sonrisa idiota de satisfacción.
Después se ducharon los tres. Ellas se quitaron las pelucas, desnudas, mientras él las manoseaba a placer. Tendieron el sofá-cama como dos amas de casa, abrieron unas cervezas y se recostaron a su lado a ver la tele, una en cada brazo, abrazándolo como las enamoradas en que se habían convertido. Antes de dormir, él besó a una y luego a la otra, devorándoles la boca, y volvió a poseerlas hasta que el sueño las venció sin siquiera limpiarse la cara.
***
—Buenos días.
—Hola.
Damián y Rubén se levantaron ese martes con el cuerpo deshecho y el ánimo por las nubes. Se ducharon, desayunaron y, ya como dos hombres cualquiera, se fueron a trabajar en direcciones opuestas.
A lo largo del día se cruzaron mensajes, recuperando en la pantalla del teléfono sus identidades de Dani y Romi, recordando todo lo que ese hombre les había dado. Llegaron rápido a la misma conclusión: no podían dejarlo ir. Querían pasar con él todo el tiempo posible, vestidas de mujer, comportándose como sus chicas.
Apenas salieron del trabajo se encontraron de nuevo en el piso de Rubén. Se arreglaron durante horas: vestidos negros ceñidos, tacones de plataforma, pelucas de sus tonos naturales recogidas en coletas altas, el mismo labial carmín. Se tumbaron en el sofá-cama y le mandaron una foto. La respuesta no fue un mensaje, sino una llamada.
—Hola, guapas. ¿Cómo estáis?
—Calientes —respondió Dani—. Y queremos que nos bajes la calentura. ¿Te apetece?
—Me gustaría atender a mis chicas siempre que se pueda. Si os interesa serlo.
—¡Claro que sí! —contestaron a coro.
—Pasarlo bien, que las haga mías una y otra vez, enseñaros a ser mis favoritas. ¿Os interesa?
—Sí… —murmuró Romi, ya con la mano entre las piernas.
—Entonces nos vemos en un rato. ¿Seguís en casa de Romi?
—Aquí estamos.
No tardó en presentarse. Cuando le abrieron, Dani y Romi lo esperaban con las manos a la espalda, mirándolo desde arriba con un deseo que ya no disimulaban. Lo metieron casi a rastras y, en cuanto cerraron la puerta, se arrodillaron a sus pies, alzando la vista hacia él con auténtica devoción.
—Entonces empecemos —dijo Iván, bajándose el pantalón.
Ese hombre había encontrado a sus dos chicas, y aquellas dos travestidas habían encontrado por fin a su semental.