Me vestí de mujer y salí a buscar a un desconocido
Quiero compartir lo que me pasó un domingo cualquiera, el día en que por fin me atreví a hacer algo que llevaba meses imaginando en la oscuridad de mi cuarto.
Mis padres se habían ido el fin de semana a la costa. Tenía la casa entera para mí, sin horarios, sin miradas, sin nadie que me preguntara nada. Esa libertad me llenó de una excitación que no sentía hacía tiempo.
Me levanté temprano, me duché con calma y saqué del fondo del armario todo lo que guardaba escondido. Me maquillé despacio, disfrutando cada paso. Tengo las pestañas largas, así que no necesité postizas; me puse rímel, un labial rojo intenso y un poco de rubor. Después vino la ropa: una tanga negra, un liguero con medias de red, unos rellenos de silicona dentro del sujetador y, encima, una blusa de tirantes y una minifalda ajustada de color claro. Me calcé unos tacones altos, me pegué unas uñas postizas y, al final, me coloqué la peluca, larga y castaña.
Me miré al espejo y casi no me reconocí. Me gustó lo que vi. Me sentía sexy, descarada, como la mujer que solo existía cuando no había nadie cerca. Me llamé Vanesa, como hacía siempre en mi cabeza cuando me transformaba.
Anduve un rato por la casa fingiendo que ordenaba, pero la verdad es que solo quería sentir el roce de las medias en los muslos y el sonido de los tacones contra el suelo. La excitación crecía y crecía. Una idea empezó a rondarme: ¿y si salía a la calle así, vestida, expuesta?
El corazón me latía fuerte solo de pensarlo. Me asomé a la ventana para asegurarme de que no hubiera vecinos en la acera y, casi corriendo, me metí en el coche de mis padres. Arranqué con las manos temblando.
Conducir por el barrio vestida de mujer fue una de las sensaciones más intensas de mi vida. Cada semáforo, cada peatón que cruzaba sin mirarme dos veces, alimentaba el morbo. Me sentía una zorra paseándose entre gente que no sospechaba nada. Estaba tan caliente que necesitaba más. Necesitaba que algo de verdad ocurriera.
***
Unas calles antes de volver a casa había unos edificios en construcción. Pasaba por allí casi todos los días y siempre me quedaba mirando a los obreros, fantaseando con que uno de ellos me llevara a un rincón y me usara. Los domingos no trabajaban, eso lo sabía. Así que pensé que era el lugar perfecto para pasear a solas con mi fantasía.
Metí el coche por una entrada lateral de la obra y lo dejé tras un muro a medio levantar. Comprobé que no se veía a nadie. Bajé y empecé a caminar entre los escombros, los sacos de cemento y las varillas de hierro. El eco de mis tacones rebotaba contra las paredes desnudas y eso me ponía aún más. Caminaba despacio, contoneándome para nadie, disfrutando de ser Vanesa en mitad de aquel lugar tan crudo.
Entonces escuché voces. No supe de dónde venían. Me asusté de golpe; me había alejado demasiado del coche. Lo único que se me ocurrió fue meterme en lo que parecía un cuartito de obra, oscuro y sin puerta, y agacharme contra la pared para que no me vieran.
El corazón me iba a mil. Eran los guardias del lugar; al oír los tacones habían salido a ver quién andaba por ahí. Me quedé en silencio, casi sin respirar, hasta que dejé de oír nada. Pensé que se habían marchado.
Decidí salir y largarme de allí cuanto antes. Pero al asomarme me topé de frente con uno de ellos, plantado justo delante de mí. Me quedé helada, sin poder mover un músculo. Era un hombre alto, de unos cuarenta y tantos, moreno, delgado pero fibroso, con una camiseta gastada por el trabajo, un pantalón de mezclilla manchado y botas pesadas.
—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos por aquí? —dijo, mirándome de arriba abajo.
Bajé instintivamente la minifalda y forcé la voz más femenina que pude.
—Por favor, no diga nada. Solo entré a caminar un poco, ya me iba.
—Voy a tener que avisar de esto —respondió, muy serio.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Imaginé el escándalo, a más gente apareciendo, la policía.
—No, por favor, no avise a nadie. Ya me marcho, se lo juro.
Él dio un paso hacia mí y yo retrocedí.
—¿Y qué me vas a dar a cambio de que me calle? Porque debería llamar a mi compañero y a la policía.
—A la policía no, por favor —supliqué—. Haré lo que usted me pida.
Siguió acercándose, lento, y yo seguí retrocediendo hasta que mi espalda chocó contra la pared y ya no tuve a dónde ir. La situación me daba pánico y, al mismo tiempo, me tenía completamente encendida.
Se detuvo a apenas unos centímetros de mi cara. Y entonces, con la excitación que arrastraba desde casa, no pude evitar que se me marcara el bulto bajo la falda. Él lo notó al instante y una sonrisa torcida le cruzó el rostro.
—Pero si eres un mariquita —murmuró—. ¿Sabes lo que les hago yo a los maricas como tú?
—No, señor —respondí, con un hilo de voz.
—Ahora mismo lo vas a aprender, putita.
—Pero nos van a ver —protesté débilmente.
—Mi compañero se fue a la otra sección. Tardará un buen rato en volver.
***
Me agarró de la cintura y me atrajo hacia él. Cuando sentí sus manos ásperas sobre la piel se me erizó todo el cuerpo y se me escapó un suspiro. Olía a tierra, a cemento, a sudor de trabajo; no era un olor desagradable, al contrario, me revolvía por dentro.
—Te gusta la verga, ¿verdad? —dijo muy cerca de mi boca.
Me besó. Fue un beso brusco que me hizo temblar de la cabeza a los pies. Yo estaba paralizada, solo sentía sus manos sujetándome la cintura. Sin darme cuenta de cómo, ya tenía la mano apoyada sobre el bulto de su pantalón. Empecé a acariciarlo por encima de la tela y noté cómo se endurecía poco a poco. Era una locura. Mi sueño se estaba haciendo realidad: estaba a punto de probar la polla de un completo desconocido.
Fui bajando, casi por instinto, hasta quedar de rodillas frente a su bragueta. Le desabroché el pantalón con dedos torpes y empecé a besarle el vientre, justo debajo del ombligo. Su respiración se aceleró. Le bajé el pantalón hasta las rodillas y me quedó delante solo el bóxer, que retiré despacio mientras sacaba la lengua para recibir lo que escondía dentro.
Saltó frente a mí una verga grande y erecta, ya húmeda en la punta. Era lo más grande que había visto nunca. No demasiado gruesa, pero larga, con las venas marcadas y caliente al tacto. Hasta ese día solo había tenido dos en la boca, y ninguna me había dejado satisfecha; ninguna de las dos había llegado siquiera a terminar.
Me quedé como hipnotizada. La tomé con la mano izquierda mientras con la derecha le acariciaba los testículos; la piel era suave, todo lo contrario a sus manos. Lo masturbé unos segundos, mirándolo desde abajo.
Él me agarró de la nuca y me empujó suavemente hacia su sexo. Saqué la lengua y la pasé por la punta, en círculos lentos. Le besé el glande lo mejor que supe. Tantas noches había fantaseado con ese momento que sabía exactamente lo que quería hacer. Me lo metí en la boca, primero solo la mitad, lo saqué y bajé a lamerle los huevos, pasándoles la lengua, mordiéndolos con cuidado, para después volver a tragarlo un poco más hondo. Él gemía.
—Así, puta. Lo haces muy bien.
—¿Te gusta, papi? —pregunté, levantando la vista.
—Me encanta. Cómetela toda.
Me sujetó la cabeza con más fuerza y empujó hasta el fondo. Llegó a mi garganta y sentí que me ahogaba, pero no la aparté; al contrario, la quería todavía más adentro. El vello áspero de su pubis me hacía cosquillas en la nariz mientras seguía masajeándole las bolas.
—Así, putita, cómetela —jadeaba.
La sacaba para pasar mis labios por la punta y recorrer con la lengua el frenillo, dibujándole círculos. Por momentos me golpeaba la cara con ella, paseándola por mis mejillas, mis labios, mi barbilla. Yo volvía a tragarla cada vez más rápido, le chupaba los testículos, lo masturbaba con la mano. Sus gemidos se hacían más cortos y seguidos.
—¿Quieres leche, putita?
—Sí, dame tu leche, la quiero en mi boca.
—Sigue, puta, ya casi tienes tu premio.
Me la metí entera cuando noté que estaba a punto. La chupé despacio, lo más adentro que pude, y sentí el primer chorro de semen golpeándome la garganta. Él jadeó con fuerza. Tragué. Era espeso, pero delicioso. Saqué un poco para no derramar nada y seguí mamando mientras venían más chorros, más de lo que esperaba. El sabor era intenso, un punto salado, y me volvía loca. No me cabía todo, así que la aparté y los últimos disparos cayeron sobre mi cara. Tragué lo que pude. Volví a metérmela en la boca para limpiarla bien.
Él recogió con el dedo el semen que me escurría por la mejilla y me lo llevó a los labios.
—No desperdicies nada, puta —dijo.
—Qué rico lo haces, mi amor —murmuré.
—¿Te gustó, papi?
—Claro que sí —respondió, subiéndose el pantalón—. Ahora lárgate, que mi compañero está por llegar.
***
Me quité los tacones para no hacer ruido y salí corriendo, con la cara aún manchada y algo de semen resbalándome por la barbilla. No me importó. Estaba temblando, sí, pero también flotaba: acababa de cumplir la fantasía que tantas noches había alimentado a oscuras. Habérsela mamado a un obrero, a un desconocido, en mitad de una obra vacía.
Conduje hasta casa con el corazón todavía acelerado. Ya anochecía cuando entré. Me duché despacio, repasando cada segundo de lo que había pasado, y terminé masturbándome en la cama, recordándolo todo. Mientras me corría, solo pensaba en una cosa: en cuándo volvería a salir, vestida de Vanesa, a buscar mi próxima aventura.