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Relatos Ardientes

Mi tercera vez como pasivo con una travesti del chat

Había pasado más de un mes desde aquella primera vez en que acepté mi gusto culposo, esa noche en la que, para bien o para mal, terminé estrenándome como pasivo sin haberlo planeado del todo. Durante esas semanas me la pasé navegando por internet a deshoras, viendo imágenes y videos de chicas trans cogiéndose a hombres, alimentando un deseo que ya no sabía cómo callar.

Fue así como di con una página todavía nueva, organizada en salas donde podías conversar con gente de muchos lugares. Empecé entrando a las salas de temática gay, escribiendo de vez en cuando, charlando con desconocidos, casi ninguno mexicano, por cierto. Hasta que noté que había salas creadas por los propios usuarios, y entre ellas una de travestis y transexuales. Di el famoso clic y entré.

Los primeros días me dediqué solo a leer. Las pláticas de la sala principal, las preguntas y respuestas de siempre, lo típico que para esos ayeres todavía era novedad. Entraba cada que tenía un rato libre, sin atreverme a más. Hasta que una tarde apareció un nick que decía «travesti activa». Con lo poco que sabía de mi torpe estreno previo, junté valor y le escribí.

—Hola, buenas tardes. ¿Cómo estás? —tecleé.

—Buenas tardes. Bien, ¿y tú? —respondió enseguida.

—Bien, tomándome el atrevimiento de escribirte porque me llamó la atención tu nick.

—Vaya. ¿Y por qué te llamó la atención, si se puede saber?

Le conté la verdad: que era bastante inexperto en el tema de las travestis y transexuales, que hacía poco había tenido mi primera experiencia con un hombre y que tenía curiosidad por conocer más. Le pregunté de dónde era y me dijo que de la Ciudad de México, cerca del metro Revolución. Yo le di mi colonia: estábamos a menos de una hora de camino. Me preguntó cómo era físicamente y le solté mi estatura, un metro setenta y cinco, complexión media. Ella me dijo que medía un metro setenta y seis, de complexión robusta y tez blanca. Se presentó como Rebeca; yo le di un nombre falso, porque andaba con un nick distinto al mío.

Cuando entramos en materia, fue ella quien tomó la iniciativa. Le confesé que no tenía mucha experiencia sexual, que solo había estado con dos mujeres y que mi primer encuentro con un hombre había terminado conmigo de pasivo.

—¿Y eso por qué? —preguntó.

—Me dejé llevar. Por la otra persona y por mi inexperiencia. Me fue seduciendo hasta que terminó cogiéndome.

—Jajaja, abusaron de tu inocencia —escribió.

—Puede ser, pero no me quejo. Me sirvió de experiencia. Conocí un mundo nuevo.

—¿Y te gustaría tener más experiencia?

—Sí, me gustaría.

Me propuso vernos al día siguiente en la esquina de la avenida que daba con la principal, cerca del metro, y me pasó su número de teléfono. Le mandé un mensaje al instante para que tuviera el mío. Charlamos unos minutos más y quedamos en estar puntuales a la hora y el lugar acordados.

***

Al otro día llegué media hora antes. Estuve dando vueltas, mirando el reloj, con una mezcla de nervios y ganas que no me dejaba quieto. A la hora señalada sonó mi celular: era ella, avisando que ya estaba cerca, que se había retrasado por unas cuestiones. Me preguntó cómo iba vestido y le describí mi pantalón de mezclilla negro, la playera gris con rojo, la gorra y los tenis blancos.

Unos minutos después la vi acercarse. Más alta que yo, no muy agraciada pero tampoco fea, robusta, tirándole un poco a llenita, con una falda larga negra y una blusa blanca de vivos floreados. El pelo castaño le caía sobre los hombros. Me reconoció, se acercó y me saludó con un beso en la mejilla que respondí de la misma manera.

—Sígueme —dijo—. Conozco un lugar donde vamos a estar tranquilos.

Caminamos unas cuadras platicando de cosas triviales, yo medio paso atrás de ella. Llegamos a la fachada de un hotel que a mi parecer era bastante austero, pero ella me aseguró que no estaba tan mal, que una vez se había quedado ahí por cuestiones de trabajo. Entramos, pagamos la habitación en la recepción y subimos con la llave en la mano.

Apenas cerré la puerta, se puso detrás de mí y me abrazó por la espalda, las manos en mi cintura. Acercó la cara a mi oído.

—No te había visto bien hasta ahora —murmuró—. Estás bastante nalgón. Con razón aquella persona te cogió.

Bajó las manos al frente de mi pantalón. Me desabrochó el cinturón, desabotonó el botón y me pidió que me quitara los tenis. Me agaché a desamarrarlos y ella aprovechó para arrimarse contra mí. Cuando me incorporé, todavía pegada a mi espalda, me bajó el pantalón hasta los tobillos y me lo sacó por completo. Después la playera. Me quedé en puro bóxer en medio de la habitación.

Volvió a abrazarme por detrás y empezó a besarme el cuello. Sus labios subían despacio, la lengua jugando detrás de mi oreja, y yo sentía cómo se me erizaba la piel. Sin darme cuenta solté un par de gemidos leves. Estuvo así varios minutos, midiéndome, hasta que se separó, me dio una nalgada y me empujó hacia la cama.

Me senté en el borde. Ella se quitó la falda parada frente a mí, hizo a un lado el calzón negro de encaje y sacó su verga. Tendría unos dieciséis centímetros, de buen grosor, ya con una gota de líquido brillándole en la punta. Me la acercó a la cara sin decir nada. No hacía falta: estaba clarísimo lo que seguía.

La tomé con la mano y empecé a chuparla de abajo hacia arriba, pasando la lengua por todo el tronco hasta la cabeza. Me la metí a la boca, le di una vuelta con la lengua, la saqué y volví a recorrerla entera. Repetí el movimiento un par de veces más antes de metérmela del todo y empezar a mamarla con ritmo.

—Qué rico la chupas —gimió, con una mano apoyada en mi nuca—. Qué boquita tienes.

Seguí hasta que me detuvo. Me hizo ponerme de pie, me bajó el bóxer de un tirón y me dejó completamente desnudo frente a ella. Después me empinó sobre la cama, me dio otra nalgada y trató de meterme un dedo. Mi entrada se resistió al intruso.

Al notar la resistencia, soltó un salivazo que cayó justo entre mis nalgas. Apoyó el dedo en la entrada y lo fue remojando, dando vueltas alrededor, intentando colarlo de a poco. En un momento se abrió paso y entró hasta la mitad. Solté un gemido fuerte. Ella escupió otra vez, sacó el dedo, repitió el ritual y volvió a meterlo, ahora entero, dejándolo quieto un instante antes de empezar a girarlo en mi interior.

Mis gemidos se volvieron más constantes. Lo estaba disfrutando, no podía negarlo. Y en eso sentí cómo metía un segundo dedo. Empezó a entrar y salir más rápido, escupiendo de vez en cuando para mantenerlo resbaloso, y mis gemidos subieron de intensidad. De golpe detuvo el movimiento y sacó los dedos.

—¿Ya quieres que te lo meta? —preguntó.

—Sí —alcancé a contestar entre jadeos.

Con algo de fuerza me tumbó sobre la cama, me dio la vuelta y me echó las piernas sobre los hombros. Sentí la cabeza de su verga apoyada en mi entrada, presionando para abrirse camino.

Empezó a empujar despacio pero sin pausa. Notaba cómo se iba abriendo paso dentro de mí, centímetro a centímetro, sin detenerse. Quise moverme un poco, llevé las manos a su cadera para frenarla, pero ella me sujetó las muñecas y me dejó inmóvil, con las piernas en sus hombros y sin manera de escapar de su empuje. Siguió hasta que su cadera chocó con la mía.

—Ah… qué rico aprietas —jadeó.

La sentía ocupándome por completo. Empezó a sacarla muy despacio, hasta que salió del todo.

—Qué rico se ve tu agujero abierto —dijo, y me la volvió a clavar de golpe hasta el fondo.

De ahí en adelante el ritmo creció. Me tenía dominado, las piernas arriba, los brazos sujetos por sus manos, sin la menor posibilidad de moverme. Sometido a su fuerza, gemía cada vez que entraba y salía, y ella gemía conmigo en cada embestida. Aceleró, apretó más mis muñecas, golpeó con más ganas. Y en un momento se hundió hasta el fondo, gimió con fuerza y sentí algo caliente derramándose dentro de mí. Me soltó las manos, me bajó las piernas y se apartó.

Al sentirme libre me llevé la mano atrás. Lo noté dilatado, abierto, y algo caliente y espeso escurriendo. Se había venido dentro.

Se recostó a mi lado, de frente, y me abrazó.

—¿Qué te pareció? —preguntó.

—Me encantó —respondí—. ¿Te viniste adentro?

—Sí. Estabas tan rico que no me pude contener.

—Es la primera vez que alguien hace eso conmigo.

Esbozó una sonrisa enorme y me besó. Estuvimos así unos minutos, besándonos, hasta que pasó la mano por mi cintura y me jaló hacia ella con firmeza. Empezó a masajearme las nalgas sin dejar de besarme y, poco a poco, me fue acomodando boca abajo.

***

Se montó encima de mí y acomodó la verga en mi entrada. Esta vez entró sin resistencia, directo hasta el fondo. Empezó a metérmela y sacármela subiendo la intensidad, las manos sobre mis brazos para que no pudiera moverme.

—Este culito es todo mío —dijo entre gemidos—. Qué rico estás.

Me cogió así varios minutos. La sacaba del todo y la volvía a clavar de un solo empujón, arrancándome gemidos más fuertes cada vez. Luego se detuvo, se levantó y me obligó a ponerme de pie.

—Ahora va a ser tu primera vez probando algo diferente.

Me hizo hincarme y puso la verga frente a mi cara. Quise metérmela a la boca, pero con un gesto de la mano me detuvo. Empezó a masturbarse delante de mí, despacio al principio, subiendo el ritmo y los gemidos.

—Listo o no, ahí te voy. Acéptalo —dijo.

Soltó un chorro de semen que me cayó directo en la cara. Apenas alcancé a cerrar los ojos. Sentí lo caliente en las mejillas y los labios mientras seguían los disparos. Cuando abrí los ojos me puse de pie y fui al espejo: había soltado una buena cantidad. Ella se acomodó detrás de mí, riéndose.

—¿Qué te pareció tu primera experiencia de este tipo?

No supe qué contestar. Me pasó un poco de papel y empecé a limpiarme.

Cuando me quité toda la leche de la cara, volví a la cama, donde me esperaba sentada. Hablamos un rato de cómo me había sentido.

—Sí me gustó —admití—. Es algo completamente extraño, pero se sintió bien. Más al ver que tú quedabas satisfecha.

Me acercó hacia ella y me dio un beso.

—Ya es hora de irnos a nuestras casas —dijo.

Empezamos a vestirnos. Antes de salir del cuarto me dio otro beso y una última nalgada, diciéndome que esperaría con ansias la próxima vez que quisiera verla. Salimos del hotel y caminamos hasta el punto donde nos habíamos visto. Cada quien tomó rumbo a su destino, eso sí, con la esperanza de volver a coincidir.

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Comentarios (5)

DiegoRio88

tremendo relato. me engancho desde la primera linea y no pude parar.

PatricioRosario

increible como estas cosas pasan y casi nadie se anima a contarlas. bien por vos

noche_libre

lo que mas me gusto es que no lo presents como algo raro sino como algo que simplemente sucedio. sin drama innecesario. muy bien escrito

Lukas_SFe

Y hubo cuarta vez? jaja esperamos la continuacion!!

JorgeR_bsas

de estos relatos hay pocos que se animen a contarlo con tanta honestidad. el detalle del chat y como fue todo... se siente veridico. respeto total

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