La noche que descubrí a qué sabe un hombre dormido
Damián y yo llevábamos casi un año queriéndonos como dos personas que ya no saben vivir separadas. Yo me sentía su mujer desde el primer día, y él me trataba como tal: con esa mezcla de torpeza y ternura que solo tienen los chicos que todavía no entienden del todo lo que les pasa por dentro. Soñaba con una casa nuestra, con despertarnos juntos cada mañana y no tener que inventar excusas para vernos.
La excusa de siempre eran los videojuegos. Le decía a mi madre que Damián se quedaba a dormir porque se nos hacía tarde con la consola, y nadie preguntaba más. La verdad era otra. La verdad empezaba cuando se apagaba la luz del pasillo y él se metía bajo mis sábanas con el corazón golpeándole el pecho.
Esa tarde habíamos hecho el amor como tantas otras veces, sin prisa, buscándonos despacio. Pero algo era distinto. Llevaba semanas con una idea rondándome la cabeza, una curiosidad que me daba vergüenza confesar incluso a mí misma. Nunca le había hecho sexo oral. Nunca me había atrevido. Y esa noche, por fin, decidí que iba a hacerlo.
***
Cuando terminamos, él se quedó dormido casi al instante, como un niño después de jugar. Siempre le pasaba lo mismo. Yo, en cambio, me quedé despierta, escuchando su respiración lenta, mirando el techo, sintiendo cómo el deseo seguía vivo en mí cuando en él ya se había apagado.
Habíamos llegado tan cansados del instituto que ni siquiera se cambió. Se durmió con el uniforme puesto: la camisa arrugada, el suéter del colegio todavía sobre el pecho, el pantalón gris que tantas veces le había visto. Había algo en esa imagen que me encendía sin que pudiera explicarlo. El chico al que adoraba, rendido, vestido, completamente entregado al sueño y, sin saberlo, completamente a mi merced.
Me giré hacia él muy despacio. La cama crujió un poco y contuve la respiración, pero Damián ni se inmutó. Dormía profundo. Entonces pasó.
Bajé el cierre de su pantalón con una lentitud que rozaba la tortura, milímetro a milímetro, atenta a cada diente del metal para que no hiciera ruido. Desabotoné la cintura. Fui tirando de la tela hacia abajo, con cuidado, hasta dejarlo solo en bóxer. Él se movió apenas, suspiró, y volvió a quedarse quieto.
Hasta esa noche yo no sabía que tenía esta debilidad por los olores.
***
Me acerqué a él como quien se acerca a un secreto. El bóxer todavía guardaba el calor y el sudor del día entero, y ese aroma me golpeó de una forma que no esperaba. No era desagradable. Era íntimo, animal, profundamente suyo. Me quedé un momento ahí, respirándolo, con la nariz casi pegada a la tela, sintiendo cómo algo se aflojaba en mi vientre.
Pensé en todas las veces que lo había deseado sin atreverme. En las noches en que él se dormía y yo me quedaba mirándolo, preguntándome cómo sería cruzar esa línea. Siempre me había frenado el miedo: a que despertara, a que me mirara raro, a no estar a la altura de lo que él esperaba de una mujer. Esa madrugada, por primera vez, el miedo se quedó callado y solo quedó el deseo.
Poco a poco fui sacando su miembro por la abertura del bóxer. Lo tuve frente a mí, dormido y blando, y me sorprendió la ternura con que lo miraba. Llevábamos meses acostándonos, lo había sentido dentro de mí muchas veces, pero jamás lo había probado. Jamás lo había tenido así, a solas, para mirarlo sin prisa.
Al principio sentí algo parecido al asco. Era una frontera que nunca había cruzado, y mi cuerpo dudaba. Pero la curiosidad pudo más. Me acerqué y empecé a olerlo, despacio, recorriendo con la nariz toda su extensión. Olía a hombre. Olía a él. Y mientras lo olía, sin que yo hiciera casi nada, su miembro empezó a despertar antes que su dueño.
Lo vi endurecerse poco a poco, lento y firme, levantándose contra mi cara como si tuviera vida propia. Una gota brillante apareció en la punta. Fue justo entonces, viendo esa gota temblar bajo la luz que entraba por la ventana, cuando decidí que ya no había vuelta atrás.
***
Le olí el glande largo rato, hipnotizada. Me detuve en cada vena, en cada relieve, acariciándole los testículos con la yema de los dedos, sintiendo el vello suave bajo mis caricias. Damián seguía perdido en su sueño, ajeno por completo, y esa idea —la de hacerle todo aquello sin que él lo supiera— me excitaba de una manera que me asustaba un poco.
Lo primero fueron besos. Pequeños, tímidos, casi de despedida. Apenas rozaba mis labios contra su piel caliente. Después saqué la lengua y empecé a recorrerlo, primero por el tronco, de abajo hacia arriba, y luego con cuidado en la punta.
Su sabor me sorprendió. Era salado, intenso, con ese fondo magro y varonil que yo había imaginado mil veces sin saber si me gustaría. Me gustó. Me gustó demasiado. Era algo instintivo, una de esas cosas que ninguna palabra te prepara para sentir hasta que las sientes.
Me desnudé por completo. Necesitaba estar piel contra sábana, sin nada encima, entregada a lo que estaba haciendo. Y seguí. Lo besaba, lo lamía, me lo metía en la boca un poco más cada vez, intentando imitar lo que había visto en las películas que veía a escondidas. La sensación era contradictoria, vertiginosa: profundamente erótica y al mismo tiempo prohibida, como si estuviera robando algo que nadie me había ofrecido.
***
Así se me fue media madrugada. Yo desnuda, arrodillada sobre la cama, y él dormido con el sexo erecto y la respiración cada vez más agitada, sin tener la menor idea de lo que su cuerpo estaba viviendo. A veces fruncía el ceño, otras esbozaba una sonrisa apenas perceptible. Su cara lo decía todo. Estaba excitado en pleno sueño, y yo era la dueña de ese sueño.
Lo hacía despacio, parándome cada tanto para mirarlo, para escucharlo, para asegurarme de que seguía dormido. Cuando lo sentía tensarse demasiado, me detenía y volvía a los besos, a la lengua lenta sobre la punta. Quería que durara. Quería quedarme ahí, en esa madrugada que parecía no tener final, descubriéndome a mí misma a través de él.
Pero su cuerpo tenía su propio reloj. Lo noté endurecerse de una forma distinta, palpitar contra mi lengua, y supe que faltaba poco.
Hasta que, por fin, terminó.
***
El primer golpe me dio en la boca, tibio y repentino, y me sobresaltó tanto que me retiré sin querer. El resto lo derramó sobre sí mismo: sobre el uniforme, sobre el abdomen, sobre el pantalón medio bajado, sobre el suéter del colegio. Quedó todo manchado, y él ni siquiera abrió los ojos. Solo soltó un suspiro largo y se hundió un poco más en la almohada.
Me quedé inmóvil un momento, con el corazón disparado y un sabor nuevo en la lengua. La luz de la luna entraba por la ventana y dejaba ver toda la escena: el chico al que amaba, rendido y satisfecho sin saberlo, y yo desnuda a su lado, habiéndolo hecho feliz incluso dentro de un sueño que no recordaría.
Me sentí extrañamente plena. Realizada. Como si por fin hubiera entendido algo de mí misma que llevaba años esperando salir. No era solo el deseo. Era la certeza de que cuidar de él, complacerlo, ser su mujer en cada sentido posible, era exactamente quien yo quería ser.
Me quedé un rato más así, sentada sobre los talones, mirándolo dormir con la respiración ya tranquila. Afuera ladraba un perro a lo lejos y un coche cruzó la calle, pero dentro de la habitación el mundo entero se había reducido a nosotros dos. A su pecho subiendo y bajando, a mi propio corazón que tardaba en calmarse, a ese secreto recién nacido que ya no podría devolver.
***
Me levanté con cuidado y fui al baño. Tomé papel, me limpié la cara, y volví a la cama para limpiarlo a él lo mejor que pude. Pasé el papel por su abdomen, por la tela, intentando borrar las huellas de lo que había pasado. Su miembro fue ablandándose poco a poco entre mis manos, y yo seguía con el aliento inundado de su olor, como si me lo hubiera quedado dentro para siempre.
Le di un último beso en la punta, tierno, casi de agradecimiento. Le subí el pantalón, le acomodé el suéter como pude. Después me puse de nuevo la pijama, me acosté pegada a su espalda y, con su calor envolviéndome, conseguí por fin dormirme.
Desde esa noche adoré el aroma y el sabor de un hombre. Ese olor penetrante, salado, masculino, esa dureza que se rinde a la lengua. Algo se había abierto en mí y ya no iba a cerrarse nunca.
***
A la mañana siguiente me quedé en silencio. Lo miré desayunar con su uniforme arrugado, hablándome de la consola, del partido del día anterior, de cualquier cosa, sin la menor sospecha. Yo sabía. Yo era la única que sabía lo que había pasado entre nosotros en plena madrugada.
Las manchas se habían secado sobre la ropa, dejando esas huellas pálidas y tiesas que delatan dónde se corrió un hombre. Pero solo su cuerpo y yo conocíamos la verdad. Nos habíamos amado en la intimidad más absoluta, una intimidad que ni él compartía conmigo.
Lo acompañé a la puerta y lo besé como cada mañana. Él me sonrió, ajeno, perfecto, y se fue. Yo me quedé apoyada en el marco, mirándolo alejarse calle abajo, guardando mi secreto como se guarda un tesoro.
Esa noche volvería. Y yo ya sabía exactamente lo que quería hacer cuando se durmiera.