Bajé vestida al trastero y mi vecino me descubrió
Bajé al sótano del edificio con una bolsa de deporte colgada del hombro y el móvil en la mano. La excusa, por si me cruzaba con alguien en el ascensor, era buscar unas cajas viejas en el trastero. La verdad era otra y la guardaba como un secreto que me quemaba por dentro: quería vestirme como me gusta, sola, sin que nadie lo supiera, y hacerme unas fotos solo para mí.
El eco de mis pasos resonaba contra el cemento. Las luces fluorescentes parpadeaban cada pocos metros y el aire olía a humedad, a goma de neumático y a ese frío que tienen los aparcamientos comunitarios. Llegué a mi trastero, metí la llave, entré y cerré la puerta tras de mí.
Abrí la bolsa sobre una caja y fui sacando cada cosa con un cuidado casi ceremonioso. Un vestido negro, muy corto y ceñido. Medias finas que terminaban en una liga. Unos taconazos que hacían un clic seco contra el suelo de hormigón. Un tanga mínimo, un sujetador relleno y, al fondo, envuelta en una bufanda para que no se aplastara, mi peluca rubia.
Me cambié despacio, disfrutando cada paso. Sentir cómo la tela se ajustaba a mis caderas, cómo las medias me subían por las piernas, cómo los tacones me cambiaban la postura y el modo de pisar. Me pinté los labios de un rojo intenso usando la cámara del móvil como espejo. Y cuando me miré, ya no era yo. Era esa otra versión de mí, la que solo aparecía en momentos como este y la que me ponía a mil verme reflejada.
Esto es lo que soy cuando nadie mira.
Apoyé el móvil contra una caja, lo incliné hasta encontrar el ángulo y activé el temporizador. Empecé a posar. Jugaba con el bajo del vestido, dejaba asomar un poco más de muslo, giraba la cadera, ladeaba la barbilla. Cada disparo me daba más confianza. El sonido del obturador y el clic de mis tacones eran la única música del lugar.
Estaba tan metida en mi mundo que no lo escuché llegar.
***
La puerta del trastero se abrió de golpe y el ruido me cortó la respiración. En el umbral apareció un hombre, uno de los vecinos del bloque. Lo había visto un par de veces en el ascensor, lo justo para un buenos días y poco más. No sabía su nombre. Creo que él tampoco el mío.
Me quedé congelada, con el vestido todavía sujeto entre los dedos y el corazón disparado. Lo primero que pensé fue en taparme, en inventar una excusa, en cualquier cosa. No me salió nada.
Él tampoco dijo gran cosa al principio. Se quedó mirándome, de arriba abajo, sin prisa. Los tacones, las medias, la liga que asomaba bajo el bajo del vestido, la peluca, los labios rojos. Una media sonrisa se le fue dibujando en la cara mientras me recorría con los ojos.
—Vaya —dijo al fin, en voz baja—. No me esperaba encontrarme con esto.
Cerró la puerta a su espalda. El clic de la cerradura sonó enorme en el silencio del sótano. Pensé que aquello debería darme pánico, y en parte lo daba. Pero había otra cosa, una corriente caliente que me subía por el estómago y que era pura excitación. Que me viera así, justo así, era el morbo más grande que había sentido nunca.
—No diré nada —añadió, leyéndome la cara—. Tranquila.
Esa última palabra, dicha en femenino, me derritió por dentro.
Dio un paso hacia mí, luego otro, hasta quedar tan cerca que noté su colonia mezclada con el olor a humedad del trastero. Yo seguía sin moverme, sintiendo cómo sus ojos se detenían en mis piernas, en el contorno de mi cuerpo bajo la tela ajustada.
—Estás increíble —murmuró—. ¿Lo sabías?
Negué con la cabeza, más por costumbre que por otra cosa. Él levantó una mano y me apartó un mechón rubio de la cara, rozándome la mejilla con los dedos. Fue un gesto pequeño, casi tierno, y a la vez me puso la piel de gallina.
—Pues lo estás —insistió.
***
Su mano bajó por mi brazo, por mi costado, hasta posarse firme en mi cadera. Me apretó suave hacia él y, al hacerlo, sentí su erección a través del pantalón, dura contra mi cuerpo. No me aparté. Al contrario, dejé que el muslo se le pegara, midiendo su reacción, jugando con la línea de lo que iba a pasar.
Se inclinó hasta rozarme la oreja con los labios. Su voz salió grave, más una orden que una pregunta.
—Arrodíllate.
Obedecí. Me dejé caer despacio, cuidando de no estropearme las medias contra el suelo rugoso, sintiendo el frío del hormigón a través de la tela fina. El clic de mis tacones al doblarme me pareció el redoble que anunciaba todo lo demás.
Le abrí el pantalón con manos que temblaban un poco, más de ganas que de nervios. Lo saqué y lo tuve delante, duro y palpitante. Lo agarré con una mano, lo miré un segundo y empecé a lamerlo despacio, desde la base hasta la punta, una y otra vez, antes de metérmelo entero en la boca.
Él soltó el aire entre dientes y apoyó una mano en la estantería metálica que tenía detrás. Yo cogí ritmo, subiendo y bajando, dejando que los sonidos húmedos de mi boca se mezclaran con sus jadeos y con el eco del sótano. Cada vez que me lo tragaba hasta el fondo, gruñía bajito y me sujetaba de la nuca para marcarme la cadencia.
—Así —jadeó—. Justo así.
Yo lo miraba desde abajo, con los labios rojos manchados y la peluca cayéndome a los lados de la cara, y disfrutaba tanto del momento como del poder de tenerlo así, sin aliento, por mí. Aceleré. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo se le cortaba la respiración.
Y justo cuando creía que iba a terminar en mi boca, me detuvo.
***
Me agarró del brazo y me levantó de golpe. Sin soltarme, me giró y me empujó contra la pared de hormigón. Puse las manos por delante para frenar el impacto y sentí el frío áspero del muro bajo las palmas. Detrás de mí, su respiración pesada me calentaba la nuca.
Me subió el vestido hasta la cintura de un tirón. Con la otra mano apartó el tanga a un lado, decidido, sin pedir permiso, y eso me volvió loca. Noté la punta caliente buscando, tanteando, y un segundo después me penetró.
Un gemido se me escapó sin que pudiera contenerlo. Apreté la frente contra el muro mientras él me sujetaba de las caderas y empezaba a moverse, primero lento, dejándome sentir cada centímetro, y enseguida más fuerte, más hondo. El contraste lo era todo: el cemento helado bajo mis manos y aquel calor que me llenaba por dentro.
—Menudo culo tienes —jadeó pegado a mi oído, sin frenar el ritmo.
Cada embestida me hacía temblar las piernas sobre los tacones. Las medias me rozaban la piel, el tanga seguía estirado a un lado, su pelvis chocaba contra mí una y otra vez con un ruido seco que rebotaba en las paredes. Yo solo podía agarrarme a lo que pillaba y empujar hacia atrás, buscándolo.
Y entonces caí en lo que de verdad me tenía al límite: estábamos en el sótano del edificio, con la puerta apenas cerrada, y cualquier vecino podía bajar a su trastero en ese instante. Oír la puerta del aparcamiento, unos pasos, una voz. La idea de que nos descubrieran así, yo vestida de mujer y él dentro de mí, me recorrió la espalda como una descarga.
—No pares —le pedí, casi sin voz—. Por favor, no pares.
No paró.
***
Sus dedos se clavaban en mis caderas con cada acometida. Sus gemidos se volvieron más roncos, más seguidos, y noté cómo perdía el control del ritmo que él mismo había marcado. Una mano me apartó la peluca para besarme el cuello, mordiéndome la piel justo debajo de la oreja, y eso fue lo que me terminó de deshacer.
—Me voy a correr —avisó entre dientes.
Empujé hacia atrás, apretándome contra él, queriéndolo todo. Con una última embestida profunda se quedó pegado a mí y se vació dentro, descargando todo aquel calor mientras gruñía contra mi nuca. Sentí cada espasmo, cada temblor, su peso entero apoyado en mi espalda.
Nos quedamos así un momento, los dos respirando agitados, encajados contra el muro, sin decir nada. Solo el eco del aparcamiento y el zumbido de un fluorescente lejano.
Luego se apartó despacio. Yo me bajé el vestido, recoloqué la peluca con los dedos y me subí bien las medias, todavía con las piernas como gelatina. Él se cerró el pantalón, se pasó una mano por el pelo y me miró con una sonrisa de complicidad que no había visto en ningún ascensor.
—Oye —dijo, recogiendo del suelo el móvil que se me había caído y devolviéndomelo—. Tus fotos.
Le di las gracias con un hilo de voz. Antes de abrir la puerta se volvió una última vez.
—A partir de ahora —añadió—, cada vez que bajes aquí vas a estar pensando en esto. Y yo también.
Salió, dejándome sola en el trastero con el corazón a mil, los labios corridos y esa mezcla deliciosa de vergüenza, peligro y ganas que sabía que iba a perseguirme cada vez que pasara por delante del sótano. Me senté sobre una caja, todavía vestida, y tardé un buen rato en quitarme la peluca. No tenía ninguna prisa por volver a ser el de siempre.
Esa noche, en mi cama, miré las fotos una por una. En la última, sin querer, había salido movida: justo el instante en que se abría la puerta. Una sombra al fondo, mi cara girándose. La guardé aparte, en una carpeta solo mía. Era, de lejos, mi favorita.





