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Relatos Ardientes

La forastera de Adma escondía un secreto bajo su túnica

Eran tiempos remotos, mucho antes de que el nombre de aquellas ciudades se volviera maldición en boca de los viajeros. En Adma, la más opulenta de las urbes de la llanura, vivía un joven al que todos conocían como Térej. Huérfano desde niño, se ganaba el pan ofreciéndose como pregonero a cualquier mercader o dignatario que llegara a la ciudad y quisiera anunciar su paso por las calles abarrotadas.

A sus veintitrés años, Térej tenía una figura delgada y un rostro de una belleza que no pasaba inadvertida. Era esa cara, más que su voz, la que le procuraba unas pocas monedas cada jornada. Porque su voz era aguda, casi suave, poco apta para gritar sobre el estruendo del mercado. Los hombres mayores se burlaban de él por eso, y más de uno bromeaba con que aquella «dulce voz» rendiría mucho mejor en la penumbra de un burdel que entre el polvo de las calles.

No era una broma del todo inocente. En Adma la reputación licenciosa era cosa sabida en todos los pueblos de alrededor. La riqueza y el exceso habían empujado a sus gentes a buscar cada placer imaginable, sin reparar en con quién ni de qué modo.

Térej era de estatura mediana, de piel clara, cabello castaño ondulado que le rozaba los hombros y ojos del mismo tono. Tenía el torso fino, la cintura estrecha y unas formas que hacían girar la cabeza de más de uno bajo su sencilla túnica de lino. Cada mañana se plantaba a las puertas de la ciudad esperando alguna comitiva a la que seguir, alzando todo lo que podía aquella voz delicada que tanto le pesaba.

Al caer la tarde solía quedarse en la esquina de la tercera calle, la que llevaba a las herrerías. Allí contaba las monedas ganadas con esfuerzo y buscaba con qué pagar un techo, porque no tenía casa propia y dormir a la intemperie en Adma era la manera más segura de despertar con una herida sangrante, o de no despertar.

***

Esa tarde, mientras separaba sus ganancias, levantó la vista. Una mujer lo observaba desde el otro lado de la calle, de pie en el umbral de su puerta. Era alta, de unos treinta y seis años, de figura generosa que no se dejaba ignorar. Piel bronceada, cabello oscuro, ojos verdes encendidos de curiosidad. Vestía una túnica negra y un velo echado sobre la cabeza que no le cubría el rostro. Se apoyaba en un pie y luego en el otro, con una postura que tenía algo de invitación.

Térej la miró un instante y volvió a sus monedas, sin dar importancia a aquel interés. Pero la mirada de la mujer seguía clavada en él, y empezó a incomodarlo. Cuando alzó de nuevo los ojos, ella hacía un gesto con la mano. El joven miró a ambos lados, convencido de que llamaba a algún otro. No había nadie más en la esquina.

La observó con creciente desconcierto. A esas horas ya nadie buscaba pregonero; la noche se acercaba y el bullicio del día se apagaba. Ella ladeó la cabeza sin dejar de agitar la mano, instándolo a acercarse. Térej dudó un momento antes de cruzar la calle polvorienta. Al detenerse frente a ella, su altura lo hizo sentir pequeño.

—Pensé que seguirías ignorándome, muchacho —dijo la mujer con una sonrisa y un brillo verde en los ojos.

—Disculpad, señora. No creía que me llamarais a mí. A estas horas ya nadie necesita pregonero —respondió él, guardando la bolsa de monedas.

—Lo sé. Eres ese pregonero de voz… delicada. El que anuncia el paso de los importantes, ¿verdad?

—Ese soy —admitió Térej, sorprendido de que alguien recordara a alguien tan insignificante. Más todavía de que mencionara su voz.

—Sabía que no me equivocaba. Llevo un buen rato observándote. Tus formas, tus gestos… me resultan fascinantes —dijo ella con un tono grave y elegante—. Aziva —se presentó, tendiéndole la mano derecha, donde un par de anillos negros y sencillos le ceñían dos dedos.

Térej se inclinó y le besó la mano. Era suave y cálida, y a la vez firme. —Térej —contestó, bajando la vista—. A vuestro servicio, señora.

Ella rió por lo bajo al oírlo.

—Espero de veras que así sea, Térej. Tengo una propuesta que creo que te interesará. —Y señaló con la otra mano el umbral de su casa, invitándolo a pasar.

***

Aziva cerró la puerta tras ellos. El pregonero se encontró en una habitación pequeña y cuadrada, con una mesa, unas sillas y objetos diversos repartidos por los rincones. La mujer le indicó que se sentara y el joven obedeció, mientras ella rebuscaba entre sus cosas hasta dar con un cuenco que llenó de agua de una tinaja del rincón.

Regresó y le tendió un paño. Térej lo empapó y se lavó los pies descalzos, cubiertos del polvo del día. Aziva acercó otra silla y se sentó en silencio, observándolo, mordiéndose de vez en cuando el labio inferior sin que él lo notara. Cuando terminó, el joven le dio las gracias y le devolvió el cuenco, que ella dejó sobre la mesa con una sonrisa enigmática.

—Eres un muchacho muy educado —comentó, y su sonrisa se ensanchó—. Pero basta de cortesías. Quiero que esta noche seas mío, Térej.

El joven se quedó inmóvil, atrapado en aquella mirada intensa. Sus ojos castaños se abrieron un poco más al escuchar la propuesta. No era la primera vez que se la hacían, pero siempre habían sido hombres lujuriosos quienes lo acorralaban en las calles. Nunca una mujer. Su corazón se aceleró y no supo qué responder.

—¿Lo decís en serio? —preguntó, aún confiando en que todo fuera un malentendido.

—Por completo. Y no me importa pagar por ello. Eres hermoso, y quiero tener lo que otros no han tenido. Quiero que grites mi nombre toda la noche, que media calle sepa quién te posee —dijo Aziva con un destello lascivo.

El pregonero se encogió. Esa era la manera en que se expresaban los hombres que lo molestaban, no una dama. No tenía sentido. Pero la seriedad del tono no parecía la de una broma. Ella se acercó a la mesa y cogió una bolsa de cuero; el tintineo delató que iba cargada de monedas. Térej comprendió que hablaba muy en serio.

—Escuchad, yo…

—Dime tu precio —lo interrumpió Aziva, abriendo la bolsa y mostrando un puñado de plata—. Dime cuánto quieres que te pague por darme el placer de poseerte.

—Yo… no entiendo. No soy de los que hacen estas cosas por dinero —balbuceó él.

—He visto cómo se te acercan los demás, buscando tomarte a cambio de nada. Yo te ofrezco buena paga y una cama. Y no pienso dejarte marchar hasta vaciarme dentro de ti.

Térej creyó haber oído mal. ¿Dentro de él? El rostro se le encendió de golpe. ¿Cómo podía una mujer…? Si aquel acto solo se daba entre varones. Bajó los ojos hacia la plata que ella sostenía en el puño y, casi sin querer, recorrió su cuerpo con la mirada. Entonces lo vio: una protuberancia extraña y, a la vez, familiar bajo la tela negra, a la altura del regazo. Aziva sonrió con picardía y llevó la mano libre a aquel punto, apretando y acariciando despacio un bulto que tenía la forma inconfundible de un sexo de hombre. El joven se quedó boquiabierto.

—Sí… ya ves cómo soy —dijo ella con una sonrisa ancha, casi hambrienta, y abrió la túnica.

El miembro que se alzaba entre sus piernas era grande y grueso, recortándose contra la tela oscura a la luz tenue de la casa. Térej clavó la vista en él, incapaz de creer lo que tenía delante. La plata tintineó suavemente en la mano de Aziva.

—Vaya… tenéis… —murmuró el joven, tragando saliva.

—¿Qué será, entonces? —dijo ella, acariciándose con lentitud, sin soltar su atención—. ¿Yacer conmigo por un precio… o venir a mi cama sin llevarte ni una sola moneda?

—No lo sé… jamás… jamás he…

—Pues ven a mi cama y deja que te haga ver las estrellas, Térej. Te daré un placer que ni siquiera puedes imaginar.

La oferta era clara, y para alguien que no tenía nada, la plata resultaba demasiado tentadora.

—Quizá… cincuenta piezas de plata… sería justo —dijo él, sabiendo que pedía una barbaridad. Tal vez ella se reiría y desistiría.

Pero Aziva asintió, y el muchacho se sorprendió de que la cifra no la espantara. En su cabeza, cincuenta piezas eran una fortuna que nadie pagaría por una noche con un desgraciado como él. Y sin embargo, esa mujer lo deseaba de verdad.

—Cincuenta piezas de plata —repitió ella, con un brillo que delataba su excitación—. Acepto el precio. Ahora acompáñame, vas a sentir algo que no olvidarás jamás.

***

El joven pregonero caminó delante de su anfitriona hacia los aposentos. Iba a entregarse al placer prohibido, y no con otro varón, sino con una mujer hermosa y misteriosa que lo superaba en edad, en estatura, en experiencia y, sobre todo, en lo que ahora más importaba.

La alcoba era simple: un lecho a ras de suelo cubierto de mantas de colores vivos y la última luz de la tarde entrando por la ventana. Térej cayó de espaldas sobre la cama, empujado por la mujer impaciente, que se desprendió de la túnica negra y dejó al descubierto sus pechos grandes ante los ojos del joven.

—Desvístete —le pidió Aziva con suavidad, acercando su sexo erecto al rostro de él.

Térej la miraba pasmado. La sensualidad que desprendía era abrumadora, y su propia excitación empezaba a delatarse. Desató el cinto y se quitó la túnica, mostrando el torso lampiño y delicado. La dama se acercó al lecho con un movimiento lento, su miembro apuntando directo a él. Le tomó un mechón de cabello y tiró con cuidado, atrayendo su cara hacia su entrepierna.

—Chupa —susurró, con una voz a la vez dulce y dominante.

El joven se arrodilló ante ella. Llevó las manos a la base de aquel miembro, lo acarició y lo besó con torpeza, sin apartar los ojos de los verdes que lo incitaban a continuar. Abrió la boca despacio y dejó que la punta entrara; la respiración se le aceleró al sentir el calor y el sabor desconocidos.

Empezó a chupar sin pasar al principio del glande, lamiendo cada palmo que alcanzaba con la lengua. Aziva le guiaba la cara con las manos, mostrando su placer en cada movimiento. Térej se sentía cada vez más entregado, más dispuesto a complacer, y dejó que entrara más adentro.

Ahuecó las mejillas y engulló todo lo que pudo, aunque las comisuras de los labios se le estiraran en el intento. Cada palmo que aceptaba parecía robarle un poco de su propia hombría. Pero la recompensa era el gesto de placer de la dama, que jadeaba bajito y le acariciaba el pelo.

—Así, déjala bien mojada —dijo ella—. Demuéstrame que vales cada pieza de plata.

Entre arcadas leves y toses contenidas, Térej se hundió un poco más, la nariz casi rozando el vientre de la mujer. El instinto le pedía apartarse, pero resistió. Aziva lo sujetó por las sienes y comenzó a empujar con más ímpetu, llegando al fondo de su garganta. La sensación de ser usado de aquel modo le era ajena y, aun así, algo extraño y caliente empezó a crecer en su interior.

Al fin lo apartó. Térej quedó sin aliento, la barbilla cubierta de su propia saliva. Aziva sonreía de oreja a oreja, satisfecha.

—Lo haces muy bien para ser la primera vez —dijo con tono complacido—. Pero ahora que tu garganta ya no es virgen, es hora de que sientas dónde importa de verdad.

***

Con una sonrisa maliciosa, lo empujó boca abajo sobre el lecho, dejando expuesto su trasero. El joven se quejó suavemente, la garganta aún ardiéndole. No hubo tiempo para pensarlo: Aziva empezó a acariciarle las nalgas, haciéndolo estremecer. Su respiración se disparó al notar los dedos de la mujer explorando su entrada, preparando con paciencia aquella cavidad inexperta.

Primero un dedo, húmedo y suave, se deslizó dentro. Térej jadeó por la intrusión, pero pronto el jadeo se volvió un gemido. Quizá ella tenía razón; aquello se sentía mejor de lo que jamás habría imaginado. Un segundo dedo se sumó, abriéndolo, allanando el camino para lo que vendría.

Aziva se montó sobre las piernas del joven, separándole las nalgas todo lo que pudo. Térej miró de reojo aquel miembro imponente que se erguía entre las piernas de la dama, brillante de saliva, y no pudo evitar que la excitación lo recorriera.

Ella se inclinó y apoyó la punta contra su entrada. El joven se estremeció. Aziva lo contempló un instante, ansiosa por oír sus gemidos agudos, y empujó. La presión cedió poco a poco y la punta se abrió paso.

—Aaah… —jadeó Térej al sentir la dureza traspasar la resistencia de su cuerpo. Aziva no se detuvo, avanzando despacio pero sin tregua, sujetándole los brazos contra el lecho para que no se apartara.

—Eso es, gime así, que solo me enciendes más —murmuró la dama, sintiéndolo retorcerse debajo, tratando de acostumbrarse. Su miembro estaba ya a medio camino, ensanchando aquella entrada que empezaba a palpitar al ritmo de un placer nuevo.

Otro gemido, y Aziva dejó caer el peso sobre su espalda, clavándose más adentro hasta la base. Las piernas del joven temblaron y por un instante creyó que no resistiría.

—Aah… oh… —las exclamaciones de Térej resonaron en la alcoba mientras ella aguardaba inmóvil, dejándolo dilatarse alrededor de su carne.

—Se siente bien, ¿verdad? —susurró Aziva, su aliento caliente contra el oído del muchacho, que arqueaba el cuello. Deslizó los brazos alrededor de su cintura, atrapándolo—. No iba a permitir que un puñado de desvergonzados reclamara lo que ahora es mío —añadió, mordiéndole apenas la oreja.

Comenzó a moverse, subiendo y bajando despacio, su sexo deslizándose dentro de él. Térej se aferraba al lecho, los ojos castaños muy abiertos por el asombro y el placer, entregando su inocencia a aquella mujer que mantenía un ritmo suave, deleitándose con sus gemidos cada vez más agudos.

—Gimes como nadie —murmuró ella en su oído, la voz ronca—. Esta es tu verdadera vocación, Térej: no gritar por las calles, sino gemir en mi cama.

Con cada movimiento, Aziva se hundía un poco más y el vaivén fue ganando intensidad. Ella cerró los ojos en una mueca de éxtasis y Térej apretó los dientes, intentando contenerse en vano, sus gemidos elevándose hasta volver más bruscas las acometidas de la mujer.

—¡Ah, ah, ah… Aziva! —jadeaba el joven, la cara hundida en la manta. La dama embestía ahora sin piedad, cada golpe seco resonando en el silencio de la alcoba, sus caderas chocando contra las nalgas del muchacho, cuya voz era la de alguien rendido por completo.

Aziva no aflojó el ritmo, arrancándole un gemido mejor que el anterior con cada arremetida. Quienes aún merodeaban por las calles desiertas podían oír los gritos del delgado pregonero suplicando que no parara.

***

En postura de perro continuaron su unión, Aziva entrando hondo y firme. Térej, con los ojos en blanco, arqueaba la espalda sudada y meneaba las caderas, buscando cada palmo de aquel sexo que lo llenaba entero.

El calor de la alcoba volvía resbaladizos sus cuerpos, y el sonido de la carne contra la carne se mezclaba con sus jadeos. Térej sintió el miembro de Aziva pulsar como nunca, y su propio cuerpo se cerró en torno a él.

La dama se incorporó un poco, dejando que su sexo saliera del joven, que jadeó de alivio y deseo a la vez. Lo tomó por la cintura, levantándole las nalgas con el pecho y la cara contra el lecho.

—Ahora te la daré sin tregua —susurró en su oído.

Volvió a hundirse en él, arrancándole un grito. Su miembro se movía mucho más rápido, cada embate más profundo que el anterior. Térej no podía creer que alguien lo poseyera con semejante maestría; la sensación iba mucho más allá del placer físico: era una rendición total, el placer de ser tomado.

Ambos temblaban, no ya por la fuerza de las embestidas, sino por la cercanía del final. Aziva se aferraba con ahínco a su cintura, empujando con todas sus fuerzas. Térej sentía cada estocada llegarle al fondo de las entrañas, notaba su cuerpo apretarse aún más y supo que iba a correrse, y que iba a hacerlo sin que nadie tocara su propio sexo.

Entre gruñidos y gemidos prolongados, llegaron al límite a la vez. Él, con la vista nublada de deleite, derramándose sobre la manta sin más estímulo que lo que sentía dentro; ella, con una mueca de satisfacción, vaciándose por completo en el interior del joven. Se desplomaron sin fuerzas, Aziva sobre la espalda de Térej, todavía dentro de él, palpitando.

El silencio se adueñó del cuarto, roto solo por las dos respiraciones jadeantes. Aunque exhaustos, ella parecía la más entera, el rostro reflejando el gozo de haber conquistado al fin al delgado pregonero. El muchacho, agotado y con una extraña plenitud, no lograba moverse, la cara enterrada en la manta, sintiendo las caricias de su amante en la nuca.

—Te lo dije —resopló ella tras varios minutos de mimos—, que gritarías de placer.

Térej cerró los ojos y asintió, disfrutando del cuerpo cálido que lo cubría, del peso de los pechos contra su espalda.

La dama se levantó con cuidado y se retiró despacio. El joven no pudo evitar gemir al sentirla salir, dejándolo abierto y con un vacío repentino. Aziva se sentó a un lado, con la sonrisa de quien ha vencido, y le acarició la espalda mojada.

—Va a ser una noche muy larga, muchacho —ronroneó.

Y es que Aziva no era mujer de conformarse con un solo acto. Lo que quedaba de la noche fueron incontables posturas, gritos, embates feroces y descargas placenteras. Térej se entregó por entero, la voluntad rendida a su amante, en la primera de muchas noches bajo el cuerpo de la enigmática forastera de Adma.

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Comentarios(5)

Lucho_V

Increible, me dejo sin palabras. Una de las mejores que lei en mucho tiempo!!

Claudia_Stgo

Que giro inesperado, lo tuve que releer para asimilarlo bien. Por favor seguilo, quede con ganas de mas

Cachero_BsAs

jaja no me lo esperaba para nada, tremendo

PatricioR

Me recordo a algo que me paso viajando hace años, uno nunca sabe con quien se va a cruzar. Muy bien logrado, enhorabuena

NochesFrias

Lo que mas me gusto es como describe esa mezcla de sorpresa y curiosidad del protagonista. Se nota que hay algo real detras de lo que se cuenta, no es lo tipico que uno encuentra por ahi. Espero leer mas relatos de este estilo

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