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Relatos Ardientes

La vecina que me saludaba desde el balcón

Por aquel entonces yo tenía veinticuatro años y un trabajo que me obligaba a cruzar el mismo pueblo todas las tardes. Era un atajo que me ahorraba media hora de carretera, una calle estrecha de casas viejas con balcones de hierro forjado. Y en uno de esos balcones, casi siempre, estaba ella.

Una mujer madura, de unos cuarenta y muchos, asomada al sol del atardecer como si esperara a alguien. Tenía una melena oscura que le caía sobre los hombros y una manera de apoyarse en la baranda que llamaba la atención sin proponérselo. La primera vez fue casualidad. La segunda, ya la busqué con la mirada al doblar la esquina.

Un día, no sé por qué, le toqué el claxon de la moto al pasar. Ella levantó la mano y me saludó con una sonrisa amplia, como si me conociera de toda la vida. A partir de ahí se volvió un ritual. Yo reducía la marcha, ella saludaba, yo aceleraba con el corazón un poco más rápido de lo normal. Así durante varias semanas.

Empecé a organizar mis tardes alrededor de ese instante. Salía del trabajo con prisa, calculaba la hora para que el sol estuviera todavía alto cuando cruzara su calle, y me inventaba excusas para volver por el mismo camino aunque tuviera otro más corto. Era absurdo, lo sabía, pero había algo en aquella mujer que me tiraba como un imán. No éramos nada y, sin embargo, ya éramos algo.

Algún día voy a parar, pensaba. Pero nunca lo hacía. El miedo y las ganas se me mezclaban en el estómago cada vez que doblaba la esquina, y al final siempre podía más la cobardía que la curiosidad.

Hasta que una tarde de finales de septiembre la encontré de pie en el portal, en la calle, no en el balcón. Al verme acercarme me hizo señas con las dos manos para que frenara. Apagué el motor a unos metros y me quedé ahí, con el casco todavía puesto, sin saber muy bien qué hacer.

—Llevo semanas viéndote pasar —dijo, acercándose—. Pensé que nunca te ibas a detener.

—Tampoco yo lo pensaba —respondí, y me quité el casco.

De cerca era todavía más imponente. Olía a un perfume denso, de los que se quedan en la ropa. Llevaba un vestido ligero de verano y unas sandalias, y al hablar inclinaba la cabeza de una forma que parecía estudiada. Me invitó a entrar con la excusa de un vaso de agua y yo, que era joven y curioso, no encontré ninguna razón para decir que no.

—Hace un calor insoportable ahí fuera —dijo mientras me guiaba por un pasillo de baldosas frías—. No iba a dejar que te derritieras en la moto otra tarde más.

La seguí sin decir nada, observando cómo se movía delante de mí. Tenía la sensación de estar haciendo algo prohibido aunque todavía no hubiera pasado nada. Y quizá esa sensación era justo la que me hacía avanzar.

***

La casa estaba en penumbra, con las persianas a medio bajar para cortar el calor. Me señaló un sofá de terciopelo gastado y desapareció un momento en la cocina. Cuando volvió, no traía ningún vaso. Se sentó a mi lado, muy cerca, y me miró fijo con unos ojos que tenían algo de desafío.

—¿Cómo te llamas? —pregunté, por decir algo.

—Marlene —dijo—. Y tú no preguntes tanto.

Noté algo extraño en ella, una intensidad que no sabía nombrar, pero la sangre me hervía demasiado para detenerme a pensarlo. Su mano se posó en mi muslo, firme, sin titubeos. Subió despacio, midiendo mi reacción, y yo no hice nada por apartarla. Todo lo contrario.

Se inclinó y me besó en el cuello, justo debajo de la oreja, y un escalofrío me recorrió la espalda. Sus dedos encontraron la cremallera de mi pantalón y la bajaron con una destreza que no dejaba lugar a dudas: aquella mujer sabía exactamente lo que quería.

En cuestión de minutos me la estaba chupando en el sofá, y lo hacía con una entrega que me dejó sin aire. No había prisa ni torpeza. Tenía una forma de mirarme hacia arriba, sin soltarme, que me clavaba contra el respaldo. Le aparté el escote y le saqué los pechos, grandes y firmes, y empecé a acariciarle los pezones mientras ella seguía con la boca.

Fue entonces cuando vi cómo una de sus manos bajaba entre sus propias piernas. Y lo que sacó de debajo del camisón no era lo que mi cabeza de veinticuatro años esperaba encontrar.

Marlene era una mujer trans. Una verga dura, gruesa, asomaba bajo la tela mientras ella se la acariciaba con la misma calma con la que me devoraba a mí.

Me quedé paralizado un segundo. Ella notó la duda en mi cuerpo y se detuvo, con mi miembro todavía rozándole los labios.

—Creí que lo sabías —dijo en voz baja, casi disculpándose—. Por cómo me mirabas desde la moto.

—No lo sabía —admití. Tragué saliva—. Pero no quiero que pares.

***

Y no paró. Al contrario, mi respuesta pareció encenderla todavía más. Volvió a bajar la cabeza y siguió chupándomela mientras se masturbaba, y aquel doble morbo me llevó a un punto que no había sentido antes. Apenas tenía experiencia entonces, y descubrir el deseo de aquella manera, sin red, fue como caer y volar al mismo tiempo.

—Me voy a correr —le avisé, con la voz quebrada.

Ella aceleró el ritmo, apretó los labios y no se apartó ni un milímetro. Me corrí en su boca con un espasmo que me dobló por la mitad, y ella no dejó que se escapara ni una gota. Después se incorporó despacio, se relamió y me sonrió con una satisfacción tranquila.

—Eso era lo que querías desde el primer día —dijo. No era una pregunta.

Me dejé caer contra el sofá, agotado y aturdido, convencido de que aquello había terminado. Pero Marlene tenía otros planes. Su mano volvió a buscarme, todavía blando, y empezó a acariciarme con paciencia hasta que la sentí despertar de nuevo. Cuando me tuvo otra vez listo, se inclinó y me la chupó un poco más, solo lo justo para dejarme al borde.

—Quiero que me lo hagas tú a mí —murmuró contra mi oído.

Sacó un preservativo del cajón de una mesita, me lo puso ella misma con los dientes y los dedos, y se colocó a cuatro patas sobre el sofá. Llevaba el control de todo, y a mí me gustaba dejarme llevar.

—Despacio al principio —me advirtió, mirándome por encima del hombro.

Me cogió la verga con la mano y la guió ella misma, colocándola donde quería. Empujé apenas, conteniéndome, y la sentí abrirse poco a poco, milímetro a milímetro, hasta que entré por completo. Marlene soltó un gemido grave, satisfecho, y se quedó quieta unos segundos, acostumbrándose.

—Ahora sí —dijo—. Hazlo como quieras.

Y lo hice. Empecé a moverme con todas mis ganas, sujetándola de las caderas, dándole tan fuerte como el cuerpo me pedía. Le di una palmada en la nalga y ella respondió arqueándose, pidiéndome más. Sentía que iba a estallar en cualquier momento, pero el placer no terminaba de desbordarse, como si pudiera durar así para siempre.

***

Perdí la noción del tiempo. El sofá crujía bajo nosotros, la habitación olía a sudor y a su perfume denso, y el único sonido era el de nuestros cuerpos chocando una y otra vez. Marlene murmuraba cosas que apenas entendía, palabras sueltas entre gemido y gemido, y cada una de ellas me empujaba a ir más fuerte.

La giré y la puse boca arriba, con las piernas sobre mis hombros, y volví a entrar sin perder el ritmo. Desde ahí podía verle la cara, la boca entreabierta, los ojos cerrados. Y podía ver también su verga, dura otra vez, golpeándole el vientre con cada empujón.

No sé qué me empujó a hacerlo, el morbo del momento, supongo, pero la cogí con la mano y empecé a masturbarla al compás de mis embestidas. Marlene abrió los ojos de golpe, sorprendida, y luego me dedicó una sonrisa que era pura gratitud.

—Sigue así —jadeó—. No pares.

La masturbé más rápido, sin dejar de follarla, observando cómo se le tensaba todo el cuerpo. Hasta que se corrió entre mis dedos con un gruñido largo, derramándose sobre su propio estómago, mientras yo seguía dentro de ella.

Le di unos minutos para que recuperara el aliento, sin salir, disfrutando del temblor que le quedaba en los muslos. Entonces fui yo el que no aguantó más.

—Me toca —le dije.

Ella se levantó, se arrodilló frente a mí y me retiró el preservativo. Me la chupó con una pasión renovada, esperando el premio que sabía que llegaba. Me corrí sobre su cara, en su boca, y ella lo recibió todo con los ojos clavados en los míos.

***

Había pasado más de una hora cuando miré el reloj y me di cuenta de que tenía que irme. Me vestí a medias, todavía mareado por lo que acababa de ocurrir. Pero Marlene, sentada en el sofá, me observaba con una mirada que ya conocía, y bastó eso para que el cuerpo volviera a traicionarme.

—Una más —dijo—. Para que te acuerdes de mí en el camino.

No me hice de rogar. La tomé de nuevo, esta vez de pie, contra el borde del sofá, rápido y sin contemplaciones, hasta que me vacié dentro del preservativo con un último estremecimiento.

Cuando salí a la calle, el sol empezaba a caer detrás de los tejados y el pueblo estaba en silencio. Me puse el casco, arranqué la moto y, antes de irme, miré hacia arriba. El balcón estaba vacío, pero supe que aquello no había sido la última vez.

De hecho, hubo otra tarde con ella. Y en aquella ocasión no estábamos solos. Pero esa, si me animo, es una historia que contaré otro día.

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Comentarios(6)

DiegoT55

Excelente!!! Me dejo sin palabras, en serio.

RosauraT

Por favor una segunda parte!! Quede con muchas ganas de mas, el giro ese me mato jaja

LunaLect

Me recordo a algo que me conto una amiga hace tiempo, aunque claro que no llego a tanto jaja. Muy bien escrito, lo lei de un tiron. Espero que haya continuacion!

Mika_rdp

Me gusto como fue construyendo la escena de a poco, sin apuro. Se nota cuando alguien sabe escribir de verdad.

Vale_777

no me lo esperaba para nada jajaja tremendo

PabloLector77

Tenes mas relatos de este estilo? Es lo primero que leo asi y me sorprendio bastante, muy original el planteo.

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