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Relatos Ardientes

Mi mejor amigo escondía que se vestía de mujer

Estábamos en la entrada del cine y había llegado el momento de pagar las entradas para ver la película que llevábamos semanas esperando.

—Dejá —dijo Tomás—. Pago yo.

—¿Cómo hacés, amigo? ¿De dónde sacás tanta plata? —pregunté.

No entendía cómo era que siempre tenía dinero encima. En los últimos meses lo había visto con ropa y zapatillas nuevas, se había comprado el último teléfono, una consola, un televisor enorme y una computadora para juegos. Algo no me cerraba.

—¿Vendés droga? —pregunté en broma.

—Nada que ver, nada que ver —respondió riendo.

—¿Entonces qué? —insistí.

Lo pensó un momento, como si midiera cuánto podía contarme.

—Dejame pensarlo. Veamos la película y después te digo.

No insistí más, porque sabía que al final iba a terminar contándome. Nos sentamos en la sala, pero no presté demasiada atención a la pantalla. La cabeza me daba vueltas tratando de adivinar qué estaba haciendo para ganar tanto y por qué no me lo decía a mí, que era su mejor amigo desde la secundaria.

Al salir, empezó a hablarme de la película con un entusiasmo que no le creí ni un poco.

—Basta, amigo —lo corté—. Dejá de hacerte el tonto y contame.

Sonrió.

—Vendo contenido —soltó por fin.

De pronto todo tuvo sentido.

—Ah, claro… ya me imaginaba algo así —dije—. ¿Pedís fotos a las chicas para revenderlas, o las sacás de internet? Qué tontos los que pagan por eso.

Se quedó en silencio.

—¿Qué? —pregunté—. ¿Qué pasa?

—No, amigo. Es contenido original. Lo hago yo.

—Dejate de joder. ¿En serio?

—Te lo juro. Me visto, me arreglo y yo mismo me saco las fotos —dijo bajando la voz—. Se vende bastante bien. Me dicen que tengo cuerpo de mujer.

Lo miré sin saber si reírme o no.

—Ya, en serio, dejate de joder —insistí entre risas nerviosas.

Pero él me seguía mirando, sin reírse, esperando.

—Si querés vení a casa y te muestro —dijo.

Lo miré otra vez. Hablaba en serio.

—Dale —contesté—. Vamos.

***

Llegamos a su casa, saludamos a su madre y entramos a su habitación. Cerró la puerta con llave y me pidió que no mirara mientras se cambiaba. Me senté frente a la consola y me puse a jugar, mientras a mis espaldas lo escuchaba moverse, abrir cajones, acomodarse la ropa. La expectativa me iba ganando y ni yo entendía por qué.

—Ya está —dijo—. ¿Qué te parece? ¿Me veo bien?

Me di vuelta y lo vi. Se había puesto algo de maquillaje en la cara, llevaba unas medias blancas que le pasaban las rodillas, una bombacha rosa y una blusa suelta de color blanco. Se había peinado el flequillo hacia adelante para que el cabello le cubriera parte de la frente. Era evidente que tenía la rutina estudiada al detalle.

Me quedé sin palabras, con una mezcla de emociones que no sabía ordenar. Jamás había imaginado ver así a mi amigo, y sin embargo algo en mí se despertaba sin permiso. Se me apretó la verga contra el pantalón antes de que pudiera pensar nada.

—Pará —dije, riendo para disimular—. Parecés sacado de una convención.

Se quedó callado y giró despacio para mostrarme la pierna y parte del culo. No tenía un solo vello en los muslos; la piel se veía suave, más suave incluso que la de mi novia, que tanto se cuidaba.

—En serio, tenés cuerpo de mujer —admití.

—Tocá, dale —dijo riendo—. No pasa nada.

Dudé. Quería hacerlo, pero algo me frenaba: el miedo a lo que significara, a lo que él pensara de mí después.

—¿Qué pasa? —dijo al ver que no me movía—. ¿Tenés miedo? Es solo tocar.

Tenía el culo pequeño y firme, la piel blanca e impecable. La bombacha le quedaba algo suelta y se le metía un poco entre los glúteos, marcándole la raya.

—Bueno, está bien —cedí.

Y aunque tenía muchas más ganas de las que me animaba a confesar, apenas me atreví a posarle las manos sobre las nalgas. La tela era finita y por debajo se sentía la carne tibia, que cedía suavecita bajo la presión de mis dedos.

—¿Ves? —dijo—. No pasa nada. ¿Te gusta cómo lo tengo?

—Se me puso dura —respondí riendo, nervioso.

—Sos un degenerado —se rió—. ¿Ya entendés por qué me pagan tanto?

—Ya veo, ya veo… Pasame tu usuario, que ahora quiero suscribirme —bromeé.

—No, tonto —rió—. Pero todo el material lo tengo en la computadora. Si querés te lo muestro.

—Dale, mostrame.

Empezó a mover las caderas en círculos, como bailando, rozándose contra mis manos, que yo había dejado quietas sobre él. Cada vuelta hacía que la tela de la bombacha se le hundiera más entre las nalgas, y yo iba sintiendo cómo la polla se me endurecía a un ritmo que ya no podía disimular.

—¿Qué hacés? —pregunté con la voz tomada.

—Nada… nada… es solo un juego.

No me aguanté y le apreté el culo con las dos manos. Era blando, perfecto, se me desbordaba de los dedos. Tiré de la tela hacia arriba y la bombacha se le clavó en la raya como un hilo, dejándole las nalgas descubiertas a los costados. La verga se me endureció del todo dentro del pantalón, hasta doler.

—¿Así querés que te agarre? —dije, amasándole el culo con fuerza, separándoselo con las palmas.

Se sonrojó y la respiración se le aceleró. Empujó el culo hacia atrás para meterse más contra mis manos, buscando que lo tocara aún más adentro.

—Mostrame las fotos —pedí, intentando recuperar algo de control.

—Están en la computadora —dijo, conteniéndose—. Sentate en la silla.

***

Le solté el culo y me senté. La pantalla ya estaba encendida.

—¿Cómo se llama la carpeta? —pregunté.

—Esperá, yo la abro.

Lo vi desviarse primero hacia el tocador, sacar un perfume de frasco femenino y aplicarse un par de toques en el cuello.

—Dejame que te muestro —dijo, y se sentó sobre mis piernas.

El muy maldito olía a flores, a algo dulce que no supe nombrar. Sentí el peso tibio de su culo aplastarse contra mi bulto, justo encima de la polla dura, y no pude hacer otra cosa que oler su cuello mientras buscaba en la pantalla. La sonrisa apenas dibujada en su cara me dejó saber que había conseguido exactamente el efecto que buscaba. Se movió apenas, en un vaivén mínimo, restregándose contra mí como si no se diera cuenta.

—Acá están —dijo.

En la pantalla apareció una carpeta repleta de imágenes. Abrió la primera y fue pasando una por una con la punta del dedo. Me quedé absorto mirando sus poses, lo bien que se veía, lo natural que parecía todo. En cada foto jugaba a esconder lo que tenía entre las piernas, y al mismo tiempo dejaba clarísimo qué era lo que ocultaba. Todo en él se veía femenino, pero lo que más morbo me generaba era la posibilidad de que en algún momento revelara la parte masculina, cosa que no terminaba de pasar. Sin darme cuenta, me estaba haciendo desear verla, y las ganas crecían hasta volverse insoportables.

—¿Nunca la mostrás? —pregunté.

—¿Querés verla? —respondió con otra pregunta.

Nos quedamos quietos, en silencio.

—Sí —admití—. Quiero ver si la tenés más grande que yo.

Movió las caderas frotándose contra el bulto de mi entrepierna, apretando el culo contra mi polla, marcando cada centímetro de la erección contra la tela del pantalón.

—Más que vos no sé —dijo—. Me parece que la tuya es grande.

Se puso de pie y, inclinándose hacia adelante, me dejó el culo a la altura de la cara. La bombacha rosa le enmarcaba las nalgas blancas, y por el borde asomaba la línea rosada del ojete apenas insinuada.

—Bajame la ropa —dijo.

Con las dos manos le sujeté la bombacha y se la tiré hacia abajo, hasta la mitad del muslo. Se dio vuelta, apoyó una mano en la cintura y subió un pie a mi muslo, dejándome la verga erecta frente a la cara. Le colgaban los huevos chiquitos y depilados, y la polla se le sacudía apuntando hacia arriba, con la punta brillosa de un hilo de humedad.

—¿Qué te parece? —preguntó.

Era parecida a la mía, aunque la punta se le veía un poco más prominente, la cabeza rosada, gorda, sin un solo pelo alrededor. La tenía tan cerca que sentía su calor en la cara y ese olor a piel limpia y perfume mezclado.

—Se parece a la mía —dije, con la boca seca.

—A ver… —respondió, bajando el pie—. Mostrame la tuya.

Me desabroché el cinturón y me bajé el pantalón y los calzones hasta los tobillos. La tenía dura, apuntando hacia arriba, gruesa y pesada, con la vena marcada de arriba abajo.

—La tenés peluda —dijo—, y bien dura.

—Y sí —contesté bajando la mirada. A pesar de la excitación, me sentía inseguro de lo que estábamos haciendo—. ¿Qué querés que te diga?

—¿Querés que te ayude con eso? —dijo, levantándome la cara con un dedo bajo el mentón.

Lo miré sin encontrar el valor para admitir en voz alta lo que quería. Tenía miedo de que alguien se enterara. Miedo de lo que pensaran de mí.

—Nadie se va a enterar —dijo, mirándome a los ojos.

Asentí con la cabeza.

***

Sonrió y, sin dejar de mirarme, se arrodilló entre mis piernas. Me tomó la verga con una mano, la sopesó, como midiendo cuánto le iba a entrar, y me pasó la lengua desde los huevos hasta la punta en una sola lamida lenta que me hizo apretar los dedos contra el respaldo de la silla. Me chupó la cabeza primero, envolviéndomela entera con los labios pintados, y después se la fue tragando de a poco, hasta que sentí el fondo de su garganta cerrarse alrededor de la punta. Empezó a subir y bajar la cabeza, mamando con una técnica que no era de principiante: apretaba los labios contra el tronco, dejaba caer un hilo de saliva que me chorreaba por los huevos, se sacaba la polla de la boca para lamerme los cojones uno por uno, y volvía a metérsela hasta la garganta.

—La reputa madre… —murmuré, agarrándolo del pelo—. Cómo la chupás, hijo de puta.

Me miró desde abajo con la boca llena, sonriendo con los ojos, y aceleró el ritmo. La verga me entraba y salía brillante de baba, y él sacaba la lengua para lamerme la punta cada vez que se la sacaba de la boca. Cuando sintió que estaba por acabarle en la boca, la soltó, se levantó y se dio vuelta.

Se separó los glúteos con las manos hasta que la punta de mi verga quedó entre ellos. Me la restregó de arriba abajo contra el ojete, ensuciándomelo con la baba que le había quedado. El roce dejó todo húmedo y sentí cómo el agujerito se le contraía y se le relajaba en cada pasada. Entonces me tomó con una mano para guiarme y, despacio, fue dejándola entrar hasta encajársela por completo. Sentí el anillo estrecho abrirse alrededor de mi polla, el calor apretado del culo tragándose cada centímetro, y solté un jadeo largo que se me escapó sin poder controlarlo. Olía tan bien que empecé a pasarle la nariz por el cuello, embriagándome de ese perfume.

Apoyó los dos pies en el borde libre de la silla, entre mis piernas, y quedó en cuclillas, sentado sobre mí, con mi verga clavada dentro. Empezó a subir y bajar, a mecerse hacia adelante y hacia atrás, empalándose entero, dejando que la polla le saliera casi hasta la punta antes de dejarse caer otra vez de golpe hasta la base. Cada bajada le sacaba un gemido agudo, medio contenido para que no se escuchara del otro lado de la puerta. Le agarré las tetillas por debajo de la blusa y se las pellizqué. El culo me lo apretaba con fuerza, como si me estuviera ordeñando de adentro, y podía ver de reojo cómo la verga de él le rebotaba dura y desnuda al ritmo de las cabalgadas.

—Así, así, cogeme fuerte —jadeó él, apoyando la nuca en mi hombro—. Rompeme el culo, dale.

Le clavé los dedos en las caderas y empecé a embestir yo, desde abajo, levantándolo cada vez que subía y estrellándolo contra mi pelvis en cada bajada. El chasquido de la carne contra la carne llenó la habitación, y él se dejaba usar, la cabeza colgando hacia atrás, la boca abierta, un hilo de saliva en la comisura.

No puedo creer que el primero al que me cojo así sea mi mejor amigo, pensé, mientras lo tomaba de la cintura para acompañar su ritmo.

Miró hacia atrás y nuestras miradas se cruzaron. Fue un momento de tensión enorme, en el que admití sin palabras que la estaba pasando increíble.

—¿Me besás? —pidió, sumiso.

Esperé un segundo y le di un beso tímido en los labios que, después de la reserva inicial, se volvió más intenso. Le metí la lengua hasta el fondo mientras seguía cogiéndolo desde abajo. Lo abracé fuerte, sentí que los huevos se me tensaban, y de golpe empecé a vaciarme adentro de él, chorro tras chorro, llenándole el culo de leche caliente. Él me apretó el ojete alrededor de la polla mientras acababa, ordeñándome hasta la última gota.

—Ah… qué bueno, amigo… qué bueno —jadeé, todavía enterrado hasta el fondo, sintiendo cómo el semen se le escapaba y me chorreaba por los huevos.

Sin sacársela todavía, dejó caer el peso de la espalda contra mi pecho y estiró las piernas, entrelazándolas con las mías. La verga seguía dentro, más blanda pero aún gruesa, encajada en su culo mojado.

—¿Me hacés terminar a mí? —dijo.

Por encima de su hombro vi que la tenía erecta, la punta hinchada, morada, con una gota gorda de líquido preseminal colgando. Más por gratitud que por excitación, se la tomé con la intención de ayudarlo, pero apenas sintió mi mano empezó a venirse. Le cerré el puño con fuerza alrededor y le sacudí el tronco de arriba abajo.

—Ahí… sí, sí —dijo, arqueándose entero, soltando dos chorros potentes que le saltaron hasta el pecho y le mancharon la blusa blanca, como si la punta le fuera a estallar.

Seguí ordeñándosela hasta que le salieron dos hilos más, más finos, que le quedaron pegados en los dedos y en el pubis lampiño. Se quedó jadeando contra mi cuello, con mi polla todavía enterrada en el culo y su corrida chorreándole por la panza.

Cuando terminamos, sentí algo de culpa y me fui sin mirar atrás. Pero a las pocas horas se me pasó, y le escribí.

«Estuvo bueno, ¿repetimos?».

«Vení mañana a la tarde», respondió, y al final puso un emoji de labios.

***

Al día siguiente estuve puntual frente a su puerta, y repetimos la misma rutina: se cambió, se maquilló, se sentó en mi falda y terminó a cuatro patas en la silla con mi polla clavada hasta el fondo del culo. Le acabé adentro otra vez, y otra vez le hice la paja hasta hacerlo correrse contra la pantalla de la computadora. Al tercer día le pedí que me la chupara y aceptó sin problema; se arrodilló entre mis piernas, me la mamó con hambre, y cuando estaba por acabar me la clavó hasta la garganta y me tragó todo sin asco, chupando incluso los huevos para no dejar una gota. Al cuarto día me lo cogí en cuatro sobre la cama, agarrándolo del pelo, embistiéndolo tan fuerte que la cabecera golpeaba contra la pared, y él gemía con la cara hundida en la almohada, pidiéndome más. Después de dos semanas de visitas diarias llegamos al punto en que me chupaba la verga hasta dejarla brillante antes de que yo se la metiera, y a veces me pedía que le acabara en la cara para lamerse los dedos después. Al mes empecé a chupársela yo también, aunque sin tragar: le pasaba la lengua por el tronco, le mamaba los huevos, y cuando estaba por venirse la sacaba de mi boca para que se corriera en las mías.

Como me tenía tan bien atendido, mi novia, Carla, comenzó a reclamarme: decía que había perdido el interés en ella. Y tenía razón, aunque cada vez me importaba menos. Habíamos quedado en que, cuando ella terminara los estudios, contaríamos a todos que estábamos juntos y formaríamos pareja en serio. Pero las cosas se precipitaron mucho antes de lo previsto.

Una tarde nos descuidamos y no pasamos la llave a la puerta del cuarto. El padre de Tomás la abrió sin tocar. Nos encontró justo cuando lo tenía agarrado del cabello con una mano y del cuello con la otra, mientras se lo cogía por detrás, con la polla entrándole y saliéndole del culo a plena vista.

—Tranquilos, muchachos —dijo el hombre, impasible—. No pasa nada.

Cerró la puerta y nos dejó solos.

—Seguí, seguí —me dijo Tomás, con el culo todavía en pompa—. No te preocupes por mi viejo, que es más abierto de lo que parece.

Le agarré las caderas y volví a metérsela hasta el fondo. Terminé dentro de él como siempre, vaciándome adentro de ese culo apretado que ya se me había vuelto adicción. Al final fue su madre la que llevó el asunto al límite cuando el padre se lo contó. Nos tocó dar la cara, terminé mi otra relación y nos fuimos a vivir juntos.

Hoy parece una muñeca: el cabello largo, un cuerpo que muchas mujeres envidiarían, y yo, encantado de que ese culo, esa boca y esa polla sean solo míos.

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Comentarios(6)

RoxiCordoba

excelente!!! uno de los mejores que lei este mes

Tomas_Baires

Por favor tiene que haber una segunda parte, me quede con muchas ganas de saber como siguio todo

MikeV_2024

Me recordo a algo que me paso con un amigo hace años. Uno nunca sabe realmente todo de las personas que cree conocer. Muy bien contado.

Rulo_Mdq

lo lei de un tiron, genial

Valentina_ok

Me pregunto como cambio la amistad despues de eso... ojala cuentes mas en otro capitulo!

Camila_cba

Me gusto el tono, no es burdo ni obvio. Se siente autentico y bien narrado.

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