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Relatos Ardientes

El día que mi esposa me convirtió en su trofeo

Escuché sus pasos firmes en el pasillo, cada uno cayendo con un peso que antes me había pertenecido a mí. Cuando entró en la cocina, su presencia lo llenó todo. No era solo su cuerpo, más fuerte que el mío, sino la seguridad con la que se movía, como si el mundo entero hubiera cambiado para obedecerle.

No me atreví a levantar la vista. Sentí que otra voluntad, más poderosa que la mía, me obligaba a quedarme así: sumiso, expectante, temblando ante el juicio de mi propia esposa.

Renata se sentó a la cabecera, se colocó la servilleta sobre las piernas con un gesto automático y tomó el café. La observé de reojo, deseando que no notara mi ansiedad. Todavía sentía entre las nalgas el ardor de lo que me había hecho hacía apenas media hora en el dormitorio, y cada vez que apretaba los muslos, un cosquilleo húmedo me recordaba que su semen seguía dentro de mí, resbalando despacio por el interior de mis piernas hasta la lencería.

—Buen día, querido —dijo tras el primer sorbo—. Al menos esta vez el desayuno está como me gusta. Veo que vas mejorando.

—Me alegra, mi amor. Gracias por tu paciencia. Espero seguir aprendiendo.

Sentí una mezcla imposible de alivio y orgullo, como si me hubiera concedido un premio. El corazón me latió más rápido de lo que debía, y un calor extraño me recorrió el bajo vientre, una necesidad que me confundía, porque no nacía de mi placer sino del suyo. Se me endureció el sexo bajo la falda del salto de cama y aparté las manos para que ella no notara el bulto ridículo, ese pedazo de carne inútil que ella misma se encargaba de recordarme que no servía para nada.

Ella abrió el periódico y lo hojeó con total calma, como si nada hubiera pasado en la cama apenas unos minutos antes. Yo, en cambio, seguía de pie junto a la mesada, con las manos unidas delante de mí, balanceando las caderas. Descubrí ese movimiento en mi cuerpo y me sobresalté: era el mismo que antes odiaba cuando ella, nerviosa, lo hacía frente a mí.

—¿Qué esperas? —me cortó—. Siéntate. Eres mi esposo, no un mucamo.

Me senté a su lado para prepararle las tostadas y se las acerqué. Al agacharme para untar la manteca sentí otra gota tibia deslizarse dentro de la bombacha de encaje, y contuve el aliento para que no se me escapara un gemido. Renata masticó despacio, me miró de reojo y sonrió. No era la sonrisa tierna de antes, sino una cargada de poder.

—¿Sigue chorreándote mi leche, queridito? —preguntó bajito, sin dejar de mirar el periódico—. Te dije que hoy no te limpiaras. Quiero que la lleves puesta todo el día, hasta que se te seque en el culo. Así, cuando estés arrodillado frente al espejo maquillándote, te acordás de a quién le pertenece este agujero.

—Sí, mi amor —susurré, con las mejillas ardiendo—. La tengo dentro. La siento bajar todavía.

—Buen chico. Abrí las piernas, quiero ver.

Corrí un poco la silla y separé los muslos bajo el matelasé. Ella se inclinó, me levantó el borde del camisón y observó con curiosidad clínica el hilo blanco que me manchaba la cara interna del muslo derecho. Pasó el dedo, lo recogió y me lo acercó a los labios.

—Chupá.

Abrí la boca sin pensarlo y le limpié el dedo con la lengua, sintiendo el sabor salado y espeso de su corrida. Ella sonrió complacida y volvió al periódico como si nada.

—¿Te gusta nuestro estilo de vida, querido? —preguntó de pronto, bajando el periódico y clavándome los ojos.

—Sí, mi amor. Tengo todo lo que necesito y más. ¿Por qué me lo preguntas?

Soltó una carcajada grave que me heló la sangre.

—Eso pensaba que responderías. Eres tan dulce cuando te recuerdo tu lugar. Tienes un hogar completo, ropa bonita para lucirte ante mis amigas y para mí. Llevas la vida que todo hombre desea. No necesitas nada: para eso estoy yo, a cargo de ti y de todo lo tuyo.

—Muchas gracias, mi amor —dije, levantando la vista con la sonrisa que ella espera de mí. Siempre soñé con esta clase de vida.

—Sabes, me están evaluando en la empresa para un puesto jerárquico. Eso nos permitiría una casa más grande y, por fin, una familia llena de hijas, como siempre quisiste —hizo una pausa para beber, observándome con un brillo cruel.

—¡Qué alegría me das! —tomé su mano y la besé—. Te lo mereces, trabajas mucho. Me llena de orgullo ser tu esposo.

Sonreí con humildad mientras me acomodaba el cabello, y ella, al notarlo, me apretó la mano con fuerza.

—Esta noche vendrán a cenar mi jefa y la directora de la empresa. Traerán a sus maridos, claro. Los he visto en algunos eventos, donde ellas los pasean como trofeos.

—No digas eso, mi amor. Seguro son esposos ejemplares.

—Qué va. Solo sirven de adorno, no tienen nada en esas cabecitas huecas. En cambio, tú… bah, mejor calla. Limpia la casa, prepara todo para que yo me luzca y demuestre que puedo con ese puesto.

—Sí, mi amor. Confía en mí, para eso he aprendido todas estas cosas.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente: asentí con una docilidad que me espantó. Me ardieron los ojos. En lugar de protestar, me oí decir con dulzura automática:

—Todo estará perfecto, como a ti te gusta.

Ella dobló el periódico, lo dejó a un lado y me observó en silencio, evaluando cada uno de mis gestos. Después bajó la mano por debajo de la mesa y me apretó el bulto por encima del camisón, sin dejar de mirarme a los ojos.

—Mirá esta cosita dura, pobre —susurró con una ternura burlona—. Se pone tiesa como si sirviera para algo. Sabés que no vas a tocarte hoy, ¿no? Ni una sola vez. Quiero verte apretado, ansioso, con los huevos hinchados toda la noche mientras atendés a las invitadas. Que se te note en los ojos que estás caliente y que no podés hacer nada al respecto.

—Sí, mi amor —tragué saliva—. No me tocaré. Te lo prometo.

Me apretó más fuerte, hasta hacerme gemir bajito, y después soltó la carne y limpió los dedos en la servilleta como si acabara de tocar algo sucio.

—He hablado con tu mentora. Hoy, en tu sesión, te indicará cómo proceder. Lleva tu libreta. Antes de dormir quiero ver tus apuntes sobre la humildad masculina y los ejercicios de obediencia. Esta noche es muy importante, para mí y sobre todo para ti.

Una punzada de vergüenza me recorrió y, al mismo tiempo, un orgullo extraño, como si esas palabras me colocaran en mi sitio.

—Sí, mi amor —dije, tomándome yo mismo las manos.

Se levantó, caminó hacia mí y me acarició el cabello, como quien calma a un animal doméstico.

—Hoy tienes mi permiso para ir al salón de belleza. Ya autoricé la cita: un taxi pasará por ti a las dos y media. No quiero verte desaliñado frente a mi jefa. ¿Entendido?

—Entendido, mi amor. Muchas gracias, no me lo esperaba.

—Perfecto. Yo me encargo de los negocios y de tu bienestar. Tú, mi querido maridito, de que todo funcione en casa y luzca como una buena familia.

Un calor me recorrió, mezcla de sumisión y deseo. La acompañé hasta su automóvil, le acomodé el cuello de la camisa y esperé junto a la ventanilla, doblando la cintura, su beso. Ella me tomó del mentón, me metió la lengua hasta el fondo de la boca y me la revolvió mientras yo le dejaba hacer, aflojando la mandíbula como me había enseñado. Cuando se separó, tenía los labios manchados con mi lápiz rojo y una sonrisa satisfecha.

—Pórtate bien, queridito. Las invitadas llegan a las ocho. Tienes tiempo de sobra.

Me dio una palmada leve en la cola, casi como a un niño aplicado, y arrancó con su habitual prisa. La vi alejarse con amor y orgullo mientras me arreglaba el salto de cama de matelasé rosa que abrigaba mi cuerpo siempre frío. Bajo la tela, la bombacha empapada de su semen se me pegaba al culo como un sello, un recordatorio caliente y pegajoso de que ese agujero ya no me pertenecía.

***

Un vacío me envolvió al cerrar la puerta. El silencio denso invadió la casa. Sin pensar, volví a la cocina para recoger la mesa, lavar las tazas, limpiar la mesada y barrer el piso. Cada movimiento lo hacía con un cuidado exagerado, repasando lo aprendido en las clases de buenas costumbres, sintiendo el clac de mis tacones sobre el mármol frío. Cada paso me apretaba la bombacha contra el culo y me recordaba lo que ella había dejado adentro. Se me endurecía la verga contra la seda, patética, ignorada, y yo apretaba los dientes y seguía barriendo.

Subí a ocuparme del dormitorio y el baño, que lucían como si hubiera pasado una guerra. No entiendo cómo es tan desordenada, me dije, antes de ver mi anillo de bodas brillar bajo el sol y sonreír. La cama estaba deshecha, con las sábanas revueltas y una mancha oscura y todavía húmeda en el centro, mezcla de la lubricación de ella y del semen que me había hecho tragar antes de darme vuelta y follarme. Me arrodillé al borde del colchón y hundí la nariz en esa mancha, inspirando el olor mezclado de los dos hasta que se me nubló la vista. Después, obediente, cambié las sábanas por unas limpias.

En el baño, la ducha seguía chorreando gotas del apuro con que Renata se había bañado. Recogí su ropa interior del piso, la olí sin poder evitarlo —el aroma agrio y fuerte de su coño me golpeó y me hizo temblar las rodillas—, y la llevé al canasto. En el espejo me crucé con mi reflejo: un hombre pintado de rosa, con el pelo desarmado y los labios todavía marcados por el beso de ella. Me miré la entrepierna: la verga hinchada empujaba la seda hacia adelante y un puntito oscuro de líquido preseminal manchaba la tela. Me llevé la mano ahí, apenas, y me detuve. No me tocaré. Se lo prometí. Retiré los dedos como si me hubiera quemado.

El tiempo se escurrió entre tareas: ventilar, hacer la cama, doblar la ropa, repasar los vidrios, poner una lavada. Cuando terminé el comedor y el escritorio de Renata, levanté la vista hacia el reloj de familia del aparador. Solo faltaban cuarenta y cinco minutos para mi sesión.

Un nudo me apretó el estómago. No me alcanza el tiempo para arreglarme. Caminé en círculos retorciéndome las manos, hasta obligarme a respirar. Puedo hacerlo, yo solo puedo.

Subí al vestidor y me paralicé ante tanta cantidad de vestidos.

—¿Son todos míos? —grité—. ¿Cuál me pongo?

Inspiré y exhalé hasta poder hacerme la pregunta correcta. ¿Qué sería lo más adecuado para una sesión con la terapeuta? ¿Algo sobrio que refleje modestia, o algo más cuidado? Descolgué tres opciones —un vestido de algodón a cuadros, otro en tono salmón y un conjunto verde manzana de falda lápiz— y los llevé al tocador para decidir después del baño.

Abrí la ducha, me desvestí, cubrí mi cabello con la gorra de flores y enjaboné todo mi cuerpo a conciencia. Al bajarme la bombacha manchada, hilos gruesos de semen se estiraron entre la tela y mi piel, y me quedé unos segundos mirándolos, hipnotizado, con el corazón golpeando fuerte. Bajo el chorro, me enjaboné los pezones despacio: los tenía más grandes y sensibles desde que Renata me había obligado a tomar sus pastillas, y bastaba un roce con la esponja para que la verga volviera a saltar, dura y rabiosa. Me pellizqué uno sin querer y solté un gemido agudo que rebotó en los azulejos. Retiré la mano de inmediato. No, no. Prometí no tocarme.

Me enjaboné el culo con cuidado, separando las nalgas con dos dedos para lavarme bien el agujero. Al pasar la esponja por el borde, sentí que todavía estaba abierto, hinchado, blando. Metí un dedo, apenas, para limpiar por dentro, y un chorrito espeso y blanco se deslizó por mi pierna y se perdió en el agua. Me mordí el labio. La verga me palpitaba entre las piernas, tan hinchada que me dolía, y las bolas se me habían apretado contra el cuerpo, pesadas y calientes. Me obligué a apartar las manos y a terminar rápido.

Cerré el agua, me envolví en la toalla y volví al tocador, esta vez sin lamentarme. Preparé mi piel con cremas como quien lo ha hecho toda la vida, sin darme cuenta siquiera de la destreza de mis manos.

Con dedos cuidadosos, como quien abre un cofre de secretos, fui probando cada producto. Apliqué una base clara que borró el cansancio y polvos translúcidos de acabado de porcelana. Delineé mis cejas finas, tracé un eyeliner negro con cola felina, ricé las pestañas y apliqué máscara. El rubor, rosado y suave, alto en las mejillas. Por último, delineé los labios y los cubrí de un rojo profundo y satinado.

Al posar los labios sobre el pañuelo para retirar el exceso, vi en el espejo a un hombre elegante, sumiso y seductor a la vez, semejante a los galanes del cine de los años cincuenta que mi esposa tanto admira. El corazón me latió rápido.

¿Será suficiente? ¿Se notará el esfuerzo? ¿O la doctora me reprochará que aún no asumo mi condición con la delicadeza necesaria?

Me peiné tirante, rematé con un rodete alto que dejó mi cuello al descubierto, y me vestí: lencería de encaje —una bombacha nueva, limpia, que se me clavó como un hilo entre las nalgas y me apretó los huevos hacia arriba—, medias satinadas con costura trasera enganchadas a los ligueros, blusa de seda cerrada al cuello, falda lápiz, chaqueta sastre de botones dorados y tacones de siete centímetros. Me perfumé con notas florales frescas y, frente al espejo de cuerpo entero, me coloqué los pendientes de perlas, el collar a juego y un par de anillos para que mis manos lucieran más delicadas.

El espejo me devolvió la imagen de un marido dócil, refinado y elegante. Sentí vergüenza de admitirlo y, al mismo tiempo, un orgullo extraño que hizo aflorar mi sonrisa tras los labios rojos. Bajo la falda lápiz, la verga apretada contra el encaje seguía dura, formando un bulto discreto que las medias contenían apenas. Preparé un bolso pequeño con el maquillaje de retoque, el espejito de mano y, para mi sorpresa, un paquete de cigarrillos finos y un encendedor dorado con las iniciales de Renata. Por lo visto, además de cambiar mi vida, también fumo.

***

Dejé el living dispuesto: la mesa baja con la bandeja del café recién hecho, la tetera, el azúcar, la leche y unas pastas de mantequilla. Recibirla como se merece demuestra mi lugar en la familia, me había repetido Renata hasta el cansancio. El timbre me sobresaltó. Bajé la vista y abrí con una sonrisa.

—Buenos días, doctora. Bienvenida, pase, por favor.

La doctora Bellamar entró con la seguridad de quien se sabe esperada, una carpeta de notas bajo el brazo. Me observó de pies a cabeza, apenas con una ceja arqueada que me hizo contener la respiración.

—Muy bien, señor Sandoval. Por fin puedo decir que se lo ve correcto. Se ha esforzado esta semana, me agrada ver sus avances —anotó algo en su cuaderno.

Sentí las mejillas arder de orgullo y vergüenza. Colgué su abrigo, la guié al salón y le serví el café con manos temblorosas. Me senté en el borde de mi sillón, las manos unidas sobre las rodillas, los tobillos cruzados, tal como me enseñaron. La falda se me tensó sobre las piernas apretadas y sentí, otra vez, la verga hinchada empujar el encaje. Recé para que la doctora no lo notara.

—Cuénteme, ¿cómo ha llevado las labores de la casa?

—Muy bien, doctora. Limpié la cocina, ordené el dormitorio y el baño, barrí el living y puse la ropa a lavar. Todo según la rutina.

—Bien. Ahora dígame cómo se siente. ¿Ha tenido dolores de cabeza?

—Sí, doctora. A cada momento.

—¿Cuándo los nota?

—Cuando intento pensar o recordar cosas del pasado, o cuando me cuestiono algo, siempre me duele —confesé, avergonzado.

—Ya veo. Está sufriendo el cambio, pero no es una recaída. Solo necesitaremos reforzar el tratamiento. Hablaré con su esposa al respecto.

Me estremecí de miedo, y un nuevo dolor me partió la columna.

—Tranquilo, querido. Es normal en ustedes. No son tan fuertes como nosotras, y esa vulnerabilidad les genera estos dolores —me sonrió de forma maternal—. De hecho, a su esposa le alegrará. ¿Sabe por qué?

Negué con la cabeza, en silencio.

—Porque su cuerpo ya está generando sus propias hormonas. Eso le permite, por fin, tener la capacidad de engendrar las hijas que su esposa tanto anhela. Felicitaciones —tomó mis manos, encantada—. Le ha costado mucho a nuestra sociedad alcanzar este grado de evolución en ustedes. Hace dos años que su esposa lo prepara para esto.

—Pero yo soy hombre, ¿cómo voy a…? —un dolor me cortó al medio.

—Deje de pensar. Para pensar estamos nosotras. Solo debe alegrarse por darle este regalo a Renata, cuidar su cuerpo y esforzarse por concebir. La naturaleza hará el resto. Su esposa la seguirá follando cada noche, corriéndose dentro de este culito precioso que ya la conoce de memoria, hasta que su cuerpo entienda qué debe hacer con esa semilla. Y usted la va a recibir toda, hasta la última gota, agradecido. ¿Verdad, querido?

—Sí, doctora —susurré, con las mejillas ardiendo y la verga tan dura que me dolía—. Toda. Cada gota.

—Bien. ¿La lleva ahora, la de esta mañana?

Asentí despacio, bajando la vista.

—Muéstreme.

Me quedé un segundo paralizado, pero sus ojos no admitían dudas. Me levanté, me subí despacio la falda lápiz hasta la cintura, mostrándole las medias satinadas, el liguero, la bombacha de encaje blanco y, cuando me di vuelta lentamente, el hilo tibio que había vuelto a escaparse y me manchaba la parte de atrás del muslo, encima de la media.

—Precioso —dijo con la voz baja, tomando notas—. Su esposa la marca bien. Bájese la falda, no vaya a ensuciarse la chaqueta.

Obedecí, temblando, y volví a mi sillón. Asentí, desconcertado y afligido, hasta que el dolor me obligó a abandonar toda resistencia. Entonces, sin saber por qué, una sonrisa orgullosa se dibujó en mi rostro.

—Bien. Ahora focalicemos en lo importante. Esta noche usted es la estrella y el responsable. ¿Ha pensado en el menú?

—Sí, doctora. Un aperitivo con quesos y embutidos al llegar. Luego, salmorejo casero con flores de nuestro jardín. De plato principal, carne asada con patatas rústicas y salsa de mostaza, con tomates rosados aliñados para nosotros, los maridos. Y de postre, tarta de queso con frutos del bosque.

—¿Hará todo eso en pocas horas? —bajó los lentes, intrigada.

—El salmorejo y la tarta ya los preparé ayer. El resto lo haré al quedarme sola, tras la sesión. Me gusta sorprender a mi esposa.

—Enhorabuena, señor Sandoval. Es meritorio, lo anotaré —miró su reloj—. ¿Y cómo se presentará esta noche?

—Con el último regalo de Renata: un vestido borgoña bajo la rodilla, con corsé interno y pedrería en el bustier. Manos y pies al tono. Medias negras opacas y zapatos de salón con tacón de diez centímetros.

—El vestido me parece correcto. ¿No serán muy altos esos tacones? Quedará a la altura de las mujeres.

—A mi esposa le encanta verme así. Dice que realza mi figura.

—Si ella lo aprueba, así debe ser. Servirá usted de marco a la obra de arte que ella quiere presentar —se levantó—. ¿Podemos salir a la terraza? Quiero ver sus modales mientras fumo un cigarrillo.

***

En la terraza, el frío se me coló bajo la falda. Ella encendió su cigarrillo y me miró fijo.

—¿Usted no fuma?

—Sí, pero no sabía si era adecuado.

—Relájese, hombre. Tome uno de los suyos.

Busqué mi encendedor, que como siempre se escondía en el bolso, y ella me acercó el suyo para darme fuego. Agradecí con una sonrisa, liberé el humo hacia un lado para no molestarla.

—Me ha encantado su actitud, incluso el detalle de apartar el humo. Pero recuerde: un hombre nunca decide ni toma la iniciativa. Si su esposa o las invitadas no lo autorizan, usted no fuma. Y no se fíe de los maridos: ellos también juegan su juego y pueden intentar dejarlo en evidencia.

—Lo tendré en cuenta, doctora —tomé un cenicero y lo sostuve en la mano mientras fumábamos.

—Una cosa más. Las invitadas son superiores en rango a su esposa. Si alguna le ordena algo, mire primero a Renata. Si ella lo autoriza, usted obedece sin pensar. No le sorprenda que le pidan cosas humillantes: así funciona nuestra sociedad, y toda mujer lo entiende. Puede que alguna quiera revisar cómo lo tiene su esposa. Que le pida abrir la boca, mostrar el culo, dejarse tocar los pezones para comprobar qué tan sensibles los tiene ya, o incluso arrodillarse a mamársela a su marido delante de todas para que ellas se rían. Si Renata dice que sí, usted lo hace sin dudar, con una sonrisa, dándole las gracias por la lección. ¿Está claro, señor Sandoval?

Una duda me carcomió. Ella lo notó.

—¿Por qué esa carita de miedo, señor Sandoval?

—Me asusta que ellas puedan ordenarme cualquier cosa. Que me hagan… mamar a otro hombre delante de mi esposa.

—Ya lo hará, tarde o temprano. Y va a descubrir que le gusta. Su boca sabe recibir bien, se le nota en los labios. Su esposa la entrena para eso desde hace meses. Cuando llegue el momento, se arrodillará con esa faldita ajustada, abrirá la boca pintada de rojo y chupará como corresponde, tragando hasta la última gota si así se lo indican. Y volverá a su sillón limpiándose la comisura con la servilleta, orgullosa de haber cumplido. Así es, querido. Vivimos en un mundo de poder, y usted es parte del juego. Pero tranquilo: tiene una esposa que le da todo y lo protege. Es hora de irme.

La verga me palpitaba dolorosamente atrapada en el encaje. Sentí una gota tibia manchar la tela por delante y recé para que no traspasara la falda.

Apagó su cigarrillo en el cenicero que yo sostenía, y me adelanté a abrirle la puerta. La acompañé hasta la entrada y la ayudé con el abrigo. Me extendió la mano y, con una sonrisa, se despidió.

—Estoy muy conforme con esta sesión. Su esposa lo felicitará, se lo merece. Relájese y disfrute. Todo saldrá de maravillas.

Cerré la puerta y me quedé tras ella, feliz y orgullosa, con el corazón latiéndome con fuerza y una sensación extraña que hasta me hizo llorar. Orgullosa por cumplir, por ser corregido, por aprender a ser menos para que Renata alcanzara sus propios objetivos. Bajo la falda, la verga seguía hinchada, mojada, palpitando sola, exigiendo un alivio que yo tenía prohibido darle. Apreté los muslos y sentí, entre las nalgas, el rastro seco y pegajoso de mi esposa como una firma sobre mi piel.

El silencio volvió a llenar la casa. La jornada aún no terminaba: faltaba cocinar, dejar la mesa servida y partir al salón de belleza. La noche sería una prueba.

Y yo debía ser perfecto.

Continuará…

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Comentarios(6)

MarcelaSF

Genial!!! El titulo dice todo sin decir nada, me engancho de entrada.

ElCurioso_22

Espero que haya segunda parte, quede con ganas de mas.

RafaelCWB

Me recordo a una situacion similar que vivi, esa dinamica es mas comun de lo que la gente cree. Muy bien contado.

FrancoD_Bsas

jajaja la ultima parte me mato, tremendo. Mas por favor!

GustavoMG

Se nota que sabes de lo que escribís. Muy bien llevado el ritmo, nunca se hace pesado.

SandraMty

Es una historia real? se siente muy vivida para ser solo fantasia

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