Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La travesti del pueblo me sacó a bailar esa noche

El pueblo no dormía esa madrugada. Treinta y nueve grados a la una y ni un soplo de aire. Las ventanas abiertas de par en par solo dejaban entrar más calor pegajoso, ese que se mete por la nuca y baja por la espalda hasta empapar la cintura del calzoncillo. Nadie aguantaba quedarse adentro.

En el patio grande del bar viejo de don Aníbal, alguien había enchufado dos parlantes a una zapatilla y pasaba cumbia, reggaetón antiguo y algún cuarteto. No era una fiesta organizada. Era pura supervivencia. La gente del barrio había salido a buscar aire y se había encontrado con música, así que se quedó.

Tomás estaba apoyado contra una columna de hierro, sin remera, con un short suelto que se le pegaba a las piernas por el sudor. Tenía un vaso plástico con cerveza tibia en la mano y miraba sin mirar. A esa hora, todo daba un poco igual.

Y entonces la vio aparecer.

Camila vivía a la vuelta del bar, en una casita de techo bajo. Se había mudado al pueblo con su madre hacía dos veranos. Al principio, la gente comentaba demasiado: que si era travesti, que si los chicos se reían en la esquina, que si don Aníbal la iba a dejar entrar al boliche. Después se cansaron. Ya no era novedad. Camila pasaba todas las mañanas con el perro y los auriculares puestos y nadie la miraba más de lo necesario.

Esa madrugada bajó con lo mínimo: una camisola de algodón blanca que el sudor ya había vuelto casi transparente, y abajo apenas una bombacha negra que se le perdía entre las nalgas. Tenía el pelo recogido en un rodete medio deshecho, y las clavículas le brillaban como si las hubieran lustrado.

—¿Qué hacés tan sola? —le preguntó alguien desde una mesa, más por costumbre que por interés.

—Buscando aire, igual que vos —contestó ella sin detenerse.

Pasó cerca de la columna donde estaba Tomás. Lo miró, le levantó las cejas y siguió caminando hasta el centro del patio, donde había dos o tres parejas moviéndose flojo al ritmo de la cumbia.

Tomás dejó el vaso en el piso. No pensó mucho. Se acercó.

—¿Bailamos? —le preguntó, casi como si fuera un chiste.

Camila se rio.

—No sé bailar.

—Yo tampoco. Mejor.

Empezaron a moverse torpemente. Pasos que no coincidían, choques de caderas accidentales, risas que se les escapaban cada dos compases. La camisola de Camila se le pegaba más y más a las tetas chiquitas y firmes; los pezones le marcaban la tela como dos botones oscuros. El sudor le corría por el cuello, por la espalda, entre las piernas. Cada vez que se acercaban un poco, el olor a piel caliente se mezclaba con el de la cerveza y con el del jazmín del patio.

—Mirá cómo estamos —dijo Tomás, agarrándola con confianza por la cintura—. Dos boludos sudados que ni siquiera saben seguir el ritmo.

Camila apoyó la frente contra el hombro de él un segundo. Reía y reía.

—Igual no quiero parar —murmuró.

El que estaba a cargo de los parlantes bajó el volumen. Cambió a un tema lento, una balada vieja que de repente sonó fuera de lugar y al mismo tiempo perfecta. Algunos del patio chistaron, otros aprovecharon para abrazarse a quien tenían cerca.

Tomás y Camila se pegaron. Las risas se les fueron apagando despacio. Él le deslizó las manos por la espalda empapada hasta encontrar el borde de la bombacha, justo arriba del nacimiento del culo. Ella sintió la pija de Tomás, gruesa y dura, presionando contra su vientre a través de la tela del short.

—Vení —le dijo él al oído.

Camila no preguntó adónde. Lo siguió.

Tomás la llevó por un costado del bar, a un cuartito de herramientas medio escondido detrás de la cocina. Había olor a viruta, a cerveza vieja y a algo dulzón que podía ser jarabe derramado. Una bombita amarilla colgaba del techo y daba justo la luz suficiente para verse las caras.

Apenas cerraron la puerta, no hubo más palabras durante un rato.

Camila se sacó la camisola por arriba de la cabeza con un gesto rápido, sin teatro. Tomás se bajó el short con la misma urgencia. El cuerpo de ella era un mapa de detalles que él fue armando con la mirada: las tetas chiquitas y duras, la piel apenas dorada por el sol del verano, el vientre liso, la bombacha negra empapada y, debajo, su pija pegada al estómago, también dura, también caliente.

—No me tengas miedo —dijo Camila.

—No te tengo miedo —contestó Tomás, y era la verdad.

Ella se dio vuelta, apoyando las manos contra la pared de revoque sin pintar. Empujó el culo hacia atrás, ofreciéndose, y miró por encima del hombro con una calma que no se correspondía con el calor que tenía adentro.

—Despacio al principio —pidió.

Tomás se escupió en los dedos. Empezó a frotarle el agujero con el pulgar, despacio, sintiendo cómo el calor interno lo recibía. Después uno entero, después dos. El anillo se estiraba, cedía, se ablandaba con el sudor y la excitación. En un estante alto había un botellito chiquito de lubricante para máquinas que Camila señaló con la barbilla, riéndose.

—De ese no, boludo. Esperá.

Estiró el brazo hasta su cartera, que había dejado caer al lado de la puerta, y sacó otro frasco mucho más pequeño. Se lo tiró por encima del hombro. Tomás lo abrió, se volcó una buena cantidad en la palma y se la pasó por la pija y por los dedos. Tres ahora, abriendo, girando, preparándola con una paciencia que ni él mismo se conocía.

—Así… seguí… abrime más… —jadeó Camila, empujando hacia atrás.

Tomás sacó los dedos. Se acomodó detrás de ella y apoyó la cabeza de la pija contra el agujero brillante. Empujó.

Camila soltó un gemido largo y ronco cuando la verga empezó a entrar. El esfínter se abrió alrededor del tronco grueso, centímetro a centímetro, hasta que las bolas de Tomás chocaron contra ella. Estaba completamente llena.

—Está tan adentro… —gimió, con una mezcla de alivio y de algo más oscuro.

Tomás se quedó quieto unos segundos, dejándola acomodarse. Después empezó a moverse. Primero lento, profundo, casi cuidadoso. Después más fuerte, dejándose llevar. Cada embestida hacía un sonido húmedo, sucio, de piel sudada contra piel sudada. Plap, plap, plap. El sudor les chorreaba por todos lados; le caía a Camila por la espalda y se mezclaba con el de él en la unión de las caderas.

—Cogeme —pidió ella con la voz rota—. Usame. Esta noche soy toda tuya.

Tomás le agarró las caderas con las dos manos y aceleró. La verga entraba y salía sin piedad, frotando fuerte contra esa zona sensible adentro de ella con cada golpe. Camila sentía descargas eléctricas subiéndole por la columna; las piernas le temblaban sin control. Su pija, atrapada entre el vientre y la pared, goteaba sin parar.

—Estoy… me voy a venir… —sollozó.

—Vení —gruñó Tomás, sin bajar el ritmo—. Quiero sentir cómo te apretás.

El placer la partió en dos. Primero una ola profunda, interna, que le contrajo todo el culo alrededor de la pija de Tomás y le hizo temblar las piernas violentamente. Al mismo tiempo, su pija empezó a largar chorros finos y calientes contra la pared sin pintar. El orgasmo fue tan intenso que Camila perdió un poco la noción de dónde estaba; solo gemía y se sacudía, apretándose alrededor de él.

Tomás aguantó dos embestidas más y se rindió. Rugió contra la nuca de ella y se vació adentro, inundándole el culo con chorros espesos y calientes que le siguieron saliendo cuando ya no le quedaba aliento.

Se quedaron pegados, jadeando, las frentes apoyadas en la pared. El aire del cuartito olía ahora a sexo, a sudor y a aquel jarabe dulzón.

—Estás loca —dijo él al rato, riéndose bajito.

—Vos también —contestó ella, sin sacarse de adentro la pija que ya empezaba a aflojarse.

Salió Camila primero, despacio, con un quejido suave. Buscaron la ropa entre las cajas. Se vistieron a medias, sin apuro. Camila se pasó los dedos por el pelo y se acomodó el rodete con un gesto automático.

Y entonces, afuera, una gota. Después otra. Después un sonido sordo, denso, que pareció venir de todas partes al mismo tiempo.

La lluvia cayó fuerte, torrencial, como solo cae después de tres semanas de calor podrido. En el patio del bar se escucharon gritos y risas, alguien apagó los parlantes, alguien más los volvió a prender. Las parejas que seguían bailando se quedaron donde estaban, ahora bajo el agua.

Tomás y Camila salieron al patio sin terminar de vestirse. Él con el short y descalzo, ella con la camisola pegada a las tetas y la bombacha torcida. Los miraron algunos. Otros ni los registraron. La lluvia fría les golpeó la piel con una violencia bienvenida.

—¿Bailamos otra vez? —preguntó Camila.

—Y eso que no sabíamos, ¿no?

Ella se rio, le pasó los brazos por el cuello y apoyó la cabeza en su hombro. El agua les corría por la cara y les lavaba el sudor, el semen, la noche entera. Por primera vez en todo el verano, el cuerpo de Tomás dejaba de ser un problema, una molestia, algo a lo que aguantar. Era apenas un cuerpo. Y estaba exactamente donde tenía que estar.

***

Al día siguiente, el pueblo amaneció oliendo a tierra mojada. Los parlantes seguían en el patio del bar de don Aníbal, abandonados sobre una caja de cerveza. Nadie supo bien quién se los llevó después.

Tomás cruzó por la cuadra de Camila al mediodía, todavía con la cabeza pesada por la cerveza tibia y la madrugada. Ella estaba en la vereda, lavando al perro con una manguera. Lo vio venir y le tiró un poco de agua a las piernas, riéndose.

—¿Hoy también te morís de calor? —le preguntó.

—Ahora ya no tanto.

Camila apagó la manguera. Se le quedó mirando con esa media sonrisa que él ya conocía un poco mejor.

—Bueno —dijo—. Cualquier cosa, ya sabés dónde encontrarme.

Tomás siguió caminando hacia la plaza. No le contestó nada. No hacía falta. Antes de doblar la esquina, se dio vuelta y la vio agacharse otra vez sobre el perro, tarareando algo que no se escuchaba pero que él, sin saber cómo, igual reconoció.

Valora este relato

Comentarios (7)

Mateo_BA

Buenisimo!!! No lo pude parar de leer

Roxana_del_sur

Que bien lograste el clima de esa hora de la noche. Se siente que estabas ahi de verdad.

Dani_2kBA

me dejo con ganas de mas, cuando sigue la historia??

NachoRivero

jaja ese giro no me lo esperaba para nada, muy bueno

Uriel

La tension que se arma desde el principio es lo que mas me gusto. Bien narrado.

PabloK

Tremendo relato, esperando mas de este estilo!!

ChelaR

me recordo a algo que vivi hace unos años en Rosario, aunque no llego tan lejos jeje

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.