La travesti del quinto piso me hizo subir sudando
El edificio de Boedo tenía siete pisos y crujía con cada ráfaga de aire caliente que entraba por los pasillos. Construido en los años cuarenta, con paredes anchas que ya no servían de nada contra ese febrero asesino. El ascensor era una jaula de hierro con reja plegable, de esos que vibran al subir y suenan como si estuvieran pidiendo que los jubilen.
Casi nadie tenía aire acondicionado. Los ventiladores giraban moviendo aire tibio de un lado a otro, y desde las ventanas abiertas se escapaba el ruido de la radio, los gritos, los perros y los vecinos puteando a sus parejas.
Mariel vivía en el quinto. Damián en el segundo. Se cruzaban casi todos los días en la escalera o adentro de ese ascensor lento, intercambiando miradas que duraban un segundo más de lo necesario. Pero ese febrero el calor lo había vuelto todo demasiado, y la ciudad entera estaba al borde del ataque de nervios.
Eran las cuatro de la tarde. Cuarenta y tres grados según el termómetro de la cocina. Mariel estaba en el balcón del quinto, apoyada contra la baranda de hierro forjado, vestida apenas con una camisola transparente de seda azul que se le pegaba al cuerpo por el sudor. Las tetas chiquitas y firmes se le marcaban con cada respiración. Una tanga roja, finita como un hilo, se le perdía entre las nalgas húmedas. La pija depilada, semi-erecta, se notaba apenas debajo de la tela mojada. Tenía el pelo recogido en un rodete improvisado y unos mechones rebeldes le caían sobre la nuca.
Desde abajo le llegó la voz ronca, cargada de bronca:
—¡Mariel! Bajá la música, carajo, o te subo y la rompo yo mismo.
Ella se asomó por encima de la baranda con una sonrisa que no tenía nada de inocente. La camisola se le entreabrió y dejó ver, por un segundo, el filo de un pezón.
—Y bueno, subí, papito. El ascensor está más muerto que el verano del 89, así que apurate antes de que cambie de opinión.
Tres minutos después, el chirrido del ascensor anunció su llegada. Damián abrió la reja con un golpe seco. Entró transpirando, con una musculosa blanca que se le pegaba al pecho y un pantalón corto de gimnasio que le marcaba la verga gruesa, ya medio dura.
El departamento parecía un baño turco. Olía a piel ardiente, a sudor, a fruta madura y a un perfume dulzón de aceite de almendras que Mariel había dejado abierto sobre la cómoda.
—Mirá cómo estás, atorranta —gruñó él, cerrando la puerta con el talón—. Toda mojada, la tanga metida en el culo, el pelo hecho un desastre. Con este calor parecés salida de una película pornográfica barata.
Mariel se dio vuelta despacio, le sostuvo la mirada y se bajó la tanga con dos dedos. Separó las nalgas con la otra mano. El agujero rosado, depilado, brillaba con el sudor.
—Estoy chorreando desde el mediodía, Damián. Hace tres horas que pienso en esto. Vení, usame. Te lo merecés por haber subido cinco pisos.
Él no esperó más. Cruzó el living en dos pasos y la empujó contra la mesa de roble que estaba pegada a la ventana. La tela de la camisola se le subió hasta la cintura. Damián se escupió en los dedos y empezó a abrirla con calma, midiendo. Primero uno, después dos, girando despacio, estirando ese anillo que ya estaba flojo por el calor y la humedad. Buscó con la mano libre el aceite de almendras, lo volcó hasta que le chorreó por los muslos, y le metió tres dedos hasta el fondo.
—Ahh… así, papi… abrime bien… —jadeó Mariel, empujando las caderas hacia atrás—. No tengas miedo, abrime más, que aguanto.
Damián se bajó el pantalón corto. La verga gruesa, venosa, saltó pesada y dura, golpeándole el abdomen. Apoyó la cabeza ancha contra el agujero brillante y empujó despacio.
La entrada fue lenta, intensa, demoledora. Mariel soltó un gemido largo, agudo, cuando sintió que la cabeza le forzaba el anillo y entraba. Centímetro a centímetro, la verga la fue llenando hasta el fondo. El calor de esa carne dentro del culo, sumado al calor de la tarde, le robaba el aire.
—Nghhh… me estás partiendo… —gimió, con la voz quebrada—. Estás tan adentro…
Damián empezó a moverse. Primero lento, hundiéndola en cada empuje. Después más fuerte. La piel sudada chocaba contra la piel sudada con un sonido obsceno: plap, plap, plap, plap. El sudor le caía a Damián desde el pecho y aterrizaba en la espalda arqueada de Mariel, mezclándose con el de ella y bajando hasta donde la verga entraba y salía del culo abierto.
—Cogeme más fuerte, papi… —suplicó ella—. Usame el culo… soy tu puta de verano… rompeme bien…
Damián le agarró las caderas con las dos manos, los dedos clavados en la carne mojada, y aceleró. Embestidas brutales, profundas, salvajes, que hacían temblar la mesa entera y los vasos sobre la cómoda. Los gemidos de Mariel se volvieron más altos, más rotos, casi animales.
—Ah… ah… ahhh… me estás rompiendo… más, dale, más fuerte… sííí…
El placer anal le subió como una marea pesada. Mariel sentía cada roce profundo, cada vez que la verga la llenaba por completo, frotando esas zonas internas que la mandaban directo al delirio. Su pija chiquita goteaba precum sin parar, balanceándose con cada embestida, golpeando la madera de la mesa.
—Me voy a correr, Damián… —sollozó—. Me voy a correr solo con tu verga adentro… no aguanto más…
Damián le metió la mano derecha entre las piernas y le agarró la pija chiquita, apretándola con fuerza mientras seguía taladrándola sin piedad.
—Corréte, putita. Quiero sentir cómo te apretás alrededor mío.
El orgasmo la golpeó como un derrumbe. Primero un clímax profundo, anal, que le hizo contraer el culo con tanta fuerza que Damián gruñó. Las piernas le temblaron sin control. Al mismo tiempo, su pija chiquita empezó a chorrear, salpicando el costado de la mesa y el piso de pinotea. El placer fue tan intenso que se le nubló la vista durante unos segundos, solo gimiendo entre convulsiones.
—Ahhh… me corro toda… nghhh… ¡sí, sí, sí!
Damián rugió contra su nuca y se vació dentro. Chorros espesos y ardientes le inundaron el culo, desbordando con cada embestida final. Se quedaron pegados, sudados, jadeando, sin poder despegarse.
***
Afuera, el ascensor volvió a chirriar en algún piso. Una puerta se cerró de un golpe. Alguien gritó desde la vereda, con la voz cargada de bronca:
—¡Dejen de coger como perros que se escucha en toda la cuadra, la concha de su madre!
Mariel soltó una risa floja, agotada, todavía con la verga adentro, sintiendo cómo el semen le chorreaba por los muslos.
—Que se jodan —murmuró, con los ojos cerrados—. Si no les gusta, que se muden. Yo pienso seguir abriéndome el culo en cada piso de este edificio hasta que el verano se termine.
Damián se rio, mordiéndole el hombro.
—¿En cada piso?
—En cada piso. Empezando por el segundo, donde vivís vos. Mañana a esta hora, te aviso. Bajo en camisola y vos abrís la puerta sin hacer preguntas.
—Tenés cara de loca.
—Tengo el culo de loca, papi. Es distinto.
Él le pasó una mano sudada por la cintura y le mordió el cuello. Mariel se estremeció y sintió cómo la verga, todavía adentro, volvía a hincharse despacio.
—¿En serio vas a aguantar otra? —murmuró ella—. Con este calor te vas a morir.
—Si me muero, me muero adentro tuyo. No se me ocurre mejor lugar.
Mariel se rio bajito y empujó las caderas hacia atrás, sintiéndolo crecer otra vez. La camisola azul, ya hecha jirones contra su pecho, terminó tirada en el piso.
***
Esa misma noche, alrededor de la medianoche, el calor seguía siendo insoportable. La ciudad no se rendía. Los pocos privilegiados con aire acondicionado zumbaban en la oscuridad. Los demás dormían con todas las ventanas abiertas, esperando un milagro de viento que nunca llegaba.
Mariel estaba sentada en el balcón otra vez, ahora con un short minúsculo y una remera vieja que le quedaba enorme. Tenía un vaso lleno de hielo en la mano derecha y se pasaba un cubito por la nuca, por el escote, entre las tetas. El hielo se derretía antes de bajar.
Desde el segundo piso le llegó la voz de Damián, esta vez sin gritos, casi en susurros, como si supiera que ella lo iba a escuchar igual.
—Mariel.
Ella se asomó.
—¿Qué pasa, vecino?
—¿Bajás?
—¿Me estás invitando a algo?
—Te estoy avisando que tengo la puerta abierta. Y un balde con hielo. Y nada de ropa.
Mariel sonrió contra el vaso. El hielo le chorreó por los dedos.
—Voy.
Bajó por la escalera, descalza, sintiendo el mosaico todavía caliente bajo los pies. Pasó por el cuarto piso, donde se escuchaba una pelea de pareja a los gritos. Por el tercero, donde el televisor rugía un partido viejo. Llegó al segundo y empujó la puerta de Damián con un dedo.
Él la esperaba en la cocina, apoyado contra la heladera abierta, dejando que el frío le pegara en la espalda desnuda. Tenía un cubito de hielo en la mano y la verga ya semi-dura.
—Vení.
Mariel se acercó. Damián le apoyó el cubito en el cuello y se lo bajó por el pecho hasta que se le perdió debajo de la remera. Ella jadeó.
—Sacate eso.
Le sacó la remera, el short, la tanga. La acostó sobre la mesa de la cocina, fría todavía por el contacto con la pared interna. Le pasó el hielo por las tetas, por el ombligo, por la pija chiquita que ya volvía a estar dura. Mariel se arqueó.
—No me hagas esto, Damián… me morís…
—Te quiero ver morir.
Le metió un cubito en el culo. Mariel gritó, se rio, le clavó las uñas en los hombros. El hielo se derritió enseguida, dejándole un chorro de agua helada que le bajó por la entrepierna, mezclándose con el sudor que volvía a brotar.
Damián la dio vuelta sobre la mesa y la abrió otra vez, más fácil que antes, todavía floja por la tarde. Le entró de un solo empuje, hasta el fondo, y ella aulló contra la madera fría.
—Ahhh… papi… más despacio que vengo cocida del calor… —jadeó.
—Vos pediste guerra. Aguantá.
Y empezó a moverse otra vez, rítmico, profundo, sin prisa, dejando que cada empuje le sacara un gemido distinto. Mariel sentía la mesa fresca contra las tetas y la verga gruesa quemándole el culo por dentro. La combinación le iba a partir el cerebro.
—Voy a quedar muerta… —murmuró, con la cara aplastada contra la madera—. Mañana no me voy a poder sentar…
—No vas a tener que sentarte. Vas a estar boca abajo en mi cama hasta que se termine el verano.
Mariel se rio bajito, agotada, derretida.
—Trato hecho.
Damián aceleró. La cocina se llenó otra vez del sonido de la piel mojada chocando contra piel mojada. Los gemidos de Mariel rebotaban contra los azulejos. Afuera, alguien volvió a gritar. Esta vez nadie respondió.
Cuando Damián se vino adentro de ella por segunda vez esa tarde-noche, Mariel ya había perdido la cuenta de los orgasmos. Quedó tirada sobre la mesa, con el culo abierto chorreando, los ojos cerrados, sonriendo contra la madera.
—Damián.
—¿Qué?
—Mañana subís vos. Me debés un viaje en ese ascensor de mierda.
—Subo.
—Y traé hielo.
—Traigo.
Afuera, el verano seguía. El edificio crujía, el ascensor chirriaba, la ciudad transpiraba. Y en cada piso, a cada hora, Mariel ya estaba planeando cómo iban a aguantar lo que quedaba de febrero sin volverse locos del todo.
O volviéndose, pero juntos.