Creí que era hetero hasta esa noche en Tulum
Tenía veintiún años y arrastraba dos cosas a la vez: el final de la carrera ese semestre y el final de una relación de cuatro años. Mi novia me había dejado en mayo, justo cuando empezaban las vacaciones, y los días siguientes se me hicieron grises de una manera que no conocía. No era tristeza de llorar; era una especie de vacío plano que me seguía a todas partes.
Decidí que necesitaba irme lejos, solo, sin que nadie me preguntara cómo estaba. Reservé una semana en un hotel grande de Tulum, de esos que organizan fiestas todas las noches para los huéspedes. Pensé que el ruido ajeno me distraería del silencio que tenía dentro.
Desde que llegué entendí que había acertado. Había mujeres por todas partes, trajes de baño diminutos, piel bronceada, risas. Era imposible no mirar. El calor pegajoso de la costa lo volvía todo un poco más lento y un poco más cargado.
La primera noche me costó decidirme a bajar. No suelo ser de salir, y la idea de meterme solo en una fiesta llena de desconocidos me daba pereza. Al final me puse una camisa hawaiana de corte ajustado y un short, como casi todos, y bajé antes de arrepentirme.
El área de fiestas era un caos divertido. Una piscina enorme que casi tocaba la arena, una pista de baile en el centro, un DJ subido a una tarima lanzando luces de láser que parpadeaban sobre los cuerpos sudados. Entre el alcohol, el bochorno y la música a todo volumen, el ambiente tenía algo francamente erótico. No supe cómo integrarme, así que hice lo de siempre: me senté en la barra y empecé a beber para juntar valor.
A los veinte minutos ya estaba pensando en volver a mi habitación. Y entonces se acercó ella.
Una chica de veintipocos, preciosa, con unos pechos grandes que apenas cabían en la parte de arriba de un bikini floral, y una tanga brasileña a juego que dejaba ver un culo de los que detienen una conversación. Se inclinó hacia mí y me gritó al oído por encima de la música.
—¡Hola! Soy Renata. Estoy con mis amigas, ¿te vienes a bailar?
Yo ya tenía el primer trago haciendo efecto. No lo pensé.
—¡Claro que sí!
Me llevó a una zona junto a la piscina, donde el ruido bajaba un poco. Había dos chicas más. Me presenté.
—Buenas, soy Andrés.
Renata señaló a sus amigas. Sofía era casi de mi estatura, también veinteañera, con tetas pequeñas pero unas caderas y un trasero que compensaban de sobra. La otra, Valeria, parecía la mayor del grupo, quizá veintiocho. Llamaba la atención sin esfuerzo: muy alta, casi un metro ochenta, melena negra larguísima que le caía hasta la cintura, piel tostada, un rostro de líneas perfectas. Llevaba un vestido negro de una sola pieza con un escote profundo y una abertura que dejaba asomar un muslo entero.
No hizo falta que dijera nada. La forma de sus manos y la línea de su garganta me dijeron que era una mujer trans. No le di importancia; nunca he tenido problema con eso. Seguí bailando.
Y bailamos durante horas, shot tras shot, hasta quedar todos bastante ebrios. Cuando la fiesta del hotel cerró ya era de madrugada, pero Sofía no quería parar. Propuso seguir en su cuarto. Estábamos cansados, pero la estábamos pasando demasiado bien para decir que no.
***
Las tres compartían una suite grande, con una sala en forma de ele, luces tenues y una terraza con vista al mar. Valeria era la menos borracha del grupo; sacó una botella de tequila de su maleta mientras Renata buscaba música. Sofía, en cambio, iba como una moto: apenas entramos se quitó el bikini y empezó a pasearse desnuda por la habitación, riéndose, con la brisa fresca entrando por las ventanas.
Intenté no quedarme embobado, pero era difícil. Me senté en el sofá y noté que todo empezaba a girar lentamente. Sofía le arrebató la botella a Valeria, la usó de micrófono y se puso a cantar mientras bebía a morro. Renata le siguió el juego. Después vino hacia mí y me obligó a darle otro trago directo del pico.
Cuando me di cuenta eran las seis de la mañana. El sol empezaba a asomar por encima del mar. Renata se había quedado dormida en el suelo, frente a mí, con los pechos colgando fuera del bikini. Valeria seguía sentada en el otro extremo del sofá, somnolienta pero consciente. Sofía no parecía tener fin: llevábamos tres botellas y ella seguía cantando.
Yo estaba hundido en el alcohol, medio lúcido, y llevaba toda la noche mirando a Sofía de reojo. De repente ella se montó encima de mí, riéndose, y me restregó las tetas en la cara. Empecé a besarle los pezones y a tocarle el culo. Ella gemía, yo me iba poniendo duro. El alcohol había hecho su trabajo.
Y justo entonces se levantó de golpe y corrió al baño a vomitar. Valeria fue tras ella.
***
Me quedé solo en el sofá, a punto de dormirme. Antes de cerrar los ojos del todo, sentí una mano frotándome por encima del short. Conforme crecía, esa mano se metió dentro de la tela y me agarró los huevos y la base de la verga. Abrí los ojos de golpe, porque la mano era demasiado grande. Era Valeria, sentada a mi lado, mirándome fijamente.
—No, no, espera —dije, nervioso.
—¿Prefieres quedarte con las ganas? —me susurró al oído, con un tono tan grave y tan sensual que me recorrió la espalda.
Bajó despacio a besarme el cuello. Un cosquilleo me subía desde el vientre. Ella terminó de bajarme el short y me la empezó a masturbar.
—No, perdona, de verdad que no puedo —insistí.
Me levanté como pude y me subí el short, decidido a irme. Ella se puso de pie al instante, frente a mí, y se bajó los tirantes del vestido hasta dejar al descubierto unos pechos enormes. Me tomó de la cabeza y me la acercó a un pezón. Era mucho más alta que yo, así que quedé justo a esa altura. Perdí la vergüenza y empecé a chuparla, a darle pequeños mordiscos.
Mientras tanto, ella volvió a tomarme la verga. Sus gemidos me calentaban más de lo que quería admitir. Le terminé de quitar el vestido, y fue ahí cuando me quedé sin aire: Valeria tenía un miembro enorme, mucho más grande y más grueso que el mío.
Pensé que esas cosas solo existían en los videos. Intenté ignorar el detalle y volví a sus tetas mientras le manoseaba el culo. Poco a poco la sentí presionarme los hombros hacia abajo. Me resistía, rígido, sin querer pensar en lo que venía. Su punta empezó a rozarme cerca del estómago. Me tomó la mano y la puso sobre ella; ni siquiera podía cerrar la palma del todo.
—Te prometo que vas a disfrutarlo —dijo Valeria, sonriendo, mientras me daba un suave tirón del pelo.
No sé si fue el tirón, o el tequila, o las dos cosas. Abrí la boca y ella aprovechó para meterme la punta, empujándome la nuca para que entrara más. La sensación me destrozaba la garganta, pero no sentía asco; al contrario, escucharla disfrutar me ponía más caliente. Para calmar la ansiedad me dediqué a frotarle el culo mientras ella marcaba el ritmo.
—Así, papi, despacito —murmuraba.
La sacó de golpe, me dio un par de toques en la mejilla con ella y luego me tiró del brazo hacia el sofá. Caí de espaldas. Fue a su maleta y volvió con un bote de lubricante con olor a cereza. Me arrancó la camisa, me quitó el short del todo y se arrodilló entre mis piernas. Ahora era mi turno.
Empezó a chupármela como si llevara toda la vida haciéndolo. Una lamida larga desde los huevos hasta la punta, y luego la metió entera en la boca, subiendo y bajando, girando la cabeza, con la lengua recorriendo cada rincón. Lo hacía infinitamente mejor que mi ex.
Paró un momento, se puso lubricante en el dedo corazón y me miró a los ojos.
—No te voy a preguntar si te lo han hecho antes. Solo te prometo que no vas a sentir nada feo.
Me tomó las piernas, me las separó y me llevó las rodillas al pecho. Suspiré hondo, tragué saliva y me dejé ir. Sentí la yema de su dedo rozándome la entrada mientras seguía masturbándome despacio. No dejamos de mirarnos: yo con cara de susto y de ganas a la vez, ella sonriendo. En un momento dejé caer la cabeza contra el sofá, y ella aprovechó para agacharse y meterme la lengua. La movía en círculos, lamiendo cada rincón, y me gustó tanto que le empujé la cabeza para que entrara más.
—Ay, sí, así, justo así —dije, sorprendido de mi propia voz.
Nunca había sentido nada parecido. La combinación de la mano en mi verga y la lengua ahí abajo me tenía fuera de mí. Hasta que levantó la cara, se irguió, me mandó un beso y me metió el dedo entero de golpe.
—¡Aah, no manches! —grité, entre el dolor y el placer.
Con el dedo dentro sentía cómo me masajeaba la próstata. Lo sacaba despacio y lo volvía a meter, y yo me retorcía, soltando gemidos ahogados, inhalando y exhalando lento. En mi vida había imaginado que algo así me gustaría; siempre me había creído cien por cien heterosexual.
Valeria notó que mi cuerpo cedía, que me iba abriendo, y añadió un segundo dedo mientras aceleraba el ritmo.
—¿Te gusta? ¿Te está gustando, papi? ¿Quieres más? —me preguntaba.
—Sí, dame más, así, más —respondí, y ya ni reconocía mis palabras.
Entre la borrachera y el placer, el mundo entero giraba. Y entonces dije algo que jamás pensé que pediría.
—Por favor, ya cógeme. Quiero tu verga. Por favor, métemela.
***
Valeria solo sonrió. Se acomodó sobre mí, llevó la punta a mi entrada y empezó a empujar despacio. Como pude, abrí las nalgas, respirando rápido, hasta que entró la cabeza.
—Sí, así, lento, por favor, está muy grande —le supliqué, gimiendo.
—Tranquilo, ahí vas —respondió.
De repente me metió casi la mitad de una sola vez. Sentí que me partía en dos; no fue tan placentero como había imaginado. Pero ella empezó a bombear con calma, echando más lubricante y masturbándome al mismo tiempo, y el dolor se fue transformando en otra cosa.
—Dame más, métemela más… ay, dios, está enorme… sí, así, un poco más adentro —pedía yo, sin reconocerme.
Poco a poco la quería más adentro. Sabía exactamente cómo moverse. Aceleró hasta que, sin darme cuenta, ya la tenía entera, y sentía sus huevos golpeando contra mi culo y mi interior abierto por completo.
La sacó de golpe, me escupió encima y se acostó en el sofá, dándome a entender que me montara. Ya no me importaba nada; obviamente lo iba a hacer. Le estaba tomando el gusto.
Me acomodé de rodillas sobre ella. Alcancé a ver a Renata, perdida de borracha en el suelo, y por un segundo me dio miedo que despertara. Valeria colocó la punta en mi entrada y yo me fui sentando despacio, apoyando los brazos en su vientre para no caer de golpe.
—Espera, espera, deja que me acostumbre otra vez —le dije.
Asintió con la mirada y me acarició las nalgas. Lento pero seguro, volví a metérmela entera. Cuando encontré el ritmo, empecé a brincar, sacando solo un poco y volviendo a bajar. Ella me daba palmadas.
—Eso, dale más rápido… qué rico te mueves —jadeaba—. Te encantó esta verga, ¿verdad?
Se notaba que la estaba complaciendo bien. Se apretaba las tetas mientras mi propia verga golpeaba contra su vientre con cada movimiento.
—Ay, sí, cógeme duro, dame duro… qué rico, me vengo, me vengo —le grité.
—Sí, dale, yo también, ya casi, más fuerte, así, así —me contestó.
Me agarró del culo y empezó a embestir ella desde abajo, moviendo la cadera para entrar y salir hasta la mitad mientras yo me quedaba quieto a la altura justa.
—Te voy a llenar todo de leche —gritó, y se vino dentro de mí.
Sentí un chorro caliente inundarme, y aun así siguió un poco más rápido, exprimiendo hasta la última gota. Yo terminé al instante, lanzando un chorro que cayó sobre sus tetas y su vientre. Me derrumbé sobre ella, exhausto, sintiendo cómo poco a poco salía de mí. Las piernas me temblaban, todo giraba, y no podía ni levantarme.
Pasaron unos minutos en silencio. Cuando logré moverme, fuimos juntos a la ducha. Bajo el agua, mientras Valeria me pasaba las manos por la espalda, empecé a repasar lo que acababa de ocurrir. No sentía culpa, sino una pregunta abierta, enorme, que no había tenido nunca antes.
Quizá lo que yo creía saber sobre mí mismo nunca había sido tan firme como pensaba.