La noche en que mi vecino me trató como mujer
A los veinticinco años todavía cargaba con una pregunta que me acompañaba desde niña: ¿qué se sentiría vivir como mujer? Al principio eran solo ideas sueltas en mi cabeza, escenas que armaba en la imaginación antes de dormir. Con el tiempo dejaron de ser fantasía. Hoy llevo cuatro años inyectándome hormonas y me sometí a operaciones de busto, de cadera y de otras zonas que nunca creí que me atrevería a tocar.
Pero esta historia empieza mucho antes de todo eso, cuando lo único que tenía era curiosidad y un cuarto rentado donde nadie me vigilaba.
Toda mi vida me había fascinado el mundo de las mujeres. Observaba a mis amigas con una atención casi obsesiva: cómo se maquillaban, cómo elegían la ropa, cómo movían las manos al hablar, qué hacían para sentirse seguras de sí mismas. No las envidiaba exactamente. Quería ser una de ellas, aunque por años no supe ponerle nombre a ese deseo.
Cuando cumplí dieciocho y me fui a vivir sola, descubrí que por fin tenía un lugar donde transformarme sin vergüenza. Nadie tocaba mi puerta, nadie preguntaba. Empecé despacio, con lo poco que iba comprando: una peluca, maquillaje, un brasier que rellenaba con calcetines, una faja, mallas, tanga, medias, un vestido y unos tacones que aprendí a usar a fuerza de caerme.
Con los meses la transformación se volvió un ritual largo y meticuloso. Lo más difícil siempre era esconder lo que me delataba. Me subía los testículos hacia la zona baja del vientre y jalaba el pene hacia atrás, sujetándolo con una liga cerca del muslo. Así, de frente, ya no se notaba ningún bulto. Después venía la cinta adhesiva en el pecho, apretando la piel hacia el centro para simular un escote, el brasier con su relleno, y encima la peluca, negra, larga y lacia.
Lo siguiente era el maquillaje. Empezaba por el pecho, donde pintaba líneas y sombras que imitaran el contorno de unos senos. Con la luz tenue de mi cuarto, llegaba a verse sorprendentemente real. Luego la cara: base, rubor, delineado, labios. Para entonces ya no reconocía al chico del espejo. Me vestía con una tanga negra de encaje, una malla cortísima encima y, al final, mi vestido favorito: negro, escotado, con la espalda al aire, corto y muy pegado al cuerpo.
Estar así en mi habitación me encendía de una manera que no entendía del todo. Me tomaba fotos en distintas poses, practicaba mi forma de caminar, ensayaba un tono de voz más suave, corregía cómo me sentaba y cómo me paraba. Podía pasar horas frente al espejo, completamente metida en otra piel.
Lo que yo no sabía era que esa piel tenía público.
***
Mi edificio era de esos donde las ventanas se miran entre sí. La mía daba directo a la de un vecino al que apenas conocía de saludarlo en el pasillo. Se llamaba Bruno. Tendría unos veintiséis años, alto, de piel clara, con un cuerpo trabajado que se le notaba aun debajo de la ropa. Su ventana quedaba justo enfrente de la mía, separadas por un patio interior estrecho.
Durante meses, cada vez que yo me transformaba, dejaba las cortinas a medio cerrar sin pensarlo demasiado. Y durante meses, sin que yo me diera cuenta, Bruno apagaba la luz de su cuarto y me observaba desde la oscuridad. Me veía maquillarme, vestirme, posar. Lo supe después, cuando ya no había nada que esconder.
Una tarde, mientras terminaba de acomodarme el vestido, levanté la vista hacia la ventana y lo vi. Estaba ahí, quieto, mirándome sin disimulo. Nuestros ojos se cruzaron apenas un segundo antes de que él corriera la cortina y desapareciera.
Se me heló la sangre. Pensé en mil cosas a la vez: en la vergüenza, en lo que diría, en si tendría que mudarme. Me quedé sentada en la cama, todavía vestida de mujer, esperando no sé qué.
Diez minutos después tocaron a mi puerta.
De todas las posibilidades que pasaron por mi cabeza, ninguna era esa. Y sin embargo, en lugar de pánico, sentí un morbo que me sorprendió a mí misma. Abrir la puerta así, tal como estaba, vestida y maquillada, frente al hombre que me había estado espiando. Me acerqué despacio y abrí apenas, lo justo para asomar media cara.
Era Bruno.
—¿Se te ofrece algo? —pregunté, intentando que la voz no me temblara.
—Nada en especial —dijo él, con las manos en los bolsillos—. Estoy aburrido y quería ver si te animabas a jugar un rato a la consola. Pero veo que ya estás ocupada.
Hizo una pausa y bajó la mirada por mi vestido, sin pudor.
—¿Por qué no me dejas pasar y buscamos algo que hacer los dos?
El corazón me latía en la garganta. Aun así, abrí la puerta del todo y me hice a un lado. Cuando entró y me vio de cuerpo entero, bajo la luz, no pudo contener la pregunta.
—¿Por qué te vistes de mujer?
—No lo sé —respondí, encogiéndome de hombros—. Es algo que me gusta. Algo que me hace sentir yo.
—Pues déjame decirte una cosa —dijo, recorriéndome de nuevo con la mirada—. Te ves más mujer que muchas que conozco.
Sentí que la cara se me ponía roja y, al mismo tiempo, una corriente cálida me bajaba por el cuerpo.
—¿En serio crees que me veo femenina? —pregunté.
—Claro. Si no supiera que eres hombre, te juro que te confundiría con cualquier chica de la calle.
***
Le ofrecí algo de tomar para ganar tiempo y calmar los nervios. Caminé hasta el refrigerador exagerando el movimiento de caderas, sabiendo que él me miraba. Al abrir la puerta del refri me incliné apenas, dejando que el vestido se me subiera lo suficiente para que viera el contorno de mis nalgas. Sentía su mirada clavada en mí como una mano que no me tocaba todavía.
Cuando volví a la mesa me senté junto a él. Después de un par de cervezas, la conversación se soltó. Me confesó que tenía novia, pero que entre ellos había cosas que ella no estaba dispuesta a hacer.
—¿Como cuáles? —pregunté, jugando con la botella.
—Cosas que siempre quise probar y nunca pude. Una buena mamada. El sexo anal. Ella no quiere ni hablar del tema.
Lo dijo mirándome de reojo, midiendo mi reacción. Y yo, que llevaba años fantaseando con un momento así, no estaba dispuesta a dejarlo pasar. Quizá él podía ser mi primera vez.
—Pues mira qué casualidad —le dije, acercándome un poco más—. Resulta que en eso soy bastante buena.
No hizo falta nada más. Se inclinó sobre mí y me besó, primero despacio y luego con una urgencia que me dejó sin aire. Sus manos me apretaban los muslos cada vez más fuerte, subiendo por debajo del vestido. Yo gemía bajito contra su boca mientras mi mano buscaba su entrepierna por encima del pantalón y lo sentía endurecerse bajo la tela.
Estaba tan excitada que no podía pensar en otra cosa. Le desabroché el pantalón, le bajé el bóxer y tomé su verga con la mano, pesada y caliente. La acaricié de arriba abajo mientras él echaba la cabeza atrás.
Nos levantamos de las sillas casi a la vez. Me arrodillé frente a él sobre el piso de la cocina. Empecé despacio, solo con la lengua, lamiendo la punta rosada en círculos lentos, bajando por todo el tronco una y otra vez, jugando con él antes de metérmela en la boca. Cuando por fin lo hice, lo escuché soltar un gemido ronco que me dio más ganas todavía.
Lo chupaba moviendo la cabeza de adelante hacia atrás, marcando un ritmo, mientras con la mano derecha le sostenía la base y lo masturbaba al mismo tiempo. Bruno me sujetó el pelo de la peluca con cuidado, como si tuviera miedo de arruinarme el peinado, y eso me enterneció en medio de todo.
—Vamos a tu cuarto —dijo con la voz quebrada.
***
En la habitación se recostó en la cama y yo me trepé encima de él. Intentó quitarme el vestido, pero le aparté las manos.
—No —le dije—. Con todo puesto me siento más mujer. Así me gusta.
Él sonrió y me dejó hacer. Me limité a subirme el vestido hasta la cintura, dejando las nalgas al descubierto. Sentía su verga rozándome una y otra vez, deslizándose entre mis muslos, buscando el lugar. Hice a un lado la tanga de encaje, me llevé los dedos a la boca para humedecerme y, despacio, empecé a sentarme sobre él.
Al principio dolía. Mucho. Un ardor que me obligó a respirar hondo y a quedarme quieta unos segundos. Pero a medida que entraba y salía, el dolor fue cediendo y en su lugar creció algo distinto, un placer profundo que no había sentido nunca. Empecé a moverme con más confianza, subiendo y bajando sobre él a un ritmo cada vez más cómodo.
Se me ponían los ojos en blanco. Se me erizaba toda la piel. Escuchaba el golpe de mis nalgas contra su cuerpo y mis propios gemidos llenando el cuarto. Él me apretaba las caderas, marcándome el compás, mirándome con una cara de placer que me encendía todavía más.
—¿Dónde la quieres? —jadeó después de un rato—. ¿En la cara o adentro?
—Adentro —respondí sin dudar—. Quiero sentir cómo es.
Cuando se vino, lo hizo con un gemido largo, clavándome los dedos en la piel. Sentí su calor llenándome por dentro y, al verle la cara, me corrí yo también, temblando sobre él.
Nos quedamos quietos unos segundos, recuperando el aire. Después él se incorporó, recogió su ropa del piso y se vistió a toda prisa, de pronto incómodo, como si volviera a la realidad de golpe. Se despidió con un gesto torpe y salió de mi casa sin mirar atrás.
Me quedé sola en la cama, todavía vestida, con el corazón latiéndome fuerte y una sonrisa que no podía borrar. Había sido mi primera vez. Y a pesar del final apresurado, no me arrepentía de nada.
***
Lo de Bruno se repitió muchas veces más, siempre que alguno de los dos tenía la casa sola. Nunca volvimos a hablar de su novia ni de lo que aquello significaba para él. A mí me bastaba con el ritual: transformarme, esperar el golpe en la puerta y volver a sentirme, por un rato, exactamente quien quería ser.
Con el tiempo, ese descubrimiento me abrió la puerta a otro mundo, uno más complicado y más oscuro, del que quizá les hable en otra ocasión. Pero esa ya es otra historia.