Mi fantasía de travesti: una noche con un desconocido
Esta vez no vengo a contarles algo que ya pasó. Vengo a confesarles una fantasía que arrastro desde hace demasiado tiempo y que, con suerte, voy a animarme a cumplir pronto. Digo «con suerte» porque a mis treinta y tres años hay muchas cosas que me dan miedo, y la inseguridad me pesa más de lo que me gustaría admitir.
Antes de seguir, conviene que sepan algo de mí. Mi lado travesti es estrictamente de clóset. Nadie de mi vida diurna sospecha que existe Mora, que así me llamo cuando me transformo. En esta etapa de mi vida disfruto mucho más de recibir que de dar, y creo que ya entienden a qué me refiero. Me gusta entregarme, abrirme de piernas, dejar que me follen despacio y hondo, soltar el control que durante todo el día tengo que sostener con los dientes apretados.
Si han seguido mis relatos, saben que tengo una debilidad rara: los hombres maduros. Y cuando digo maduros no estoy hablando de un tipo de cuarenta recién cumplidos. Hablo de cincuenta, de sesenta, incluso más. Hombres que ya vivieron lo suficiente como para no tener prisa, que disfrutan de una travesti dispuesta a ser tratada como una putita sumisa, complaciente, hecha para que le vacíen la polla adentro.
No he tenido muchas experiencias, no voy a exagerar. Pero las pocas que tuve fueron deliciosas. La diferencia con un hombre mayor se nota en todo: en la paciencia de sus manos, en la manera en que me hablaban al oído mientras me la metían, en cómo me cogían sin apuro, como si tuviéramos toda la noche por delante y nada más importara. Esa calma me derrite. Un muchacho de veinte va directo a lo suyo, se corre en tres minutos y se va; un hombre de sesenta saborea el camino, me abre bien y me hace pedir por más.
Bueno, pero les debo la fantasía. Ahí va.
Quiero convencer a un desconocido de pasar una noche conmigo en un hotel y transformarme para él. Pero no cualquier desconocido. Me gustaría que fuera alguien que haya leído mis historias, alguien que ya me conozca a través de estas palabras y sepa exactamente con qué clase de travesti se va a encontrar. Alguien que llegue con la verga dura de tanto imaginarme, deseando lo que yo deseo dar.
Una sola noche. Sin promesas, sin mañana, sin nombres reales si no quiere darlos. Hacernos de todo, sin prejuicios ni reservas: que me la meta por la boca, por el culo, en todas las posiciones que se le antojen, que se corra donde quiera, y después quedarnos como un recuerdo bonito que cada uno guarda para sí. No busco un novio ni una historia de amor. Busco una noche perfecta y sucia, de esas que uno recuerda años después con la mano metida entre las piernas.
Lo imagino sano, discreto, masculino, cuidado. Un hombre al que no le incomode que yo sea travesti, que no lo viva como un secreto vergonzoso sino como un deseo asumido. Alguien dispuesto a chuparme también, a lamerme el culo si le gusta, a disfrutar de todo mi cuerpo sin dejar un rincón afuera. Me gustaría sentir esa química inmediata, esa que no se finge, la que aparece apenas se cruzan dos miradas y uno sabe que la noche va a terminar con los dos empapados de sudor y semen.
Me pregunto si ya lo conozco. Si en este preciso momento alguien está leyendo esto con la polla en la mano, pensando que podría ser él.
Déjenme contarles cómo lo imagino, porque la fantasía no es solo el qué, es el cómo. Es el detalle lo que me quita el sueño y me obliga a masturbarme de madrugada mordiendo la almohada para no hacer ruido.
***
Lo imagino temprano, en la habitación de un hotel cualquiera de la ciudad. Una de esas habitaciones anónimas con cortinas gruesas y una luz tibia que perdona todo. Yo llegaría antes para arreglarme con calma, porque la transformación es parte del ritual y no quiero hacerla con prisa.
Frente al espejo del baño me tomaría mi tiempo. Primero la base, después los ojos, el delineado que tanto me cuesta dejar parejo, el labial de un rojo que no usaría jamás en mi otra vida, un rojo pensado para dejar marca en la base de una verga. Y al final la peluca, ese instante exacto en que dejo de ser quien soy de día y aparece Mora. Es difícil de explicar lo que se siente. Es como ponerse una piel que encaja mejor que la propia, una piel que pide ser tocada, lamida, penetrada.
Me imagino esperándolo sentada al borde de la cama, con una lencería negra que elegí pensando en él, las bragas apenas cubriéndome la polla ya medio parada, las medias con liguero, las piernas recién depiladas y un perfume dulce flotando en el aire. Escuchar la tarjeta en la puerta. El picaporte. Y entonces verlo entrar.
Quiero que me mire desde el umbral, sin decir nada todavía, recorriéndome despacio con los ojos. Que vea el bulto de mi polla contenida bajo la tela y se relama. Que la primera palabra sea un cumplido dicho en voz baja, de esas que un hombre mayor sabe decir sin que suene a frase ensayada.
—Estás preciosa —me diría, dejando las llaves sobre la mesa sin apurarse—. Una muñequita.
—Lo hice para usted —contestaría yo, y me gustaría tratarlo de usted al principio, porque ese pequeño gesto de respeto me pone en el lugar que quiero ocupar esa noche: el de la putita bien criada que va a hacer todo lo que él le pida.
Que se acerque sin prisa. Que me tome la cara con una mano grande y tibia y me incline la cabeza para besarme. Un beso largo, hondo, con la lengua adentro, de esos que se sienten en el estómago y en la entrepierna al mismo tiempo. Y mientras me besa, que sus dedos bajen por mi cuello, por la clavícula, por la espalda, y que una mano se meta bajo la braguita para agarrarme la polla y sentir cómo se me endurece de golpe entre sus dedos.
Quiero sentir esas manos maduras sujetándome la cadera, apretándome contra él, notando su bulto duro contra el mío. Quiero que me acaricie los glúteos con esa firmeza tranquila que solo tienen los hombres que ya no necesitan demostrar nada, que me separe las nalgas por encima de la tela y me pase un dedo entre ellas, buscando el agujero, marcando territorio. Que me recorra los muslos hacia arriba, despacio, hasta hacerme temblar y suplicar por más antes siquiera de desnudarme del todo.
***
Me imagino cómo me iría quitando la ropa, pieza por pieza, sin arrancarla, descubriéndome como quien abre un regalo que sabe que va a disfrutar. La braguita bajando por mis muslos, mi polla saltando afuera, dura y curva, mojándose sola en la punta. Me gustaría quedarme de pie frente a él, expuesta, con la verga parada y las tetas de silicona bajo la piel latiéndome de nervios, dejando que sus ojos hicieran el primer trabajo antes que sus manos.
Quiero acariciarle el cabello mientras me mira. Un cabello lleno de canas, porque las canas me gustan, me parecen la prueba de todo lo que ese hombre ya sabe hacer con una travesti como yo. Pasarle los dedos por la nuca, sentir la aspereza de su mejilla recién afeitada, besarle ese rostro varonil que tanto me atrae mientras le desabrocho el cinturón sin dejar de mirarlo a los ojos.
Y después ir bajando. Besarle el cuello, el pecho canoso, sentir su respiración cambiando de ritmo bajo mis labios. Bajar más, despacio, escuchando cómo se le escapa el aire entre los dientes cuando le beso el vientre. Bajarle el pantalón, después el bóxer, y encontrarme de frente con su verga: gorda, gruesa en la base, con esas venas marcadas que solo tienen las pollas de los hombres grandes. Me gustaría arrodillarme frente a él y mirarlo desde abajo con la boca entreabierta antes de empezar, porque esa mirada lo dice todo: esta noche soy suya, hágame lo que quiera, úseme la boca como quiera.
Es ahí, en ese instante exacto, donde mi fantasía se vuelve insoportablemente real.
Quiero pasarle la lengua por toda la extensión de la polla, de abajo hacia arriba, lento, sintiendo cómo palpita contra mis labios. Besarle los huevos uno por uno, chuparlos con cuidado, mirarlo mientras lo hago para ver la cara que pone. Y después envolverle el glande con la boca, apretarlo con los labios pintados de rojo, hundirlo despacio hasta que me llegue al fondo de la garganta y me hagan lagrimear los ojos. Me gustaría atragantarme un poco, dejar hilos de saliva colgando de mi barbilla, esa saliva que solo aparece cuando una está haciendo bien su trabajo.
Quiero mamarle la verga tomándome todo el tiempo del mundo, atenta a cada reacción suya, a la manera en que me apoya una mano en la nuca, no para empujar, sino para guiarme. Sacarla y masturbarla contra mi cara, restregármela por los labios, por las mejillas, por la lengua afuera. Volver a metérmela hasta el fondo y sentirla vibrar. Me gusta sentir que un hombre disfruta de verdad, que no actúa, que se le aflojan los hombros y se le entrecorta la voz, que empieza a decir «así, puta, así», bajito, ronco, casi para sí mismo.
Y después me gustaría que me levantara del pelo con cuidado, que me llevara a la cama boca abajo y se tomara su turno. Que me besara el cuerpo entero, sin saltearse ningún rincón, como si cada centímetro mereciera atención. Que me separara las nalgas con las dos manos y hundiera la cara ahí, que me lamiera el culo despacio, mojándome el agujero con la lengua, metiéndola, girándola, hasta hacerme gemir contra la almohada como una perra en celo. Que me hablara al oído mientras lo hace, esas cosas sucias que un hombre mayor sabe decir y que me hacen sentir la putita que soy cuando me transformo: «qué culito rico tenés», «te voy a coger despacio», «vas a ser mi mujercita esta noche».
Después el lubricante. Un dedo. Dos. Sentirlo abrirme con paciencia mientras con la otra mano me masturba la verga que gotea sobre las sábanas. Cuando estuviera bien abierta, girarme boca arriba, ponerme un almohadón bajo la cadera, engancharse mis piernas en sus hombros y meterme la polla despacio, centímetro a centímetro, mirándome a la cara para leer si me está lastimando o me está gustando. Y cuando entrara del todo, quedarse un instante quieto, adentro, hondo, dejándome sentir su peso.
Entonces empezar a moverse. Primero suave, con embestidas largas y hondas, sin sacarla nunca del todo. Después más fuerte, agarrándome de las caderas, haciendo golpear las bolas contra mi culo con cada estocada. Cambiar de posición sin salir: ponerme de costado, en cuchara, cogerme desde atrás mientras me muerde el hombro. Después ponerme en cuatro y agarrarme de la peluca como si fueran mis propios pelos, tirar hacia atrás y follarme como se folla a una hembra que pidió ser tratada así.
Quiero correrme sin tocarme, solo con su polla adentro, salpicando las sábanas mientras él sigue cogiéndome sin piedad. Y quiero sentirlo terminar dentro de mí, oírlo gruñir, sentir cómo se le tensa todo el cuerpo encima del mío y cómo su semen tibio me llena por dentro. Que se quede quieto ahí, respirándome en la nuca, hasta que la polla se le empiece a ablandar despacio dentro de mi culo.
***
No les voy a mentir: la parte que más me gusta de toda la fantasía no es el sexo en sí, aunque el sexo sea el plato principal. Es el durante. Es esa sensación de estar siendo cogida y cuidada al mismo tiempo, de tener una verga adentro y una mano tibia acariciándome la cara, de poder soltarlo todo y obedecer, de no tener que decidir nada porque hay alguien encima mío que sabe lo que hace y me lleva.
Me imagino entregándome por completo, dejando que disponga de mi cuerpo a su antojo, atenta a sus deseos más íntimos, abriendo las piernas cuando me las quiere abrir, poniéndome de rodillas cuando me quiere en la boca, dándole el culo cuando me lo pide. Esa es la palabra: entrega. Una entrega que en mi vida diurna no me permito jamás, porque ahí soy yo quien tiene que estar al mando, quien resuelve, quien aguanta. Con él, aunque sea por una noche, no tendría que sostener nada salvo sus embestidas.
Y me gustaría que la cosa no terminara de golpe. Que después nos quedáramos un rato en silencio, su brazo cruzado sobre mi cintura, su semen escurriéndoseme despacio por el muslo, la respiración volviendo despacio a la normalidad. Me gusta esa parte tanto como la otra. El sexo me da placer, pero ese rato de después, sucia, usada, abrazada, me da paz.
Quizá hablaríamos un poco. Quizá no. Quizá me daría vuelta y le chuparía la polla una vez más, blanda, con calma, solo por el gusto de tenerla en la boca. Quizá nos quedaríamos dormidos y al despertar él se iría temprano, sin escándalo, dejándome dormir. Y yo me quedaría un rato más en esa cama ajena, con el culo todavía abierto y ardiendo, el maquillaje corrido y la peluca a un costado, sonriendo sola, sabiendo que esa noche fue exactamente lo que yo quería que fuera.
***
Creo que esta fantasía se me volvió tan recurrente por una razón que no me animaba a decir en voz alta. Estoy bastante segura de que se acerca el momento en que Mora va a tener que colgar los tacones de manera definitiva.
No me veo haciendo esto muchos años más. Hay una etapa para todo, y la mía tiene fecha de vencimiento. Hoy puedo decir, sin falsa modestia, que estoy en mi mejor momento: el cuerpo me responde, la polla se me para sola de pensar en escenas como estas, la cara todavía me gusta cuando me veo arreglada al espejo. Pero la lógica de la vida es implacable, y todo empieza a ir cuesta abajo con los años. Lo sé. Por eso esta fantasía me aprieta el pecho con una urgencia nueva.
No quiero llegar a la última etapa de Mora con la cabeza llena de «hubiera». No quiero mirar atrás y darme cuenta de que el miedo me ganó. Quiero tener al menos esa noche, una sola, perfecta, sucia, para guardarla conmigo. Algo mío que nadie pueda quitarme cuando ya no quede nada de la mujer que soy frente al espejo.
Tengo miedo, claro que lo tengo. Miedo a que el desconocido no sea como lo imagino. Miedo a que la realidad no se parezca a la fantasía. Miedo, sobre todo, a animarme. Es más fácil escribir esto con la mano libre entre las piernas que hacerlo con un hombre de verdad esperándome en un hotel. Lo sé mejor que nadie.
Pero también sé que las fantasías que no se cuentan se mueren calladas, y yo no quiero que esta se muera. Por eso la escribo. Escribirla es mi manera de empezar a hacerla real, de soltarla al mundo a ver si alguien la recoge.
Voy a buscar la manera de encontrar a ese alguien especial. A ese hombre mayor, paciente y discreto, con la verga grande y las manos tibias, que tenga ganas de darme una noche así sin pedir nada a cambio salvo el recuerdo de mi culo apretándole la polla. Y si todo sale como sueño, ya saben dónde encontrarme: por acá, en alguno de mis próximos relatos, les voy a contar con lujo de detalles cómo me cogió, dónde se corrió, cuántas veces me hizo acabar.
Mientras tanto, sigo imaginándolo frente al espejo, peluca en mano, la polla dura contra la tela del calzón, esperando el momento de animarme. Quizá ese hombre ya esté leyendo con la mano ocupada. Quizá sea usted.