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Relatos Ardientes

La hermana de mi tío descubrió lo nuestro

Lo nuestro apenas llevaba dos meses, pero ya lo vivíamos con la intensidad de quien lleva años esperando algo así. Hugo era el marido de mi tía, y eso lo volvía todo más peligroso y, por qué negarlo, más adictivo. Cada encuentro era un secreto que cuidábamos como si la vida se nos fuera en ello.

Esa tarde habíamos quedado en la plaza del centro. Decidí arreglarme como pocas veces: una minifalda rosa metálico, una blusa blanca entallada, medias de encaje color piel hasta media pierna, tacones altos y una tanga que sabía que a él le gustaba. Me coloqué la peluca, me maquillé con calma frente al espejo y me observé un buen rato antes de salir. Quería que se quedara sin palabras al verme.

Llegué veinte minutos antes de la hora pactada. Me senté en un banco, crucé las piernas y esperé. Pasaron los veinte minutos, después treinta, y de Hugo ni rastro. Cuando casi se cumplía la hora, empecé a inquietarme y lo llamé.

—Hola, cariño, perdóname por no avisar —contestó—. Se me averió el coche a cinco cuadras de la plaza.

—Ay, mi amor, me hubieras llamado desde ese momento —le reproché, más aliviada que enfadada.

—Lo siento. Ven, estoy aquí esperándote.

—Está bien, voy para allá.

La verdad es que quedaba algo lejos, pero no tenía alternativa. El sol empezaba a esconderse y la noche se venía encima, así que apreté el paso lo que los tacones me permitían. Caminar así, deprisa, sobre el adoquín, no es tarea sencilla, pero seguí. Cuando por fin llegué, Hugo estaba inclinado sobre el motor, con una llave en la mano. Se le veía tan varonil concentrado en aquello que me puse cachonda solo de mirarlo: sentí el coño humedecerse bajo la tanga y tuve que apretar los muslos para disimular las ganas.

—Hola, cariño, ¿todo bien? —pregunté.

—No, amor, no arranca —resopló—. Creo que es la batería. Ya viene un amigo a echarme una mano.

Me tomó de la mano y nos sentamos en el bordillo a esperar. Estábamos platicando, pegados el uno al otro, cuando una voz de mujer lo llamó por su nombre. Hugo se tensó al instante. Levanté la vista y vi a una mujer bajándose de un coche: era Pilar, su hermana.

—Hola, ¿qué te pasó? —preguntó ella, acercándose.

—Se murió la batería —respondió él, algo asustado—. Ya intenté de todo. Me van a traer otra.

—Tengo cables, si quieres te paso corriente.

—No vale la pena, está muerta del todo.

Pilar entonces clavó los ojos en mí, de arriba abajo, sin disimulo. Yo me removí en el bordillo, nerviosa.

—Hola, mucho gusto —dijo, tendiéndome la mano con una sonrisa pícara—. Pilar, hermana de no sé qué serán ustedes dos.

—Mucho gusto. Selene —respondí, intentando sonar tranquila.

—Somos amigos —se apresuró a aclarar Hugo—. Me encontró aquí y se quedó a hacerme compañía.

—Y yo me chupo el dedo —soltó Pilar, riéndose—. Anda, Hugo, dilo con todas sus letras: «es mi amante».

—Pilar, por favor —murmuró él.

—Ay, hermano, si se les ve de lejos que tienen algo. No nací ayer.

—Ya, en serio, mejor vete.

—Tranquilo, que no voy a decir nada —dijo ella, y por su tono supe que hablaba en serio—. Por lo menos esta tiene mejor pinta que tu mujer.

No pude evitar reírme. Pilar me guiñó un ojo.

—Me alegra verte feliz, hermanito —siguió—. Solo que para la próxima búscate a alguien un poquito mayor, ¿eh?

—Fui yo quien lo buscó a él —intervine—. Me gustó desde el primer instante en que lo vi.

—Qué bien, me da gusto. Pero, nena, no te vistas así por la calle —dijo, señalándome el conjunto—. Cualquiera va a pensar que cobras.

—Es que me encanta arreglarme así —reí.

—Pues si llegas a cobrar, cóbralo caro —bromeó—. Bueno, hermanito, me voy. Cuídate y cuídala bien.

Se subió al coche y, antes de arrancar, bajó la ventanilla para tirar la última puñalada.

—Se ven bien juntos. Hasta parecen padre e hija.

Y se fue, dejándonos a los dos riendo de puro nervio. Lo abracé fuerte. A los pocos minutos llegó el amigo de Hugo, cambiaron la batería y nos marchamos de allí.

***

Cuando entramos en la habitación del hotel, Hugo cerró la puerta con pestillo y me miró con esa intensidad que me hacía temblar. La broma de su hermana todavía flotaba en el aire y le brillaba en los ojos de una forma nueva, más oscura, más sucia.

—Hoy seré tu papá y tú mi hijastra, ¿te parece? —dijo, mientras me rodeaba la cintura.

—Sí, papi —respondí en un susurro.

—Ven aquí, nena, deja que papi te vea bien.

Me hizo girar despacio delante suyo, agarrándome de la muñeca, obligándome a lucirle la minifalda, las medias, los tacones. Con la otra mano me subió el borde de la falda hasta enseñarme la tanga y soltó un gruñido ronco.

—Mira lo que trae mi princesa. Toda esta pinta de puta para papi, ¿verdad?

—Toda para ti, papi —murmuré, notando cómo el coño se me empapaba con solo oírlo hablar así.

Nos besamos despacio al principio, mordiéndonos los labios, y luego con una urgencia que no admitía pausa. Me metió la lengua entera en la boca y yo lo chupé como si fuera su polla, gimiéndole encima. Sus manos me manosearon el culo por encima de la falda, me lo apretó, me lo separó, me clavó los dedos con fuerza. Me subí encima de él y empecé a desabrocharle la camisa, pero me detuvo las manos.

—No, hoy no. Hoy papi no se desnuda. Hoy te uso vestida, como la putita que eres.

Me empujó de los hombros hasta ponerme de rodillas frente a él, en la alfombra. Se abrió el cinturón, se bajó la bragueta y se sacó la polla dura, gruesa, con la vena marcada de arriba abajo y la punta ya brillando de líquido. Me agarró de la nuca y me la acercó a los labios.

—Ábrele la boca a papi. Enséñame cómo la mama su hijastra.

Saqué la lengua y le lamí la punta despacio, saboreando ese primer chorrito salado. Después me la metí entera de golpe, hasta el fondo de la garganta, y él soltó un gemido grave que retumbó en la habitación. Se la chupé lento, ensalivándosela, dejando que el hilo de baba le cayera por los huevos. La saqué, le pasé la lengua por debajo, de arriba abajo, y le mamé las pelotas una por una mientras se la meneaba con el puño cerrado.

—Así, así, mi amor, no pares, mama esa polla que es tuya —jadeaba él, con la mano enredada en la peluca.

Me la volvió a meter en la boca y me clavó la cabeza hasta arcadearme. Se la tragué entera, con lágrimas en los ojos, y me dejó ahí unos segundos hasta que se apiadó de mí y aflojó. Cuando saqué la polla de la boca, un hilo de saliva la unía a mis labios. Le sonreí con la boca abierta, enseñándole la lengua mojada.

—Papi, quiero que me la metas ya. Fóllame.

—A cuatro patas, encima de la cama. Rápido.

Me levantó tirándome del pelo y me tiró contra el colchón. Me acomodé de rodillas, con el culo en pompa, la cabeza contra las sábanas y los tacones todavía puestos. Me arremangó la minifalda hasta la cintura y apartó la tanga a un lado con dos dedos. Me pasó la lengua entera desde el clítoris hasta el ojete y grité contra la almohada.

—Mira este coñito, todo mojadito para papi. Chorreas, nenita.

Me clavó la lengua en el coño, se lo comió con hambre, se lo llevó a la boca como si quisiera arrancármelo. Chupó, sorbió, me metió dos dedos hasta el nudillo mientras seguía lamiéndome, y yo me apreté contra su cara moviendo las caderas. Cuando me sintió a punto de correrme, me dio un azote en el culo que resonó en el cuarto entero.

—Todavía no, putita. Papi te dice cuándo.

Se puso detrás de mí, se agarró la polla y me la restregó por los labios del coño, arriba y abajo, mojándose la punta con mis jugos. La apoyó en la entrada y me la fue metiendo despacio, un centímetro a la vez, hasta enterrármela entera. Me abrió por dentro. Se quedó ahí quieto un segundo, respirando en mi oído.

—Se me abraza toda mi hijastra a la polla. Cómo me aprietas, nena, hija de puta.

Y empezó a follarme. En serio. Me agarró de las caderas y me embistió como si quisiera partirme, entrando y saliendo con estocadas largas, sordas, chocando su vientre contra mi culo con un ruido húmedo que me volvía loca. La cama crujía. Yo gemía contra las sábanas, la boca abierta, la baba escapándoseme.

—Sí, papi, sí, así, más fuerte, rómpeme —le supliqué.

—Dime lo que eres.

—Tu putita, papi, tu putita.

—La putita de quién.

—De papi, solo de papi.

Me tomó del pelo, tiró de la peluca hacia atrás y me obligó a arquear la espalda mientras seguía metiéndomela. Me golpeaba el fondo, me clavaba los dedos en las nalgas, me daba azotes cada tantas embestidas. Me dejó las nalgas rojas, ardiendo. Después me tumbó boca abajo del todo, me abrió las piernas con las rodillas y se me dejó caer encima con todo el peso, aplastándome contra el colchón. Desde ahí me machacaba con caderazos cortos y rápidos, mordiéndome el cuello.

—Me voy a correr, papi, me voy a correr —jadeé.

—Córrete en la polla de papi. Ahora.

Y me corrí. Me corrí temblando entera, con el coño apretándose alrededor de su polla en oleadas, gritando contra la almohada para no despertar al hotel. Él no paró. Siguió embistiéndome mientras yo me deshacía debajo suyo, alargando el orgasmo hasta hacerme llorar de placer.

Después me giró de un tirón, boca arriba, me dobló las piernas contra el pecho con las medias todavía puestas y me la volvió a meter en esa postura. Me miraba a los ojos mientras me follaba, con la frente sudada, la boca entreabierta. Yo me acaricié las tetas por encima de la blusa, me pellizqué los pezones a través de la tela.

—Enséñale las tetas a papi.

Me desabotoné la blusa a manotazos, me bajé el sujetador y le ofrecí las tetas. Él se agachó y se las llevó a la boca, me chupó los pezones uno por uno, me los mordió despacio. Cambiamos de postura otra vez: me montó encima suyo, sentado en el borde de la cama, y me hizo cabalgarlo mientras me sostenía por la cintura. Yo subía y bajaba, botando con fuerza, dejándome caer sobre su polla con todo mi peso. Él me miraba desde abajo, entre las tetas, con cara de sinvergüenza.

—Cabálgame, hijastra, sáquele la leche a papi.

—Dámela, papi, dame toda tu leche.

Sentí que se ponía más duro dentro de mí, que la respiración se le entrecortaba. Me sacó del regazo casi con violencia, me tiró de rodillas otra vez frente a él y se la meneó a dos manos delante de mi boca.

—Abre la boca. Saca la lengua.

Obedecí. Y se corrió. Un chorro grueso y caliente que me cayó en la lengua, después otro en los labios, y otro en la barbilla que se me deslizó hasta el escote. Se la seguí meneando hasta la última gota, ordeñándosela, y me tragué todo lo que había caído dentro de mi boca sin cerrarla, enseñándoselo antes.

Tardamos un buen rato, mucho más de lo habitual, y me quedé tendida sobre su pecho, agitada, con el maquillaje corrido y la peluca torcida.

—Oye, amor —dijo él, acariciándome el pelo de la peluca—, ¿tú cuánto cobrarías?

—No lo sé, nunca lo he pensado —reí.

—Pues seguro que carísimo.

—Lo más probable —le seguí el juego.

—Anda, vístete, que te llevo a casa.

Salimos del hotel y me dejó a una cuadra de mi casa, como siempre. Pasaron los días sin más sobresaltos.

***

Una tarde fui a casa de Hugo a dejarle unas cosas que mi tía me había encargado. Cuando entré, me quedé helada: en el sofá estaba sentada Pilar, tomando algo. Me reconoció al instante y me recorrió de arriba abajo con esa mirada suya que todo lo sabe. Yo iba sin maquillar, con ropa normal, pero a ella no se le escapó nada.

—Mira, cuñada —dijo mi tía Beatriz, ajena a todo—, él es mi sobrino.

—Ya lo conocía —respondió Pilar tranquilamente.

Hugo y yo nos miramos al borde del infarto.

—¿De dónde? —preguntó mi tía, extrañada.

—El día que se le averió el coche a mi hermano. Cuando llegué estaban ahí sentados y les ofrecí ayuda, pero ya venía alguien en camino.

—No sabía que tú habías estado con él —comentó Beatriz, mirando a Hugo.

—Me lo crucé con unos amigos y se quedó conmigo un rato —improvisó él.

—Ah, bueno. ¿Quieren un café? —preguntó mi tía.

—Yo sí —dijo Pilar.

—Yo ya me iba, solo pasé a dejar esto —intenté escabullirme.

—Anda, quédate un ratito y luego te vas —insistió ella.

Mi tía se metió en la cocina a calentar el café y nos pidió un momento. En cuanto desapareció, Pilar palmeó el cojín a su lado.

—Ven, siéntate aquí.

—Está bien —dije, temblando por dentro.

—No vayas a hacer ninguna locura, por favor —le suplicó Hugo en voz baja.

—Tranquilos los dos —dijo ella, divertida—. Y bien, ¿cómo te fue con mi hermano?

—Bien, muy bien —respondí, ruborizada, con el recuerdo de la polla de Hugo todavía fresco entre las piernas.

—Qué bueno. Lo que no entiendo es dónde escondes toda esa belleza femenina que te traías el otro día.

—Pues me desmaquillo y me quito la ropa, nada más —reí.

—Muy bien. Mira, necesito que me eches una mano con una cosa.

—¿Qué cosa?

Pilar bajó la voz y miró hacia la cocina antes de hablar.

—Me caso pronto, pero no amo a mi prometido. Amo a otro hombre. Necesito un buen motivo para romper el compromiso sin quedar yo como la mala.

—¿Y yo qué tengo que ver en eso?

—Necesito que lo seduzcas. Que yo lo descubra contigo y se rompa todo solito. Por favor.

—No puedo hacer eso —protesté—. Hugo se enojaría muchísimo.

—Yo hablo con él, déjamelo a mí.

—Mmm… bueno, si él da el visto bueno, no hay problema —cedí, porque la idea, en el fondo, ya me había picado la curiosidad.

***

Pilar habló con su hermano, como prometió. Hugo se negó al principio, faltaba más, pero ella sabe convencer y al final aceptó con la condición de que nadie saliera lastimado. Quedamos en vernos al día siguiente, solo para que yo viera de lejos al hombre en cuestión.

Cuando lo vi, me quedé impactada. Se llamaba Genaro y era justo el tipo de hombre que me derrite: maduro, bien plantado, con una barba salpicada de canas y un cuerpo algo rellenito que invitaba a abrazarse a él. Y, desde la distancia, ya se le adivinaba un bulto generoso entre las piernas que se me quedó grabado en la cabeza como una promesa.

—Mira, es ese —me señaló Pilar.

—¿Estás segura de que no lo quieres? —pregunté, sin apartar los ojos de él.

—Segurísima. ¿Por qué? ¿Te gustó? —sonrió con malicia.

—La verdad es que se ve riquísimo —admití sin pudor—. Se me antoja mamársela hasta el fondo.

—Pues entonces date el gusto. Yo no le diré nada a mi hermano si te lo llevas a la cama.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Está bien —dije, mordiéndome el labio—, porque sí o sí pienso disfrutarlo hasta quedar sin fuerzas, con ese coño chorreando y ese culo ardiendo.

***

Volví dos días después, vestida exactamente igual que la tarde en que Pilar me conoció. Sabía que con ese conjunto caería redondo. Lo vi sentado en la terraza de un café y fui directa hacia él. Genaro me localizó enseguida y me dedicó una sonrisa de oreja a oreja. No perdí la oportunidad: me senté frente a él, lo miré a los ojos y dejé que el silencio hiciera la mitad del trabajo.

—Hola, hermosa —dijo, repasándome sin disimulo.

—Hola, hola —respondí, jugando con un mechón de la peluca.

—¿Cómo estás?

—Muy bien, ¿y tú?

—Ya veo que muy bien —rió—. Yo, ahora mismo, todavía mejor.

Estuvimos platicando un buen rato, riéndonos de cualquier tontería, hasta que se animó a invitarme a salir. Acepté, claro. Pero lo que pasó esa noche con Genaro… eso se los cuento más adelante.

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Comentarios(8)

Sofi_lectora

Que historia tan bien contada!! me quedé sin palabras al final, no me lo esperaba para nada

LatinoFiel

tremendo relato, la tension que se siente durante toda la historia es increible. Por favor seguí escribiendo!

TransFan_ba

excelente!!!

Vale_nocturna

Me encanto. La parte donde aparece la hermana es un giro que no vi venir jaja, muy bueno

MarcoGZ

Muy bueno, hace tiempo no leia algo que me enganchara tanto desde el principio. Espero la continuacion

Julia_BA

Que final... me dejó pensando todo el dia. Ojala hagas una segunda parte, quedé con ganas de saber que pasa despues.

Gustavito88

Buenisimo!! me recordo algo parecido que me paso, esas situaciones inesperadas son las mas intensas jaja

Carlita_TM

Primera vez que comento pero tuve que hacerlo porque este relato esta muy bueno. Saludos desde el sur

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