Me vestí de mujer y ella me ofreció a varios hombres
El club al que íbamos quedaba en una calle sin nombre visible, detrás de una puerta de metal que no anunciaba nada. Por dentro, en cambio, era otro mundo: luces bajas, música que vibraba en el pecho y una mezcla de gente que no encontrarías en ningún otro lado de la ciudad. Parejas, hombres solos, travestis, trans. Cada reunión tenía su propio clima, y aquella mañana de fin de año el aire ya olía a algo que iba a desbordarse.
Habíamos llegado temprano, Renata y yo. Era una cita de mediodía, de esas que poca gente espera y que por eso mismo suelen ser las más intensas. Ella conducía y yo miraba por la ventanilla con la bolsa de ropa sobre las piernas, sintiendo cómo me latía el estómago.
—Hoy te quiero ver hacer de todo —me dijo en el semáforo, sin apartar la vista del frente—. Quiero ver hasta dónde sos capaz vestida de mujer.
Hasta dónde soy capaz.
Esas palabras se me quedaron clavadas durante todo el trayecto. Renata era mujer, y le gustaba mirarme, dirigirme, decidir por mí cuando yo perdía la cabeza. Llevábamos juntos el tiempo suficiente como para que ella supiera exactamente qué frase usar para encenderme.
—¿Hasta dónde querés que llegue? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
—Hasta donde tu cuerpo aguante —contestó, y sonrió por primera vez.
***
Apenas entramos, me fui directo al baño a cambiarme. Siempre lo hago así. Me gusta que nadie me vea llegar en mi versión de hombre, con la ropa ancha y el paso pesado. Prefiero desaparecer un rato y reaparecer convertida en otra persona, como si cruzara una frontera.
Me había traído un minivestido negro con aberturas a los costados, de esos que dejan ver que no llevás nada debajo si te movés mal. Y no llevaba nada debajo, claro. Me calcé unas plataformas altísimas, de las que usan las bailarinas, y cuando me miré en el espejo me reí sola: con esos tacones rozaba los dos metros. Una torre. Imposible pasar desapercibida.
Me retoqué los labios, respiré hondo y salí.
El pasillo me devolvió a la sala principal, y desde la puerta vi a Renata de pie junto al anfitrión y a tres hombres. Hablaban de cualquier cosa, de esas conversaciones de relleno que la gente sostiene mientras decide qué quiere de verdad. Éramos pocos esa mañana, y al recorrer la sala con la mirada me di cuenta de algo: yo era la única trans del lugar.
Me acerqué y se lo dije a Renata al oído.
—Soy la única travesti acá.
—Mejor momento que este no vas a tener —me respondió, también al oído, con esa voz baja que me deshace.
Y eso me prendió de una manera que no supe disimular. Sentí el calor subirme desde el pecho hasta la cara. Los tres hombres me miraban sin esconderlo, recorriéndome de las plataformas a la boca.
***
Fue ella misma la que empezó todo. Con una naturalidad que me dejó sin aliento, les pidió que me sacaran a bailar.
—Bailen con ella —dijo—. Quiero verla.
No hizo falta más. El primero me tomó de la cintura, el segundo se puso a mi espalda, el tercero buscó mi mano. La música era lenta, pesada, y los cuerpos se acomodaron alrededor del mío como si ya supieran el final de la historia. Empecé a besar a uno, después a otro, después al tercero. Me giraba de a poco para repartirme entre ellos, para sentirlos a todos.
Manos por todas partes. Una me subía por el muslo bajo el vestido, otra me apretaba la cadera, una tercera me bajaba por la espalda hasta el límite de la tela. Tuve que sacarme las plataformas porque con ellas les sacaba media cabeza a cada uno y el ángulo no servía para nada. Descalza, de pronto encajaba justo entre sus cuerpos.
Y fue entonces cuando los sentí. Duros, contra mi espalda, contra mi cadera, contra mi vientre cuando quedaba de frente. Cada movimiento del baile los apretaba más contra mí. Yo cerraba los ojos y buscaba a Renata con la mirada cada vez que podía. Ella estaba sentada en un sillón, una pierna cruzada sobre la otra, observando cada detalle como quien dirige una escena que escribió en su cabeza hacía tiempo.
El más atrevido de los tres me deslizó la mano entre las piernas y me empezó a estimular por detrás. No tuvo que esforzarse demasiado: yo ya estaba al borde, llevaba minutos al borde.
—Sacale el vestido —dijo Renata desde el sillón.
Lo hicieron entre dos. La tela negra cayó al piso y quedé completamente desnuda en medio de la sala, con la erección marcada, expuesta bajo las luces bajas. Uno de ellos se agachó y me la probó con la boca, despacio, mirándome desde abajo, y eso terminó de encenderme por completo. Sentí que las piernas me temblaban.
—Pónganse el condón —les pedí, con la voz quebrada—. Quiero que empiecen.
***
Antes de seguir, busqué a Renata con los ojos y le hice una seña. Ella entendió. Se acercó y revisó que todo estuviera lo más limpio posible, que cada uno usara protección. Era nuestra regla, la que nunca rompíamos por más caliente que estuviera la situación. En esos ambientes, el cuidado no es opcional, y ella lo sabía mejor que nadie. Esa atención suya, esa manera de protegerme incluso mientras me entregaba a otros, me hacía confiar en ella sin reservas.
Cuando me dio el visto bueno, me solté del todo.
Perdí la noción del tiempo casi enseguida. No sé cuántas veces cambié de posición, de hombre, de ritmo. Me arrodillé, me incliné sobre el respaldo del sillón, me senté encima de uno mientras otro me esperaba. Eran tres al principio, pero la sala fue cambiando: aparecían más hombres por la puerta del cuartito de al lado, atraídos por el ruido, y Renata los recibía como una anfitriona.
—A lavarse las manos —les decía—. Y el condón, sin excepción.
Recién entonces los dejaba acercarse.
No tenían nada de espectaculares, si soy honesta. Ninguno era de esos que aparecen en los videos, exagerados, imposibles. Eran normales, alguno hasta pequeño. Pero duraban una eternidad, y eso al final importaba mucho más. El más atrevido, el que me había tocado primero en el baile, me tomó tres veces a lo largo de la mañana. Renata me contó después que hasta había salido del club a comprar una pastilla para aguantar más. Me reí cuando me lo dijo, pero en el momento solo sentí el orgullo absurdo de saber que un hombre se había ido a la calle por mí.
***
En algún punto, cuando ya llevábamos un buen rato, Renata propuso algo nuevo.
—Quiero verla con dos al mismo tiempo —dijo, y los señaló a dos de ellos—. Por atrás. Los dos.
Hubo un silencio breve, de esos en los que todos calculan si es posible. Se miraron entre ellos, se pusieron de acuerdo con un par de palabras, y empezaron a prepararlo. Renata sabía que algo así no se improvisa: hace falta mucho lubricante, mucha paciencia y, sobre todo, ganas reales de las dos partes.
Me senté primero sobre uno de ellos. Él me ayudó a acomodarme, con cuidado, sosteniéndome de las caderas, y después me levantó las piernas. Renata se acercó y le indicó al segundo cómo ubicarse, con qué ángulo, a qué ritmo. Lo dirigía todo con la calma de quien no quiere que nada salga mal.
Cuando lo logramos, se me escapó un sonido que no reconocí como mío. Es una sensación difícil de explicar: una plenitud que roza el exceso, un punto en el que el placer y el límite se confunden. Me aferré al hombro del que tenía debajo y dejé que el otro entrara despacio. Renata me sostenía la mirada todo el tiempo, asintiendo, diciéndome sin palabras que estaba bien, que podía, que siguiera.
Me vine así, sin tocarme, dos veces seguidas, sin entender muy bien cómo. Intentaba avisarles, balbuceaba algo entre jadeos, pero ya no controlaba nada de lo que hacía mi cuerpo.
***
Después de eso se turnaron. Uno tras otro, en un orden que yo ya no llevaba. Veía entrar más hombres al cuartito y a Renata repitiendo siempre lo mismo, como un ritual: laven las manos, pónganse el condón, ahora sí.
Calculo que estuve con unos cinco hombres en total, aunque entre todos me dieron muchísimas más vueltas que esas. Quince, quizás más. Perdí la cuenta enseguida y la verdad es que no quería contar. Quería estar ahí, en ese estado en el que el tiempo deja de existir y solo hay piel, calor y la voz de Renata guiándolo todo desde el costado.
Eran cerca de las dos de la tarde cuando el organizador anunció que la reunión llegaba a su fin. Habían pasado casi cuatro horas. Cuatro horas que se me hicieron veinte minutos.
Cuando me incorporé, descalza, despeinada, con el maquillaje corrido, me di cuenta del estado en el que estaba. Olía a sudor, a saliva, a sexo, una mezcla que en cualquier otro contexto me habría dado vergüenza y que en ese momento me parecía deliciosa. El cuartito era un desastre: condones usados por todas partes, envoltorios tirados que ni siquiera habían llegado al tacho.
Los hombres se fueron despidiendo de a uno. Algunos me besaban en la mejilla, otros me agradecían como si yo les hubiera hecho un favor enorme. El más atrevido fue el último en irse, y antes de salir me sostuvo la cara entre las manos y me miró un segundo más de lo necesario.
***
Renata se acercó cuando ya no quedaba nadie. Traía mi vestido en una mano y mis plataformas en la otra. Tenía la cara de quien acaba de ver cumplido un deseo que llevaba mucho tiempo guardando.
—¿Estás bien? —me preguntó, y por primera vez en toda la mañana su voz fue suave, casi tímida.
—Mejor que bien —le dije.
Me ayudó a vestirme, despacio, como si recogiera las piezas de algo que ella misma había desarmado a propósito. Antes de salir, me pidió que me girara y me sacó una foto. Una sola. Después me la mostró en la pantalla del teléfono, sin decir nada, dejándome ver lo que ella había estado mirando todo ese tiempo.
No dije nada tampoco. No hacía falta.
Volvimos en silencio, con la ciudad encendida por las luces de fin de año, y yo apoyé la cabeza contra la ventanilla pensando en lo que acababa de pasar. Había cruzado una frontera que no sabía que tenía. Había llegado, como ella quería, hasta donde mi cuerpo aguantó.
Desde ese día algo cambió en mí. No sabría explicarlo del todo. Solo sé que cuando Renata me mira de cierta manera, con esa media sonrisa que guarda solo para mí, vuelvo a sentir el mismo vértigo de aquella mañana, y entiendo que lo único que quiero es que me lleve, otra vez, hasta el límite.