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Relatos Ardientes

La mujer trans que me enseñó quién mandaba

Antes de convertirme en quien soy hoy, yo era un hombre como cualquier otro, o eso creía. Tenía poco más de veinte años, una novia intermitente y una vida que se veía perfectamente común desde afuera. Pero por dentro había algo que no encajaba: desde adolescente me atraían la ropa femenina y, sobre todo, las mujeres trans. No lo hablaba con nadie. Lo guardaba como se guarda una llave de una puerta que uno todavía no se anima a abrir.

En esa época empecé a meterme en foros y salas de chat, esos que existían antes de que todo se llamara «aplicación». Pasaba noches enteras leyendo, mirando fotos, escribiendo mensajes que casi nunca enviaba. Hasta que una madrugada me topé con el perfil de Renata.

Era una mujer trans en pleno proceso hormonal, madura, cerca de los cuarenta y tantos. No era el tipo de belleza que aparece en las revistas: tenía el cuerpo lleno, los rasgos marcados, y se maquillaba con una generosidad que a otro le habría parecido excesiva. A mí me volvía loco. Había algo en su seguridad, en la manera en que escribía sin rodeos, que me hacía sentir pequeño y curioso al mismo tiempo.

Empezamos a charlar. Al principio pensé que ella no tenía mayor interés en mí, que solo me seguía la conversación por cortesía. Me desesperé un poco. No sabía cómo llevar el asunto al terreno que yo quería, así que una noche junté valor y le escribí de frente que me parecía atractiva, que me moría por invitarla a tomar algo.

Ella no era de mensajes largos.

—Me gusta el plan —respondió—. Pero mejor vení vos. Te paso la dirección.

Yo, sin demasiada experiencia, interpreté que quería que la pasara a buscar para ahorrarle el viaje hasta algún bar. Qué inocente era.

***

Llegué un viernes por la noche. Apenas toqué el timbre, ella salió a recibirme arreglada como para una fiesta: una peluca rubia de un volumen imposible, los labios pintados de un rojo intenso, una falda negra corta que se abría con cada paso. Vivía en el tercer piso de un edificio sin ascensor, y la seguí escaleras arriba con la mirada clavada en su cuerpo.

Con cada escalón, la falda se le levantaba apenas lo suficiente para dejarme ver la tela satinada y oscura de su ropa interior. Se me secó la boca. Pensé, sin atreverme a decirlo, que quería sentir esa textura contra mi cara.

—Pasá, no seas tímido —dijo abriendo la puerta de su departamento.

Adentro olía a perfume dulce y a cigarrillo. Me hizo sentar en un sillón pequeño, me ofreció un vaso de agua y nos pusimos a hablar de cualquier cosa, de la ciudad, del trabajo, de nada. Yo apenas escuchaba. Tenía toda la atención puesta en sus manos, en cómo gesticulaba, en la manera en que me miraba de costado.

El departamento era chico y estaba lleno de detalles que la delataban: fotos viejas en un mueble, pelucas en soportes sobre la cómoda, frascos de maquillaje alineados como soldados en el baño que alcanzaba a ver desde el sillón. Todo hablaba de una mujer que se había construido a sí misma a pulso, sin pedirle permiso a nadie. Yo, que ni siquiera me animaba a confesarme en voz alta lo que quería, la miraba con una mezcla de deseo y de envidia.

—¿Por qué estás tan nervioso? —me preguntó de pronto, cruzando las piernas—. No muerdo. Bueno, no mucho.

Me reí sin ganas, traicionado por mi propia voz temblorosa. Ella se acercó un poco más en el sillón, hasta que su muslo rozó el mío. Sentí el calor de su piel a través de la falda y se me cortó la respiración.

No tardó en acercarse. Me besó despacio, casi con paciencia de maestra, mientras yo me dejaba hacer como un alumno nuevo. Sus manos eran firmes, su lengua tenía la confianza de quien ya lo había hecho mil veces.

—Estás bien chiquito, mi amor —murmuró contra mi oreja—. Me gusta tu barba.

Me preguntó si alguna vez había estado con una mujer como ella. Le dije que no, que era la primera. Sonrió de un modo que no supe leer en ese momento, pero que entendí muy bien después.

***

Fuimos a su cama entre besos. Yo la apretaba contra mí, le tomaba la cintura, las caderas anchas, todo aquello que me había obsesionado desde la pantalla. Y mientras yo me perdía en eso, ella, mucho más hábil, ya me había abierto el cinturón sin que yo me diera cuenta.

Me bajó el pantalón con un movimiento experto. Tomó mi miembro entre las manos, lo acarició apenas unos segundos y bajó la cabeza.

Lo que vino después no se parecía a nada que hubiera vivido. Se lo metía entero, lo envolvía con sus labios gruesos, me miraba de reojo mientras retrocedía despacio. Se detenía justo en la punta, sacaba la lengua, la pasaba con una lentitud que me hacía temblar las piernas, y volvía a tragarme por completo. Yo me sostenía del colchón con las dos manos. No quería que terminara nunca.

Estaba tan rendido que no noté el momento exacto en que dejó de concentrarse ahí. Empezó a besarme alrededor, las ingles, los muslos, las caderas. Bajaba y subía, marcando un camino que yo no entendía hacia dónde iba.

Hasta que me hizo girar.

De pie, al borde de la cama, sentí que ella se acomodaba detrás de mí, en cuclillas. Y entonces empezó a besarme las nalgas. A morderlas. A apretarlas con las dos manos mientras yo me sostenía, confundido y excitado a partes iguales.

—Qué buen trasero tenés —dijo entre besos—. Mirá vos lo escondidito que lo tenías.

Yo no decía nada. No sabía qué decir. Y mientras pensaba en eso, sentí su lengua abrirse paso donde nunca nadie me había tocado. Una corriente de placer y de miedo me recorrió entera la espalda. Por primera vez se me cruzó la idea, clara y aterradora, de que tal vez ella no esperaba que yo la penetrara, sino al revés.

Mis temores se confirmaron enseguida.

Con un movimiento de la mano me indicó que me apoyara sobre la cama, que dejara el cuerpo inclinado y expuesto. Y ahí, mientras se quitaba la ropa interior satinada que tanto me había encendido, vi por primera vez lo que escondía debajo de la falda: dura, gruesa, sin ninguna timidez.

—Quedate quietito —dijo con una voz que de pronto sonaba más grave, más segura.

***

No supe cómo reaccionar. Le pedí que no lo hiciera. No con un «no» firme, sino con esa media voz de quien en realidad quiere que lo convenzan. Le dije que no me sentía cómodo porque no se había puesto preservativo.

—No te preocupes, corazón, estoy sana —respondió sin detenerse—. Y a mi edad, si me pongo a buscar uno ahora, se me baja todo. Dejame a mí. Te voy a cuidar y te lo voy a hacer rico, vas a ver.

Mientras hablaba ya se estaba acomodando entre mis nalgas, sujetándome de la cadera con una fuerza que no le había sentido antes. Yo estaba atrapado entre dos cosas: el miedo a hacerla enojar y lo desesperadamente caliente que me tenía toda la situación. Al final, ganó lo segundo.

Me relajé. La dejé entrar.

Al principio dolió, un ardor que me hizo apretar los dientes. Pero ella iba con calma, con la experiencia de quien sabe exactamente lo que hace. Poco a poco el dolor se transformó en otra cosa, en una sensación nueva que me hacía gemir sin querer.

Renata empezó a moverse más rápido. Su respiración se volvía pesada, su voz cada vez más grave y sucia contra mi nuca.

—¿Te gusta, no? —me decía—. Mirá cómo te gusta. Si estabas hecho para esto.

Me apretaba las caderas, me clavaba las uñas, me hablaba al oído con palabras que me daban vergüenza y placer en la misma proporción. Yo había llegado a su casa creyendo que era yo quien iba a tomar las decisiones esa noche, y terminé entendiendo lo equivocado que estaba. No quedaba en mí ni una pizca de control, y por extraño que parezca, eso era justo lo que necesitaba descubrir.

Ella terminó pronto, con un gemido largo que pareció vaciarla por completo. Se quedó quieta unos segundos, recuperando el aire, y después se separó despacio. Se sacó la peluca, empapada de sudor, y la tiró sobre una silla. Sin el pelo postizo y sin maquillaje corrido se veía más humana, más real, y de algún modo eso me gustó todavía más.

Se acostó a mi lado.

***

Esa noche no nos dormimos enseguida. Hablamos durante horas. Me besaba los pezones, me apretaba las nalgas con una ternura que contrastaba con la brusquedad de minutos antes, y me contaba historias de sus amantes, de cómo había sido su vida, de las cosas que había aprendido a la fuerza y las que había elegido.

—La primera vez siempre es así —me dijo acariciándome el pecho—. Una llega creyendo una cosa y se va siendo otra. A vos te falta soltarte, mi amor. Pero tiempo hay.

Tenía razón. No fue la última vez que la vi. Estuvimos encontrándonos durante mucho tiempo después de aquella noche. Fue ella la que me dio mis primeros consejos de maquillaje, la que me vio transformarme poco a poco en quien quería ser. Me presentó a otros hombres, compartimos más de una cama con desconocidos, me enseñó un mundo que yo solo había espiado desde la pantalla.

Pero todo eso, como suele decirse, ya es otra historia.

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Comentarios (2)

MarceloGBA

Que buen relato!! me sorprendio el giro, esperaba algo completamente distinto y termine enganchado hasta el final

elena_curiosa

Hay segunda parte?? quede con ganas de mas, por favor!!

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