Me entregué a los obreros que mi abuelo contrató
Esto me pasó hace un par de veranos, en la casa de mi abuelo Eladio, mientras él estaba de viaje con sus amigos del club de dominó. Me había dejado las llaves para que cuidara el lugar y recibiera a dos obreros que venían a reparar una filtración en el baño del fondo. Yo acepté sin pensarlo demasiado, sobre todo porque la casa quedaba lejos de todo y nadie iba a verme entrar ni salir.
Aquella tarde me vestí como me gusta vestirme cuando estoy sola: una falda corta, una blusa de tirantes finos y mis sandalias de tacón bajo. Me maquillé despacio, frente al espejo del pasillo, mientras escuchaba música. No esperaba que pasara nada. Solo quería sentirme bien conmigo misma, libre de la ropa que uso el resto de la semana para no llamar la atención.
Los obreros llegaron pasadas las cuatro. Uno era joven, no tendría más de veinticinco, delgado y de manos nerviosas. El otro era mayor, de unos cincuenta y tantos, con la barriga prominente y los brazos curtidos por años de trabajo bajo el sol. Se presentaron como Rubén y Heriberto, aunque el viejo dijo que todos lo llamaban Beto.
Cuando abrí la puerta, los dos se quedaron un segundo de más mirándome. No fue una mirada agresiva. Fue esa pausa que delata lo que un hombre piensa antes de decidir si lo va a decir o no.
—Buenas tardes, señorita —dijo Beto, quitándose la gorra—. Venimos por lo del baño.
—Pasen, pasen. Es por aquí —respondí, y sentí cómo sus ojos me seguían por el pasillo.
Les mostré la filtración, les ofrecí agua fría y me senté en una banqueta de la cocina mientras ellos trabajaban. Cada tanto, uno de los dos salía con cualquier pretexto —que necesitaban un trapo, que dónde estaba la llave de paso— y aprovechaba para mirarme las piernas. Yo no las cerraba. Las cruzaba despacio, dejando que la falda subiera un poco más de lo necesario.
Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Fue Beto quien rompió el hielo. Salió del baño secándose las manos en el pantalón y me dijo, con esa franqueza de los hombres de su edad:
—Disculpe que le diga, señorita, pero usted es de las personas más guapas que he visto en mucho tiempo.
Le sonreí y le seguí el juego.
—Qué cosas dice. Seguro le dice eso a todas.
—A todas no —respondió, y se acercó un paso—. ¿Le molesta que le diga así?
—No —contesté, y lo miré a los ojos—. No me molesta para nada.
***
El joven se asomó desde el pasillo. Los dos se miraron entre ellos con una complicidad que ya no disimulaban. Me levanté de la banqueta y caminé hacia ellos, sintiendo el taco repiquetear contra las baldosas. Beto me puso una mano grande y áspera en la cadera, tanteando, esperando a que yo lo apartara. No lo hice.
—Para que lo sepan —dije en voz baja—, no soy una chica como las demás. Por si todavía no se dieron cuenta.
—Ya nos dimos cuenta —dijo Rubén, hablando por primera vez—. Y nos gusta igual.
Eso fue todo lo que necesité escuchar. Las manos de Beto bajaron hasta mis muslos, primero por encima de la falda, después por debajo, hasta rozarme el bulto ya duro que se marcaba contra la tela finita de la ropa interior. Se le escapó un gruñido bajito al comprobarlo, como si le hubiese gustado el hallazgo más de lo que quería admitir. El joven se acercó por detrás y me apartó el pelo del cuello para besarme la nuca, mientras deslizaba las manos por debajo de mi blusa y me apretaba las tetas por encima del corpiño, buscándome los pezones con la yema del pulgar. Dos pares de manos sobre mi cuerpo al mismo tiempo, una temblorosa y otra firme, me hicieron perder el equilibrio de la cabeza antes que el de los pies.
Olían distinto, los dos. Beto a cemento y a sudor de jornada larga; Rubén a colonia fresca, de esas que se ponen los muchachos antes de salir. Cerré los ojos y me dejé llevar por esa mezcla, por el contraste entre la barba áspera del viejo en mi hombro y los labios suaves del joven en mi cuello. Nunca me había sentido tan deseada por dos personas a la vez, y mucho menos en la casa de mi propio abuelo, con la puerta sin llave y la tarde cayendo despacio sobre las baldosas.
Me puse en cuclillas frente a ellos, dispuesta a bajarles el pantalón a los dos, a sacarles las pollas ahí mismo y mamárselas por turnos hasta que se corrieran en mi cara, pero Beto me detuvo con suavidad, sosteniéndome del mentón.
—Espere, señorita. Hay un problema.
—¿Cuál? —pregunté, casi riéndome de la solemnidad con que lo dijo.
—Que con el Rubén somos compañeros desde hace años, pero… —se rascó la nuca— no nos gusta andar así, los dos juntos y desnudos al mismo tiempo. Cosa de respeto, usted entiende.
Me dio una ternura tremenda. Dos hombres capaces de compartirme sin pestañear, pero incapaces de verse el uno al otro sin ropa. Me mordí el labio para no soltar la carcajada.
—¿Y entonces cómo le hacemos? —pregunté.
—Por turnos —dijo Rubén—. Nos queda como una hora antes de que tengamos que irnos. Media hora cada uno, si a usted le parece.
—Me parece —dije—. ¿Quién va primero?
Se echaron un piedra, papel o tijera ahí mismo, en medio de la cocina, como dos niños decidiendo quién patea primero. Ganó el joven, pero enseguida le cedió el turno al viejo.
—Vaya usted, Beto. Por antigüedad.
El viejo se rio, halagado, y me tendió la mano como un caballero.
—¿Le parece bien si vamos al cuarto, señorita? El de su abuelo, digo, que es el único con cama grande.
—Está bien —respondí, y miré a Rubén—. ¿Tú te quedas aquí?
—Sí, no se preocupe. Veo la tele y los espero. Conocemos a don Eladio de hace años, no crea que le vamos a tocar nada que no sea usted.
Me reí de su ocurrencia y dejé que Beto me llevara de la mano por el pasillo.
***
El cuarto de mi abuelo olía a madera vieja y a colonia barata. Beto se sentó en el borde de la cama, se quitó las botas llenas de polvo y dio unas palmaditas en el colchón para que me sentara a su lado. Lo hice. Empezamos a besarnos despacio, sin prisa, y me sorprendió lo tierno que era. Tenía los labios resecos y olía a cemento, pero besaba como alguien que disfrutaba cada segundo, chupándome la lengua con hambre de mucho tiempo guardada.
—Desde que me casé, muy joven, no había vuelto a tener entre los brazos a alguien tan jovencito como usted —murmuró contra mi oído.
—¿Le molesta que no sea exactamente lo que esperaba? —le pregunté, porque siempre necesito oírlo.
—Al contrario —dijo, y deslizó una mano por debajo de mi blusa hasta pellizcarme un pezón, sacándome un jadeo—. Siempre tuve la curiosidad. Y mire usted dónde vine a quitármela.
Me sentó sobre sus piernas, a horcajadas, y noté enseguida el bulto duro del viejo apretándose contra mi entrepierna a través del pantalón de trabajo. Me arranqué la blusa por la cabeza y le dejé la vista libre. Se quedó mirándome las tetas como un chico goloso, las dos manos ahuecadas alrededor, chupándomelas una y otra, tironeando de los pezones con los labios hasta ponérmelos duros como piedritas. Mientras me besaba el cuello, su dedo grueso y áspero me apartó la bombacha y buscó mi entrada por debajo de la falda, tanteando con una paciencia que no esperaba de un hombre como él. Metió primero uno, después dos, hasta el fondo, moviéndolos en círculos, palpándome por dentro con la misma calma con la que un albañil mide una pared. Suspiraba fuerte, casi temblando, cada vez que yo me arqueaba contra su mano y le manchaba los dedos con lo mojada que estaba.
—Mire cómo tiene esto, mi reina —murmuró, chorreándose los dedos frente a mis ojos—. Me lo está pidiendo a gritos.
—Sáquesela ya —le dije, con la voz ronca—. Quiero vérsela.
Se levantó, se bajó el pantalón y el calzoncillo de una vez, y me la puso a la altura de la cara. La tenía corta pero ancha, gruesa como una lata, con las venas hinchadas y el glande morado y brillante de tan tenso. Me lamí los labios y se la agarré con las dos manos, no me alcanzaba con una. Le pasé la lengua por debajo, desde los huevos hasta la punta, despacito, saboreándole el sudor de la jornada. Beto pegó un respingo y se sostuvo del cabezal de la cama.
—Ay, señorita, así no… así no aguanto nada…
Me la metí toda en la boca de golpe, hasta el fondo, hasta que el vello canoso me hizo cosquillas en la nariz. Empecé a mamársela con ganas, con ruido, chupándosela como si me estuviera bebiendo el jugo. Con una mano le apretaba los huevos, pesados, y con la otra le acariciaba la barriga peluda. Beto me sostenía la nuca con una mano temblorosa, sin empujar, dejándome hacer, murmurando cosas por lo bajo. Un hilo de saliva se me escapó por la comisura y le cayó a él por la verga hasta los huevos. Cuando sentí que se ponía tenso, se la saqué de la boca de un tirón y le apreté la base para que no se viniera todavía.
—Todavía no, Beto. Todavía no.
—Está bien, mi reina, está bien —jadeó—. Póngase como quiera.
Me quité la bombacha del todo, me subí a la cama y me puse en cuatro sobre la colcha de mi abuelo, sintiéndome a la vez excitada y traviesa por hacerlo justo ahí. Levanté el culo bien alto, con la falda arremangada en la cintura, y le mostré todo: el coño abierto, chorreando, y el agujerito del culo, apretado. Beto se quedó mudo unos segundos, mirándome como si no se lo creyera, y después se puso de rodillas atrás mío y me pegó un lengüetazo largo, desde el clítoris hasta arriba, sin saltarse nada. Grité contra la almohada. Me lamió el coño con la lengua entera, chupándome los labios, hundiéndome la punta adentro, y después subió y me lamió también el ojete, dando vueltas con la lengua, empapándome. Yo no me lo esperaba de un viejo como él, y por eso mismo me hizo temblar las piernas.
—Métamela ya —le supliqué—. No aguanto más.
Se acomodó atrás mío, me agarró de las caderas con esas manos enormes y callosas, y se guio con la otra hasta apoyar la cabeza de la verga contra mi entrada. Empujó despacio, apenas la punta, después un poco más, hasta que sentí cómo el ancho de esa polla gruesa me abría por dentro centímetro a centímetro. Me llenó de una manera que me hizo morder la almohada. Cuando estuvo hasta el fondo, se quedó quieto unos segundos, respirando fuerte, como si él también necesitara acostumbrarse.
—Ay, Diosito, qué apretada está —murmuró—. Me va a matar.
Empezó despacio, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter de un solo golpe firme. Me sostenía las caderas y me acomodaba a su gusto, subiéndome más el culo, arqueándome la espalda. Después fue más rápido, y más, hasta que el ruido de sus huevos golpeando contra mí llenó el cuarto. La cama vieja crujía con cada embestida y yo apretaba la colcha entre los dedos, mordiéndome los labios para no gritar y que el joven no se impacientara más de la cuenta allá en la sala. Beto me la clavaba hasta el fondo, con toda la panza pegada a mi culo, murmurando cosas a media voz, como si rezara.
—Así… qué rico… uy, qué bien… mire nada más… qué coñito tiene, señorita… me lo quiero comer entero…
Me pegó una nalgada, no muy fuerte, más de sorpresa que de otra cosa, y me hizo temblar. Después bajó una mano y me tomó por delante, buscándome el clítoris con el dedo mojado, sorprendido y fascinado de encontrarme también excitada, ese pedacito duro que le latía contra la yema. Empezó a hacerme círculos ahí mientras me la seguía metiendo por atrás, y yo sentí que se me venía uno enorme desde adentro, subiéndome desde las tripas hasta la garganta. Me acabé encima de su verga con un grito ahogado contra la almohada, apretándosela con todo el coño, tan fuerte que él soltó un juramento y se tuvo que agarrar del colchón para no acabar ahí mismo.
—Uy no, no todavía —resopló, quieto adentro mío, dejándome temblar hasta el final.
Cuando pasé el temblor, me pidió que me diera vuelta. Quería verme la cara. Me acosté boca arriba, con las piernas bien abiertas y las rodillas cerca del pecho, y él se me acomodó encima, con la panza sudorosa apoyada contra la mía. Se la volvió a meter de un envión, y esta vez me la clavó mirándome a los ojos, sosteniéndome una teta con cada mano, chupándomelas de a una entre embestida y embestida. Se movía con cariño, con un cuidado que jamás habría imaginado en un albañil panzón y de risa fácil. No era lo que una espera de un hombre así, y por eso mismo me resultó tan morboso.
Le pasé las piernas por la cintura y lo atraje contra mí, sintiendo cómo esa verga corta y gruesa me tocaba fondo con cada empuje, cómo el vello canoso de su pubis me raspaba el clítoris hinchado, cómo la barriga me golpeaba blanda contra el vientre. Nos besamos así, con él encima, moviéndose cada vez más rápido, hasta que sentí que la verga se le hinchaba todavía más adentro.
—Me voy a venir —dijo de pronto, con la voz quebrada—. ¿Dónde la quiere, mi reina?
—Adentro —le respondí sin pensarlo, apretándole el culo con los talones para que no se moviera—. Déjamelo todo adentro. Quiero sentirte.
Y así lo hizo, clavándomela hasta el fondo con un gruñido largo que terminó en un suspiro casi de alivio. Sentí cómo se descargaba en chorros calientes contra mis paredes, un lametazo tibio tras otro, mientras él temblaba entero encima mío. Se quedó dentro de mí unos segundos más, todavía dura, abrazándome por la espalda, respirando contra mi nuca. Cuando por fin sacó la verga, un hilo espeso y blanco me chorreó por el muslo hasta manchar la colcha del abuelo. Ninguno de los dos hizo el gesto de limpiarlo.
***
Nos quedamos acostados un rato. Él no paraba de acariciarme, de recorrerme con la punta de los dedos como si quisiera memorizarme, jugando distraído con el semen que se me escapaba lento entre las piernas. Me habló de su mujer, de sus hijos ya grandes, y también, en voz más baja, de los muchachos que le habían gustado a lo largo de los años y con los que nunca se atrevió a nada.
—Usted es la primera —confesó—. Y no sabe el peso que me quita de encima.
Luego me pidió un favor que me derritió.
—¿Me deja llamarla Mariela? Así, como está vestida, me recuerda a una novia que tuve en la secundaria. La quise mucho.
—Llámame como quieras —le dije, y le di un beso en la frente.
Habíamos perdido la noción del tiempo. Me había hecho gozar de una forma inesperada, lenta, sin nada de la brusquedad que suponía. Pero la media hora ya se había estirado de más, y de pronto sonaron unos golpes suaves en la puerta del cuarto.
—Beto —dijo la voz de Rubén desde el pasillo—, ¿ya es mi turno?
El viejo me miró, me guiñó un ojo y se rio entre dientes mientras buscaba su pantalón en el suelo. Yo me acomodé el pelo frente al espejo del tocador, todavía con las piernas temblando y el semen tibio corriéndome por dentro del muslo, y pensé que la tarde apenas iba por la mitad.
Pero lo que pasó con el joven, eso se los cuento en otra ocasión.