De día soy un hombre, de noche me llamo Lorena
Lorena no es lo que se dice una mujer fina. No pisa discotecas de moda, no se hace fotos en bikini en ninguna playa de revista y no se codea con nadie a quien valga la pena nombrar. Lorena no es joven, ni es alta, ni tiene cuerpo de portada. Por no tener, ni siquiera tiene Instagram. Tiene, eso sí, un buen culo redondo y carnoso, un par de tetas que agradecen como pocas las atenciones de unos dedos o una lengua, y unas piernas firmes y rellenas, sin un gramo de celulitis pese a ser lo que con cierta indulgencia podríamos llamar una madurita entrada en carnes.
Tiene además unos ojos verdes que parecen siempre a punto de pedir algo, una boca traviesa y una disposición casi escandalosa a meterse en la cama con el primero que se lo proponga en serio.
No es, ya lo he dicho, ni joven ni glamurosa ni del todo guapa. Pero cuando la cosa va de sexo, es mucho lo que ofrece y prácticamente nada lo que pide a cambio. No solo deja que la follen por el culo, sino que lo reclama. No solo acepta unos azotes en plena faena, sino que los exige con la cara hundida en la almohada. No solo permite que le terminen en la boca o en la cara, sino que abre los labios y espera. No solo asume que la llamen puta y guarra mientras la penetran, sino que esas palabras le ponen la piel de gallina. Y si su amante del momento aparece con un amigo que también quiere su parte, ella no protesta. Al contrario.
Lorena es, por decirlo de algún modo, una mujer low cost.
Es de gustos sencillos. Para ser feliz, aunque sea durante una hora, no necesita más que un conjunto de lencería del chino de la esquina, un tipo cualquiera con ganas de marcha y un vaso de algo fuerte que no tiene por qué ser de importación. Se conforma con poco, es verdad, pero es que con poco le sobra.
Y a casi todo le encuentra el lado bueno. Si el que la pretende es feo, le basta con que sea apasionado. Si es frío, se contenta con que tenga una buena polla. Si no la tiene, se da por satisfecha con que suelte una buena descarga caliente que ella recibe encantada en la boca o en las tetas. Si tampoco es de los que abundan, se siente afortunada con que al menos sepa comerle el culo a fondo, despacio, como a ella le gusta. Y si nada de eso pasa, hace que le chupen y le aprieten los pezones mientras se masturba hasta quedarse a gusto.
Cuando todo termina y el tipo de turno se marcha con prisa —porque se le ha hecho tarde, porque le va a pillar la mujer, porque le esperan en cualquier sitio—, ella se queda un rato tendida en la cama. Sudada. Marcada. Manchada de saliva y de semen. Con la lencería hecha jirones sobre unas sábanas revueltas. Suspira, se recrea en el olor a hombre que ha quedado flotando en la habitación, repasa mentalmente cada detalle del encuentro y se va excitando otra vez pensando en cómo será y qué hará con el siguiente que caiga.
Es una mujer low cost que echa polvos baratos con tipos más corrientes que el pan de ayer. Pero así es feliz. Feliz de verdad.
Lo sé porque la conozco. La conozco mejor que nadie. Porque Lorena, queridos, soy yo.
***
Yo, que por el día y por la calle soy un hombre. Es más, un hombre serio, de los que imponen, de los que firman papeles importantes y dan órdenes sin levantar la voz. Nadie de los que me cruzan cada mañana en el ascensor sospecharía nada. Hablo con voz grave, doy la mano con firmeza, llevo la corbata bien anudada y la espalda recta. Soy, en apariencia, lo más alejado del mundo a una mujer.
Pero basta un conjunto de lencería del chino, un vaso de algo fuerte y un tipo salido a mi lado para que ese hombre se evapore. Entonces me convierto en una mezcla de gatita mimosa y de loba en celo. En una cosa deseosa de que la manoseen, la follen, la sometan y la pongan en su sitio. En un pibón de barrio que, os lo juro, no distinguiríais de una mujer de carne y hueso más que por la voz un punto ronca y por lo que escondo entre estos muslos rellenos pero firmes, acariciados por la lycra barata de unas medias de liguero.
Empezó casi por accidente, hace ya unos años. Una noche de insomnio, una compra absurda por internet, un par de medias que pedí medio borracho y que olvidé hasta que llegaron. Me las puse a solas, frente al espejo, esperando reírme de mí mismo. No me reí. Me quedé mirando ese reflejo durante un buen rato, con el corazón latiéndome en la garganta, sintiendo por primera vez algo que no sabía nombrar. Y supe que no iba a poder dejarlo.
Lo que vino después fue un descubrimiento lento. Aprendí a maquillarme viendo vídeos a escondidas. Aprendí qué colores me favorecían, cómo difuminar la barba con base, cómo caminar sobre unos tacones sin parecer un potro recién nacido. Me compré una peluca castaña, luego otra. Me elegí un nombre. Lorena me sonó bien desde el principio: vulgar, cálido, sin pretensiones. Un nombre de mujer que no aspira a nada y que por eso lo tiene todo.
El primero fue un desconocido al que cité una madrugada con el estómago hecho un nudo. Le había escrito sin foto de la cara, solo del cuerpo enfundado en negro, y temblaba pensando que se reiría, que se enfadaría, que me haría daño. No pasó nada de eso. Llamó a la puerta, entró, me miró de arriba abajo y sonrió con una calma que me desarmó.
—Eres más guapa en persona —dijo, y a mí se me aflojaron las rodillas.
Esa noche entendí lo que era ser Lorena. No la actuación, no el disfraz: la entrega. La rendición. El placer absurdo y enorme de no decidir nada, de no mandar, de no ser el hombre que da las órdenes sino la que las obedece y encima da las gracias. Me arrodillé sin que me lo pidiera. Y cuando me empujó la cabeza, cerré los ojos y me dejé llevar como si llevara toda la vida esperando ese momento.
***
Con el tiempo dejé de tener miedo. Aprendí que hay muchos hombres así, hombres corrientes y aburridos de su rutina que buscan exactamente lo que yo ofrezco: una boca dispuesta, un culo agradecido y cero exigencias. Hombres casados, hombres tímidos, hombres que de día también fingen ser otra cosa. Nos reconocemos en la mirada. Nos basta poco.
No pido cenas, ni regalos, ni promesas. No pido que me llamen al día siguiente. Apenas pido nombres, porque casi nunca me dicen los verdaderos y a mí me da igual. Pido una hora, una mano firme en la nuca y un poco de brutalidad amable. Pido que me usen y que disfruten usándome. Es un trato sencillo, honesto, sin letra pequeña. Por eso me llamo a mí misma low cost, y lo digo con orgullo.
Cada encuentro es distinto y a la vez idéntico. Recuerdo a un hombretón de manos enormes que apenas habló en toda la noche y que me dobló sobre la cama como si yo no pesara nada, repitiendo en voz baja que era una guarra mientras yo asentía con la cara contra el colchón. Recuerdo a otro más mayor, tímido, que tardó media hora en atreverse a tocarme y que luego me lamió entero, despacio, como si nunca hubiera deseado nada con tanta intensidad. Cada uno se llevó algo de mí y me dejó otra cosa a cambio: la prueba de que esto que soy de noche no es un capricho, sino la parte más sincera que tengo.
Lo curioso es que al día siguiente vuelvo a ser el de siempre sin esfuerzo. Me ducho, me afeito, me anudo la corbata y bajo a la calle convertido otra vez en ese hombre serio que nadie cuestiona. Llevo las dos vidas sin que se rocen, como dos habitaciones de la misma casa con la puerta cerrada en medio. Y sin embargo sé cuál de las dos me pertenece de verdad, cuál es la máscara y cuál el rostro. La corbata es el disfraz. Las medias, la verdad.
Hay noches en que me preparo con horas de antelación. Me depilo despacio, me unto crema, me visto poco a poco como quien arma un ritual. Otras veces la urgencia me pilla de golpe y me visto a toda prisa, con las manos torpes, mordiéndome el labio mientras me ajusto el liguero. En ambos casos el final es el mismo: me siento al borde de la cama, en la penumbra, con un vaso en la mano y el ano lubricado y palpitante, esperando que un coche se detenga abajo y unos pasos suban la escalera.
Esa espera es casi lo mejor de todo. El estómago encogido, los pezones duros bajo la tela, la boca llena de agua. La certeza de que dentro de poco voy a dejar de ser yo para ser ella del todo. La frontera exacta entre el hombre que soy de día y la mujer que soy en cuanto se apaga la luz.
Y entonces llaman a la puerta.
***
Os escribo todo esto, de hecho, en una de esas esperas. Llevo puestas las medias y un corpiño de piel falsa que me hace unas tetas de escándalo. Tengo los labios húmedos, los pezones erectos, el agujero lubricado y latiendo, la boca golosa llena de saliva. Espero que llegue de un momento a otro un tipo que ha conseguido escaparse del trabajo y de su mujer para venir a empotrarme como a la última de las putas y dejarme la cara perdida.
Me tiembla un poco el pulso al teclear. No de miedo: de pura ansia. He visto las luces de un coche desde la ventana hace un par de minutos. He oído un portal. Creo que ya sube.
No soy una mujer fina, lo sé. No soy joven, ni glamurosa, ni del todo guapa, y desde luego no soy lo que cualquiera esperaría de un hombre como yo. Soy Lorena. Una mujer low cost que se conforma con poco y que con ese poco roza la felicidad más completa que he conocido nunca.
Y me vais a perdonar, queridos, que por hoy lo deje aquí. Acaban de llamar a la puerta. La otra vida, la importante de verdad, está al otro lado, esperando a que abra.
Para otro día, si os apetece, os cuento cómo fue.





