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Relatos Ardientes

Mi primera noche como travesti en la carretera

Hola a todos los que me leen. A algunos ya me conocen de otros relatos, a otros apenas voy a empezar a contarles quién soy, así que déjenme presentarme antes de entrar en materia.

Me llamo Daniela. Soy una chica trans de clóset, todavía nadie de mi entorno lo sabe. Tengo treinta y un años, vivo en las afueras de Toluca, soy bajita, de piel canela, piernas y nalgas bien formadas. Me vuelven loca los hombres maduros, esos que ya saben lo que quieren y no pierden el tiempo con vueltas.

Sin más preámbulo voy a contarles lo que me pasó una noche que todavía recuerdo con el cuerpo entero. Espero que les guste.

Todo ocurrió un viernes. Llegué de trabajar agotada, como siempre, y lo primero que hice fue meterme bajo la regadera con el agua bien caliente. Dejé que me corriera por la espalda un buen rato, sintiendo cómo se me iba la tensión del día. Sabía que esa noche no me iba a quedar en casa.

Hacía semanas que la idea me daba vueltas en la cabeza. Quería salir a la calle a venderme, a prostituirme como una mujer cualquiera de las que se paran al borde de la carretera. Nunca lo había hecho. La sola fantasía me ponía nerviosa y, a la vez, me prendía como pocas cosas.

Salí de la ducha, me sequé despacio y me dirigí a la habitación para empezar el ritual que más me gusta: vestirme de nena.

Saqué del cajón una tanga negra de encaje y me la fui acomodando con cuidado. Encima, unas medias lisas oscuras que me llegaban hasta medio muslo. Después la minifalda de cuero negro, ajustada, y una faja por debajo para marcar más la cintura y que todo se viera en su lugar. Me puse una blusa entallada, me maquillé con calma frente al espejo y rematé con una peluca de cabello negro largo y unas zapatillas de tacón alto.

Cuando terminé y me miré entera, casi no me reconocí. Me encantaba la mujer que el espejo me devolvía. Respiré hondo, agarré el teléfono y pedí un taxi por aplicación. Tardó como veinte minutos en llegar y, durante esos veinte minutos, sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.

Le di al chofer una dirección lejana, a propósito. No quería que nadie de mi colonia me reconociera, así que elegí un tramo de carretera que quedaba a un buen rato de distancia. Durante el camino fui mirando por la ventanilla las luces que pasaban, con las piernas apretadas y las manos frías.

No te eches para atrás, Daniela. Es lo que querías.

Cuando llegué, le pagué al taxista sin mirarlo a los ojos y bajé. El coche se alejó y, de repente, me quedé sola en la orilla, bajo la luz amarillenta de un poste, con el ruido lejano de los tráileres pasando. Estaba todo listo para empezar a pararme ahí como cualquier puta de la carretera. El frío de la noche me erizaba la piel, pero por dentro ardía.

***

Pasaron unos treinta minutos eternos. Algunos autos bajaban la velocidad, me miraban y seguían de largo. Cada uno me ponía más nerviosa, no por lo que pudiera pasar, sino porque era la primera vez y no sabía bien cómo comportarme.

Hasta que un carro se detuvo de verdad. Frenó unos metros más adelante y dio reversa hasta quedar a mi altura. Se bajó el vidrio del copiloto y, desde la penumbra, asomó la cara de un hombre. Calculé que tendría unos cincuenta y ocho años, de bigote canoso y mirada tranquila, de esas que no esconden lo que buscan.

—¿En cuánto está tu servicio, mamacita? —preguntó sin rodeos.

Tragué saliva y traté de que no me temblara la voz.

—Hola, papasito. Doscientos el oral, cuatrocientos el servicio completo con habitación —respondí.

—Me interesa —dijo, y me recorrió con la vista de arriba abajo.

—Pues tú decides —contesté, apoyando una cadera contra la puerta.

—Anda, súbete. Vamos a un hotel.

—Claro. Hay uno aquí adelante, yo te voy diciendo dónde.

Abrí la puerta y me subí. El asiento estaba tibio y el coche olía a colonia barata y a tabaco. Él arrancó despacio y yo le fui marcando el camino con la mano, sintiendo cómo me miraba de reojo cada vez que podía. Mis piernas brillaban bajo las luces que entraban por la ventanilla, y noté que ese detalle lo tenía hipnotizado.

***

Llegamos a un motel de paso, de esos con cocheras individuales y cortinas de plástico. Él pagó la habitación en la ventanilla sin apagar el motor y entramos. Yo seguía nerviosa, pero a esas alturas los nervios ya se habían mezclado con una excitación que me costaba disimular.

El cuarto era sencillo: una cama grande, un espejo en la pared, una luz tenue que tiñaba todo de naranja. Él dejó las llaves sobre el buró y me dijo que se iba a dar un regaderazo rápido. Mientras el agua corría, yo me fui quitando la blusa y la falda y me quedé esperándolo solo con la ropa interior y las medias, sentada al borde de la cama con las piernas cruzadas.

Cuando salió del baño, con una toalla en la cintura y el pecho todavía húmedo, se detuvo en seco al verme.

—Mírate nada más —murmuró.

No se contuvo más. Se acercó, dejó caer la toalla y me puso una mano en la nuca para guiarme hacia abajo. Yo me hinqué frente a él sin que tuviera que pedírmelo y empecé a hacer lo que más me gusta. Lo tomé con la boca despacio al principio, sintiendo cómo crecía, y después fui hasta el fondo. Le hacía garganta profunda mientras él me sujetaba la cabeza y marcaba el ritmo. Me costaba respirar entre embestida y embestida, pero no quería parar.

—Así, mamacita, justo así —jadeaba.

Me dejé hacer un buen rato, mirándolo desde abajo, disfrutando de cómo me trataba: como la mujer que esa noche había salido a buscar exactamente eso.

Cuando ya no aguantó más, me levantó del brazo y me empujó suavemente sobre la cama. Me puso en cuatro, me bajó la tanga hasta los muslos y se tomó su tiempo para acomodarme. Sentí sus manos abriéndome, su aliento en la espalda, y después la presión lenta de él entrando en mí. Me mordí el labio. Dolía apenas y, al mismo tiempo, era justo lo que andaba buscando.

—Aguántame, que vamos despacio —dijo, y me sostuvo de la cintura.

Empezó a moverse con calma, dándome tiempo a que me acostumbrara, y de a poco fue tomando más fuerza. Yo hundía la cara en la almohada para callar mis gemidos. Después me hizo girar, me puso boca arriba y me levantó las piernas sobre sus hombros. Desde ahí lo veía todo: su cara concentrada, el sudor en su frente, la forma en que entraba y salía de mí mientras yo me deshacía debajo suyo.

—Date unos sentones —me pidió, y se acostó él esta vez.

Me subí encima, apoyé las manos en su pecho y empecé a moverme yo, marcando mi propio ritmo. Lo escuchaba respirar más rápido, sentía cómo me clavaba los dedos en las caderas, y supe que estaba cerca. Bajé de nuevo, me arrodillé entre sus piernas y volví a tomarlo con la boca hasta que terminó. Recibí todo sin apartarme, tragándome cada gota mientras él se sacudía y soltaba un gruñido largo.

Cuando por fin se quedó quieto, me quedé un momento ahí, recuperando el aire, con la boca todavía caliente y el corazón a mil.

***

Él se levantó sin decir mucho, se metió un minuto al baño y empezó a vestirse. Sacó la cartera, contó los billetes y los dejó sobre el buró, junto a las llaves.

—Estuvo bueno, mamacita —dijo, acomodándose el cinturón.

—Gracias, papasito —respondí, todavía recostada.

Y se fue. Me dejó ahí, sola en la habitación, con el dinero sobre el mueble y el cuerpo entero zumbando. Algunas dirían que me dejó botada, pero la verdad es que era exactamente lo que yo había salido a buscar esa noche: sentirme deseada por un desconocido, usada y pagada, sin nombres ni promesas.

Me vestí despacio, me retoqué el maquillaje frente al espejo y pedí otro taxi para volver a casa. Durante todo el camino de regreso fui sonriendo en la oscuridad, repasando cada detalle.

Ojalá algún día vuelva a cruzármelo en esa misma carretera. Y ojalá, cuando eso pase, me vuelva a llevar a un cuarto como aquella noche.

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Comentarios(2)

MarcosD

Increible relato, uno de los mejores que lei por aca!!!

Tito_mza

Se hizo cortísimo, queremos la continuacion!

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