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Relatos Ardientes

Les pagué a dos trans para cumplir mi mayor fantasía

Hay deseos que una arrastra durante años sin atreverse a decirlos en voz alta. El mío tenía nombre y forma, y se me presentaba cada vez que las veía pasar por la avenida. Esa noche, después de pensarlo demasiado, decidí dejar de imaginar.

Siempre me habían atraído ellas: las chicas trans del barrio, con sus tetas perfectas, su andar de pasarela y esa voz a medio camino entre dos mundos. Más de una vez crucé la calle solo para verlas de cerca, y volví a casa mojada, pensando en cómo sería que me hablaran al oído, que me tocaran, que me usaran. Quería sentir el deseo de alguien que había decidido reinventarse por completo.

A Romina y a Selena las había visto trabajar en la misma esquina varias veces. Operaban en equipo, siempre juntas, y conocía más o menos su horario, así que no me costó encontrarlas. Las dos llevaban faldas ajustadas sobre unas curvas trabajadas con paciencia, camisetas escotadas y el pelo suelto hasta los hombros. Romina era rubia; Selena, pelirroja. Eran exactamente lo que yo llevaba meses imaginando.

Me acerqué como si una cuerda invisible tirara de mí. Nunca había pagado por sexo, nunca había estado con una chica trans y, desde luego, jamás había pedido algo como lo que estaba a punto de pedir.

—Hola, cariño —dijo Romina, tirando una colilla al suelo—. ¿Buscas algo?

—Quiero que me dominen —respondí, sin entender cómo logré articular la frase.

—¿Cómo dices? —Selena se acercó, entre divertida y curiosa.

—Eso —repetí, más firme de lo que esperaba—. Quiero que sean ustedes dos. Quiero que sea intenso, que no me traten con delicadeza. Llevo demasiado tiempo soñando con esto.

Romina dio una vuelta lenta a mi alrededor, estudiándome de arriba abajo con una sonrisa que prometía problemas.

—A eso lo llamamos saber lo que una quiere —dijo—. ¿Estás segura? Porque nos gusta que nos den, pero también sabemos ponernos serias.

—A mí no me molestaría —agregó Selena, deslizando un dedo por mi hombro—. Se ve limpia. Y necesitada.

—El dinero no es problema —dije, y les mostré un pequeño fajo de billetes que había preparado para la ocasión.

Romina me acomodó un mechón detrás de la oreja con una calma que me erizó la piel.

—Si el dinero no es problema, entonces nada lo es. —Tomó los billetes y los guardó en su cartera—. Pero las reglas las ponemos nosotras. Empieza por arrodillarte.

—¿Aquí? —pregunté, mirando de reojo a las pocas personas que pasaban.

—Aquí —confirmó, clavándome los ojos—. Y nos vas a pedir, con educación, que hagamos contigo lo que viniste a buscar.

Estábamos en plena esquina. Era humillante y, sin embargo, su tono dominante me encendía de una forma que no me esperaba. Selena se inclinó hacia mí.

—¿Ya te arrepentiste? —susurró—. ¿O todavía quieres lo que pediste?

Lo quería. Lo quería más que nada en ese instante. Tragué saliva y me arrodillé despacio frente a ellas, sobre el asfalto frío.

—Así me gusta. ¿Ves que no era tan difícil? Ignora a la gente. Ninguno de ellos te va a dar lo que nosotras sí.

Bajé la mirada y luego volví a levantarla hacia ella, decidida.

—Buena chica —dijo Romina, y me tendió la mano para ayudarme a levantarme—. Vamos. Estoy tentada de seguir aquí mismo, pero dudo que la policía nos acompañe.

***

Caminamos las tres hasta un edificio abandonado, a pocas cuadras. Entramos por un hueco en una pared derruida y avanzamos entre los escombros hasta alejarnos de la calle. Era una especie de sótano amplio, con columnas y cajas de cartón apiladas en los rincones. Por las grietas de los muros se colaba la luz de la luna y, a lo lejos, se adivinaban las piernas de la gente que pasaba por la vereda.

Selena acomodó dos cajas grandes contra una columna y apoyó su teléfono en una silla rota, con la linterna apuntando hacia mí. Por un momento dudé. Yo vivía sola, mi casa estaba cerca, podíamos haber ido a un lugar cómodo. Pero entendí que la incomodidad era parte del trato.

—Pagaste para que te dominemos —dijo Romina, y por primera vez vi el cambio en su mirada—. No vamos a hacerlo entre sábanas limpias. Lo vamos a hacer aquí, y vas a rogar por más.

Me empujó contra las cajas con firmeza. Selena se acomodó sobre mí, abrió mi blusa por detrás y liberó mis pechos; no llevaba sujetador. Se prendió a uno de ellos con la boca, mordiendo apenas, mientras yo soltaba un gemido contenido.

—Tiene buenas tetas la mosquita muerta —dijo—. ¿Te crees superior porque las tuyas son naturales y las mías no?

—No… no dije eso —jadeé.

Romina deslizó la mano entre mis piernas y me bajó la ropa interior hasta los tobillos. Se chupó dos dedos y los hundió en mí sin aviso. Pataleé por instinto ante la invasión, pero por dentro estaba disfrutándolo cada segundo. Quería que fuera real, que me sacaran de mi zona segura, que decidieran ellas hasta dónde.

—Ahora te toca probar las mías —dijo Selena, tomándome del pelo y guiándome hacia su pecho. Olía a una mezcla de perfume dulce y noche, y su piel sabía mejor de lo que había imaginado.

Romina sumó un dedo más y aceleró el ritmo. Solté un grito que Selena ahogó apretándome contra ella. Me costó adaptarme a esa presión, pero pasados unos minutos mi cuerpo cedió y empezó a gozar como pocas veces.

—Más —pedí, cuando Selena me dejó respirar—. Por favor, más.

—¿Más? —se rió Romina—. Está bien.

Buscó en su cartera un frasco de lubricante, se untó la mano y volvió. Abrió mis piernas, me dio un beso rápido en el clítoris y reanudó la invasión, esta vez más profunda y constante. Sentí un ensanchamiento que nunca había experimentado, seguido de un placer enorme al notarme completamente llena.

—Ahí lo tienes —dijo, moviéndose con paciencia—. ¿Qué te parece?

—Increíble —respondí, apretando los puños.

***

Selena se levantó y se quitó toda la ropa. Se quedó solo con los tacones y se acercó. Era magnífica: tetas firmes, cintura pequeña, una piel cuidada con esmero. Romina la imitó, y de pronto las tuve a las dos de pie frente a mí, desnudas, esperando.

—¿Las quieres? —preguntó Romina.

—Sí —dije, y me lancé hacia delante.

Ella me detuvo con una mano en la frente.

—Espera. Si de verdad es tu fantasía, quiero que la recuerdes bien. —Fue hasta mi cartera, sacó mi teléfono y me lo tendió—. Desbloquéalo.

Obedecí. Romina abrió la cámara, apoyó el teléfono contra una columna y lo dejó apuntando hacia nosotras.

—Así es mucho más interesante —dijo—. Ahora pídelo. Dilo en voz alta.

Miré la lente y una corriente eléctrica me recorrió entera. Entre la linterna del celular y la luz de la luna, el momento quedaría grabado para siempre. Sonreí con una mezcla de vergüenza y deseo.

—Por favor… se lo ruego. Déjenme.

—Eso es lo que quería oír.

Empecé a recorrerlas con la boca, alternando entre las dos, saboreando cada centímetro. Ambas rompieron a gemir con una dulzura que me puso a mil. Era como música escucharlas perder el control por mi culpa.

—Qué buena eres —jadeó Selena, tensando los muslos.

Romina tomó mi mano, me chupó dos dedos y los llevó hasta la entrada de Selena. Hice lo mismo con la otra, y las dos gimieron al unísono mientras yo seguía con la boca y las manos a la vez. La saliva me caía por el pecho, los ojos se me humedecían por el esfuerzo, y nunca me había sentido tan deseada.

—Yo la quiero por detrás —dijo Romina, casi con los ojos en blanco—. Tú por delante.

Selena se acostó sobre una de las cajas y me atrajo hacia ella. Bajé despacio hasta que la sentí entera dentro de mí, palpitante. Moví las caderas para acomodarme, y Romina se colocó detrás.

—Voy —avisó.

Entró de a poco, abriéndose paso. El primer ardor fue intenso y se fue diluyendo a medida que encontraba el ritmo contra mis caderas. El choque de su cuerpo contra el mío sonaba en el eco de aquellas ruinas, y la de Selena, debajo, me impedía moverme demasiado hacia adelante. Estaba atrapada entre las dos, exactamente donde quería estar.

—¡No paren! —grité, sin que ya me importara que me oyeran—. Así, justo así.

—Tienes que probar esto, Selena —dijo Romina—. Cambiemos.

Salió de mí, me levantó del pelo con suavidad fingida y dejó que Selena se tendiera en su lugar. Me senté sobre ella mientras Romina se acomodaba a mi espalda. Empezaron a moverse con una sincronía asombrosa, como si lo hubieran ensayado mil veces. Selena me sujetó los pechos desde abajo y los apretó hasta hacerme arquear.

—Es tuya —le dije a Romina, enloquecida—. Hagan lo que quieran. No paren.

—Me voy a venir —avisó Romina, con la respiración entrecortada—. No aguanto más.

Se arqueó detrás de mí con un gesto hermoso, cerró los ojos y se dejó ir con un quejido largo. Casi al mismo tiempo mi propio orgasmo me sacudió y me derrumbé sobre Selena, sin fuerzas para sostenerme.

—Qué rico —murmuró Romina, y me dio un beso cálido que apagó por un instante los gemidos que Selena seguía arrancándome desde atrás—. Sigue tú. Yo ya estoy.

***

Selena me llevó hasta una de las columnas.

—Inclínate —ordenó.

Apoyé el torso contra la pared y me agarré con fuerza. Volvió a mí enseguida, recuperando el ritmo. Romina se acercó por delante, me tomó la cara entre las manos y me besó despacio, como para robarme el aliento.

—Ahora cierra los ojos —me dijo en voz baja— y concéntrate solo en lo que sientes detrás. En cómo entra, en cómo se acomoda, en cómo cedes.

Cerré los ojos y me entregué por completo. Sentía la piel de Selena chocar con la mía al compás de mis gemidos. No hablaba, no gemía; solo escuchaba su respiración agitada y el golpeteo constante. De pronto su mano bajó hasta mi clítoris y empezó a frotarme.

—Si me tocas ahí, me voy a venir otra vez —jadeé—. No pares.

Siguió en silencio, implacable, hasta que la sensación volvió a crecer dentro de mí. Cuando llegó, me dejé arrastrar entre temblores, y la sentí a ella tensarse y vaciarse al fin con un quejido grave que no había escuchado en toda la noche.

Esa voz me extrañó. Abrí los ojos y giré la cabeza.

Lo que vi no era lo que esperaba. Un hombre delgado, desaliñado, completamente desnudo, se separó un paso de mí y se detuvo a observarme. El corazón se me detuvo. Romina y Selena ya no estaban; se habían marchado con sus cosas en silencio, dejándome con un desconocido.

—¿Quién es usted? —pregunté, recogiendo mi ropa con manos temblorosas.

—Me llamo Ernesto —dijo, sin acercarse—. Duermo ahí, al fondo. Las chicas a veces me dejan mirar, pero nunca me habían dejado… participar.

No lo podía creer. Aquel hombre había estado en el lugar de Selena los últimos minutos y yo, con los ojos cerrados, no me había dado cuenta. Las dos me habían tendido una trampa perfecta.

—Por favor —dije, retrocediendo—, no me hagas daño.

—Tranquila —respondió, levantando las manos—. Yo nunca te haría nada que no quisieras. Solo… gracias.

No escuché el final de la frase. Tomé mi teléfono y corrí hacia el hueco de la pared, sin importarme la blusa rota ni nada más. La luna me vio salir del edificio y atravesar como un rayo las pocas cuadras que me separaban de casa.

Me llevó un buen rato calmarme. Estaba dolorida, en shock, pero también extrañamente satisfecha, como solo una mujer que ha tocado el fondo de su propio deseo puede llegar a estarlo. Esa noche dormí como hacía años no dormía.

He visto el video muchas veces desde entonces. En cada una vuelvo a Romina, a Selena, a sus voces, a la sensación de estar completamente a su merced. A veces paso por aquel edificio en ruinas y sonrío para mis adentros. La gente que me ve pensará que estoy loca. Lo que no saben es que ahí, entre escombros y mentiras, descubrí hasta dónde era capaz de llegar para cumplir una fantasía que ya no me da vergüenza confesar.

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Comentarios(1)

FelipeRdgz

Tremendo!!! uno de los mejores que lei ultimamente

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