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Relatos Ardientes

La lista que me convirtió en la mujer que él quería

La hoja estaba sobre la cama cuando llegué del trabajo, doblada en cuatro, con mi nombre nuevo escrito arriba en su letra inclinada: «Para Daniela». Todavía llevaba el traje gris de la oficina, la corbata floja, los zapatos de hombre que tanto detestaba. La dejé sobre la mesilla sin abrirla, como si pudiera fingir que no la había visto. Pero la sentía ahí, latiendo en el silencio del apartamento.

Adrián no estaba. Me había escrito esa mañana un mensaje breve: «Hoy vuelvo tarde. Cuando llegue, quiero encontrarte lista». Y debajo, esa hoja, esperando.

La abrí.

Era una lista. Quince líneas numeradas, escritas a mano con la paciencia de quien sabe exactamente lo que quiere. La leí de pie, sin respirar, y a mitad de camino tuve que sentarme en el borde del colchón porque las piernas me temblaban.

Una mujer siempre está preparada para él.

Esa era la primera. Las demás se desplegaban hacia abajo como una catequesis íntima, cada una más explícita que la anterior. La número tres decía: Antes de que él llegue, tu boca debe saber a él. Practica con lo que tengas hasta que la garganta no te falle. La número siete: Tu culo es suyo tan pronto como abra la puerta, y debe estar limpio, aceitado y abierto. La once: Cuando te folle, dile lo que sientes con la palabra exacta, sin pudor. Cada línea ponía en palabras lo que yo había deseado durante años sin atreverme a decirlo en voz alta.

***

Habíamos empezado tres meses atrás, en un bar discreto del centro al que yo iba sola, vestida, escondida bajo una peluca castaña y un vestido que me había comprado en otra ciudad para que nadie me reconociera. Me llamaba Daniela solo allí, solo en la penumbra, solo durante las pocas horas en que dejaba de ser el hombre que todos creían que era.

Adrián se sentó a mi lado sin pedir permiso. Tenía las manos grandes y la voz baja, y la primera cosa que me dijo no fue un piropo.

—Te tiembla el pulso cuando sostienes la copa —dijo—. Llevas poco tiempo haciendo esto.

No era una pregunta. Asentí, con la garganta seca.

—No tengas miedo. Lo haces mejor de lo que crees. —Hizo una pausa y me miró de arriba abajo, despacio, como quien evalúa algo que piensa quedarse—. Pero podrías hacerlo perfecto. Si alguien te enseñara.

Esa noche no pasó nada más que conversación. La segunda, tampoco. A la tercera me llevó a su casa y me desvistió con una lentitud que era casi una ceremonia. Me tumbó desnuda sobre su cama y me abrió las piernas como quien abre un regalo, y se pasó una hora entera mirándome, tocándome, aprendiéndome centímetro a centímetro antes de meterme dos dedos en el culo y susurrarme al oído que iba a enseñarme a correrme solo con eso. Esa noche me corrí tres veces sin que él se hubiera desnudado siquiera, y entendí que con él no iba a ser un encuentro de una noche. Adrián no quería usarme y olvidarme. Quería moldearme.

***

Volví a la lista. La número dos decía que debía llevar lencería siempre, incluso debajo del traje de oficina, incluso cuando nadie pudiera verla. La tela contra la piel es un recordatorio de quién eres en realidad. Cuando estés en una reunión de hombres, aprieta los muslos y siente el encaje. Esa humedad entre las piernas es la verdad.

Bajé la vista a mi propio cuerpo, embutido en el algodón áspero de la ropa interior masculina, y sentí algo parecido a la vergüenza. No por lo que la lista pedía, sino por no habérseme ocurrido a mí antes. Me levanté, fui al cajón que escondía en el fondo del armario y saqué un conjunto de encaje color champán que Adrián me había regalado la semana anterior. Lo había usado solo una vez, frente a él, y luego lo había guardado como quien esconde una prueba.

Me quité el traje. Cada prenda que caía al suelo me alejaba un poco más del hombre del trabajo y me acercaba a Daniela. Las medias subieron por mis piernas con un susurro. La braga de encaje se me pegó a la polla apretándola contra el vientre, y sentí cómo empezaba a endurecerse solo con el roce del tejido. El sujetador, relleno con las prótesis de silicona que él había elegido conmigo en una tienda donde la vendedora nos trató con una naturalidad que casi me hizo llorar. Cuando me miré en el espejo del armario, ya no temblaba. Y la mancha húmeda que empezaba a asomar en el encaje entre mis piernas era la prueba exacta de la que hablaba la regla dos.

La regla número cinco pedía exactamente esto: que me vistiera para él aunque tardara horas, que tratara cada detalle como una ofrenda. Y por primera vez no lo viví como una imposición. Lo viví como un permiso.

***

Me senté frente al tocador que él había instalado en su dormitorio para mí —«porque vas a venir mucho», había dicho— y empecé el maquillaje. La base primero, difuminada hasta borrar cualquier sombra de barba. Las cejas. El rubor en el ángulo justo de los pómulos. Y al final el pintalabios, un rojo profundo que él adoraba, deslizándose sobre mi boca como una promesa.

Practica hasta que sea perfecto, decía la lista. Tu cara es lo primero que él busca al entrar. Tu boca pintada es la que va a chupársela. Que se le ponga dura solo de mirarte.

Cuando terminé, la mujer del espejo me devolvió la mirada y yo no aparté la mía. Me había costado treinta y tantos años llegar hasta ella. No pensaba volver a esconderla.

Antes de vestirme del todo cumplí también la número siete. Fui al baño, me arrodillé sobre las baldosas frías y usé la cánula que Adrián me había regalado, con paciencia, tomándome mi tiempo. Después me pasé los dedos con aceite entre las nalgas, despacio, hundiendo primero uno y luego dos, abriéndome para él, imaginando que era su polla lo que empezaba a entrar. Se me escapó un gemido en el silencio del baño y tuve que morderme el labio para no correrme antes de que llegara. Cuando me levanté, tenía el culo aceitado, abierto y palpitando bajo el encaje.

Me puse el vestido negro, el ajustado, el que marcaba la cintura que tanto trabajo me daba conseguir con la faja. Me calcé los tacones. Practiqué dos vueltas por el pasillo hasta que el paso me salió fluido, sin titubeos, con esa cadencia femenina que Adrián me había enseñado a base de paciencia y correcciones suaves.

—No camines, desfila —me decía—. Imagina que cada hombre de la sala se gira a mirarte, se te queda mirando el culo y se le pone dura. Porque va a pasar.

***

Escuché la llave en la cerradura cuando ya era de noche y yo llevaba más de una hora esperándolo, sentada en el filo de la cama con la lista todavía abierta sobre las rodillas. Mi corazón dio un salto absurdo, adolescente. Me levanté y me quedé de pie en el centro del dormitorio, las manos cruzadas por delante, en la postura exacta que él prefería.

Adrián apareció en el umbral. Se aflojó el nudo de la corbata sin dejar de mirarme, y vi cómo sus ojos recorrían cada centímetro de lo que había hecho con mi cuerpo. La aprobación le cambió la cara antes de que dijera una palabra. También vi el bulto tensándole el pantalón, y me quemó la boca de ganas.

—Leíste la lista —dijo.

—La leí.

—¿Y?

—Y la voy a cumplir. Toda. —Me sorprendió la firmeza de mi propia voz—. Cada línea. Estoy aceitada, abierta y mojada. Llevo dos horas pensando en tu polla.

Avanzó hasta quedar a un palmo de mí. Olía a calle, a frío, a ese perfume amaderado que ya asociaba con el deseo. Me levantó la barbilla con dos dedos y me obligó a sostenerle la mirada.

—¿Y la última? —preguntó en voz baja—. ¿También la número quince?

La quince decía que debía compartir lo que sentía, contárselo, no esconderle nada de lo que ardía dentro de mí. Tragué saliva.

—Esa es la más fácil —dije—. Llevo años queriendo contárselo a alguien que no me mire raro. Quiero que me folles hasta que no pueda caminar.

Algo en su mirada se ablandó un instante. Luego me besó, y el beso no fue dulce, fue de los que toman. Me metió la lengua hasta el fondo mientras me apretaba una teta por encima del vestido, y cuando bajó la mano y me agarró el culo por encima de la tela, gemí dentro de su boca.

***

Me llevó hacia atrás hasta que mis pantorrillas chocaron con el colchón y me senté, y él se quedó de pie frente a mí, desabrochándose el cinturón con una calma deliberada que me hizo apretar los muslos. La regla número tres flotaba en mi cabeza con todas sus letras, y no necesité que me la recordara. Me incliné hacia delante por voluntad propia.

Le bajé los calzoncillos con las dos manos y su polla saltó frente a mi cara, dura, gruesa, apuntándome a la boca. Me quedé un segundo mirándola, con esa devoción que solo él me había enseñado a sentir, y pasé la lengua por toda la cara inferior, desde los huevos hasta la punta, despacio, lamiendo como si fuera la primera vez.

—Abre la boca —dijo.

La abrí. Me metió la polla entera de una embestida hasta el fondo de la garganta, y yo la recibí sin cerrar los ojos, sin apartarme, tragando el impulso de toser porque él me había enseñado a respirar por la nariz y a rendirme al ritmo. Sus manos se enredaron en mi pelo —en la peluca, que él sabía no debía despeinar del todo— y marcó un ritmo suave al principio, sacándomela hasta que solo quedaba la punta entre mis labios pintados y volviendo a hundírmela hasta que la nariz me chocaba contra su vientre.

—Así —murmuró—. Exacto. Mírame mientras te la trago. Para esto naciste.

Lo miré desde abajo, con los ojos llenos de lágrimas por el reflejo, la boca abierta llena de él, un hilo de saliva bajándome por la barbilla. Aceleró. Me la metió hasta el fondo una y otra vez, follándome la boca sin piedad, y yo abrí más la garganta y le agarré los huevos con una mano y se los apreté suave, tal como me había enseñado. Lo escuché soltar un gemido grave y sentí el orgullo absurdo y enorme de estarlo complaciendo bien.

—Vas a tragarte cada gota cuando me corra —me advirtió—. Pero todavía no. Todavía te falta.

Y lo peor, o lo mejor, es que en ese momento le creí y quise más.

***

Me sacó la polla de la boca con un chasquido húmedo y me tumbó sobre la cama boca abajo, con cuidado de no arruinarme el maquillaje contra la almohada, y me subió el vestido hasta la cintura. La lencería de encaje seguía en su sitio, tensada por mi propia polla mojada. Lo oí inhalar al verla, lo sentí apartar la braga a un lado con dedos impacientes hasta dejarme el culo al aire.

—Llevas la que te regalé —dijo, y había algo de ternura escondida en la aprobación.

—La regla número dos —contesté contra la sábana, y los dos nos reímos bajito, una risa cómplice que rompió por un segundo la tensión y la hizo más espesa después.

Me abrió las nalgas con las dos manos y soltó un gruñido de satisfacción al encontrarme ya preparada, brillante de aceite, el ojete relajado y esperándolo.

—Buena chica —murmuró—. Cumpliste la siete.

Metió primero un dedo, luego dos, girándolos dentro de mí, comprobando que estuviera abierta. Yo empujé hacia atrás buscando más, gimiendo su nombre contra la sábana, y él se rió por lo bajo.

—Qué golosa estás hoy.

—Métemela ya —supliqué—. Por favor.

Escupió en la palma, se la pasó por la polla, y apoyó la punta contra mi culo. Empujó despacio. Sentí cómo mi ano cedía, se abría alrededor de la cabeza gruesa, y solté un gemido largo cuando la corona entró del todo. Se quedó ahí un segundo, dejándome sentirlo, y luego siguió empujando centímetro a centímetro hasta hundirse hasta los huevos.

—Mírate —jadeó contra mi oreja—. Toda mi polla dentro de tu culo. Así te quería. Así te hice.

Empezó a moverse. Al principio lento, saliendo casi hasta la punta y volviendo a hundirse entero, y cada embestida me arrancaba un gemido más agudo que el anterior. Yo empujaba hacia atrás con las caderas, buscando más, y él respondió acelerando el ritmo, cogiendo velocidad, follándome el culo con embestidas duras que me hacían morder la sábana para no gritar.

Una de sus manos me sujetaba la cadera; la otra me rodeó y me sostuvo el cuello con firmeza, sin apretar, solo recordándome quién mandaba. La polla se me había puesto durísima dentro de la braga de encaje, y con cada estocada suya rozaba contra la tela y contra el colchón, y sentí que iba a correrme sin siquiera tocarme.

—Dime quién eres —jadeó contra mi oreja.

—Soy Daniela —respondí, y la palabra salió rota y verdadera—. Soy tuya. Soy tu puta.

—¿De quién es este culo?

—Tuyo. Todo tuyo. Fóllamelo.

Aceleró todavía más. El sonido de sus caderas chocando contra mis nalgas llenó el dormitorio, mezclado con mis gemidos y con la respiración pesada de él contra mi cuello. Me metió tres dedos en la boca para que los chupara, y yo los chupé como si fueran su polla, gimiendo alrededor.

***

—Voy a correrme dentro —gruñó—. Y no vas a limpiarte hasta mañana. Vas a dormir con mi leche en el culo.

—Sí —lloriqueé—. Córrete dentro de mí. Por favor.

Acabó dentro de mí con un gruñido sordo, el cuerpo tenso sobre mi espalda, embistiéndome tres veces más mientras se vaciaba entero. Sentí los chorros de semen caliente llenándome por dentro, y ese calor me llevó por delante. Luego me giró con una delicadeza que contrastaba con todo lo anterior, me bajó la braga hasta las rodillas y me terminó con la mano, envolviéndome la polla mojada con el puño y masturbándome lento, mirándome a los ojos, mientras su semen empezaba a escurrirse fuera de mi culo abierto y a mancharme los muslos.

—Córrete para mí, Daniela —susurró—. Mírame mientras te corres.

Le sostuve la mirada y me deshice debajo de él temblando y diciendo su nombre. Me corrí en su mano con espasmos largos, salpicándome el vientre y las tetas de silicona, y él siguió masturbándome hasta la última gota, sin dejar de mirarme, como si estuviera memorizando mi cara así, deshecha, corriéndome para él.

Nos quedamos tumbados, enredados, mi maquillaje a medio arruinar, la peluca ladeada, el semen de los dos mezclado sobre mi cuerpo. Él alcanzó la hoja de la mesilla y la sostuvo en alto entre los dos.

—Quince reglas —dijo—. ¿De verdad las vas a cumplir todas?

Le quité la hoja de la mano y la doblé otra vez en cuatro, con cuidado, como se guarda algo importante.

—No son reglas —dije, acurrucándome contra su pecho, sintiendo cómo su semen seguía escurriéndome por dentro—. Son la primera vez que alguien escribe quién soy y no me pide perdón por ello.

Adrián me besó la frente. Afuera, la ciudad seguía creyendo que yo era otra persona. Pero dentro de aquellas paredes, por fin, era exactamente quien quería ser. Y mañana, cuando volviera a ponerme el traje gris y los zapatos de hombre, iba a llevar su leche todavía dentro del culo, como me había ordenado, y en cada reunión iba a apretar los muslos y a recordar quién era en realidad.

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Comentarios(2)

LolaVega23

me dejo sin palabras, que relato!!!

SantiMdq_

Por favor seguí con esto, necesito saber como termina

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