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Relatos Ardientes

El secreto del tendero que se confesaba cada jueves

Anselmo llevaba más de veinte años siendo el párroco de Valdeseras. Le gustaba su trabajo, todo lo que un trabajo puede llegar a gustar a un hombre de su edad. Le gustaba dar misa, preparar a los chicos para la comunión, organizar las procesiones de agosto. Pero su parte favorita, la que nunca confesaría a nadie, eran las confesiones.

En los días flojos al menos caían chismes jugosos, o alguna historia subida de tono con la que entretenerse a solas antes de dormir. En los días buenos había perdido la cuenta de cuántas bocas se le habían cerrado alrededor del sexo entre las cuatro tablas de aquel cubículo. Hombres y mujeres por igual lo habían mamado en la penumbra, hasta tragar o atragantarse, mientras él sujetaba la nuca con firmeza en el momento justo. Entrar al confesionario le provocaba ya una erección automática que la sotana disimulaba a la perfección.

Si lo obligaran a elegir un favorito, no tendría ninguna duda. Rubén había llegado al pueblo hacía apenas dos años y había montado una ferretería modesta pero próspera. Todos lo respetaban, aunque Valdeseras era pequeño y el recelo costaba de vencer. Era un tipo callado, sin pareja conocida, bajo y de cuerpo recio, con una barba cerrada que le daba un aire más duro del que en realidad tenía. Guapo, con esas primeras arrugas de expresión de quien ronda los treinta y pico. Varias mujeres le habían tirado los tejos sin el menor éxito. Eso sí, algo debía de pesarle por dentro, porque no fallaba un solo jueves a confesarse.

Aquella noche de agosto, calurosa como pocas, llamó a la puerta del despacho parroquial. Ya era tarde y Anselmo, un hombre alto y enjuto de unos cincuenta años, con el pelo gris y abundante, estaba a punto de retirarse a su cuarto.

—Buenas, Anselmo. ¿Molesto? —preguntó Rubén, con una disculpa pintada en la cara.

—No, hijo, no molestas. Pasa, pasa —respondió el cura, alisándose la sotana. Su visitante llevaba el polo del trabajo y un pantalón corto bajo el cual se adivinaban unas caderas algo más marcadas de lo común, que le hicieron tragar saliva—. ¿Has echado el cerrojo del portón?

—Sí, padre. Cerrado.

—Muy bien. Te estaba esperando.

Cruzó el cuarto en dos zancadas, lo agarró del cuello y lo estampó de espaldas contra la pared. Lo besó con rabia, mordiéndole el labio inferior mientras los dedos le apretaban la garganta.

—¿Vienes sudado de la tienda para que te huela el coño a guarra? —le susurró al oído—. ¿Saben tus empleados que su jefe se abre de piernas para el cura del pueblo?

Rubén gimió y se aferró a su espalda. La mesa del despacho estaba casi despejada; los pocos papeles que la cubrían cayeron al suelo cuando Anselmo los empujó de un manotazo para tumbarlo encima. De un tirón le bajó el pantalón y la ropa interior. Aparecieron unos muslos firmes y, entre ellos, un sexo ya hinchado y rosado, con un clítoris crecido por las hormonas que sobresalía como una pequeña aberración. El cura le pasó la mano por encima, sin delicadeza, sin buscar darle placer, solo para avisar de lo que venía. Rubén se estremeció con los ojos apretados.

***

Unos meses atrás, Rubén había entrado por primera vez al confesionario. La culpa lo devoraba: la culpa de vivir en aquel pueblo ocultándole a todo el mundo su gran secreto. A veces soñaba que se quedaba desnudo en plena plaza y que los vecinos lo señalaban entre risas. Otras veces, los hombres del pueblo lo olían, le adivinaban el sexo, le arrancaban la ropa y se turnaban para penetrarlo en mitad de la calle. En esos sueños, sus propios gemidos involuntarios avivaban las burlas y el furor de los demás, mientras él se corría en pleno castigo, incapaz de evitarlo.

Su condición de hombre trans nunca había salido a la luz, ni tenía por qué hacerlo. Pero vivía atormentado, y pensó, ingenuo de él, que el párroco lo absolvería del pecado de la mentira y le devolvería algo de paz. No contaba con la lascivia de Anselmo, que apenas se sentó al otro lado de la celosía ya tenía la mano en el sexo, acariciándose despacio mientras escuchaba. No se creía su suerte. Siempre había fantaseado con poseer a alguien así: una oveja descarriada de verdad, lo más lejos que él podía concebir de la voluntad divina. Un cuerpo que había decidido rehacerse de arriba abajo en hombre rudo, algo pequeño, algo frágil, pero inequívocamente masculino. Y, en su centro, como un vestigio imborrable del que renegaba, un sexo estrecho y húmedo que parecía pedir a gritos que lo llenaran.

Cuando terminó de escuchar la historia, Anselmo no se contuvo. Se levantó, abrió la puerta del confesionario y se mostró ante su fiel arrodillado, con la erección apuntándole a la boca. Desde entonces, cada semana se lo follaba. Y esa noche no iba a ser distinta.

***

El cura se inclinó ante la entrepierna de Rubén, tumbado sobre la mesa.

—Vaya, vaya, ¿pero qué tenemos aquí? Un coño. Yo que creía tener delante a todo un hombre, y resulta que solo eres una guarra que pide que la preñen para que le enseñen lo que es bueno. ¿Y qué hacemos con esto tan bonito? ¿Nos lo comemos? —dijo, hablando a un centímetro de su sexo, de modo que el aliento le erizaba el vello.

—Sí, soy tu puta —gimió Rubén, con las piernas abiertas y los puños cerrados.

Anselmo rio bajito, bendiciendo su suerte, antes de juntar los labios con los del tendero. Su lengua rodeó la entrada, estrecha como la de quien nunca ha sido penetrado, porque los años de testosterona la habían cerrado casi por completo. Era como si todo aquel cuerpo de macho luchara por sellar el único hueco que aún lo delataba. Poco a poco subió hasta el clítoris crecido, hipersensible, lleno de terminaciones, y jugó con él como con una segunda lengua en un beso, moviéndolo de un lado a otro. Rubén gemía y trataba, en vano, de cerrar las piernas.

—¿Qué pasa, guapa? ¿No te gusta cómo te lo como? Te lo estoy haciendo bien despacito y no paras de gemir —le dijo Anselmo, antes de golpear con la lengua plana la punta de aquel órgano—. No te hagas el tonto. Abre bien las piernas y disfruta, que luego, cuando te folle, te quiero notar bien mojado abrazándome la polla.

Cuando los gemidos cortos se fueron espaciando y notó que el cuerpo de Rubén empezaba a aflojar, supo que llegaba su parte favorita. Cerró los labios alrededor del clítoris y empezó a succionar con fuerza. Rubén chilló e intentó apartarle la cabeza, pero el cura no pensaba moverse de ahí.

—Para, para, no sigas, no puedo más —suplicaba el tendero, con la voz irremediablemente aguda, incapaz de alejar aquella boca de su sexo.

El orgasmo le recorrió el cuerpo entero, sacudiéndolo, mientras balbuceaba y perdía el control de las piernas. Anselmo no se apartó hasta varios segundos después del último temblor, escondiendo una sonrisa en cada movimiento de la lengua.

—No ha estado mal, ¿eh? Tengo toda la cara empapada. Me gusta cómo sabes. Algún día tendré que invitar a algún amigo del pueblo a que lo pruebe.

—No, por favor. No le digas nada a nadie.

—¿Que no diga el qué? ¿Que el ferretero tiene coño y, si te lo follan, gimes como una cualquiera? ¿Que se le puede meter la polla al tendero y es como follarse a una mujer?

—No es así…

—¿No es así? ¿Y cómo es? Tienes un coño entre las piernas y, si lo supieran, te doblaban sobre tu propio mostrador y te pasaban uno detrás de otro hasta dejarte goteando. Y lo peor es que no pararías de gemir, con la testosterona esa que te tiene siempre caliente. No se lo cuento a nadie porque te quiero solo para mí. Que si no, ya habría montado la fiesta.

Rubén se cubrió la cara con los brazos, muerto de vergüenza, mientras Anselmo empezaba a meterle los dedos. Primero el anular, que entró despacio hasta el fondo.

—La tienes muy cerrada, pero está mojada y sensible, ¿verdad? ¿Me va a caber entera, o me vas a dar problemas otra vez?

Las primeras veces, el cura no había conseguido penetrarlo del todo. Aquel cuerpo, tras años de hormonas, no se abría bien a una polla gruesa como la suya. Sangraba, y el tendero lloraba y suplicaba. Entonces Anselmo se la sacaba y se la restregaba por la cara hasta que Rubén se la chupaba con dedicación. Así, semana tras semana, el cuerpo se había ido abriendo para él, como un pequeño milagro a su medida.

Ahora, con dos dedos dentro, lo notaba apretarlos con firmeza pero sin resistencia. Tras los brazos que le tapaban la cara, Rubén gemía bajito. Se había corrido, pero daba igual; su cuerpo no se saciaba. Anselmo se levantó la sotana y se sacó la polla, ya a punto de reventar. Quería vaciarse muy adentro, contra las mismas puertas de su vientre.

—Ahí va, Rubencito. No te me revuelvas —le dijo, sacando los dedos y apuntando.

Empujó con las caderas y se fue enterrando despacio. El tendero gritó y se agitó, pero lo tenía bien sujeto por esas caderas algo más anchas que las de cualquier hombre, que tan irresistibles le parecían. Con un último golpe se hundió hasta la base. Había roto el culo a unos cuantos en aquel pueblo, pero nada se parecía a mirar a Rubén a los ojos, con la polla dentro de su sexo, y reírse un poco de su vergüenza. Le avergonzaba estar abierto, estar húmedo, gemir cada vez que entraba y salía, oír el inconfundible chapoteo.

—¿Te gusta cómo te follo, Rubén? Venga, no seas tonto, dime que te gusta que te rellene el coño. ¿O quieres que sea más bruto?

—No, no, por favor. Sigue así, despacio.

—Así que despacito, ¿eh? Quieres notarme despacito. Dímelo.

—Sí, me gusta notarte despacio —gimió Rubén, tratando de esquivarle la mirada, pero la mano de Anselmo le agarró la barbilla y lo obligó a mirarlo a los ojos.

El cura rio por lo bajo y deslizó la otra mano hacia el ano del tendero, expuesto por la postura, y empezó a presionar.

—A los hombres yo me los follo por el culo, Rubén. Tú le dices a todo el mundo que eres un hombre. ¿Quieres que me cambie de agujero y te dé por donde se lo doy a los machos?

—No, por ahí no —suplicó Rubén, asustado.

—¿No te gusta por el culo? ¿Prefieres que te folle como a una mujer?

—No…

—¿No? No te entiendo. Decídete. O te rompo el culo como a un hombre, o te follo como a una mujer —dijo Anselmo, masajeándole con la otra mano el clítoris hinchado, que le arrancó un gemido involuntario—. Dímelo ya. ¿Te sigo follando como a una mujercita? Pídemelo, o me cambio de sitio.

—Fóllame como a una mujer —se rindió Rubén, gimiendo por las embestidas suaves y por el roce de su sexo.

Anselmo soltó una carcajada y volvió a sujetarle las caderas con más fuerza todavía.

—A las mujeres como tú, Rubencita, yo las monto hasta que no pueden cerrar las piernas —le dijo, y de golpe sacó la polla casi entera para clavarla de una estocada. Rubén gritó e intentó empujarlo, pero el cuerpo del cura era mucho mayor que el suyo, y siguió embistiendo con fuerza, penetrándolo hasta el fondo en cada golpe.

Los gritos del tendero, ahogados contra la piel del hombre que lo follaba, mezclaban dolor y placer. Los bramidos guturales de Anselmo retumbaban por toda la iglesia vacía. Notó cómo aquel sexo apretado le exprimía la polla, le mordió el cuello a Rubén y se vació en él con un último temblor.

Poco a poco las respiraciones de ambos se fueron calmando. La polla floja del cura salió del cuerpo del tendero, que suspiró de alivio al sentir el líquido tibio manar fuera.

Ego te absolvo —dijo el párroco, con sorna—. Puedes ir en paz, hijo. Solo te pido una cosa: que para la próxima confesión vengas depilado y con un tanga. Si vamos a pecar, hagámoslo bien. ¿Estamos de acuerdo, guapa?

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Comentarios(1)

Ricky_del_sur

jajaja los jueves ya no me van a parecer lo mismo. Muy bueno!!

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